13 días antes, el sonido se encapsulaba en las pequeñas
paredes de la casa de la calle Avellaneda, el hombre nunca indagaría porque
llevaba tal nombre, siendo que el resto de las calles y avenidas que
circunscribían el plano, tenían nombres muy distintos. Por las bocinas de aquel
estéreo que había comprado recién, se discurrían los sonidos de varias
melodías; las más románticas, las menos llenas de arrepentimiento. Sin embargo,
el hombre apenas les prestaba atención, está se centraba en la pequeña pistola
que tenía en la mano izquierda. No menos de 5 pasos a su derecha se encontraba
el cuerpo de una mujer, su mujer; 1.70, guapa, cabello rubio obscuro tirándole
a lo cenizo, con un agujero que le había arrancado la existencia y que había
manchado de hemoglobina la ropa. El líquido le bañaba desde la sien, corría por
su cuello antes glorioso y ahora desvencijado, los ojos tornados en rojo y uno
más desenfocado que el otro; cerca del
cadáver de quien había sido su esposa por 10 años, se hallaba una silla donde
había estado horas antes tomando el desayuno, todo tan tranquilo; en las horas
previas la mujer sonríe poco, pero desde que la conoce lo hace, su pequeña niña
berreaba con cada nuevo grito que el hombre elevaba, no importaba si era por
culpa de un mal resultado deportivo o porque lo habían estafado en el trabajo,
su voz se tornaba peligrosamente fuerte y las dos mujeres que lo rodeaban no hacían
sino enclavarse en el suelo, llenas de pánico. Eso era cada mañana.
Pero ahora él estaba ahí, con una pistola que su mujer había
empleado para suicidarse, horas y horas han transcurrido desde que llegase a
casa, no oler la cena o escuchar el volumen de la televisión lo preocupó, pero
apenas tenía espacio en su cerebro para ello, porque las cervezas le hacían
olvidar que todo estaba bien jodido, que a duras penas le alcanzaba para pagar
el préstamo, que su esposa no tenía llenadera con el gasto, que su otra mujer
le quería endilgar un chamaco; parecía que todas las mujeres de su vida eran un
dechado de idioteces, cada una más imbécil que la anterior y con la única tarea
de joderle la existencia; su esposa e hija, su madre, su hermana, sus tías,
inclusive las mendigas viejas que le habían tocado por abuelas. Todas jodían su
existencia, pero había encontrado a una lo suficientemente castrante para
lograr lo que ninguna había podido: sacar su lado violento. Diario le atizaba
con el cinturón, a veces por cualquier pendejada, a veces porque le nacía del
alma hacerlo para demostrarle que la ley estaba aún de su lado, y que no por
ser una pinche universitaria eso le impediría imponerse.
Aunque nada importaba eso, eran las 10 de la noche y la niña
no estaba, su mujer tenía un balazo en la cabeza y nadie contestaba en casa de
su suegro. Dentro de poco tendría que hacer la llamada para que la policía
acudiera, aunque dudaba que alguien creyese que él no era responsable; las
chismosas vecinas seguro soltarían la sopa de cómo le daba a su mujer, las
trabajadoras sociales darían cuenta de las cicatrices y los hematomas que aun
guardaba su cuerpo.
-me jodiste Juana. Al final lo hiciste mejor que ninguna
otra.
Su voz suena grave. No la reconoce, por el miedo, sabe que
nadie le va a defender, pese a que le asiste la razón de años y años de golpes,
la justicia no es para un pobre asalariado que bebe todos los días unas cuantas
cucharadas, nadie le podía decir nada porque no pudiese conseguir un trabajo
mejor o diferente porque los trabajos que sabe hacer son menos importantes que
un maldito gusano; ahora iría para peor, porque su carta de antecedentes
penales tendría una jodida mancha por algo que ni siquiera se había planteado
hacer nunca. En toda su existencia posterior al cortejo de Juana no había planteado jamás el matarle, era suya
y lo sería hasta que el infierno se presentara en la tierra. Pero ella, con su
cara de rata, con sus dientes frontales sobresaliendo cada que sonreía lo había
jodido todo. Y ahora yacía en el frio piso de aquella casa que con tanto
esfuerzo había logrado sacar adelante, por él mismo, sin necesidad de pedir
dinero alguno a su padre, el asqueroso sumiso, menos a su hermana que ganaba lo
suficiente para mantener un amante menor de edad; finalmente lo había logrado con todos sus
quebraderos de cabeza, con los malditos glúteos sangrando, incluso por las
horas que había invertido en la maldita empresa que los alienaba lo suficiente
para hacerle ver números y números en las noches que intentaba conciliar el
sueño, como si fuese tan sencillo alejar de la memoria de los ojos el jodido
brillo de los monitores. Día y noche veía, aun con los ojos cerrados, ese color
blanco que le perseguiría hasta el día de su condenación.
Pero ella lo había hecho, se había pegado un tiro y nada le
quitaría el estigma que ahora pendía de su cabeza regordeta, con aquel peinado
que todos usaban, pero no a todos les quedaría tan bien una vez que ingresará
al penal; porque lo suyo era casi cárcel directa, nadie podría evitarlo. Golpeo
la mesa y se maldijo una vez más. Llevaba ya una vida en ello, que jodidos
importaba que lo hiciera otra vez.
