jueves, 24 de enero de 2013

Héroe anónimo

Héroe anónimo

Luz de neón que ilumina los rostros igual que cada tarde; luz de neón verde que traspasa las burbujas ascendentes del vaso jaibol que se encuentra delante; luz neón que se refleja en color verde sobre la barra de caoba. Cada gramo de azúcar que corre serpenteando cuesta arriba por encima del carbón vuelto líquido. Color verde que baña con su resplandor las pupilas de Mary  “cabeza blanca” y doña Naty tras la barra con su mopa y su eterno “jóvenes”. “jóvenes” indeseables y rastreros bichos que pululan y aturden la sencillez de la existencia y que se arremolinan cada semana, cada día, cada jodida noche en torno a las mesas y los bancos para brindar por sus calzones meados.

Luz neón atrapada durante los próximos 6 años de su vida útil en este lugar arriba de los cielos y debajo del infierno. Luz neón verde que se mimetiza con el hielo y destraba la felicidad contenida en los pechos de los parroquianos que aquí caemos a diario. Luz neón ebria que absorbe mililitro a mililitro el ron que acompaña al refresco de cola y el agua congelada de mi vaso. Atrás de la barra doña Naty sirve otra ronda de ese pulque blanco, insalubre, eterno, provocador de flatulencias comprimidas y vigorizantes erecciones juveniles.

Doña Mary “cabeza blanca” sorbe en su tarro helado la savia de los dioses como le llaman por acá sintiendo, paladeando cada que el vital líquido desciende por su tracto digestivo, pulque que reduce a los hombres, inclusive al más alto y casto a la calidad de un hermano. Luz neón que vuela en el espacio estrechando cuerpos jóvenes y viejos en total sumisión a su candor; luz neón que enseña el camino hacia el Mictlán con sendos ríos paralelos del pulque baboso, que recorre palmo a palmo la barbilla del tipo sentado al lado.

Fuego descendente, y el hielo que se evapora en el torrente de la cola y el ron antillano de 32°, mis labios apenas y pueden besar el frio cristal para mojar cada pigmento, apenas y besan el vaso empapado de sudor bendito desprendido del choque de su frio contenido y el volcán activo que parece mi cuerpo. Luz neón que recubre cada milímetro de la piel vencida y adolorida.

La música suena mientras tamborileo con mis dedos una polka acompasada por el banco disparejo y el piso de madera falsa que hace las veces de eco en las mañanas. Doña Naty se halla un poco más al fondo del local tarareando esa canción dolorosa de amores atrapados en las redes de la imposibilidad y el tiempo que se ha detenido hace décadas. Esa tonada que niega al hombre las bondades del universo, comenzando por sus cada vez más podridas piezas dentales. Cada centímetro de su ser canta y grita desaforadamente las estrofas del himno de los corazones magullados. Calor surgido de la luz neón verde situada a menos de un metro por encima de la cabeza y la barra de madera, mi cuerpo según desciende el contenido del vaso jaibol se va encendiendo y va pidiendo a gritos y silbidos que le haga caso. Color verde que titila al ritmo de ruidosos sorbos del hombre aparejado apenas un par de bancos a mi izquierda.

Color verde que se vuelve radiante en esas mejillas frondosas al igual que en su trasero grosero, cual si reventase el orgasmo prometido para la posterioridad de este ebrio que mira sin apenas mover los ojos o el rostro. Cruzo mi mirada con el tipo que la acompaña, pretende tener fiereza en los ojos pero su modo educado de hablar y la falta de acento le delatan. Es alto y tiene pinta brava, sin embargo tiembla cuando saca el billete de la cartera y sus zapatos cafés le estorban haciéndole dar un pequeño traspié; la chica ya se ha sentado y el mueve sus caderas imitando las de ella, en realidad quisiera estar pegándole un tremendo polvo. Otro pobre diablo calienta sentimientos. Tiemblan sus manos al coger el envase de vidrio helado, tiembla su billete cuando cambia a las manos ásperas de Doña Naty, tiembla todo su cuerpo porque es incapaz de poseer la decisión de esa mujer que le acompaña y que viste de negro. No es en vano que el brillo de la frente picada por el acné de la juventud del chico ilumina aún más el vaso frente a mí y situado apenas unos centímetros de sus delicadas manos de oficinista.  Nos volvemos a ver a los ojos, justo cuando la chica se pone en pie anunciándole con su voz ronca cargada de deseo ajeno que va al baño, nos quedamos viendo una pequeña fracción antes de ceder a la tentación de ver el trasero generoso que se aleja y que tiene deseos de batalla. No ha sonreído a nadie más, no ha hablado más allá de lo normal, es callado y respetuoso, un caballero en toda la extensión de la palabra que entre sus piernas tiene seguramente a un pequeño pobre diablo que poca acción ha tenido a menos de que sea pagada.

Luz de neón que finiquita su relación amorosa con la música expulsada por la rockola vieja; miró hacia el suelo en el sitio donde debiese estar mi pierna derecha y hoy cuelga de forma siniestra el pantalón de color café. Sonrió un poco mientras muevo de arriba hacia abajo los casi 26 cm de mi pie derecho. Es hilarante imaginar que la piel y el calcetín aun existen dentro del calzado deportivo que usaba.

Son las 6 y el tiempo adentro de este bar bañado con la luz neón se ha vuelto frio; la canción a cargo de la sonora que suena en los parlantes poco eco levanta entre las mesas ocupadas por una gélida concurrencia y termina rebotando sin gracia aparente en las paredes amarillas. El conjunto de neones verdes parpadea una vez y siguen impasibles en su cometido de dar algo de brillo al conjunto de este lugar. Son las 6 y el trago con ron antillano y refresco ha desaparecido junto con mi pie derecho por fin.  Tomo el cambio situado a un palmo de mi mano izquierda, lo guardo en la bolsa frontal de la camisa a cuadros y coloco las muletas en su posición habitual. La salida se antoja cercana cuando tienes dos pies, pero en tripíe la cosa se ve lejos y peligrosa. Escucho la risa del gigantón y la chica de cabello cenizo mientras enfilo hacia la calle.  Conozco el camino de sobra, conozco las sensaciones de la falta de pericia al volante de la madera que me acompaña a casa. Cada maldita tarde espero que sean las 12 del día para poder venir y sentarme de nueva cuenta a contemplar el verde del neón  y el zumbido inacabable de los cientos, miles o millones de vehículos que pasan por fuera del cristal de la entrada.

Mañana tal vez vuelva a pedir un ron con cola y hielos para empezar a sentir que la vida sigue debajo de mi rodilla derecha.

SR Enero 2013

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