jueves, 31 de enero de 2013

La bendita y el recio

La bendita y el recio
 
El filo descendiendo y cortando de tajo su antebrazo izquierdo fue lo último de lo que tuvo consciencia ese día. Despertó 2 noches después en el hospital, con la vaga sensación de un miembro amputado, ardiendo en temperatura y sediento. Quiso gritar pero el aire que escapaba de sus pulmones era nulo, era gas ardiente que le roía la carne de la garganta. Cerró de nuevo los ojos y los abrió después de 10 minutos, quiso creer que era una pesadilla sin lugar a dudas, quiso abrir y cerrar el puño como en antaño, como siempre lo había hecho hasta ese día. No había nada allí, solo vacio y vendas que cubrían un pedazo de carne cauterizado con la pericia de un cirujano de las calles; salieron gruesas lagrimas de sus ojos mientras buscaba el momento, la causa exacta de lo que le había arrastrado a esa situación.
 
Serafín comenzaba el día a día nuevamente, cepillarse el cabello obscuro que le llegaba ya debajo de las orejas; enjuague bucal sabor menta y el ritual eterno de limpiarse los dientes con el cepillo rojo. Tiró una meada al wáter y se subió la bragueta del pantalón negro, jaló de la cadena y salió con el ruido de las sandalias sobre el piso de concreto frio. Su desayuno consistía en un par de huevos con frijoles refritos y café negro. Cogió la gorra del clavo al lado de la puerta y alistó el cambio que llevaría en la bolsa derecha delantera del pantalón, se calzó las botas negras y abrió la puerta delantera del cuarto donde dormía con la mujer, los niños y el gato, checó el nivel del aire de las llantas del cuadro de la bicicleta y tras comprobar que se hallaba correcto abrió el portón y salió a la brumosa mañana del invierno citadino.
 
-hey Serafín! Gritó la gorda de la tienda de la esquina de Palomares.
 
-qui’hubo Laurita! Contestó al tiempo que descendía con la maestría otorgada en antaño del vehículo, con la mano derecha guiaba el cuadro y con la izquierda sostenía el aire.  Finalmente acercó a “la bendita” a la tienda y guió todo con el brazo izquierdo amputado apoyado en el asiento. Recogió un par de decenas de cartones de huevo y de otros productos y le dio las gracias a la gorda que lo miraba entretenida y golosa.
 
Siguió su camino sin pensar o sin querer pensar que en un par de minutos le afrontaba la prueba pesada del diario. Sorteaba perros, cláxones y señoras apresuradas que llevaban a sus hijos a las primarias y jardines de niños de la zona. Como siempre en la calle de Arena lo esperaba “el recio” el perro con una pata fija cuya cola se agitaba de lado a lado cuando le veía venir.
 
-vamos amigo… lanzó a modo de saludo mientras el can de color plomizo contesto con un ladrido… buen perro, hoy nos toca la avenida así que ponte buzo cabrón… el perro siguió a su lado mientras “la bendita” pasaba casi sin reducir su marcha y dejando tras de sí la estela del color amarillo lápiz. Al acercarse al camellón de la avenida el perro olisqueo temeroso y retrocedió un poco al sentir el viento frio arrojado por los carros, el hombre detuvo la marcha y con un chiflido el can se  freno, esperaron el cambio del semáforo mientras ambos lanzaban una mirada centellante a la olla de los tamales de la esquina opuesta, la adolescente que azuzaba el fogón del brasero bizqueaba mientras el color rojo de los carbones dejaba paso a la llama amarilla. El humo disipo los sueños y pensamientos de Serafín mientras volvía a poner en marcha la bicicleta con algo de lentitud y el can reanudaba su trote disparejo… aguas pendejo no te vaya a rematar ahora sí!… dijo al perro que seguía pegado a la llanta del lado izquierdo.
 
“el recio” se entretuvo con una french poodle corriente que pertenecía al viejo Roberto, Serafín contaba cartón y lanzaba un eructo sabor cebada mientras el hombre de la calva le contaba sobre la puta que había sido acuchillada un par de calles más arriba, el cerro se remontaba sin descanso y las calles sin pavimentar guardaron la sangre de la mujer de apenas 19 años. El viejo la conocía ya que a diario pasaba por allí, todo mundo sabía a qué se dedicaba y a nadie le importaba apenas, pero menos aun les importo lo que le pasara… son 17 grandes y los dos del huevo Beto…
 
-hey, te los doy a 3 cada grande y 8 los del huevo…
 
-no chingues guey, ni el kilo esta tan bien pagado… se banda…
 
-banda… no, no mames Serafín, el pinche Rocho los quería hace rato y me daba $10…
 
-si cabrón, pero ese guey los quería para seguirse violando a los morros del camellón…
 
-jajajaja que no te oiga el culero Sera… acuérdate que Benito (que dios lo tenga en su santa Gloria) fue el que se le puso al tiro y acabo en el canal todo fileteado…
 
-le aviento al “recio”… o no cabrón?! Grito mientras el perro olisqueaba el culo de la perra color crema.
 
-valiente perro te cargas guey, ese pendejo es igual que tu, hasta la puta mano toda madreada trae. No lo has llevado con Dany?
 
-jajajaja pinche morra se quiere cobrar a lo chino, que con un quinientón le corta la pata y le deja bien el asunto. Dice que así como la trae nomas anda sufriendo, pero tu miras que ese cabrón se queje? Míralo, todo pinche jarioso con tu perra.
 
-nomas que me la preñe y voy  cortándote la pinche verga cabrón, por andar recogiendo perros calientes…
 
-‘ta bueno… entonces del cartón?
 
-Pus ya llévatelos, nomas que no se entere el pinche Rocho porque si no el que se queda sin picha será otro.
 
-no le saques pinche bobby, igual y te gusta…
 
-tu puta madre…
 
Siguió a paso normal “la bendita” frente a la secundaria, los chavos comenzaban a salir en tropel, algunos gritando, otros riendo y la mayoría preparándose para afrontar la tarde y la dura vida en aquel paraje, apenas había agarrado algo de vuelo cuando se freno de sopetón desplazando varios de los cartones hacia adelante. En la esquina del tope se quedo frente  a frente con él.
 
-que pedo pinche manco?
 
-que hay Rocho… dijo sin ánimo en la voz, mientras el perro famélico desde detrás suyo le pintaba los dientes al tipo del abrigo gris y el hoyo donde debiese estar el molar superior.
 
-camara con tu perro pinche manco, pero ahorita eso no importa; como que me van faltando unos cartones guey, y el pinche mantecas me dijo que te los había apalabrado… presta unos no? No avanzo pero no se quito de frente a la bicicleta llena de cartones recolectados por Serafín.
 
-no, no chingues guey los tengo vendidos con el de la 16, si no me cae que te dejaba unos de los del huevo.
 
-mis huevos que los tienes vendidos, si el puto del norteño no tiene ahorita negocio porque le echan la culpa por la hija puta de Martha.
 
- sepa la madre Rocho yo los tengo allí con ese guey, si se los quieres bajar pues le hablamos al norteño, te arreglas con él y que me dé luz verde para pasártelos.
 
-eres culo pinche manco… pero no te quieras pasar de pinche listo o un día de estos te quedas sin el otro pinche brazo o sin una de las patas. Soltó despacio y lleno de veneno las palabras salpicadas como lo era todo en su atuendo.
 
-así están las cosas Rocho, pero tú no te preocupes que un día u otro el pinche culero que me tasajeo se va topar de frente con mi gente y entonces si se lo va a cargar la chingada. Le dijo pausado sin arrugarse ni un centímetro frente a la malicia del hombre que miraba para un lado y otro mientras hablaba con Serafín.
 
-jajajaja por eso me caes bien pinche Serafín, no te agüitas. Vale pues, llégale y nomas no te descuides cabrón, porque aquí venden mucha pinche barbacoa de perro… finalizo al tiempo que Serafín retomaba el paso a paso junto a “la bendita”. El perro volvió a agitar la cola y siguió pegado a su lado; llegaron a la calle 16 donde vivía “el norteño” y miraron a un par de mujeres regordetas que seguían discutiendo sobre la prostituta muerta en franco chisme, tras darles las buenas tardes y saludarlas con la mano invisible, las dos mujeres retomaron su parloteo común. Doce casas después el taller del norteño se hallaba cerrado por lo que toco a la puerta y tras unos minutos donde se entretuvo con “el recio” y un pájaro que emitía un cantar diferente según se sucedían sus trinos abrieron la puerta de color marfil. Un hombre corpulento y de bigote tupido le hizo la seña de que pasara y ni bien traspaso la puerta apareció otro hombre que vestía con una camisa a cuadros como todo su atuendo.
 
-que paso norteño, ya te traje los cartones…
 
-gracias Sera… contesto en tono afable y amanerado… pensé que ya no venias, con el ruido que hicieron los de la pasma por la chica de Martha.
 
-algo escuche por ahí. Ya saben quien fue?
 
-quien más… el puto de su padrastro, al parecer el hijo de la chingada le quería meter mano y regentearla y no se dejo la chavalilla. Pobrecita.
 
-hey, pero ni modo norteño la vida sigue, ya le tocará al pinche Santiago allá en el RENO.
 
-jajajaja no manches Sera, si el pinche panzón se pelo ayudado por Martha, dicen que no le llamo a las patrullas hasta que ese hijo de puta se pelo a casa de una de sus tías allá en Ameca Meca.
 
-y el chavalillo?
 
-pues se va a quedar con Martha… pero quien sabe que diga el DIF…
 
-puras mamadas, eso dicen los del gobierno norteño. Ya mejor que ni se metan por aquí, ya ves al pinche Rocho se lo han cargado como 15 veces y ahí sigue, nomas puro atole con el dedo y los jodidos nos jodemos mas.

