Era una mujer que antaño había sido muy guapa. Se llamaba Carolina, vivía en el departamento que estaba inmediatamente encima del mío. La escuchaba a veces ir y venir por las noches de insomnio. Se estaba muriendo y la misma enfermedad la había chupado mucho, parecía que Nuestro Señor quería quitarle todo aquello de lo que había gozado durante sus casi 40 años. Platique un par de veces con ella, casi siempre de manera informal, como dos vecinos que se saludan a diario, tal vez comentan algo de la inseguridad del barrio, la toma del agua que chorrea, los ruidos de la calle por la noche y acaso, lo difícil que esta la vida. No me recordaba en lo absoluto, debía de ser para ella el tipo extraño que trabaja en su casa estafando incautos. A eso me dedicaba, arreglar pequeños desperfectos de otros en una aseguradora, pero en realidad tenía por consigna encontrar el mínimo error para que la empresa no tuviera que pagar un pepino. Un 80% de probabilidades tenían todos los que caían en mi escritorio de no ver nada. Y heme ahí el día entero metido en la computadora, fumando a destajo y bebiendo por lo menos 4 de los 5 días laborales, no gran cosa, no me ponía hasta el culo, pero si aligeraba el dolor de cabeza que se enquistaba un día sí y otro también en mi vida. Para Carolina, o aquella mujer muy guapa y muy enferma, la vida transcurría entre sus visitas al hospital, a su trabajo, a su familia (aunque en realidad esta era la que venía a verla). No sabía si había tenido esposo o hijos, y no quería saberlo, me gustaba pero no al grado de querer saber todo de ella, creo que en realidad me gustaba lo trágico del asunto, el opuesto entero en que vivíamos, ella presumía de magnifica salud, era deportista y una excelente persona, pero todo ello se fue a la jodida cuando enfermo, la ambulancia llego una noche de enero, las calles heladas habían propiciado, aunque en realidad no podría jurarlo, que aquella mujer cayese enferma sin poder parar de toser un segundo, la sangre apareció luego de un violentísimo acceso de tos, los paramédicos que la llevaron al hospital no pudieron evitar darle una mirada, era condenadamente guapa. Pero de ahí cayó en desgracia con Nuestro Señor, o eso parecía, como si todo lo que hubiera obtenido por la genética y su responsable vida, hubiera sido una afrenta. Tres semanas después de aquella noche, volvió a su casa, de su jovialidad y dinamismo quedaban sólo las palabras, era una mujer que comenzaba a marchitarse a una velocidad endemoniada. Hasta su pelo, de cabellera turgente hasta entonces, ahora parecía una peluca vieja. El chisme me llegó. Algo relacionado con una bacteria en los pulmones, nadie sabía dónde la había adquirido, pero la estaba matando tan rápido como se podía. Ya había acabado con uno de sus pulmones y si no lo controlaban se iría al otro barrio. Ahí estaba aquella mujer, parecía una anciana de casi 70 años, seguía guapa, pero la misma enfermedad y el temor a la muerte le estaban terminando, me encontró una noche acariciando un gato callejero que a veces alimentaba, me vio al inicio con aprensión, pero luego mudó hacia la ira y la pesadumbre. Solté la botella de cerveza que llevaba en la mano cuando me percaté de su presencia. No pude articular palabra alguna, pero ella formó una oración.
-No es justo, realmente no es justo.
Fue lo único que dijo aquella noche, a partir de ahí parecía que nos encontrábamos con toda la naturalidad del mundo. No me saludaba, pero negros ojos irradiaban molestia por verme. No era nada que no hubiera visto antes, como si mi presencia fuese el desencadenante de toda la porquería que habita en el universo. No podía evitar mirarla de aquella forma estúpida que tenemos cuando no podemos evitar que dos universos colisionen. No obstante a estos encuentros, nuestra amistad o cercanía no creció más allá de esos encuentros fortuitos. Carolina parecía estar mejor, aunque cada que tosía, como si el pulmón bueno estuviera a punto de joderse, no podía evitar pensar en que sonaba peor que si un barco de motor estuviera zozobrando. ¿Quién era yo para evitar que el fondo del mar lo engullese? Abrace la idea extraña de que un día se aventaría por el balcón, la altura de su piso, un tercero, igualmente la mataría y más rápido. Luego recordé quien era esa mujer y contemple atónito como prefería seguir marchitándose de a poco. Encendí un cigarro y cogí una botella de cerveza. La noche parecía estar condenada.
SR Febrero 2019