Violencia
Les dispare. Les dispare y no me arrepiento de haberlo hecho; realmente no sé si lo merecían, pero está hecho. Siempre es así para mis asuntos “sin importancia”; sin historias, ni moralinas largas, ni añadiduras o conflicto alguno. Me pagan por hacerlo y yo lo hago. No lo entenderían ni porque fuese su ultimo día sobre la faz de la tierra; ok lo admito lo fue, pero no porque yo lo quisiese así, sino porque me obligo el contexto. Para nadie es sencillo oponerse a los designios del señor, para nadie es fácil obtener un camino alterno que les permita replantearse aquello que les rodea. Mírame a mí por ejemplo, llevo 5 años haciendo esto: matar o desaparecer a los que le son incómodos; no me hace gracia saber que lo tengo que hacer, pero heme aquí sonriendo como un bendito niño a punto de comer por primera vez un dulce helado de yogurt. Decía que llevo 5 años sopesando cada decisión anterior de acuerdo a los intereses que represento, el futuro me plantea asegurar las cosas de antemano para evitar repercusiones que afecten las obligaciones. A fin de cuentas es un trabajo, sucio y todo, pero alguien (yo) tiene que hacerlo.
Comienzo? Todo tiene un inicio en esta vida, sin embargo no estoy aquí para hablar sobre ello, mucho menos para intentar arrojar luz sobre el nacimiento de lo que soy y lo que he sacrificado para llegar a serlo (aunque es cierto que decir sacrificio intuye que existe un trasfondo mucho mayor, de complejidades que no estoy facultado para dilucidar y de alguna manera no intentaría hacerlo aunque mi vida dependiese de ello), me agrada ser quien soy. Ahora bien, espero que lo sucedido hace apenas unas noches atrás no te arroje una idea errónea sobre mi (vamos que el propósito de uno no es hacerlo, pero a veces los hechos se contradicen a las palabras y a las intenciones en mucha mayor medida), tu muerte (y la muerte de esa chica de cabellos rojos) era un encargo, un pago por adelantado (sin nombres, remitentes o ideologías de por medio), un asunto que tenía que realizarse bajo el amparo de los términos de mis honorarios (ellos pagan, yo actuó); es sencillo y a la vez complejo porque requiere la total falta de empatía de mi parte hacia los blancos o en este caso tú y la chica .
Tu nombre en si no significaba nada, y el de la chica mucho menos; solo eran un par de asuntos que habían corrido con mala suerte y los que me emplearon necesitaban deshacerse de ambos sin más palabras, sin más dobles intenciones. Directo y conciso a la medula espinal, un autentico K.O. producto de un gancho a la mandíbula (perdón por la analogía, pero cumplir con sus muertes me acarreo perderme la pelea del año). Tu nombre era el destino de la bala y necesitaba honrarlo para cumplir y sellar los contratos permitidos por la regla más importante de todas: no hay trabajo incompleto. Perdón nuevamente por irrumpir en esta carta –confesión (y confieso que es la primera que hago en toda mi vida) acerca de porque no tuve otra opción real más que borrar tu existencia del plano terrenal. Perdón por usar una vieja máquina de escribir en lugar de una de esas maquinas ultramodernas que todos poseen, y finalmente perdón (de mi lista de perdones sacada de la mollera) por usar un truco tan viejo como es el de las apuestas vencidas para que acudieses a la cita de tu muerte.
En cierta manera esta carta es para lavar mi mala acción de romper la puerta de tu habitación, dispararte mientras intentabas desmontarte de tu mujer (en esto si soy reiterativo y creo sinceramente que hubiese sido mejor que muriesen los dos al mismo tiempo para que se evitase lo que sucedió después), y finalmente dispararle a ella en plena frente atentando contra las reglas de evitar desfiguros (créeme cuando digo que no pensé que su estructura ósea se hundiese de tal manera).
Creo que me he extendido en este escrito sin llegar realmente a aclarar algunas cuestiones que a la postre son inverosímiles pero que finalmente podrían explicar muchas cosas con respecto a la muerte que te agarro desprevenido (con los pantalones en las rodillas y en plena erección viril). Escribo o comencé a redactar esta carta porque tuve un momento de claridad justo cuando el impacto de la bala calibre 38 súper acertaba en el rostro de la bella chica que momentos antes siquiera imaginaba que era su última noche de placer y de vitalidad en el mundo; mi momento fue este: tu muerte llego en el momento idóneo y de manera adecuada.
Me explico, has muerto de manera rápida, sin dolor, sin espejismos religiosos, en completa paz interior (carajo, si el ruido que hacían antes de que entrase era el sinónimo perfecto de lo que debiese ser el sexo entre dos personas que se complementan en la cama y sólo piensan en el hoy) y rodeado de tus seres queridos (a mi me puedes ver como ese elemento que de alguna manera era la única constante, lo que hicieses o no hicieras, si estabas solo o acompañado, si tenías tu arma a punto o si no, eran variables que me venían valiendo un sorbete), has muerto contento olvidándote de toda la mierda que rodea al universo (en este punto me temo que tu propia insensatez también fue tu perdición, ya que sabiéndote buscado te fuiste a meter a la boca del lobo); el asunto es que tu muerte me produjo shock porque siempre me habían tocado encargos que suplicaban inútilmente, se mojaban encima, se querían despedir de sus seres queridos, etc., etc., etcétera. Tu no, tu caíste mientras soltabas unos potentes chorros de esperma que supongo de haber tenido tiempo habrían fecundado a esa mujer tuya (a estas alturas me importa un comino si era tu novia o tu amante en turno) y dado a luz a una criatura nueva; nuevamente me interpuse en los caminos de la sobrepoblación mundial y heme aquí fumándome un habano y tomando un trago de agua de chía mientras tu yaces 4 metros en el fondo de ese canal de aguas tratadas y tus hijos (nonatos) ahogados en el mismo torbellino de agua pantanosa y llena de desperdicios. Al final de cuentas todos vamos hacia ese destino.
También recale, tiempo después de asesinarlos, que el mismo destino me espera en algún momento; que mis días están contados y por el contrario tuyo, yo no poseo una pareja (ni siquiera una mascota) que me extrañe o acompañe el día que desaparezca de este estercolero. No poseo más que el presente y allí es donde tu vuelves a ganar (y allí es donde tu muerte me vuelve a tocar los cojones), porque te fuiste en la cúspide de la gloria y si fuese yo el muerto seguramente renunciaría a mi “fortaleza” mental y pediría clemencia, pediría una absolución que no merezco y que estoy seguro el próximo bastardo no quisiera otorgar, no tanto porque no pueda sino porque no le interesara que alguien le recuerde su vida, la porquería de vida que llevamos los que nos dedicamos a esta clase de asuntos.
En estos momentos no creo sinceramente que las lagrimas que corren por mis mejillas (y parte de mi cuello ya) sean de tristeza, sino que más bien son una mezcla de emociones infelices que me apartan del camino, me revelan la inconexión entre los hechos y las palabras nuevamente; por un lado quisiera no sentirlos, por el otro soy incapaz de detenerlos. Al final de cuentas lo relativamente nuevo es la perdición de uno más, de uno más que se deja todo en el agujero creyéndose intocable y al final no resulta sino otro de esos embusteros sin oportunidad, que reciben de la vida misma lecciones que los columpian sobre la nada y el todo.
SR Septiembre-octubre 2012
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