Se escuchaban las sirenas de autos de emergencia, por
primera vez en años su sentido mórbido de querer adivinar qué era lo que se
acercaba hacía su ubicación había desaparecido. No importaba, porque
seguramente sería la última vez que intentaría adivinar, recordaba por
instantes las horas que en algún momento de su juventud menos violenta debió
pasar en los separos, hacia un frio de la chingada que le duró años en remitir,
jamás lo diría, o siquiera lo admitiría, pero temía regresar a un sitio donde
todo parece suspendido en el tiempo, un loop interminable que obligaba a todos
los que entraban ahí a querer saber la hora, cuanto jodido tiempo transcurría
desde que te ingresaban, hasta que te comenzabas a cagar el cerebro porque
crees que encontraran los sobres con coca que guardabas en el ropero. Pero nada
ocurriría de verdad aquella vez, no al menos comparado con esto, no había
padre, ni madre que le viniese a consolar o sacar de uno de esos sitios. Su
padre había muerto y su madre no tenía la energía suficiente para consolarle en
ese asunto, jamás lo haría por él, prefería verlo pudrirse en vida antes que
permitir que su alma se condenara y joderle la eternidad. Pero nada sucede, 10
minutos después del último ulular, el hombre se halla ahí en el pequeño espacio
que forman las 4 sillas del comedor y ese monstruo que es el refrigerador. Ni
un ruido siquiera, nada que delate que las incomodas vecinas no han regado el
asunto. O los gritos enardecidos de la multitud pidiendo que sea mutilado y
cortado. En realidad, no parece que tenga ningún sentido el estar más tiempo
allí contemplando el cadáver de su Juana, preferiría marcharse antes que la
cárcel. ¿Pero dejar todo por lo que ha luchado desde que salió de su casa hace tantos
años?
Todo lo anterior se ve interrumpido por un flashazo que le
llega a la parte consciente de su persona ¿Y la niña? ¿Dónde carajos esta su
hija? Debiese estar dormida, pero no era tan tarde cuando llego a la casa, y
era común que la pequeña bastarda se desvelara viendo sabe que madres en el
internet, por lo menos escucharía el moverse lentamente de alguna sabana o tal
vez el ruido del crujir del colchón o los muelles de la cama, pero nada, no se
percibe un solo sonido y eso lo aterra más, como si la condena no fuese a ser
solo por un cuerpo. avanza pegado a la pared, esperando que de repente todo sea
una condenada broma y que su mujer deje de lado la sangre falsa y la pistola
resulte una muy buena imitación, luego saldría su hija con un gran pastel o un
globo y todos reirían esa noche, comerían un pedazo del pan y mirarían la
televisión. Ruega en silencio porque sea un poco cierto, que el jodido revolver
que lleva en la mano sea una piltrafa, que todo sea un jodido espectáculo
nocturno, “noches de cabaret presenta: ¡la tragicomedia de Arturo Blancarte!” y
un público vehemente silba y rabia en el aire mortecino de ese condenado día.
Más no es así, su lento avance hacía la recamara situada en la parte trasera de
la casa es medido, centímetro a centímetro y con todo el sigiló del mundo.
Piensa en la niña, nunca la quiso, pocas veces hizo algo por
ella, sin embargo, no le deseaba ningún mal, al final de cuentas era una víctima
de la mierda existente en el cerebro de la madre y el poco trato con él. Pero
ahora se siente mortificado por lo que podría esperarle al otro lado de la
puerta con el adorno de un unicornio, y un poster de alguna de esas bandas
mediocres de púberes moja conchitas vírgenes.
Abre con cautela la falsa imitación de madera y a tientas, ubica el
interruptor de la luz. Respira tan profundo que hasta el mismo se sobrecoge, en
la cama no hay nada, no se ven signos de lucha o de que alguna tragedia
ocurriese ahí, abre cajones esperando encontrar algo que es imposible que entre
ahí, levanta el colchón de su base y sólo encuentra las cajoneras con algo de
ropa y zapatos, no hay ni rastro de su hija. Pero el miedo aun no lo abandona,
nada le dice que la hubiese matado en su cuarto, bien podría estar en su propia
habitación, o en el condenado baño, o en la parte posterior donde debiese
ladrar el perro. Si tuviesen uno.
“El peor error que puedes cometer en este tipo de
situaciones es tomar decisiones apresuradas.” Se sorprendió diciendo en voz
alta, tal vez no fuese así y en realidad lo había pensado, o eso creía él. En
todo caso su recorrido por el resto de la casa no arrojo más datos
significativos acerca del paradero de su hija, o algo que medianamente le
sirviese para esgrimir una mejor defensa ante el juez; quién, sin duda alguna,
le impondría cadena perpetua o de mínimo 20 años por un crimen –el único- que
no había cometido. Observó las piernas desmadejadas de la que hubiese sido su
mujer y comenzó a realizar cálculos, tal vez si la destazo y la hago pasar por
desaparecida, tal vez si la entierro y a la jodida me peló de aquí, tal vez la
arrojo al canal de aguas negras y espero que el maldito lirio acuático haga su
parte y la sumerja por los siglos de los siglos. Todas sus ideas acababan tan
pronto le venían a la cabeza, desearía ser más inteligente o por lo menos tener
un poco de imaginación, para hacer de cuenta que podría tener una solución.
Luego venía la parte de fingir, eso no iba con su forma de ser, porque sabía que en cuanto el juez o el
abogado lo presionaran un poco se iba a quebrar de lo lindo, iba a cantar hasta
el número del seguro social, si es que tenía uno. Su mujer sigue en la misma
posición, como si supiera que el color avellana de sus ojos, le iban a jugar
una última pasada a la mente de ese hombre, que sigue de pie frente al cuerpo
sangrante de quien respondiera al nombre de Juana. No tiene ni ganas de abrir
una cerveza, si es que hubiese alguna en el refrigerador cromado.
SR Marzo 2016
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