jueves, 21 de septiembre de 2017

¿Y la cena?



13 días antes, el sonido se encapsulaba en las pequeñas paredes de la casa de la calle Avellaneda, el hombre nunca indagaría porque llevaba tal nombre, siendo que el resto de las calles y avenidas que circunscribían el plano, tenían nombres muy distintos. Por las bocinas de aquel estéreo que había comprado recién, se discurrían los sonidos de varias melodías; las más románticas, las menos llenas de arrepentimiento. Sin embargo, el hombre apenas les prestaba atención, está se centraba en la pequeña pistola que tenía en la mano izquierda. No menos de 5 pasos a su derecha se encontraba el cuerpo de una mujer, su mujer; 1.70, guapa, cabello rubio obscuro tirándole a lo cenizo, con un agujero que le había arrancado la existencia y que había manchado de hemoglobina la ropa. El líquido le bañaba desde la sien, corría por su cuello antes glorioso y ahora desvencijado, los ojos tornados en rojo y uno más desenfocado que  el otro; cerca del cadáver de quien había sido su esposa por 10 años, se hallaba una silla donde había estado horas antes tomando el desayuno, todo tan tranquilo; en las horas previas la mujer sonríe poco, pero desde que la conoce lo hace, su pequeña niña berreaba con cada nuevo grito que el hombre elevaba, no importaba si era por culpa de un mal resultado deportivo o porque lo habían estafado en el trabajo, su voz se tornaba peligrosamente fuerte y las dos mujeres que lo rodeaban no hacían sino enclavarse en el suelo, llenas de pánico. Eso era cada mañana. 

Pero ahora él estaba ahí, con una pistola que su mujer había empleado para suicidarse, horas y horas han transcurrido desde que llegase a casa, no oler la cena o escuchar el volumen de la televisión lo preocupó, pero apenas tenía espacio en su cerebro para ello, porque las cervezas le hacían olvidar que todo estaba bien jodido, que a duras penas le alcanzaba para pagar el préstamo, que su esposa no tenía llenadera con el gasto, que su otra mujer le quería endilgar un chamaco; parecía que todas las mujeres de su vida eran un dechado de idioteces, cada una más imbécil que la anterior y con la única tarea de joderle la existencia; su esposa e hija, su madre, su hermana, sus tías, inclusive las mendigas viejas que le habían tocado por abuelas. Todas jodían su existencia, pero había encontrado a una lo suficientemente castrante para lograr lo que ninguna había podido: sacar su lado violento. Diario le atizaba con el cinturón, a veces por cualquier pendejada, a veces porque le nacía del alma hacerlo para demostrarle que la ley estaba aún de su lado, y que no por ser una pinche universitaria eso le impediría imponerse.

Aunque nada importaba eso, eran las 10 de la noche y la niña no estaba, su mujer tenía un balazo en la cabeza y nadie contestaba en casa de su suegro. Dentro de poco tendría que hacer la llamada para que la policía acudiera, aunque dudaba que alguien creyese que él no era responsable; las chismosas vecinas seguro soltarían la sopa de cómo le daba a su mujer, las trabajadoras sociales darían cuenta de las cicatrices y los hematomas que aun guardaba su cuerpo.

-me jodiste Juana. Al final lo hiciste mejor que ninguna otra.

Su voz suena grave. No la reconoce, por el miedo, sabe que nadie le va a defender, pese a que le asiste la razón de años y años de golpes, la justicia no es para un pobre asalariado que bebe todos los días unas cuantas cucharadas, nadie le podía decir nada porque no pudiese conseguir un trabajo mejor o diferente porque los trabajos que sabe hacer son menos importantes que un maldito gusano; ahora iría para peor, porque su carta de antecedentes penales tendría una jodida mancha por algo que ni siquiera se había planteado hacer nunca. En toda su existencia posterior al cortejo  de Juana  no había planteado jamás el matarle, era suya y lo sería hasta que el infierno se presentara en la tierra. Pero ella, con su cara de rata, con sus dientes frontales sobresaliendo cada que sonreía lo había jodido todo. Y ahora yacía en el frio piso de aquella casa que con tanto esfuerzo había logrado sacar adelante, por él mismo, sin necesidad de pedir dinero alguno a su padre, el asqueroso sumiso, menos a su hermana que ganaba lo suficiente para mantener un amante menor de edad;  finalmente lo había logrado con todos sus quebraderos de cabeza, con los malditos glúteos sangrando, incluso por las horas que había invertido en la maldita empresa que los alienaba lo suficiente para hacerle ver números y números en las noches que intentaba conciliar el sueño, como si fuese tan sencillo alejar de la memoria de los ojos el jodido brillo de los monitores. Día y noche veía, aun con los ojos cerrados, ese color blanco que le perseguiría hasta el día de su condenación.