-amen Serafincito, amen… y pasando a cosas más importantes, ya te tengo tu encargo.

El semblante de Serafín mudó, adopto la mirada que generalmente o casi nunca empleaba, ya que por lo general siempre era tranquilo, pero cuando adoptaba esa mirada de entrecejo casi parejo su carácter volaba y se trastornaba. Así había perdido un amigo, así había perdido un hijo.

-quien? Dijo seco, cortante y sin ya ninguna alegría en su voz, el Norteño lo miraba igual de serio pero con un toque frutal en su voz, con triunfo, a sabiendas de que tenia frente así un negocio no redituable monetariamente pero si de suma ganancia para sus intereses.

-Roberto, el gordo.

-tu puta madre cabrón, como va a… y recordó, recordó aquella mañana de agosto cuando se dispuso a cogerse a la viuda del Solís, cuando le dijo que tenía un amante y Serafín entretenido como estaba por devorarse los senos gordos de la recién enviudada no le había prestado atención a lo que decía; recordó la mirada severa de Roberto cuando le conto que se cogió a la Marina, no lo había notado pero su mirada era igual de fría que la de un condenado a muerte… puta madre... lanzo al espacio entre el norteño y el, se dio media vuelta y cerro con fuerza el puño fantasma que tenia frente al rostro. Sangraba y le dolía, sabía que tenía las uñas enterradas en la carne recia de la palma.

-cuanto?... dijo ya apenas unos segundos donde volvió a retomar la calma que necesitaba.

Enero 2013

jueves, 24 de enero de 2013

Héroe anónimo

Héroe anónimo

Luz de neón que ilumina los rostros igual que cada tarde; luz de neón verde que traspasa las burbujas ascendentes del vaso jaibol que se encuentra delante; luz neón que se refleja en color verde sobre la barra de caoba. Cada gramo de azúcar que corre serpenteando cuesta arriba por encima del carbón vuelto líquido. Color verde que baña con su resplandor las pupilas de Mary  “cabeza blanca” y doña Naty tras la barra con su mopa y su eterno “jóvenes”. “jóvenes” indeseables y rastreros bichos que pululan y aturden la sencillez de la existencia y que se arremolinan cada semana, cada día, cada jodida noche en torno a las mesas y los bancos para brindar por sus calzones meados.

Luz neón atrapada durante los próximos 6 años de su vida útil en este lugar arriba de los cielos y debajo del infierno. Luz neón verde que se mimetiza con el hielo y destraba la felicidad contenida en los pechos de los parroquianos que aquí caemos a diario. Luz neón ebria que absorbe mililitro a mililitro el ron que acompaña al refresco de cola y el agua congelada de mi vaso. Atrás de la barra doña Naty sirve otra ronda de ese pulque blanco, insalubre, eterno, provocador de flatulencias comprimidas y vigorizantes erecciones juveniles.

Doña Mary “cabeza blanca” sorbe en su tarro helado la savia de los dioses como le llaman por acá sintiendo, paladeando cada que el vital líquido desciende por su tracto digestivo, pulque que reduce a los hombres, inclusive al más alto y casto a la calidad de un hermano. Luz neón que vuela en el espacio estrechando cuerpos jóvenes y viejos en total sumisión a su candor; luz neón que enseña el camino hacia el Mictlán con sendos ríos paralelos del pulque baboso, que recorre palmo a palmo la barbilla del tipo sentado al lado.

Fuego descendente, y el hielo que se evapora en el torrente de la cola y el ron antillano de 32°, mis labios apenas y pueden besar el frio cristal para mojar cada pigmento, apenas y besan el vaso empapado de sudor bendito desprendido del choque de su frio contenido y el volcán activo que parece mi cuerpo. Luz neón que recubre cada milímetro de la piel vencida y adolorida.

La música suena mientras tamborileo con mis dedos una polka acompasada por el banco disparejo y el piso de madera falsa que hace las veces de eco en las mañanas. Doña Naty se halla un poco más al fondo del local tarareando esa canción dolorosa de amores atrapados en las redes de la imposibilidad y el tiempo que se ha detenido hace décadas. Esa tonada que niega al hombre las bondades del universo, comenzando por sus cada vez más podridas piezas dentales. Cada centímetro de su ser canta y grita desaforadamente las estrofas del himno de los corazones magullados. Calor surgido de la luz neón verde situada a menos de un metro por encima de la cabeza y la barra de madera, mi cuerpo según desciende el contenido del vaso jaibol se va encendiendo y va pidiendo a gritos y silbidos que le haga caso. Color verde que titila al ritmo de ruidosos sorbos del hombre aparejado apenas un par de bancos a mi izquierda.

Color verde que se vuelve radiante en esas mejillas frondosas al igual que en su trasero grosero, cual si reventase el orgasmo prometido para la posterioridad de este ebrio que mira sin apenas mover los ojos o el rostro. Cruzo mi mirada con el tipo que la acompaña, pretende tener fiereza en los ojos pero su modo educado de hablar y la falta de acento le delatan. Es alto y tiene pinta brava, sin embargo tiembla cuando saca el billete de la cartera y sus zapatos cafés le estorban haciéndole dar un pequeño traspié; la chica ya se ha sentado y el mueve sus caderas imitando las de ella, en realidad quisiera estar pegándole un tremendo polvo. Otro pobre diablo calienta sentimientos. Tiemblan sus manos al coger el envase de vidrio helado, tiembla su billete cuando cambia a las manos ásperas de Doña Naty, tiembla todo su cuerpo porque es incapaz de poseer la decisión de esa mujer que le acompaña y que viste de negro. No es en vano que el brillo de la frente picada por el acné de la juventud del chico ilumina aún más el vaso frente a mí y situado apenas unos centímetros de sus delicadas manos de oficinista.  Nos volvemos a ver a los ojos, justo cuando la chica se pone en pie anunciándole con su voz ronca cargada de deseo ajeno que va al baño, nos quedamos viendo una pequeña fracción antes de ceder a la tentación de ver el trasero generoso que se aleja y que tiene deseos de batalla. No ha sonreído a nadie más, no ha hablado más allá de lo normal, es callado y respetuoso, un caballero en toda la extensión de la palabra que entre sus piernas tiene seguramente a un pequeño pobre diablo que poca acción ha tenido a menos de que sea pagada.

Luz de neón que finiquita su relación amorosa con la música expulsada por la rockola vieja; miró hacia el suelo en el sitio donde debiese estar mi pierna derecha y hoy cuelga de forma siniestra el pantalón de color café. Sonrió un poco mientras muevo de arriba hacia abajo los casi 26 cm de mi pie derecho. Es hilarante imaginar que la piel y el calcetín aun existen dentro del calzado deportivo que usaba.

Son las 6 y el tiempo adentro de este bar bañado con la luz neón se ha vuelto frio; la canción a cargo de la sonora que suena en los parlantes poco eco levanta entre las mesas ocupadas por una gélida concurrencia y termina rebotando sin gracia aparente en las paredes amarillas. El conjunto de neones verdes parpadea una vez y siguen impasibles en su cometido de dar algo de brillo al conjunto de este lugar. Son las 6 y el trago con ron antillano y refresco ha desaparecido junto con mi pie derecho por fin.  Tomo el cambio situado a un palmo de mi mano izquierda, lo guardo en la bolsa frontal de la camisa a cuadros y coloco las muletas en su posición habitual. La salida se antoja cercana cuando tienes dos pies, pero en tripíe la cosa se ve lejos y peligrosa. Escucho la risa del gigantón y la chica de cabello cenizo mientras enfilo hacia la calle.  Conozco el camino de sobra, conozco las sensaciones de la falta de pericia al volante de la madera que me acompaña a casa. Cada maldita tarde espero que sean las 12 del día para poder venir y sentarme de nueva cuenta a contemplar el verde del neón  y el zumbido inacabable de los cientos, miles o millones de vehículos que pasan por fuera del cristal de la entrada.

Mañana tal vez vuelva a pedir un ron con cola y hielos para empezar a sentir que la vida sigue debajo de mi rodilla derecha.

SR Enero 2013

domingo, 20 de enero de 2013

Camino al desastre

Camino al desastre

Domingo por la tarde, para ser más exacto las 3:05 de la tarde de un domingo a mitad de agosto, recorro en un camión muy precario el tramo que comprenden las poblaciones de Coatzacoalcos a Tuxtla Gutiérrez (todo en el sureste del país que tanto daño ha sufrido en manos de las corruptelas políticas) en espera de llegar al hogar eterno. Y digo que el camión era precario porque no alcance a tomar el que originalmente me llevaría en un recorrido de dos a tres  horas hasta el punto neurológico del estado chiapaneco después de estar un par de días yendo de un punto a otro por Chiapas, Tabasco y Veracruz para cumplir con mi apretada “agenda” (se dice así cuando se quiere parecer más interesante de lo que en realidad se es). Atrás queda el calor infernal de ese puerto jarocho que me recibió con algunas sorpresas y sobre todo el recuerdo personal de haber sudado como nunca en tan poco tiempo.

Es justo poner un poco de contexto, el camión que tome llevaba el poco cierto rotulo de “Rápido y directo” en su denominación y tanto la boletera como el chofer tenían pinta de buenas personas y me aseguraron que solo se hacían dos paradas en todo el recorrido. 10 minutos después de abordarlo hizo el primer check in donde recoge a dos pasajeros en una terminal situada en un punto abandonado y destartalado. Se sube un vendedor de papitas y cacahuates, sentí lastima por él y compre una bolsa de sus productos gastando el poco dinero que traigo, no son ni las 2 de la tarde y el hambre haría su primera irrupción (no será la última). Trato inútilmente de quedarme dormido y consigo solamente que el cuello me duela al intentar acomodarme en una posición que seguramente ni un contorsionista profesional aprobaría. Miro el reloj y faltan 10 minutos para las dos de la tarde y el puente que conecta Coatzacoalcos con la región sur-centro de Veracruz está cerrado, no son buenas noticias.

