De Rodillas
460 kilómetros que quedan atrás, que van volviéndose parte del humo que arroja a la estratosfera este camión pintado de amarillo y plata o dorado y plata (quien puede saberlo si hace años esta desvencijándose igual que mi espíritu), ronroneando como deben hacerlo los camiones que antaño tanto me gustaban y ahora desprecio porque conozco las bondades de un buen auto con dirección hidráulica y un poderoso motor v.8 escondido bajo el capo. Son 460 kilómetros que me separan de todo lo que alguna vez tuve y que ahora veo perdido porque ya ni siquiera soy bueno para sacar adelante los pocos encargos que aun tengo, esos mismos encargos que los amigos se esmeraron por conseguirme y que los termino reventando porque ya no tengo espíritu, pero eso ya lo había dicho.
Son casi medio millar de kilómetros los que el caucho de este ex bólido van quemando y abrasando desde hace horas; que van grabando su propia historia mientras arriba me arremango la camisa de cuadros y franela porque el calor se ha asentado en el par de lugares que compre y que no fueron respetados porque al lado viaja un chavo corpulento perdido en los interminables caminos de la lectura (un libro viejo tal como me gustaban antes de que gozara de unas cuantas monedas extras que obligan a comprar cosas nuevas porque si no rompen con lo que soy hoy), es probablemente otro de esos pobres diablos que leen por leer pero que ni siquiera entienden las complejidades de los maestros de la escuela francesa y mucho menos las rebuscadas metáforas de los cuentistas rusos que tanto me prendían cuando morro y ahora a duras penas logro posar la mirada en sus empastados tomos de piel que se cubren de polvo y telarañas arrumbados como los sentimientos por mis ya muy muertos padres.
Le pego un trago larguísimo al vino tinto rancio que compre en un minisúper al lado de la estación de camiones y que ahora viaja conmigo en la petaca de piel; por solo 50 pesos me destruyo el hígado con esa mierda procedente de algún rancho potosino o de sus alrededores, y el cual tuve que meter en dicha petaca en los baños públicos de la estación mientras el morrito de moco seco observaba como escurría una fina hilera de liquido rojo sangre o bermellón que me obligó a pegar la boca para evitar que besara el suelo como suelo hacerlo tantas otras veces al amparo de ser un pobre diablo escritor de versos y sonetos nocturnos que terminan en la taza del baño luego de 15 minutos. Soy un mediocre que termina todo rápido y mal para encomendarme a la tarea de escribir y redactar las curiosas notas de un viaje que hiciera para olvidar los sufrimientos (como si la gota se quedara en la ciudad y no me persiguiera al campo o como si la diabetes tipo A se quedara en los pantalones de pana negra y no se enraizara en los jeans deslavados que antaño todavía cerraban de manera sencilla y hoy se resisten como por arte de magia a sacar disparado el botón en dirección incalculable). Vacio una vez más el vino en el regalo del editor por aquella entrega del manuscrito de la crítica hecha a la novela de Valentín; al viejo Valentín y su “Rodilla al pecho”, a él lo publicaron y a mí me destinaron al área de corrección de estilo porque mi narrativa antes fresca ahora es producto nacional y todos los niños crecidos con la televisión la copian y la imitan cual si fuese el pinche tufo de uno de esos que fueron inmortalizados como héroes de muchos borrachos y mayor cantidad de prostitutas.
Asiento 27 como si la vida no pudiese ser más corrupta, como si dios se dispusiera a que antes del próximo reposte de pasajeros, mi parte del autobús se desbarrancara junto a la existencia misma de la decencia; que no diera yo porque en cada paradero de esa carretera en eterna descomposición se me permitiera descender para tirar toda la orina con olor a vino tinto del montón. Lleno (continuamente) el pellejo de piel con la orina que algún buen samaritano seguramente se ofrecería a llevar al baño, si no fuera porque van completamente asqueados por el comportamiento de este maldito anciano deschavetado y sacados de todas sus casillas a causa de una niña llorona sentada dos asientos más allá que se dispone a vomitar el almuerzo matutino de calostros y un mendrugo de pan que muy probablemente la madre sustrajo de la casa familiar de donde viene huyendo para refugiarse en la ciudad esperanzadora que la arrojara a los brazos de cualquier desconocido que pague su precio de carnes prietas y vellos púbicos largos, negros y retorcidos como mi talento literario. Como ese jodido precio en especie que pague para que el editor en turno se digne a realizar un tiraje cómodo de la primera novela sobre aquel niño y su perro. Sobre “Jaimito y Chuchito” o “Jesusito e imito” el dueño y su perro que ataca al primer esbozo de una sonrisa poco profunda. Niños y perros, escribo sobre niños y perros cuando en realidad odio a los jodidos escuincles y prefiero a las perras que dan muestras de fidelidad absoluta al mover la cola y dejarse acariciar los varios pares de chichis puntiagudas y obscuras como el pensamiento de todos los chamacos que leyeron el primer relato publicado hace decadas y corrieron a comprarse condones para desflorar a sus vecinitas de 14 años y embarrar su vida por culpa de un jodido borracho que hoy escribe de niños y perros teniendo aventuras por toda la ciudad.