Pero ella lo había hecho, se había pegado un tiro y nada le quitaría el estigma que ahora pendía de su cabeza regordeta, con aquel peinado que todos usaban, pero no a todos les quedaría tan bien una vez que ingresará al penal; porque lo suyo era casi cárcel directa, nadie podría evitarlo. Golpeo la mesa y se maldijo una vez más. Llevaba ya una vida en ello, que jodidos importaba que lo hiciera otra vez.
Se escuchaban las sirenas de autos de emergencia, por primera vez en años su sentido mórbido de querer adivinar qué era lo que se acercaba hacía su ubicación había desaparecido. No importaba, porque seguramente sería la última vez que intentaría adivinar, recordaba por instantes las horas que en algún momento de su juventud menos violenta debió pasar en los separos, hacia un frio de la chingada que le duró años en remitir, jamás lo diría, o siquiera lo admitiría, pero temía regresar a un sitio donde todo parece suspendido en el tiempo, un loop interminable que obligaba a todos los que entraban ahí a querer saber la hora, cuanto jodido tiempo transcurría desde que te ingresaban, hasta que te comenzabas a cagar el cerebro porque crees que encontraran los sobres con coca que guardabas en el ropero. Pero nada ocurriría de verdad aquella vez, no al menos comparado con esto, no había padre, ni madre que le viniese a consolar o sacar de uno de esos sitios. Su padre había muerto y su madre no tenía la energía suficiente para consolarle en ese asunto, jamás lo haría por él, prefería verlo pudrirse en vida antes que permitir que su alma se condenara y joderle la eternidad. Pero nada sucede, 10 minutos después del último ulular, el hombre se halla ahí en el pequeño espacio que forman las 4 sillas del comedor y ese monstruo que es el refrigerador. Ni un ruido siquiera, nada que delate que las incomodas vecinas no han regado el asunto. O los gritos enardecidos de la multitud pidiendo que sea mutilado y cortado. En realidad, no parece que tenga ningún sentido el estar más tiempo allí contemplando el cadáver de su Juana, preferiría marcharse antes que la cárcel. ¿Pero dejar todo por lo que ha luchado desde que salió de su casa hace tantos años?

Todo lo anterior se ve interrumpido por un flashazo que le llega a la parte consciente de su persona ¿Y la niña? ¿Dónde carajos esta su hija? Debiese estar dormida, pero no era tan tarde cuando llego a la casa, y era común que la pequeña bastarda se desvelara viendo sabe que madres en el internet, por lo menos escucharía el moverse lentamente de alguna sabana o tal vez el ruido del crujir del colchón o los muelles de la cama, pero nada, no se percibe un solo sonido y eso lo aterra más, como si la condena no fuese a ser solo por un cuerpo. avanza pegado a la pared, esperando que de repente todo sea una condenada broma y que su mujer deje de lado la sangre falsa y la pistola resulte una muy buena imitación, luego saldría su hija con un gran pastel o un globo y todos reirían esa noche, comerían un pedazo del pan y mirarían la televisión. Ruega en silencio porque sea un poco cierto, que el jodido revolver que lleva en la mano sea una piltrafa, que todo sea un jodido espectáculo nocturno, “noches de cabaret presenta: ¡la tragicomedia de Arturo Blancarte!” y un público vehemente silba y rabia en el aire mortecino de ese condenado día. Más no es así, su lento avance hacía la recamara situada en la parte trasera de la casa es medido, centímetro a centímetro y con todo el sigiló del mundo.

Piensa en la niña, nunca la quiso, pocas veces hizo algo por ella, sin embargo, no le deseaba ningún mal, al final de cuentas era una víctima de la mierda existente en el cerebro de la madre y el poco trato con él. Pero ahora se siente mortificado por lo que podría esperarle al otro lado de la puerta con el adorno de un unicornio, y un poster de alguna de esas bandas mediocres de púberes moja conchitas vírgenes.  Abre con cautela la falsa imitación de madera y a tientas, ubica el interruptor de la luz. Respira tan profundo que hasta el mismo se sobrecoge, en la cama no hay nada, no se ven signos de lucha o de que alguna tragedia ocurriese ahí, abre cajones esperando encontrar algo que es imposible que entre ahí, levanta el colchón de su base y sólo encuentra las cajoneras con algo de ropa y zapatos, no hay ni rastro de su hija. Pero el miedo aun no lo abandona, nada le dice que la hubiese matado en su cuarto, bien podría estar en su propia habitación, o en el condenado baño, o en la parte posterior donde debiese ladrar el perro. Si tuviesen uno.