Retomo, hemos dejado (el camion lleva cerca de 12 personas) atrás el puerto y comienza el ascenso; afuera del autobús se observa un calor del infierno procedente de la región antes selva y ahora vuelta campos  de cultivo y pastoreo de animales de granja, aunado a ello la destrucción ocasionada por la instalación imperfecta de refinerías situadas en el Estado han terminado por volverlo un lugar caluroso y peligroso lleno de tomas de agua contaminadas donde ni el propio presidente tomaría de aquí  su agua por equivocación. No sé que pasara por la cabeza del chofer que viene divertido con mis caras y muecas hechas al intentar tomar fotografías en movimiento y ver que cuando hay una buena toma el camión da un brinco y se pierde toda la perspectiva. En el aparato de música portátil que utilizo comienza  a sonar Alice in chains y reflexiono seriamente que su vocalista de haber conocido mas el país del sur jamás se hubiera sentido atraído por la heroína y por la autodestrucción (chaquetas mentales mías ya que conociendo el país, me hundo mas y mas en el consumo desenfrenado de la marihuana).

Traigo una botella gigante de agua que calculó tendré que tirar en el aeropuerto (y es que ni bien haya llegado a la bella Chiapas tendré que tomar el avión para regresar a la capital del país) debido a que las autoridades ven el liquido incoloro y sin sabor alguno como un atentado nuclear en ciernes, el camión va pasito a pasito abriéndose camino entre las colinas interminables de arboles de no sé qué caraja especie; verde y más verde de izquierda a derecha y de vez en vez un rio que separa las tierras de pastoreo de los animales de un compadre (o enemigo) a otro. Allí a lo lejos se divisa tormenta y según el clima de los últimos días no es raro que así ocurra. Queda media bolsa de cacahuates y ya me dieron nausea, al parecer mi siempre duro estomago no soporta una bolsa de $10 de frituras regionales y agua embotellada que se comienza a entibiar.

Han pasado casi dos horas de que salimos de Coatzacoalcos y no parece que avance gran cosa el camión, cuando no se ve a lo lejos una hondonada aparece una colina y así por lo general, llevamos cerca de 15 minutos sin ver rastro alguno de civilización y sin embargo estoy seguro que allí detrás de esa inquietante pared verde que se alza a ambos lados de la carretera se encuentran familias enteras donde lo primero que destaca son esos ojos desconfiados, ojos cargados de pobreza y de desigualdad social que poco o nada conocen de las basuras tecnológicas que nos esforzamos por conseguir para estar a la moda o para tener algo de qué hablar o con quien hablar.

Atrás en ese caserio perfectamente distribuido en torno a la carretera por la que transita esta cosa se quedan un par de viajantes y se suben cerca de 15 pasajeros que me miran entre sorprendidos y curiosos. No es raro que suceda esto si consideramos que traigo el pelo muy crecido y descuidado y barba larga e igual de desarreglada (a ello hay que agregar que visto de manera sumamente estrafalaria) a cada pasajero le doy dos miradas escrutiñadoras esperando encontrar a un traidor al pueblo o a un asesino en ciernes. Nada sucede.

El camión hace una parada programada en un pueblo que está en medio de la ceiba, nada hay allí fuera de la mal construida estación de autobuses (y que tiene el titulo brutal de: “camiones a Coatzacoalcos cada 15 minutos, a Tuxtla cada 2 horas”), se suben más personas y en cada una de ella observo esa chispa que ya no siento, esa necesidad por vivir algo más de lo que día a día recorro. Son ya pasadas las 3:37 de la tarde y el camión retoma el camino abriendo surcos de diesel en la claridad del cielo azul del sureste mexicano, al poco de salir nuevamente a la carretera principal el chofer cabecea por primera vez, no será la última que lo hace en el recorrido supongo en aquel entonces. Justo a mi lado se sienta un anciano de cachucha y mirada torva, de su bigote blanquecino-amarillento surge ese aroma a tabaco pasado y repasado por años y años de carencias. Dudo mucho que el anciano fume Camels de $45 pesos.

En vano actualizo el internet, en vano actualizo las redes sociales de mierda, en vano intento comunicarme con alguna persona, soy yo y el universo montado en un camión que avanza a 70 kilómetros por hora (salvo que le hagan la parada). La música que suena en mi carísimo reproductor poco o nada armoniza mis sentidos con la inquietud que siempre traigo cuando me salgo de la zona de confort y cada tres o cuatro minutos durante los últimos 75 minutos he estado preparando las falanges para saltar en caso de que algún sujeto se quiera pasar de listo. Nada sucede.

Nuevamente se acercan las nubes por el horizonte del sur hacia el que avanza intrépido el camión de color verde, es agua que irremediablemente traerá consecuencias graves para la gente que vive en medio de tanto color selvático. Ni bien he terminado de acurrucarme bajo mi sudadera el camión hace una parada a la orilla de la carretera, se suben más de 20 personas todas idénticas, no hay mayor distinción entre hombres y mujeres, salvo que en esta ocasión todas son mujeres jóvenes que proceden (según escucho a medias por el resquicio que dejan los auriculares) de una congregación religiosa que poco o nada tiene que ver con mis creencias (o antiguas creencias) religiosas. Son cristianos de nueva hornada que van de comunidad en comunidad ganando adeptos dejados de lado por la rapaz acción de la iglesia católica y los secuaces políticos que los protegen. Pero van reemplazando una droga por otra droga, un mito por otro mito, son simples ovejas que cambian al viejo de la cruz y sus camaradas de yeso por una cruz dorada,  canticos y explosiones de fe mal acusadas.  Una de esas mujeres se sienta a mi lado y todas le hacen puya, todas le hacen bromas porque va sentada al lado del cuasi blanco de barba y pelo hirsuto que huele a los mil rayos porque al parecer no se ha bañado en quien sabe cuántos días. No importa, su leve olor a jazmín cubre y amortiza mis olores corporales de extracción citadina, sus ojos negros azabache me miran un par de veces con la curiosidad propia de quien no conoce a un turista que viaje en esos camiones de la raza.  Son sus delicados pies enfundados en unas zapatillas blancas caladas las que contrastan con mi calzado deportivo de color obscuro y mis jeans americanos; el choque de dos mundos de idéntica desproporción y sordidez monetaria.

20 kilómetros después la mujer y el resto de su comitiva se bajan en la boca de un camino de terracería que conecta a una ranchería de cinco o seis casas, hay una primera bajada, donde un grupo de hombres que no tienen nada en particular (salvo que todos van a caballo) se les emparejan a las mujeres y comienzan el descenso o ascenso a sus respectivos lugares, todos miran con desconsuelo y cierta aprensión  el camión que se aleja haciendo el sonido sordo de un escape disruptor de la paz de esa comunidad y esa estampa provincial alejada de los caminos turísticos. Son casi las 4 de la tarde y según mis cálculos ya debiésemos estar más cerca de la parada final. No es así y faltan muchas otras paradas en medio de un campo cada vez mas accidentado y con nubes que cubren donde antes había un sol esplendoroso.

El paisaje cambia poco a poco y se torna de un verde distinto, mas frio, más problemático, uso mis lentes y miró, se observa una presa gigantesca (que después confirmo que es la segunda más grande del sureste mexicano) y me siento preocupado acerca de lo frio que se ve alrededor de ella, no han pasado ni 10 minutos y el camión toma una desviación hacia una nada, hacia un agujero en la tierra; no hay asfalto, no hay doble carril, es un improvisado derrotero de terracería que conecta la civilización con algo más allá. 15 minutos después de un camino intransitable con varios visos de derrumbe llegamos a un pueblo escondido, perdido en la magia de la intransición del tiempo y que parece haberse detenido en la realidad política de hace cuando menos 10 años. Anuncios de capitalismo boyante sobre de un México atrancado en el viejo pacto del silencio y la omisión. El frio cala realmente hasta los huesos y mi sudadera no hace ninguna diferencia en contra del clima artificial sumado al clima real. Son prácticamente las 5  y me encuentro perdido en medio de quien sabe dónde. Allí se van 15 minutos donde el chofer come una torta de algo similar a la longaniza y el queso de cabra.

Salimos con una disminución notable del pasaje y apenas un par de kilómetros delante de la reincorporación a la carretera estatal y federal el destino juega a golpear de frente, juega a no dejar que yo descanse en suelo local ni un minuto de los que restan. La madre naturaleza se interpone una vez más entre el deber y la obligación. Allí  metros delante del camioncito un alud de consideración mínima ha bloqueado la carretera, y no solo la ha bloqueado sino que amenaza con detener el tiempo y obligarme a volver vía terrestre a la capital del país y esperar la suma inquisitorial de mis empleadores. El chofer del “rápido” desciende a platicar con el operador de la grúa encargada de la limpieza, le dice en un claro signo de “ya te chingaste”: 2 horas. Maldigo a Tlaloc (o su versión chontal, Tzeltal o tzotzil o la zoque) y al carajo tipo barbón que hizo posible que se asentara una población tan cerca de una región de deslaves. Me hundo en el respaldo del asiento y enfoco mis ojos en la pantalla de cristal líquido del camión. El chofer a sabiendas de que nos quedaremos varados por un rato ha decidido colocar un video, espero basura y los dioses amerindios juegan por primera vez a mi favor al iluminar el televisor con un gran documental sobre las injusticias del sistema judicial y penal mexicano. Me clavo en la textura del descojonante caso presentado y olvido a ratos que debo llegar a trabajar al suelo de Moctezuma y Cuauhtémoc; acaba el documental justo cuando el miembro encargado de las fuerzas federales destacado para otorgar el paso a uno y otro lado le toca la ventanilla al asiento vacío del chofer, le dice que en unos minutos se re abre la circulación.

