viernes, 28 de febrero de 2014

Valentina y la erección dolorosa


Valentina y la erección dolorosa

Era una época buena en mi vida, salí por aquel entonces con una mujer llamada Valentina. Ella tenía 2 niños (Augusto y Clara, de 5 y 7), no era muy demandante y era tremendamente hermosa; demonios puedo jurar que es la mujer más hermosa que yo haya conocido. No debía de pasar de los 32 años, porque en aquel entonces yo tenía casi 40, aunque me sentía de 80. Valentina siempre se veía mejor que ninguno de los que nos juntábamos por aquel entonces: mi hermano Antonio, su mujer Estrella; Carlos, el profesor Santiago y Marisol. Con Marisol también había existido algo de historia, sin embargo todo termino cuando descubrió mi afición a describir detalladamente los encuentros que sosteníamos en el departamento que compartía con una amiga a mis conocidos y desconocidos por medio de los relatos. Me mando al cuerno y un par de años después volvimos a la amistad desinteresada, su nuevo querer (se llamaba Juan Antonio) era un tipo relajado que trabajaba en la Secretaria de Medio ambiente, aunque nunca he sabido que hace o hacia allí el sujeto. Valentina  se llevaba perfectamente con la vida de bohemios amantes del trago que éramos nosotros, le gustaba unirse a nuestras partidas interminables de cartas y discusiones bizarras sobre la realidad y la ficción en la televisión nacional. Interminables diatribas que no llevaban a ningún sitio y terminaban por consumir las provisiones del sitio donde estuviésemos bebiendo. A ella también le agradaba que no fuese solo un snob recalcitrante con un millar de datos inútiles sobre cualquier cosa. Creo que lo que le gustaba más era que  todos los datos inútiles que conocía fuesen sobre el alcohol; miles de informaciones que conocía sobre que bebida era la más indicada, en que momento, borracheras infernales, remedios para las crudas, entre otras estupideces sin sentido que nos llevaban horas de risas aún más estúpidas. Lo que nos acercó fue el relato que escribí una noche en la casa de Estrella (antes de que se casara con Antonio), una noche especial para todos, pero yo tenía en mente apartarme de los reunidos y escribir sobre un boxeador que con cada golpe que recibía en el rostro se excitaba y al cabo de 3 o 4 golpes fortísimos sobre cualquier parte de su cara tenía una tremenda erección, en realidad lo había ideado una noche que me había golpeado en el dedo gordo del pie tan jodidamente fuerte y que aun así pude excitarme lo suficiente como para mantener contenta a la chica que me tiraba. La noche que Valentina me conoció tendría yo escasos minutos  de encerrarme en la habitación del hermano de Estrella cuando ella abrió la puerta y al verme con la nariz clavada en el escritorio se acercó, me tapo los ojos y provoco un escalofrió en mi espina dorsal. Use esa sensación placentera para la primera vez que el chico pugilista recibía el jab en el pómulo izquierdo. La sensación de sacudida y el choque eléctrico en la vértebra que alinea todo con los testículos.

-hola? Dije aun con los pezones hirviendo en un cosquilleo que recorría desde las tetillas hasta la espina y de ahí para ambas piernas que permanecían unidas al suelo donde la alfombra dorada de ribetes alucinaba el tacto de mis dedos rechonchos del pie.

-que escribes? Me dijo mientras intentaba lanzarle una mirada a la hoja en la máquina de escribir eléctrica y después fijaba sus ojazos negros en los míos.

-eh, pues una carta…mentí.

-cartas? Todavía la gente hace eso? Que no conoces el internet? Pregunto llena de curiosidad mientras volvía a tratar de clavar los ojos en la hoja que resplandecía bajo la luz de la lámpara que el dueño de la habitación usaba por aquel entonces.

-es que es más personal, digo, me gustaría escribirla a mano; pero tengo una letra del carajo. A veces ni yo la entiendo. (Y no mentía, de hecho a veces es cosa de tres o cuatro intentos para entender sí es una G o un 6 o un 4 o una h)

-vaya! Pero, hay una fiesta allá afuera sabes…no deberías estar con todos los demás? Pregunto mientras la sensación de hormigueo recorría todo mi cuerpo, algo había en la voz de aquella mujer que me transportaba a esos sitios donde pocas veces o ninguna había estado antes con alguien.

-bueno a veces me da por hacer esto… pero y a todo esto quién eres?

-Valentina, soy amiga de Montserrat. Dijo mientras se sentaba en el sillón que había en una de las esquinas del cuarto y comenzaba a sacar de una bolsita que llevaba oculta en la chamarra tabaco.

Acto seguido cogió papel de otra de las bolsas interiores de su chamarra de piel y lo comenzó a enrollar mientras concentraba toda su atención en eso, no pude apartar en ningún momento la mirada de ella y su mecánica. Tras un par de minutos donde ninguno hablo guardó el tabaco en la bolsa de la chamarra y se llevó el cigarro doblado en las puntas a la boca.

-tienes cerillos? Me pregunto al tiempo que sonreía.

-no, pero tengo un encendedor por si gustas. Dije al tiempo que comenzaba a buscar en las bolsas de los pantalones; me detuve cuando vi que agito su mano.

-no, no te preocupes. Sólo prendo mis cigarros con cerillos. Se puso en pie y acto seguido se marchó.