“El peor error que puedes cometer en este tipo de situaciones es tomar decisiones apresuradas.” Se sorprendió diciendo en voz alta, tal vez no fuese así y en realidad lo había pensado, o eso creía él. En todo caso su recorrido por el resto de la casa no arrojo más datos significativos acerca del paradero de su hija, o algo que medianamente le sirviese para esgrimir una mejor defensa ante el juez; quién, sin duda alguna, le impondría cadena perpetua o de mínimo 20 años por un crimen –el único- que no había cometido. Observó las piernas desmadejadas de la que hubiese sido su mujer y comenzó a realizar cálculos, tal vez si la destazo y la hago pasar por desaparecida, tal vez si la entierro y a la jodida me peló de aquí, tal vez la arrojo al canal de aguas negras y espero que el maldito lirio acuático haga su parte y la sumerja por los siglos de los siglos. Todas sus ideas acababan tan pronto le venían a la cabeza, desearía ser más inteligente o por lo menos tener un poco de imaginación, para hacer de cuenta que podría tener una solución. Luego venía la parte de fingir, eso no iba con su forma de ser,  porque sabía que en cuanto el juez o el abogado lo presionaran un poco se iba a quebrar de lo lindo, iba a cantar hasta el número del seguro social, si es que tenía uno. Su mujer sigue en la misma posición, como si supiera que el color avellana de sus ojos, le iban a jugar una última pasada a la mente de ese hombre, que sigue de pie frente al cuerpo sangrante de quien respondiera al nombre de Juana. No tiene ni ganas de abrir una cerveza, si es que hubiese alguna en el refrigerador cromado.

SR Marzo 2016

sábado, 2 de septiembre de 2017

Certezas

Certezas

Me gustaba Teresa o creo que ese era su nombre, la verdad nunca he sido bueno para recordar los nombres de las personas, a veces ni siquiera recuerdo el mío, claro, no con el que nací, sino aquel que usaba artísticamente; aunque lo más artístico que poseo sea la capacidad para inventar cosas que rápidamente son descubiertas, a veces era Pedro, Ramón, Ifigenio (en honor al maestro Ramírez Heredia, del cual he leído muchos libros, pero no su poesía, no soporto la poesía de nadie) o simplemente carecía de un nombre. La cosa es que a ella la conocía del trabajo; oficinas largas de gobierno donde pareciese que cada uno trabaja en top secret y en realidad estamos rellenando formularios estúpidos para garantizar el acceso a la información de la ciudadanía, aunque a está no le importe siquiera en donde coños se perdieron 800 trillones de billetes en la construcción de una estatua de algún fundador perdido en la memoria de los viejos. Así transcurrían los días, los meses, los años y toda una vida de funcionarios públicos con cargos heredados por nuestros padres, que a su vez los heredaron de sus viejos, y ellos se los habían comprado a la revolución, o algo así. El asunto es que me gustaba la mujer aquella, pero en realidad me gustaba 10 minutos y luego me gustaba otra, y luego Jacinta la señora de los papeles de baño en el Sanborns de la esquina, o doña Carmela la de los flanes afuera de las oficinas, o también la chiquilla que limpiaba parabrisas en el semáforo; a eso iba, me gustaban todas, algunas por el mero hecho de tratarlas diario, otras por el mero hecho de que tenían unas mega tetas o que vestían como pirujas de la calle más obscena del país. Aunque en realidad eran más santas que la virgen misma. Contradicciones de un burócrata que no tenía siquiera en que caerse muerto. Aunque en realidad si tenía, pero no trató de que los demás lo sepan, porque inmediatamente van con los jefes, se arma la auditoria y vienen los regaños, nunca los despidos, porque a nadie le conviene correr a un vividor del sistema, por robarse unas migajas del presupuesto destinado a los latrocinios.
 