Salimos pitando carretera abajo con el indicador luminoso de exceso de velocidad encendido todo el tiempo, cuarenta minutos después toca la periferia de Tuxtla, 5 después va por encima de la capital chiapaneca pasando casas y lotes, callejones y avenidas sin detenerse, sabe que tiene que cargar una vez mas y volver a salir a donde sus empleadores le designen. A mí, a mi me espera un viacrucis más largo, 30 minutos más o menos de camino hasta el aeropuerto en espera de que algún taxista se apiade de mi alma y me lleve hasta la salida de la ciudad a abordar el avión sin respetar semáforos o abuelitas cruzando las calles.

-al aeropuerto?

-como no, son $100

-hecho.

Subo y jadeo considerablemente, llevo desde la 1 de la tarde en caminos intransitables y veredas agrietadas por el agua y el hombre. Me platica sobre el futbol, la política, los federales y el ejército. Así me da un tour acerca de la realidad local; no le prestó gran atención, concentrado en que llegue al jodido aeropuerto con tiempo suficiente para abordar el avión y sumergirme en los vientos y lluvias del sureste mexicano vistos desde arriba. 8:10 pm, llego con un retraso de muchas horas de acuerdo al itinerario  y el sujeto con pinta de mala leche que revisa mi mochila-maleta se queda un minuto conmigo, me da la luz verde y sin revisión paso a la sala de espera donde el resto de los pasajeros tienen cara de odio y agotamiento. Es domingo por la noche en Chiapas  y me quedo en pie esperando en vano para que el anuncio de llegada del vuelo procedente de la ciudad de México se haga efectivo y de ahí a esperar a que se reposte combustible y vuelva a surcar el cielo. No hay informes actuales sobre el vuelo y los miembros del mostrador interno de la aerolínea se miran entre sí temerosos, saben que llegara demorado y no lo quieren hacer público porque saben cómo reacciona la gente en el aeropuerto ante tales noticias. 

9 pm, el mismo aeropuerto, la misma gente, la condenada situación de siempre en estas condiciones. El avión viene retrasado por el mal clima y las situaciones ajenas a la aerolínea; mi tripa ya no gruñe, sino que se pelea consigo misma y reproduce tácitamente cada ruido que el avión más longevo es capaz de hacer en plena turbulencia demencial. Cedo a mis instintos y masco chicle con fruición pese a que mi muela del lado derecho produce calambres en media cara. Se acerca una señorita al mostrador y anuncia con gran entusiasmo (de su parte) que el avión llega en 5 minutos y que se tratara de salir antes de las 10 pm. Chiflidos, gritos, insultos y demás sonoridades comunes a cuando te avisan que ya no hay de papa y chicharrón solo del embutido más cutre se reproducen en grandes cantidades por la mole humana yacente de la sala de espera.  Me derrumbo sobre el asiento tapizado de cuero de la sala de espera y veo a mi lado parejitas enamoradas, viejos malhumorados y niños dormidos en brazos de sus cansados y apabullados progenitores; madres y padres que esperan que la noche se acabe para despertar en su cama King size y apenas cubierta por una sabana maltrecha; no importa, el asunto es que el jodido viaje se termine y puedan decir: “México DF, querido y amado defucho”. Cierro los ojos imaginando que esto es una pesadilla recurrente y que el sonido de la máquina de café orgánico situada en un local comercial del “sin taxes” no está activa. Imaginaciones mías que son rotas cuando un niño pega un grito al caer de cara en una de las lozas del suelo federal.

Hace casi 20 minutos, 20 jodidos minutos que damos vueltas, que las luces del Distrito Federal se inclinan y cambian de orientación conforme el avión viaja de sur a norte y de este a oeste. El suelo se deja apreciar a casi  19,000 pies por debajo. Cierro los ojos mientras el vaivén de la lluvia golpea de lado el cristal templado de ese monstruo plateado. Han sido las dos horas más brutales en la historia de mi vida, las sacudidas terribles que reacomodaron mí querer por esa mujer que seguramente está dormida después de visitar a su novio en turno. Han sido 120 minutos de terror aéreo que he jurado nunca más repetir; literalmente mi bebida carbonatada ha volado por los aires hasta depositarse en mi playera obscura y la barba que recubre mi rostro desde hace cuando menos dos meses. El pasajero de al lado no lo ha pasado mejor y tiene un poco de frituras en el cabello y el semblante pálido, que deja entrever que la palidez habitual de chilango es bronce a comparación de su color actual. Recuerdo el asunto: el tipo (sin mayores descripciones) se santigua y me voltea a ver en espera de que yo haga lo mismo. Sonrió con una mueca que me recuerda que deje de creer en el mas allá y el mas acá desde hace cuando menos 8 años; en realidad me maldigo a mi por no pedir un vodka o un tequila triple antes. O ya de perdida cerveza nacional, cualquier jodida cosa que al resbalar por mi garganta me hubiese inflamado de valor, de coraje para afrontar la situación peliaguda en la que me encuentro. Se apagan las luces del todo y exhalo para mis adentros un: “ya valió madres”. Luz roja, luz roja que antaño me deparaba viajes en solitario sin salir del 2X4 de mi habitación con el olor a petate quemado. Luz tenue que oculta mi languidez sobre el asiento hecho para gente 10 cm mas chica que yo; en mi vaso de unicel se halla lo último de ese refresco que ahora se me antoja igual que un caldo de meados ajenos. Lentamente, lentamente, mientras el condenado armatoste se sacude de pe a pa y de cabo a rabo, alzo mi rostro y entono la única plegaria que recuerdo, la única oración que me sale de los labios directo del cerebro y que antaño me obligaba a aterrizar, a no clavarme en los pensamientos más proclives a la locura: “las estrellas son la última guía”. Esgrimo mi risa despectiva para el resto de la comitiva que me acompaña y vuelvo a decir con una voz ya no mía, sino prestada para la ocasión: “las estrellas…” cierro los ojos y desaparece el pánico de mi voz interna mientras repito una y otra vez la frase, el vaho mental se ha roto por la luz claridosa de mi juventud sin miedo. Tras cuatro o cinco repeticiones de tan sobado mantra soy el mismo que hace casi 13 años, soy el mismo que cambio una lata de refresco por una lata de cerveza, soy el mismo carajo niño que inhalo el humo de marihuana en lugar del de un cigarro. Cierro el  puño derecho de ese niño de casi 1.80 que juega futbol y lo alzo al cielo en espera de que el chingadazo me retorne a la tierra. No hay miedo ya, no hay miedo a lo que pase. No hay nada fuera de este condenado avión que me produzca terror. Soy el jodido cabrón que puede perderse en las ensoñaciones de la yerba por casi 10 horas y al finalizar salir campante a escribir poesía barata para su amor imposible en turno. Soy el condenado adolescente que coge su guitarra y saca ruidos infernales sin temor alguno al ridículo. No hay temor, no hay miedo, no hay nada que me espante. Realmente me importa un carajo lo que suceda alrededor, no sé si el sujeto de junto o la chica guapa que venía flirteando con el dude casado detrás mío vienen gritando o se encerraron en el baño para coger, no tengo temor alguno porque la muerte es solo una mirada obscura y el infinito me pertenece. Abro los ojos y todo había terminado, la turbulencia había muerto junto a mi miedo al pasado, les acompañaba también a mi miedo a aceptar mis errores cometidos en la actualidad, los cuales al parecer  se habían marchado con las nubes que jugaron con el avión y con la vida de casi 150 pendejos. Suena en el altavoz la pausada y lenta voz de un hombre curtido en cientos de batallas para despertarme de mis recuerdos: “nos disponemos a aterrizar, favor de abrocharse los cinturones, colocar el respaldo del asiento correctamente y apagar los aparatos electrónicos que tenga a la mano. Soy el capitán Álvarez y a nombre de toda la tripulación y la aerolínea les deseo una bonita noche en la ciudad de México, esperando a que vuelvan a viajar con nosotros”.

Cierro la portezuela del taxi y doy la dirección. Hace calor en la ciudad y mi sudadera se antoja pesada, recorre la ciudad fantasma en domingo cerca de la media noche con apenas ruido del motor, una luz roja en todo el recorrido mientras mis parpados se sienten ligeros y el hambre arrecia nuevamente. La casa ya está a obscuras y al abrir la puerta sonrió para mi, se ha terminado el carajo viaje por hoy, mañana, mañana quien sabe a dónde chingados me encuentre.

SR agosto- enero de 2012-2013

miércoles, 16 de enero de 2013

discos que me laten

Otros discos

Me he tardado en redactar esta entrada debido a las dificultades que encontré para poner en claro cuales discos de no-metal han sido los que me han influenciado a lo largo de mi -ya no tan corta- carrera como melómano y visitador de estados alterados. Ahora bien, no tienen ninguno de los discos elegidos una predominancia sobre los demás o que lleven un orden cronológico, simplemente son discos que irremediablemente puedo oír una y otra vez con la emoción de encontrar cosas nuevas y valorar las ya conocidas anteriormente. 

La verdad es que casi no tienen ninguna relación o parentesco entre sí, salvo un par. La onda (y cada vez me acerco más a definir que quiero decir con “onda”) reside en que cada uno tiene detalles que hacen que sobresalga para mí de otras obras de menor o mayor trascendencia. 