Como acabar en historias de ficción cuando lo que de verdad me salen son las historias cínicas de cientos y cientos de eventos en donde los sentidos se alteran gracias al alcohol (que a duras penas se deja correr bajo la capa de piel gruesa y grasienta de poco vello facial que poseo). Ni hablar, soy el niño y el perro cuando me miro en el espejo; la cara de un perro infeliz que le agita los cuartos traseros a la mirada triste de un niño que apenas ayer jugaba con una perra sin corazón que se escapo y se perdió 15 meses para regresar con un hijo y una cuenta de cheques a deber. Soy el perro fiel que termina aceptando a una mujer con poca ropa y mucha clase social que me mantenía y pagaba los viajes a desintoxicación en espera de que recuperara el puesto en la universidad y en la editorial (en donde siguen esperando el nuevo volumen de crítica a esos libros de viejos chapuceros y come ñongas, así como la nueva historia de Jesús y su can de muchas pulgas). Soy el entrampado de esa historia que apenas ayer escribía y que versaba sobre un perdedor que teclea y teclea por las noches cuentos lujuriosos que le sirven para satisfacer su ego y la vida sexual que comienza a morir con la misma celeridad que quiero matar a ese jodido can y su pretencioso dueño, quiero verlos arrastrados por lenguas de fuego y consumidos por un abrasivo napalm que les carcoma el esqueleto mismo y les obligue a refugiarse en el espíritu de la intrascendencia. Al carajo con lo que digan los editores soy el chingón que puede matar a ese par de hijos de perra y salir con una tarugada estilo ovnis o algo que se asemeje para explicar el desvió sexual que ha acontecido con chuchito y su cuadrúpedo.
Pero en fin los cientos de kilómetros o los miles de metros o millones de centímetros que he dejado detrás al amparo de este armatoste móvil que nos lleva cual si de reses viejas se tratase, ocultan de nueva cuenta el que fui a hacer realmente a esa tierra que abandone hace casi 20 años cuando me decidí por el alcohol y las letras en vez de solo el alcohol y una familia. Me fallo el cálculo y embarace a una chiquilla preciosa que se dejo embaucar por las letras acomodadas cual estiba perfecta en una central de abastos, un niño que creció y corrió a la par de su fiel mascota que terminaron siendo retratados por el borracho padre ausente y todo para que el cabrón se matara en un arranque de sinceridad y decidiera tomar el camino del señor, el camino del monje de verdad que yo tanto denosté y que el con su sonrisa franca acogió cual si en el mundo las putas y el alcohol fueran cosas superfluas y la espiritualidad estuviese de nueva cuenta resurgiendo en las alicaídas mentes de la juventud. Cerca de 6 horas para ir a verle instalado en su monasterio alejado de la mirada de todas las perversiones que le recuerden su vida pasada, siendo en realidad mi vida a lo que le rehúye. Allí estuve apenas sosteniéndome en pie porque no quise llegar a la casa del señor sin un buen vino, y he allí que el vino me gano y lo termine junto con otro par de botellas que compre ni bien me hube bajado de ese pinchurriento y lento camión lleno de gente de verdad. Y luego, otras 6 horas para regresar a los brazos de mi esposa (refugiada en las corrientes engaña-pendejos donde vacío con singular alegría las cuentas de su familia y es por ello que ya no tengo que ir a desintoxicarme o siquiera esforzarme por mentirle).
Heme aquí en este camioncito que avanza lento hacia la ciudad de los miles de espectros cotidianos, a la verdad que ruge y acongoja cada que se encienden los motores en una esquina o se apagan los corazones afuera de una estación del metro. Mi pelo grasiento recogido en una coleta que me confiere la sabiduría de las canas platinadas y que en el fondo poco revelan sobre mis casi 60 años (salvo tal vez que estoy escribiendo cuentos como en antaño mientras los paisajes son devorados por la ventana que deja asomar poco o nada tras el velo de la cortina), son muchas décadas a cuesta y demasiadas esquirlas dejadas por el vino tinto que cargo como si de un rosario penitente se trataran. Son mis vocaciones por agradarle más al señor, o a lo que queda de el tras haber sido vaciado día a día en celebraciones litúrgicas de gente bien y bonita católicamente educada. Soy el cuello colgante oculto bajo el suéter alto que evita que las jóvenes se asusten por ver las horas y minutos consumidos por el desvelo y el infierno familiar y que se les revela ya muy tarde cuando les tengo ensartadas por el orto con el rabo corto. Quisiera no encontrarme aquí sentado, pero en el fondo se que lo merezco más que ningún otro de los que aquí venimos en procesión decadente.
Es allí debajo de ese letrero luminoso de carnes y poca monta que se esconde el secreto del pasado, es atrás de todas esas nuevas casas y familias que el universo me guiña un ojo para volver al pasado cuando todo era verde o dorado (si había espigas de algún cereal) y que hoy esta reducido a un patio minúsculo donde crece un árbol jodidamente feo que no atrae siquiera a las alimañas que solían atragantarse con los bosques cercanos; son las paredes de esas viejas casas de indios perdidos en la serranía y la atracción de esos diminutos insectos que corrían arriba y abajo por mi cuerpo semidesnudo cuando me metía a nadar en la pileta de la propiedad; ya no soy el mismo de cuando aún el mundo era un lugar con esperanza y todos los niños jugábamos a que era eterna nuestra felicidad.
SR Diciembre 2012
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