2 veces a la semana, y más por un sentido de variar la rutina, aunque ya fuese eso también una rutina, me subía al metro y comenzaba a recitar poesía; no necesitaba el dinero y rara vez pedía, simplemente si alguien deseaba arrojar dinero a la pequeña mochila que depositaba en el suelo, la gracia era bienvenida, pero mi acción iba encaminada a fregar al prójimo, me encantaba entonar fuerte las rimas y coplas de los grandes poetas de la historia mundial (casi siempre poesía que venían en libros de tirajes altos y archiconocidos), cuando el vagón lucia más calmo y alguno que otro cabeceaba; también lo hacía para fregar a los morros que habían hecho de Sabines su fuente de ingreso diario, tenía mejor voz que ellos y más dramática, o al menos eso me había dicho un borrachito que hipaba entre palabra y palabra. Dos veces me había roto la madre con alguno de aquellos estudiantes de letras o teatro, y en ambas les había dado en la ídem, principalmente porque yo si comía y no me gastaba el dinero en drogas. Una vez alguna chica de esas corrientitas que tanto abundan, se había ofrecido a hacerme una mamada, le dije si, y en cuanto llegamos al callejón obscuro le di una patada y salí corriendo, sus gritos me persiguieron hasta la estación del metro, donde antes incluso de que el policía se diera cuenta de lo que sucedía yo ya estaba en el andén abordando el gusano y que me dejaba en la calle trasera a la casa.
 
Bebía ocasionalmente y más por un sentido de convivencia, que por el hecho de que me gustara hacerlo; no era uno de esos borrachos calienta sillas de oficina que abundan en el medio, y tampoco hacía ejercicio hasta caer extenuado, simplemente era un tipo corriente que le gustaban las mujeres, declamaba poesía en el metro y los viernes generalmente me la vivía en casa. Y por casa no se debe malinterpretar, tenía una casa propia que nunca visitaba, estaba en uno de esos agujeros cercanos a la capital, los cuales habían nacido para albergar los sueños de miles o millones de pendejos que no se podían conseguir una renta o una compra en alguna de las delegaciones, y tenían que recorrer 20 kilómetros entre asaltos, choques, trafico, policías corruptos, sueños interrumpidos y todas aquellas mierdas que rodean a la capital. La casa era el arduo trabajo de casi 7 años en la misma mierda de empleo, conseguido el crédito también más por el hecho de ser hijo de una ex empleada de gobierno que por mi propio merito, nunca iba a esa casa porque le odiaba, odiaba su lejanía y su cercana ubicación respecto a la muerte y la miseria de millones de ratas humanas. En cambio, me metía en el pequeño departamento de la Cumbres de Maltrata, sitio que usurpaba el nombre de aquel sitio descojonante en la carretera hacia Veracruz y donde cada dos por tres había choques y aparecidos, pero no aquí, rodeado de miles o cientos de miles de edificios, casas, locales, puestos y vías de comunicación; la vida discurría con cierta apacibilidad, principalmente porque mi madre se encargaba de ello. Ella, pese a tener sus casi 63 años se hallaba fresca y en ocasiones con mayor vida social que la mía, todas las tardes se reunía en casa de alguna de las viejas amigas que había hecho con el correr de los años, las brujas a veces salían a comer o desayunar y entre las 5 integrantes se dedicaban a destrozar a cuanto camarero osaba servirles mal el plato con carne malhecha y desabrida. Cabe decir que ninguna de ellas tenía marido, algunas por viudez, otra por abandono, la más por divorcio, no era raro que nadie quisiera pasar más de 2 años soportando los pujidos que debían salir de sus vaginas secas y llenas de pelos blancos, porque me negaba a aceptar que fuesen negros o que alguna vez lo hubiesen sido. Mi madre había perdido a su esposo, no mi padre porque no lo conocí, y ansió que alguna vez aparezca para romperle la crisma por dejarme en semejante apuro, lo había perdido una tarde que sorpresivamente anunciaba que tenía antojo de una rebanada de pastel. No volvió ni ese día, ni el siguiente, y mi madre con todo lo que era y es, decidió que no le iba a llorar, ni ese día, ni el siguiente, ni los 26 años restantes.  Vivía con ella por comodidad y porque literalmente era el rey de la casa, aunque en realidad lo hacía porque a menos de 2 cuadras había cines, restaurantes, vías rápidas (aunque en esta ciudad confundamos la vía rápida con un mega estacionamiento de más de 20 kilómetros) y sobre todo, alguna que otra nalguita de las calles circundantes, pequeñas perras que se perfumaban para parecer de otra condición social que no fuese la clase media; alguna que otra tenía dinero, pero rara era la que no viajaba en transporte público porque los fondos de sus padres o los propios no les permitían gozar de un automóvil propio.
 