Tengo la creencia de que si me sigo explayando acerca de cualquier cosa fuera de la música, únicamente estaré dando vueltas sobre lugares comunes que ya muchos más han visitado y revisitado (con mejores resultados debido a una mayor profundidad de su capacidad de sintetizar ideas); quede pues de manifiesto que no me considero critico de rock, ni de música y mucho menos un versado sobre emociones.  

Vengase entonces mis recorridos violentos por la música rock, pop, jazz, blues y demás ondas (yeah la onda que va y viene y se reviene) y que me prenden cual fuego etéreo.

Jaguares- El equilibrio

Quiero que imaginen a un chaval de menos de 16 años, perdido entre las clases de bachillerato público y ajeno a muchas cosas que para los demás son cosas comunes. Absorto a diario entre la lectura de libros de literatos franceses y los videojuegos, inmerso en la vorágine de una televisión sin contenido y con preocupaciones que para el resto del común son chaquetas mentales. Ahora imaginen que ese morro se clava en la textura de la música como único escape, lamentablemente no puede tocar ni un acorde, no puede mantener la concentración en lo que observa y se refugia en su imaginación como válvula de escape.

Llega entonces a sus manos el disco de un grupo liderado por un pretendido chamán (sea lo que sea eso); las letras llenas de paranoias y pseudo metáforas (más bien motaforas), y sin embargo hay algo ahí, algo más que un cantante con la voz desgarrada, algo más que esas letras que despiertan la imaginación del puberto. Ese algo se llama guitarra, solos y riffs que llenan el cerebro y despiertan nuevas sensaciones, que lo trasladan a nuevos lugares desconocidos. Se aprende de noche y día las letras y los punteos de esa guitarra, se deja dominar por ese grupo que increíblemente dará muestras de grandeza solo una vez más y luego se refugiara en la complacencia.

Los jaguares del ya muy sobado Saúl Hernández se convirtieron en tótems sagrados debido al pasado caifán, pero fuera de ello, fuera de ese pasado ochentero y noventero del jaguar mayor, la banda nunca fue banda, el encargado de la guitarra onírica no duro más allá de ese primer disco y formo su propia banda, esa si perdurable, maleable y llena de recovecos llenos de innovación José Manuel Aguilera le dio alma con esos guitarreos al disco y permitió que el chamaco de 16 siguiera creyendo en el mundo. De ese tamaño es para mí este disco.

Radiohead- Kid A

Todos los amantes de la música de los radiocabezas ponen como disco de cabecera el “ok computer” no es para menos, baste ver el salto cualitativo del “The bends” al “está bien computadora”; sin embargo para mí el grupo me rompió las bolas cuando creo el disco del “chico A” ya que mezclo la electrónica básica y los loops pasados de lanza con esas vociferaciones del inche Tomasito Yorke. Corta y pega loops, corta y pega ruiditos. Eso era el inicio del milenio, eso era el Radiohead que comenzó a gustarme; ese es el disco que sigo escuchando cuando me clavo en las texturas.

Cada una de las canciones llena la anterior, cada una traza el camino para que la que continúa no rompa el ritmo. El punto álgido del disco llega con ese track 7, cuando inician los loops del “idioteque” ya que es momento de coger el acido y dejarse sumergir en esas marismas de sonido creados por la banda del Yorkito, y justo cuando crees que todo va a terminar de sopetón empieza ese rolón que se llama “morning bell”. Así es como debió sonar el inicio del fin del mundo si todo hubiese sido como lo vaticinaban algunos crédulos del Y2K (chavos agarren una lap y fíjense en la wiki).

Se ha dicho que le copiaron a Kraftwerk, que bueno que les copiaron, siempre será mejor copiarle a unos cabrones como kraftwerk  que a otras bandas cuyo merito reside en el mundo de la corrección política y el autoplagiarse a sí mismos.

Pearl Jam -Ten

Piedra de toque de un movimiento que trascendió lo musical hasta llegar a lo económico y social, junto al grupo de Aberdeen (si no saben quiénes son, urgen clases de historia musical chavos) Vedder y compañía forjaron un disco que ha mantenido su importancia a lo largo de 20 años, pese a que yo llegue muy tarde al movimiento grunge (de hecho ya no lo alcance jajajajaja) el disco de los jalea de perla me movió las entrañas de manera brutal, desde la abridora “once” uno sabe que se encuentra frente a otra cosa, más allá de ser solo un grupo de buenos músicos, los 5 pearl jam vomitan honestidad y fuerza sobre cada instrumento y en cada arranque de letras desgarradas que el propio Vedder extiende hasta la leyenda misma.

Es disco completo y sin pausar, donde cada acorde va en consonancia con el anterior y los que le precedieron para narrar historias crudas y que me remontan a esa época dorada de la adolescencia y el buscar el camino propio. Cabe mencionar que los discos de pearl jam son los únicos que he comprado 100% originales y creo que lo seguiré haciendo hasta que uno de los dos descanse para siempre.

Control Machete -mucho barato

Ni rap mexicano, ni rock mexicano. Simplemente música que sigue desquebrajándome las neuronas pasadas por vino y yerba. No serán los más dotados técnicamente y abusaron de un golpe de suerte (que no se volvió a repetir), pero sigue mostrando esa frescura que discurre alegremente (y también honrando el hecho de ser producto de un movimiento de avanzada cultural del norte) entre los guiños al Cypress hill y al rap (del bueno) del gabacho.

Que todavía me emocione entonar a todo pulmón “hermanos mexicanos” y “control machete” mientras me recorre la nostalgia por ser ese chamaquito de casi 17 años que vestía como pocho y caminaba como tal después de escuchar el disco de los machete y ver en algún momento  la película “Hasta morir” para quererme forjar un sentimiento de resentimiento con el mundo.  El “mucho barato” me ayudaba a sacar las frustraciones del día a día por ser quien y como era. 

Todavía se me viene al cerebro cada que escucho “lupita” como hacia sonrojar a mis vecinos por considerar que hablar sobre el amor lésbico (en medio de cincuenta groserías por minuto) era inmoral y alejado de las buenas costumbres de nuestra sociedad noventera implicada en el sida y los ires y vaivenes del Priismo a punto de fenecer. Tiempo atrás quedo el ruido de los parlantes que hacían rebotar esta casa desde sus cimientos y me ayudaba a subsanar mis defectos como adolescente.

Jaco Pastorius- Jaco

La cosa es sumamente interesante, no es el mejor ni por mucho de los discos del viejo Jaco Pastorius, no tiene las composiciones más clásicas que pudiese uno desear escuchar, y sin embargo algo tuvo para que en apenas 55 minutos de puro bajeo jazzistico  se desatara un sentimiento de gloria y gozo auditivo que  desconocía para aquel entonces.  El viaje iniciado con el cover realizado a “Donna Lee” muestra los alcances de trasladar una pieza tradicional del bebop a un jazz más salvaje, de mayor sentimiento sexual.

El disco llego a mis manos vía recomendación de mi carnala, que alguna vez me señalara que existía un dude que tocaba jazz y que tenía un disco llamado “Punk jazz” (recopilación de las mejores piezas de Jaco Pastorius en sus diferentes etapas ya sea como solista o como miembro de grupos como Weather report); la cosa no quedo en simple anécdota sino que me despertó el gusanito de querer saber más sobre ese dude que salía con su bajo en la portada de color sepia y una cara de atascado a madres. Me obnubile en la misión de conseguir música del tipo, le llegue a su disco inicial y descubrí que el mote de punk al que hacía alusión el titulo del otro disco era por la mera cuestión de romper con lo establecido por los grandes cacas del jazz. Claro que en aquel entonces yo venía del bagaje musical del metal y el rock en español y me costó un tanate y medio comprender la finura y la tesitura del jazz, pero eso fue algo en lo que el jaco me auxilio por aquel entonces, cada pieza representaba un viaje a latitudes que yo ni siquiera imaginaba que pudiesen existir y que fueron aterrizando en mi cerebro según transcurrían los minutos y las notas.

Otro de los aspectos que ayudaron a que comprendiese el jazz de jaco fue esa exquisitamente pacheca melodía llamada “Okonkele y trompa”, nada más empezar con el bajeo astral, las congas y la introducción del okonkoko y el cuerno francés  abrió la ruta para que los enigmas de cosas mas allá de mi pobre comprensión sobre el universo comenzaran a tener sentido; es obvio que por aquel entonces estaba sumamente clavado en la marihuana, pero con todo y ello el ritmo descarado del jazz acido y sin concesión de Jaco Pastorius me ha seguido por los últimos 10 años, y claro permitió que otros jazzistas llegaran a mis oídos después de comprender las intervenciones de gente como Don Alias y Herbie Hancock (por mencionar a algunos de los que participan  en esta ópera prima).

