viernes, 3 de julio de 2020

De nuevo había bebido más de la cuenta

Se llamaba Arnaldo, tenía cara de Arnaldo de hecho, de esos tipos que no entiendes porque era popular con las personas, o querido o respetado, un jodido dios de las relaciones públicas. No era de aquí, era de Mérida o algún punto cercano, quizá era una treta, no lo sé, forma parte de las cosas que no se pueden explicar pero lo sabes. Mientras la mayoría manejamos nuestro misticismo con silencios u omisiones casi mentiras, hay jodidas personas que lo cubren con verdades como escupitajos en el rostro. Bebimos un par de tragos, llevaba unos días en ello, quizás más de los que uno quiere admitir; mi mujer me había dejado cuando menos dos semanas atrás, se había fugado con todo el condenado dinero que podía tener. No es mala persona, de hecho quizás lo merecía, por toda la mediocridad que tuvo que soportar conmigo.

El sitio era apenas iluminado, me vendió algunas cantidades de droga, no sabía porque la había comprado, pero estaba ahí y acepte su ofrecimiento. Atrás de nosotros estaba un tipo callado, jodidamente callado, con una mirada de asesino inconfundible, o por lo menos de gente que no tiembla en los momentos de tensión, uno de esos hombres que todos intentamos ser en algún jodido día.  Hablaban todos por encima de la música, olvidable como el resto de la noche, comenzaba a creer que todo era una puesta necesaria por el destino, para conseguir lo que durante tantísimos años me estaba amenazando, llevarse de mi lado lo poco de cordura que poseía. Alguien dijo que era colombiano, no entendía mis chistes, quizás ni yo, pero en la gloriosa mente de un condenado ebrio eso suena a afrenta, de repente estaba haciendo chistes en doble sentido, esperando a que el hijo de puta se levantara y sacara una condenada fusca, que me diese plomazos y entonces mi madre fuera a buscar un cadáver que seguramente no tendría una sonrisa sardónica como la mía, sino una muestra de miedo indescriptible. Pero estaba ahí, esperando eso, o cualquier accidente de la vida que por fin me diese el valor de demostrar algo.

Sorbí del tarro enorme, unos punks entran con toda la parafernalia, la chica es decididamente fea. No quizás de la manera que para el resto del mundo lo sea, pero en mi fuero interno la vida es una porquería que todos los días nos escupe; desvarió, la chica observa el local, no confía en que en ese lugar puedan disfrutar, todo huele a rancio; las paredes, las mesas, la gente que parece sacada de un jodido televisor viejo. Ahí estamos todos, metidos en la realidad de un tiempo pasado, como si nos hubiera transportado el puto umbral que hemos atravesado, afuera se respira el smog de los años venideros, el ritmo es distinto, huele a sangre en todos lados, el tipo con un mohawk nos observa porque teme convertirse en uno de nosotros, no son las arrugas lo que le dan miedo, sino todos esos jodidos temores que nos devoran. Somos un ejemplo viviente del miedo en que vive el mundo. Los hijos de puta que viven con miedo. Pero la chica punk sonríe, con esa maldita docilidad que tienen los que saben o creen saber que pueden cambiar el sistema siendo unos descreídos de él. Pero saben al mismo tiempo que no sobrevivirían ni 10 minutos en la anarquía total. Su cabello es amarillo y me recuerda a una mala peluca. Pero va acorde al vestuario. Su novio la besa apasionadamente, está feliz, quizá coja con ella. No será la primera vez.

Arnaldo, o el que creo que así se hace llamar, coge su mochila, una de las dos, la que pesa menos, pero al mismo tiempo es la más voluminosa, tiene que serlo, trae drogas en ella, no mucho más de la misma marihuana que de cristal. Eso lo va a hundir algún día, en otra realidad, hoy no, hoy va rumbo a uno de esos camiones donde la gente huye, para aparecer años o meses después en una fosa  clandestina en medio del desierto o la selva, quizá él sea uno de ellos, con un tiro en la cara, o el resto del cuerpo maniatado y torturado, pero hoy de nueva cuenta vivirá para despedirse de mí, de los demás hombres y mujeres que están bebiendo por un poco de calor humano, nos acercamos a la primavera dura, a esos días donde el jodido calor te provoca urticaria. No te gusta ni por mucho, para ti es la peor experiencia del año. O eso dices ahora, como si no recordaras aquellos meses, metido en la jodida lluvia con mosquitos, sin luz. Rogando que amaneciera pronto para descansar de verdad. Pero ahora es primavera, o casi, estamos 8 personas ahí adentro en un local ínfimo, con un baño que no tiene agua, con unas terribles ganas de que todo tenga sentido. Pero no hoy, no en esta fecha, no sin que ofrendes un poco de tu sangre, que bebas hasta que te caigas camino a casa, con las rodillas y una mano entumidas por el golpe. Aunque no lo recuerdes, no importa, no tienes prisa porque todo parezca llevar un fin determinado, estas empezando a joder de nuevo tu cerebro con tanto alcohol como lo puedas llevar. Con un whisky escondido debajo de la mesa del comedor, con latas de cerveza apilándose en la basura. Son casi los elementos que necesitas para que todo tenga sentido, de nueva cuenta, quizás no pronto, quizás mañana se aclare.
 
El colombiano se ha ido, nunca sonrió más de lo necesario, los punks llenan de amor adolescente y calentura el jodido lugar, no dudo que se la va a coger, no dudo que el tipo que sale en un camión perdido hacia Mérida, conocerá a una de esas extranjeras que lo siguen todo el tiempo, no dudo que mi mujer en algún momento regrese a llevarse lo poco que no se ha llevado, quizás ya no esté vivo para entonces, pero ¿acaso hay prisa? No cuando el jodido alcohol ha vuelto a tu torrente, no cuando te has hecho daño y no te acuerdas. Ni siquiera al tener una cruda tan espantosa que por poco vomitas, lo que no habías hecho hace muchos años, cuando eras un adolescente cachondo como los punks, pero estabas jodidamente imbécil para hacer algo al respecto. Abres la boca para soltar un escupitajo al suelo, la línea amarilla que separa a la muerte se ve difusa, con menos sentido que el resto de los días previos. Pero debe ser estúpido saltar, cuando todos siguen siendo, ahí, cuando el alcohol ha vuelto a ti. Te pegas a la pared, y disfrutas el condenado aire que sopla el convoy al entrar al andén, no sabes cómo jodidos regresaras, pero nunca te ha fallado el instinto de ebrio.
 
SR otoño 2018- Primavera 2019