Llegaba y había comida, la ropa planchada y ante todo un sentido de calor hogareño, pero no se crean que estos lujos son porque mi madre sea una abnegada ama de casa, de hecho no puede cocinar ni agua para pasta sin que los bomberos aparezcan, más bien se debe a la ardua labor de doña Margarita, una señora que llevaba ayudando a mamá desde que yo había nacido, vivía en la Guerrero, pero no la del centro, sino la de Iztapalapa y viajaba  hacia el corazón de la pseudo hipsteriza 3 veces a la semana. De cuando era morro me acuerdo que su hija la acompañaba y me gustaba verle porque era guapa, lo malo es que era pendeja y se dejó embarazar por cuanto cabrón se le atravesara, yo no, porque era un morro imberbe, pero con gusto hubiese sumado mi esperma a su colección de hijos feos y llenos de pleitos en aquella zona de la tiznada. La señora cocina realmente bien, con ese sabor de fonda que tanto amamos los que nos dedicamos a la onda burocrática, generalmente dejaba comida para dos días y las instrucciones para que la ama de casa se encargase de usar los fogones cuando fuese necesario, mi madre prefería comer de fuera y por ende eran las visitas a sus amigas, cuando aparecían por casa, las brujas barrían con todo y no había de otra que pedir rápida, tacos, pizza, china o inclusive de alguna fonda que amablemente llevaban sus menús impresos hasta la puerta del edificio en que vivíamos. En sí, mi madre había sido una persona guapa, algo regordeta, pero con una sonrisa cautivadora, nunca entendía porque estaba sola, así como no entendía porque mis compañeritos hiper mamones en la escuela de paga, a la que había ido de 8 a 5 de la tarde, se quejaban de sus padres o los amaban con locura.  Mi madre no se quejaba nunca, a veces como toda burócrata llegaba y se descalzaba para usar sus pantuflas, pero generalmente se desplomaba sobre el sofá y se quedaba dormida, hasta que daba la hora de ir a dormir, luego al otro día me levantaba, me carrereaba para bañarme y dejarme en la puerta de la escuela a las 7:45, luego desaparecía y no la volvía a ver hasta que llegaba a casa. Nuestra bonita rutina durante los primeros 15 años de mi vida, luego vendría la prepa y allí era preferible que yo me desapareciera para que no notase el aliento a vino barato o los rasguños de mis novias. Cuando todavía se usaba tener novias, luego llego la hiper liberalización de la mujer y se perdió esa bonita tradición de decirse pareja, para pasar a ser el guey o la guey de alguien más.
 
Lleve un par de veces a casa a Teresa, venía de otro mundo, uno muy distinto al que estaba acostumbrado, a bregarse la vida por sí misma y no esperar a nadie para que le abriera la puerta o siquiera para que le pagara las palomitas en el cine. Cogimos como dios mandaba, sin mayor promesa que la de pasarla bien, eso le gustaba, seguro que tenía como 5 culeros iguales, tal vez menos panzones, tal vez con más pelos o una bonita dentadura. No lo sabía y no me importaba, me gustaba verle los pezones morenos contrastando con su piel lechosa, no tenía pudor alguno en mostrarse tal cual era, yo sí; me dejaba la playera o los calcetines, prefería verme ridículo a coger una pinche enfermedad gripal que me obligaría a ir al seguro para sacar una incapacidad médica, sentirme de la chingada un par de horas mientras esperaba a que la mujer de la voz sin alma me llamará para que el Doctor Ramiro Mendoza me diera una pinche tira de paracetamol como máximo remedio infalible. Prefería aguantar la cara de Teresa viendo mi playera deslavada por los años y años de usar, con mis calcetines impolutos apestando a zapato de oficinista y mi sudor condensándose alrededor de los sobacos. No mentiré, me sentía bien después de aquellas veces que lo hacíamos, pero como todos, sabía que no sería eterno, que ella tarde o temprano me diría: “tengo un nuevo amor los miércoles de 2x1”. Mientras tanto podíamos ir al cine y ocasionalmente meternos a alguno de los pinches hoteles llenos de chinches amorosas que había sobre Tlalpan. Ella se metería en su auto y yo caminaría por las calles que me habían visto crecer, siguiendo la estela que dejaba su perfume a vainilla.

SR Primavera 2016-invierno 2017