At the drive-in- vaya/ el gran orgo

Quiero que imaginen a un chamaco post púber que le ha llegado con fe a la yerba y a otras ondas psicotrópicas como la lectura de maestros viajados de la contracultura nacional, quiero que imaginen que tengo al menos 19 años y el disco de The mars volta esta fresquito y la calle se inunda poco a poco de chicos de cabello afro y delgados hasta el culo, que se visten igual a Cedric Bixler y a Omar Rodríguez- López y que filosofan sobre los videos extraños y altamente oníricos del grupo afincado en Los Ángeles y producido por Rick Rubin. Es 2003 y la calle está llena y repleta de clones andróginos de rockeros con mas estilo que nada; un chamaco que se niega a salir del bachillerato pese a que ya tenga fecha de caducidad cercana le comenta a su compa metal head: *guey descubrí que los Mars Volta antes se llamaban at the drive-in* a lo que el otro sátrapa atrapado en la yerba y el odio hacia el mundo le contesta: *ps si guey, pero no me laten son muy fresas*. Fin de la conversación sobre el grupo. Decido no hacerle caso a mi viejo gurú y me lanzo a Pericoapa a tratar de conseguir música de los dudes esos. 45 minutos después no tengo éxito y entro al mix up de enfrente, de los ricos, de la gente bonita (que ya después comprendí que éramos la misma mierda y que solo nos dividía el gusto por decir: lo compre con los del tianguis), llegue a la sección rock y ahí estaban sus discos, importados y caros. B-30, B-45. Miro bien y encuentro un par que decían B-9 y B-11 ($115 y $145 respectivamente en aquel entonces). No lo dudo y compro ambos con dinero extraído bajo el concepto de “buen desempeño académico” (que tiempo después es revelado como una farsa y termino un año entero de baja temporal del bachilleres 4). Abro con descuido el disco llamado “El gran orgo” y rompiendo celofán y demás sellos saco el disquito y lo meto en mi cd player morado, el contador marca: 17 minutos. Miento madres, me emputo y estoy a punto de ir a pedir un reembolso al mismo dueño judío de las ondas musicales en el país, cuando suena el primer batacazo de Tony Hajjar, entra guitarra y bajo, gritos de Cedric, de Omar y Paul Hinojos. Es punk, es rock punk y no suena a las joterías de Blink-182 o sus comparsas famosas de emeteve. Llega el segundo corte y de nueva cuenta se acelera el asunto, suena a sangre fresca, a talento sin corromper y por mucho alejado de la solemnidad del disco de The mars volta. Trascurren el resto de los tracks y con suma ansiedad introduzco el “Vaya” (23.50 minutos dice el display) y comienza una intro dubitativa con menos violencia de la esperada pero con una rolota llamada “rascuache”, es un disfraz de rock que deambula (ahora lo sé) en el emo. En el hardcore-emo de la vieja escuela de Fugazi y Dischord, no en las mamadas que se hacen hoy día.

10 años han pasado desde aquel inicio trepidante de que descubrí at the drive-in muchas cosas han pasado (reunión coachellesca incluida) y el paso de los años me ha dado la razón, The mars volta será todo lo propositivo y avant-garde que quieran declarar los creadores del concepto, pero el verdadero corazón de la música, el punk, el rock se quedo en los 3 discos de estudio y los 5 eps de los at the drive-in.

La barranca- el fuego de la noche

Ya había mencionado a “La Barranca” anteriormente y había dicho que “El equilibrio” me había dejado conocer a ese maese guitarrero de nombre José Manuel Aguilera (amen de ser tocayo de mi ex compadre el metalero), pues gracias a ese conocimiento previo es que llegue a la bandota del ya mencionado. Y para ser honestos la primera vez que escuche el disco se me hacían malos, no me gustaba la voz del Aguilera y las letras no se me hacían tan chidas como cabía esperar, pero por supuesto en aquel entonces era un púber con mas acné que inteligencia y había endiosado a los chamanes jaguarescos (y a Saúl Hernández por encima de todos).

Segunda vuelta, segundo intento por escuchar decentemente a la banda y voy encontrando ritmos alejados de lo común, alejados de la simplicidad de los jaguares y los Caifanes, alejados de la “mexicanidad” de los tacvbos y la molesta voz de Rubén Albarrán. Es otra cosa, es más profundo, es como el descenso a algún sitio donde la única luz procede de la generación de la guitarra, el bajo, la batería y la voz  cachonda del pinche José Manuel. No miento, en cada estrofa el cabrón parece desnudar a la mujer y hacerle el amor de manera pausada, con maestría hasta llevarle al orgasmo sonoro (entendiendo que la mujer es la canción y blah- blah).

Más profundidad entonces es descubrir que en cada nota es tocada únicamente por Aguilera-Andre-Fong. Puta madre! como es posible que con el 75% (90 si incluimos las voces adicionales de Cecilia Toussaint) de los mismos músicos que grabaron “el equilibrio” suenen a años luz de distancia? Que mientras uno se embarca en las necedades de la chamanería barata y las metáforas subidas de mota, el otro se clave en las entrañas de las sensaciones, de los derroteros de la propia conciencia sobre la vida misma. Allí donde los jaguares se meten en ondas místicas de $5, el maestro Aguilera y compañía desbrozan el horizonte del aquí y el ahora con frases que ayudan a que un pobre diablo le cante al orgasmo de su pareja sin recurrir a alusiones fumadas.

La comparación se muere antes de iniciar siquiera, ya que mientras a los mininos la fuerza (y la voz e inventiva de Saúl) le alcanzo para llegar rozando a un tercer disco antes de morir de nada, a “La Barranca” la prueba del tiempo le ha dejado hacer y deshacer a su antojo su historia, evolucionando hasta puntos insospechados donde un disco es tan distinto al que le precede pero sin perder por ello un ápice de vanguardia y dirección.

Armando Palomas- y la veladora

Desconocía los alcances del verdadero underground en nuestro país, desconocía el sentimiento tan contra todo y todos que podían tener gentes que no hubiesen sido educadas en las periferias de la ciudad de México. Para mis adentros siempre creí (y esto fue consecuencia de una educación aderezada con los informativos y telenovelas del 2 y el 13, amén de años y años de convivencia con gente de provincia atrapada en la dinámica de no moverse fuera de su entorno) que afuera del DF todo era un gran rancho, claro ya después llego la universidad y me enseño que la centralización de nuestro país es uno de los males más profundos a erradicar y que no solo en las grandes urbes había expresiones artísticas que merecieran la pena. Para el que esto escribe hasta 2006 el rock y demás ondas alternativas se centraba en DF, Monterrey (con la avanzada regia de fines de los 90s) y Guadalajara (con una que otra banda efectiva). Todo lo demás era ruido blanco que servía para que la plebada se obnubilara en los bailongos y en la marginación.

Todo el rock no comercial nacional (y no hablo de la mamada indie que tanto pregonan y que se mueven bajo los mismos intereses de los si comerciales), llámese “de hoyo fonki” encabezado por “el haragan”, “banda Bostik”, “Charlie montana” y un mareante etc., me provocaba franca flojera, pero claro  estaba yo sumido en la onda fresa de mi situación social (que ahora veo con poca claridad debido a que las líneas se han desdibujado hasta niveles francamente insospechados) y es allí cuando harto de todas las banalidades del rock hecho en México me refugie en la lectura de mis revistas viejas de música, en espera de encontrar algo, algo que me despertara la chispa de vitalidad. Es así que en una “La mosca en la pared” de un par de años atrás me encuentro una entrevista bastante sincera con un cantautor que se burlaba de todos y todo en el ámbito de la música nacional. Se le acusaba (en el sentido de señalarle) como rupestre, algo aun más alejado de la escena de discos Denver, un tipo francamente divertido y con los pelos en la mano (del pubis de alguna adolescente calenturienta) señalaba que el hacia canciones sinceras mientras pudiera, mientras la coca y el chupe le dejaran hacerlo. Le di una oportunidad, le di la misma oportunidad que a tantos que fueron debut y despedida y no me fallo, me enseño que hay mas vida fuera de la tele y la radio y el internet, que no estaba solo en el empeño de autodestrucción fomentada por el alcohol y el amor hacia los imposibles. No necesitaba producción cara, no necesitaba masterizar en un país y mezclarlo en otro, solo necesitaba la guitarra y su voz, las letras venían solas y el alcohol con ellas.

Sin embargo no todo era depresivo en las canciones del Palomas, sino que mezclaba la ironía, la burla y el odio a las convenciones sociales que muchos otros se niegan a atacar por temor a ser vetados, para el Palomas bien vale la pena la critica si con ello despierta el pensamiento, el análisis a la situación en cuestión; en sus historias no hay gente políticamente correcta, son seres vivos que encuentran en un momento de la vida el placer, el dolor, la muerte y la risa mientras afuera todo se derrumba, es la mezcla de las letras duras de Bukowski (al que le dedica una oración de una charla grabada) con el ritmo de las cuerdas del que mejor toque la guitarra de palo en las calles de su amada-odiada Aguascalientes.

Eso y más que nada es lo que me dejo el primer disco que pude escuchar de Armando Palomas, ya luego vendrían las borracheras solitarias (aunque acompañado por la voz festiva-vale madres del maestro Palomas) y los momentos de reflexión acusados en los cientos y cientos de churros de marihuana consumidos desde aquel entonces hasta hace unos cuantos meses que deje la yerba para demostrar un par de cosas y que nada de ello tiene que ver con el sentir musical producido por el maese Palomas.

Arve Henriksen- Sakuteiki

Meses antes de saber que estudiaría una carrera universitaria me encontraba sumido en un bache emocional y mental debido a cuestiones del qué y para que servía mi vida. Era un desempleado y carecía de las fuerzas necesarias para salir a buscar empleo, tenía 22 años y no tenía un maldito futuro por delante o visos de qué hacer con él. Me la pasaba todos los días, de sol a sol leyendo, viendo pornografía, escuchando música y fumando yerba. Un día tras otro de los primeros meses de 2006 eran así, eran caóticos (mentalmente hablando) y depresivos (físicamente hablando), pero era mucho más porque en realidad estaba harto de la música que escuchaba, el metal se me hacia insulso y repetitivo, mis bandas favoritas de antaño se hallaban en procesos de crecimiento o de franco decaimiento y no tenía el espíritu –ni talento- suficiente para hacer mi propia música. Es así que sumido en una cloaca mental (y física) llegue a un blog musical de jazz, free jazz o weird jazz (que para ser sincero estaba ya  un poco atascado de la grandilocuencia  de los discos de la disquera Tzadik propiedad del viejón John Zorn), los mismos nombres de siempre, con las mismas portadas, hasta que repare en un análisis que hacían de un músico noruego con un nombre típico de allá y que tenía en la portada del disco analizado algo similar a dibujitos hechos por un niño sobre algún modelo de moléculas atómicas. El titulo era intraducible (y todavía hoy tengo que mirar bien la correcta ordenación de letras para no darle otro nombre) y decidí bajarle con la terquedad que dan las horas muertas y el trasero adolorido por sentarse en una silla de escritorio.

Sonó como un “eeehhh”? como una mezcla inconexa de ruidos procedentes de algún ordenador y una trompeta (instrumento de Arve Henriksen), carecía de la furia desbordada de Zorn y compañía y al tiempo sonaba distinto a lo que yo imaginaba que era la música de los fiordos noruegos (o sea el black metal y demás mafufadas). Escuche una y otra vez el disco hasta que perdía toda la insensibilidad de mis oídos a causa de los audífonos empleados y no encontraba algo semejante a la música de ese tipo, no sabía si calificarla como jazz o como que fregados (en mi necesidad pretenciosa de aquel entonces por otorgar etiquetas a diestra y siniestra), era lento, de repente parecía el score de una película oriental de maestros kung fu, y a ratos sonaba como el soundtrack de mis pesadillas recurrentes. Tarde cerca de 2 años en recomendarle a alguien su música por temor a que me tacharan de psicópata por andar clavándome en las texturas de la música generada por el dude noruego ese. Y sin embargo pese a su rareza me sigue pareciendo tremendamente poderoso y hermoso lo que el minimalismo que posee logra.

SR Agosto-Enero 2012/2013

viernes, 11 de enero de 2013

De rodillas

De Rodillas

460 kilómetros que quedan atrás, que van volviéndose parte del humo que arroja a la estratosfera este camión pintado de amarillo y plata o dorado y plata (quien puede saberlo si hace años esta desvencijándose igual que mi espíritu), ronroneando como deben hacerlo los camiones que antaño tanto me gustaban y ahora desprecio porque conozco las bondades de un buen auto con dirección hidráulica y un poderoso motor v.8 escondido bajo el capo. Son 460 kilómetros que me separan de todo lo que alguna vez tuve y que ahora veo perdido porque ya ni siquiera soy bueno para sacar adelante los pocos encargos que aun tengo, esos mismos encargos que los amigos se esmeraron por conseguirme y que los termino reventando porque ya no tengo espíritu, pero eso ya lo había dicho.

Son casi medio millar de kilómetros los que el caucho de este ex bólido van quemando y abrasando desde hace horas; que van grabando su propia historia mientras arriba me arremango la camisa de cuadros y franela porque el calor se ha asentado en el par de lugares que compre y que no fueron respetados porque al lado viaja un chavo corpulento perdido en los interminables caminos de la lectura (un libro viejo tal como me gustaban antes de que gozara de unas cuantas monedas extras que obligan a comprar cosas nuevas porque si no rompen con lo que soy hoy), es probablemente otro de esos pobres diablos que leen por leer pero que ni siquiera entienden las complejidades de los maestros de la escuela francesa y mucho menos las rebuscadas metáforas de los cuentistas rusos que tanto me prendían cuando morro y ahora a duras penas logro posar la mirada en sus empastados tomos de piel que se cubren de polvo y telarañas arrumbados como los sentimientos por mis ya muy muertos padres.


Le pego un trago larguísimo al vino tinto rancio que compre en un minisúper al lado de la estación  de camiones y que ahora viaja conmigo en la petaca de piel; por solo 50 pesos me destruyo el hígado con esa mierda procedente de algún rancho potosino o de sus alrededores, y el cual tuve que meter en dicha petaca en los baños públicos de la estación mientras el morrito de moco seco observaba como escurría una fina hilera de liquido rojo sangre o bermellón que me obligó a pegar la boca para evitar que besara el suelo como suelo hacerlo tantas otras veces al amparo de ser un pobre diablo escritor de versos y sonetos nocturnos que terminan en la taza del baño luego de 15 minutos. Soy un mediocre que termina todo rápido y mal para encomendarme a la tarea de escribir y redactar las curiosas notas de un viaje que hiciera para olvidar los sufrimientos (como si la gota se quedara en la ciudad  y no me persiguiera al campo o como si la diabetes tipo A se quedara en los pantalones de pana negra y no se enraizara en los jeans deslavados que antaño todavía cerraban de manera sencilla y hoy se resisten como por arte de magia a sacar disparado el botón en dirección incalculable). Vacio una vez más el vino en el regalo del editor por aquella entrega del manuscrito de la crítica hecha a la novela de Valentín; al viejo Valentín y su “Rodilla al pecho”, a él lo publicaron y a mí me  destinaron al área de corrección de estilo porque mi narrativa antes fresca ahora es producto nacional y todos los niños crecidos con la televisión la copian y la imitan cual si fuese el pinche tufo de uno de esos que fueron inmortalizados como héroes de muchos borrachos y mayor cantidad de prostitutas.


Asiento 27 como si la vida no pudiese ser más corrupta, como si dios se dispusiera a que antes del próximo reposte de pasajeros, mi parte del autobús se desbarrancara junto a la existencia misma de la decencia;  que no diera yo porque en cada paradero de esa carretera en eterna descomposición se me permitiera descender para tirar toda la orina con olor a vino tinto del montón. Lleno (continuamente) el pellejo de piel con la orina que algún buen samaritano seguramente se ofrecería a llevar al baño, si no fuera porque van completamente asqueados por el comportamiento de este maldito anciano deschavetado y sacados de todas sus casillas a causa de una niña llorona sentada dos asientos más allá que se dispone a vomitar el almuerzo matutino de calostros y un mendrugo de pan que muy probablemente la madre sustrajo de la casa familiar de donde viene huyendo para refugiarse en la ciudad esperanzadora que la arrojara a los brazos de cualquier desconocido que pague su precio de carnes prietas y vellos púbicos largos, negros y retorcidos como mi talento literario. Como ese jodido precio en especie que pague para que el editor en turno se digne a realizar un tiraje cómodo de la primera novela sobre aquel niño y su perro. Sobre “Jaimito y Chuchito” o “Jesusito e imito” el dueño y su perro que ataca al primer esbozo de una sonrisa poco profunda. Niños y perros, escribo sobre niños y perros cuando en realidad odio a los jodidos escuincles y prefiero a las perras que  dan muestras de fidelidad absoluta al mover la cola y dejarse acariciar los varios pares de chichis puntiagudas y obscuras como el pensamiento de todos los chamacos que leyeron el primer relato publicado hace decadas y corrieron a comprarse condones para desflorar a sus vecinitas de 14 años y embarrar su vida por culpa de un jodido borracho que hoy escribe de niños y perros teniendo aventuras por toda la ciudad.


Como acabar en historias de ficción cuando lo que de verdad me salen son las historias cínicas de cientos y cientos de eventos en donde los sentidos se alteran gracias al alcohol (que a duras penas se deja correr bajo la capa de piel gruesa y grasienta de poco vello facial que poseo). Ni hablar, soy el niño y el perro cuando me miro en el espejo; la cara de un perro infeliz que le agita los cuartos traseros a la mirada triste de un niño que apenas ayer jugaba con una perra sin corazón que se escapo y se perdió 15 meses para regresar con un hijo y una cuenta de cheques a deber. Soy el perro fiel que termina aceptando a una mujer con poca ropa y mucha clase social que me mantenía y pagaba los viajes a desintoxicación  en espera de que recuperara el puesto en la universidad y en la editorial (en donde siguen esperando el nuevo volumen de crítica a esos libros de viejos chapuceros y come ñongas, así como  la nueva historia de Jesús y su can de muchas pulgas). Soy el entrampado de esa historia que apenas ayer escribía y que versaba sobre un perdedor que teclea y teclea por las noches cuentos lujuriosos que le sirven para satisfacer su ego y la vida sexual que comienza a morir con la misma celeridad que quiero matar a ese jodido can y su pretencioso dueño, quiero verlos arrastrados por lenguas de fuego y consumidos por un abrasivo napalm que les carcoma el esqueleto mismo y les obligue a refugiarse en el espíritu de la intrascendencia. Al carajo con lo que digan los editores soy el chingón que puede matar a ese par de hijos de perra y salir con una tarugada estilo ovnis o algo que se asemeje para explicar el desvió sexual que ha acontecido con chuchito y su cuadrúpedo.


Pero en fin los cientos de kilómetros o los miles de metros o millones de centímetros que he dejado detrás al amparo de este armatoste móvil que nos lleva cual si de reses viejas se tratase, ocultan de nueva cuenta el que fui a hacer realmente a esa tierra que abandone hace casi 20 años cuando me decidí por el alcohol y las letras en vez de solo el alcohol y una familia. Me fallo el cálculo y embarace a una chiquilla preciosa que se dejo embaucar por las letras acomodadas cual estiba perfecta en una central de abastos, un niño que creció y corrió a la par de su fiel mascota que terminaron siendo retratados por el borracho padre ausente y todo para que el cabrón se matara en un arranque de sinceridad y decidiera tomar el camino del señor, el camino del monje de verdad que yo tanto denosté y que el con su sonrisa franca acogió cual si en el mundo las putas y el alcohol fueran  cosas superfluas y la espiritualidad estuviese de nueva cuenta resurgiendo en las alicaídas mentes de la juventud. Cerca de 6 horas para ir a verle instalado en su monasterio alejado de la mirada de todas las perversiones que le recuerden su vida pasada, siendo en realidad mi vida a lo que le rehúye. Allí estuve apenas sosteniéndome en pie porque no quise llegar a la casa del señor sin un buen vino, y he allí que el vino me gano y lo termine junto con otro par de botellas que compre ni bien me hube bajado de ese pinchurriento y lento camión lleno de gente de verdad.  Y luego, otras 6 horas para regresar a los brazos de mi esposa (refugiada en las corrientes engaña-pendejos donde  vacío con singular alegría las cuentas de su familia y es por ello que ya no tengo que ir a desintoxicarme o siquiera esforzarme por mentirle).


Heme aquí en este camioncito que avanza lento hacia la ciudad de los miles de espectros cotidianos, a la verdad que ruge y acongoja cada que se encienden los motores en una esquina o se apagan los corazones afuera de una estación del metro. Mi pelo grasiento recogido en una coleta que me confiere la sabiduría de las canas platinadas y que en el fondo poco revelan sobre mis casi 60 años (salvo tal vez que estoy escribiendo cuentos como en antaño mientras los paisajes son devorados por la ventana que deja asomar poco o nada tras el velo de la cortina), son muchas décadas a cuesta y demasiadas esquirlas dejadas por el vino tinto que cargo como si de un rosario penitente se trataran. Son mis vocaciones por agradarle más al señor, o a lo que queda de el tras haber sido vaciado día a día en celebraciones litúrgicas de gente bien y bonita católicamente educada. Soy el cuello colgante oculto bajo el suéter alto que evita que las jóvenes se asusten por ver las horas y minutos consumidos por el desvelo y el infierno familiar y que se les revela ya muy tarde cuando les tengo ensartadas por el orto con el rabo corto. Quisiera no encontrarme aquí sentado, pero en el fondo se que lo merezco más que ningún otro de los que aquí venimos en procesión decadente.


Es allí debajo de ese letrero luminoso de carnes y poca monta que se esconde el secreto del pasado, es atrás de todas esas nuevas casas y familias que el universo me guiña un ojo para volver al pasado cuando todo era verde o dorado (si había espigas de algún cereal) y que hoy esta reducido a un patio minúsculo donde crece un árbol jodidamente feo que no atrae siquiera a las alimañas que solían atragantarse con los bosques cercanos; son las paredes de esas viejas casas de indios perdidos en la serranía y la atracción de esos diminutos insectos que corrían arriba y abajo por mi cuerpo semidesnudo cuando me metía a nadar en la pileta de la propiedad; ya no soy el mismo de cuando aún el mundo era un lugar con esperanza y todos los niños jugábamos a que era eterna nuestra felicidad.

SR Diciembre 2012

jueves, 3 de enero de 2013

Violencia

Violencia

Les dispare. Les dispare y no me arrepiento de haberlo hecho; realmente no sé si lo merecían, pero está hecho. Siempre es así para mis asuntos “sin importancia”; sin historias, ni moralinas largas, ni añadiduras o conflicto alguno. Me pagan por hacerlo y yo lo hago. No lo entenderían ni porque fuese su ultimo día sobre la faz de la tierra; ok lo admito lo fue, pero no porque yo lo quisiese así, sino porque me obligo el contexto. Para nadie es sencillo oponerse a los designios del señor, para nadie es fácil obtener un camino alterno que les permita replantearse aquello que les rodea. Mírame a mí por ejemplo, llevo 5 años haciendo esto: matar o desaparecer a los que le son incómodos; no me hace gracia saber que lo tengo que hacer, pero heme aquí sonriendo como un bendito niño a punto de comer por primera vez un dulce helado de yogurt. Decía que llevo 5 años sopesando cada decisión anterior de acuerdo a los intereses que represento, el futuro me plantea asegurar las cosas de antemano para evitar repercusiones que afecten las obligaciones. A fin de cuentas es un trabajo, sucio y todo, pero alguien (yo) tiene que hacerlo.

Comienzo? Todo tiene un inicio en esta vida, sin embargo no estoy aquí para hablar sobre ello, mucho menos para intentar arrojar luz sobre el nacimiento de lo que soy y lo que he sacrificado para llegar a serlo (aunque es cierto que decir sacrificio intuye que existe un trasfondo mucho mayor, de complejidades que no estoy facultado para dilucidar y de alguna manera no intentaría hacerlo aunque mi vida dependiese de ello), me agrada ser quien soy. Ahora bien, espero que lo sucedido hace apenas unas noches atrás no te arroje una idea errónea sobre mi (vamos que el propósito de uno no es hacerlo, pero a veces los hechos se contradicen a las palabras y a las intenciones en mucha mayor medida), tu muerte (y la muerte de esa chica de cabellos rojos) era un encargo, un pago por adelantado (sin nombres, remitentes o ideologías de por medio), un asunto que tenía que realizarse bajo el amparo de los términos de mis honorarios (ellos pagan, yo actuó); es sencillo y a la vez complejo porque requiere la total falta de empatía de mi parte hacia los blancos o en este caso tú y la chica .

Tu nombre en si no significaba nada, y el de la chica mucho menos; solo eran un par de asuntos que habían corrido con mala suerte y los que me emplearon necesitaban deshacerse de ambos sin más palabras, sin más dobles intenciones. Directo y conciso a la medula espinal, un autentico K.O. producto de un gancho a la mandíbula (perdón por la analogía, pero cumplir con sus muertes me acarreo perderme la pelea del año).  Tu nombre era el destino de la bala y necesitaba honrarlo para cumplir y sellar los contratos permitidos por la regla más importante de todas: no hay trabajo incompleto. Perdón nuevamente por irrumpir en esta carta –confesión (y confieso que es la primera que hago en toda mi vida) acerca de porque no tuve otra opción real más que borrar tu existencia del plano terrenal. Perdón por usar una vieja máquina de escribir en lugar de una de esas maquinas ultramodernas que todos poseen, y finalmente perdón (de mi lista de perdones sacada de la mollera) por usar un truco tan viejo como es el de las apuestas vencidas para que acudieses a la cita de tu muerte.

En cierta manera esta carta es para lavar mi mala acción de romper la puerta de tu habitación, dispararte mientras intentabas desmontarte de tu mujer (en esto si soy reiterativo y creo sinceramente que hubiese sido mejor que muriesen los dos al mismo tiempo para que se evitase lo que sucedió después), y finalmente dispararle a ella en plena frente atentando contra las reglas de evitar desfiguros (créeme cuando digo que no pensé que su estructura ósea se hundiese de tal manera).

Creo que me he extendido en este escrito sin llegar realmente a aclarar algunas cuestiones que a la postre son inverosímiles pero que finalmente podrían explicar muchas cosas con respecto a la muerte que te agarro desprevenido (con los pantalones en las rodillas y en plena erección viril). Escribo o comencé a redactar esta carta porque tuve un momento de claridad justo cuando el impacto de la bala calibre 38 súper acertaba en el rostro de la bella chica que momentos antes siquiera imaginaba que era su última noche de placer y de vitalidad en el mundo; mi momento fue este: tu muerte llego en el momento idóneo y de manera adecuada. 
 Me explico, has muerto de manera rápida, sin dolor, sin espejismos religiosos, en completa paz interior (carajo, si el ruido que hacían antes de que entrase era el sinónimo perfecto de lo que debiese ser el sexo entre dos personas que se complementan en la cama y sólo piensan en el hoy) y rodeado de tus seres queridos (a mi me puedes ver como ese elemento que de alguna manera era la única constante, lo que hicieses o no hicieras,  si estabas solo o acompañado, si tenías tu arma a punto o si no, eran variables que me venían valiendo un sorbete), has muerto contento olvidándote de toda la mierda que rodea al universo (en este punto me temo que tu propia insensatez también fue tu perdición, ya que sabiéndote buscado te fuiste a meter a la boca del lobo); el asunto es que tu muerte me produjo shock porque siempre me habían tocado encargos que suplicaban inútilmente, se mojaban encima, se querían despedir de sus seres queridos, etc., etc., etcétera. Tu no, tu caíste mientras soltabas unos potentes chorros de esperma que supongo de haber tenido tiempo habrían fecundado a esa mujer tuya (a estas alturas me importa un comino si era tu novia o tu amante en turno) y dado a luz a una criatura nueva; nuevamente me interpuse en los caminos de la sobrepoblación mundial y heme aquí fumándome un habano y tomando un trago de agua de chía mientras tu yaces 4 metros en el fondo de ese canal de aguas tratadas y tus hijos (nonatos) ahogados en el mismo torbellino de agua pantanosa y llena de desperdicios. Al final de cuentas todos vamos hacia ese destino.

También recale, tiempo después de asesinarlos, que el mismo destino me espera en algún momento; que mis días están contados y por el contrario tuyo, yo no poseo una pareja (ni siquiera una mascota) que me extrañe o acompañe el día que desaparezca de este estercolero. No poseo más que el presente y allí es donde tu vuelves a ganar (y allí es donde tu muerte me vuelve a tocar los cojones), porque te fuiste en la cúspide de la gloria y si fuese yo el muerto seguramente renunciaría a mi “fortaleza” mental y pediría clemencia, pediría una absolución que no merezco y que estoy seguro el próximo bastardo no quisiera otorgar, no tanto porque no pueda sino porque no le interesara que alguien le recuerde su vida, la porquería de vida que llevamos los que nos dedicamos a esta clase de asuntos.

En estos momentos no creo sinceramente que las lagrimas que corren por mis mejillas (y parte de mi cuello ya) sean de tristeza, sino que más bien son una mezcla de emociones infelices que me apartan del camino, me revelan la inconexión entre los hechos y las palabras nuevamente; por un lado quisiera no sentirlos, por el otro soy incapaz de detenerlos. Al final de cuentas lo relativamente nuevo es la perdición de uno más, de uno más que se deja todo en el agujero creyéndose intocable y al final no resulta sino otro de esos embusteros sin oportunidad, que reciben de la vida misma lecciones que los columpian sobre la nada y el todo.

SR Septiembre-octubre 2012