Me quede mudo mientras trataba de comprender si en realidad ella había aparecido siquiera o si todo había sido una maldita alucinación de esas que a veces recorrían mi cabeza cuando llevaba mucho tiempo sin escribir nada. No quise ir tras ella porque necesitaba realmente sacar mucha de la mierda que habitaba en el fondo de mis ideas, también porque en realidad sabía que no tenía ninguna posibilidad con tremenda belleza. Volví a recordar el suave tacto de sus manos delgadas y el perfume que alcanzaba a transpirar por encima del aroma rancio de la chaqueta a cigarros viejos.  Tome otro trago de la botella de whisky que tenía en la mesita de la maquina prestada y releí lo que había puesto antes.  Era basura, mala redacción con cientos o varios cientos de errores ortográficos; pero al final de cuentas era mi basura y todavía tendría que ser reescrita antes de enviársela a los de la revista. La trama del boxeador era mala, pero en el fondo sabía que había escrito cosas peores.  Aventuras, desventuras y amores del tipo que usaba un calzoncillo negro con dos rombos rojos y un enorme dibujo de un santo en la espalda de su batín también negro, luego las peleas de campeonato local que nunca se llenaban y finalmente la muerte del relato en un bar de mala pasada porque un par de chicos eran rudos y querían demostrar que el campeón no era más que un bluff. Se desangraría hasta morir, letra a letra.

Deje la hoja en la máquina y volví a coger la botella, otro trago mientras el ruido procedente de la casa se colaba por la rendija de la puerta. Deje la botella en el escritorio y cerré los ojos un instante, los abrí de golpe al percibir que el ruido de la música y de la gente hablando en voz alta se incrementaba. Estaba Valentina viendo mi cara, me sonrió y dijo con esa voz que la hacía parecer más grande de lo que en realidad era:

-estabas durmiendo?

-qué? No… cerré los ojos para…bueno simplemente los cerré. Encontraste los cerillos? Pregunte y señale con el dedo gordo el cigarro que humeaba en su mano izquierda.

-Jacinto (el hermano de Estrella) me presto los del boiler.
-porque solo con cerillos? Es una especie de cábala o…

-cábala? Jajajajajaj no, nada de eso… simplemente prefiero las cerillas. Contesto mientras le daba una calada a su cigarro que ya era un poco menos de la mitad de lo que era al comenzar todo.

- o sea que si no hubiese habido, no hubieses fumado?

-claro que sí! Hubiese tenido que prenderlo con el encendedor pero al final si los tenían.
Cambio de tema brutalmente.

-oye! Me dijo tu hermano que escribes… te han publicado?  Dijo directa mientras escudriñaba mis ojos y luego pasaba a ver la botella destapada de whisky barato que había llevado uno de los amigos y su chica.

-pues sí, en “Variopinto” y en una revistita universitaria…No soy muy bueno. Dije alzando los hombros mientras trataba de evitar decir que un amigo mío era dueño de una revista porno amateur y habían salido cerca de 8 de mis escritos en medio de tetas, semen y malos diálogos escritos en pequeños globos.

-sólo ahí? Me dijo con una sonrisa en la boca, algo sabía y quería obtener todos los datos correctos.

 -no… también en una revista porno. Me sonroje mientras decía tan bajo como era posible hacerlo.
-en serio!? Y es porno lo que escribes? Sonrió divertida.

-a veces, a veces simplemente es algo muy jodido. Trate de no decir lo último pero se resbalo y termine agrietando la voz para que sonara menos contundente.

-jodido? O sea? Dijo mientras echaba el humo por la boca y bañaba el cuarto con el aroma penetrante de su tabaco.

-es…bueno… me han dicho que todo es demasiado sin luz, todo bastante adverso. Dije mientras recordaba las palabras de un editor que me dijo precisamente que le dieron ganas de coger la borrachera tras leer lo que había escrito por aquella vez…bueno pero basta de mí, tu qué haces? Dije estrepitosamente al recordar que estaba allí en un minúsculo cuarto con una chica que era sumamente hermosa y muy joven. Parecía demasiado joven aunque madura.

-soy pintora…y trabajo en una oficina. Tarareo por lo bajo después de hablar, la canción que sonaba en la reunión se colaba hasta allí y era una pieza que con el tiempo llegue a saber que le gustaba en demasía.

-pintas, que pintas?

-cosas que encuentro, muchas veces son cosas que no tienen sentido para los demás. No me importa, me gusta pintarlas. Dijo distraídamente pero alcance a notar un dejo de hartazgo en eso.

-no siempre logramos…darle gusto a todos. El chiste esta en no cejar. Trate de sonreírle pero me pareció que era una mueca.

-sí, seguro. Bueno, fue un gusto…nunca me dijiste tu nombre.

-Rodrigo; aunque supongo que ya lo sabías no?

-sí, me lo dijo tu hermano. Bueno, que estés bien. Salió, salió y yo ya estaba enamorado de sus ojos y de sus labios, de su mentón y de su hoyuelo en el cachete izquierdo, no recordaba su cuerpo, pero sí que era delgada. Siempre me pasaba, siempre me enamoraba de cualquier mujer guapa. No supe de ella en 2 años.

Le mande dos relatos al tipo de la revista porno. Le gusto uno y el otro no tanto pero me los pago. Me dijo que siguiera mandando esos relatos, a él le gustaba creer que con mis historias o letras le daba un sentido menos corriente a las fotos; que se  volvía arte el tener sesiones fotográficas con la señora que después de llevar a su hijo a la escuela se encueraba en el departamento de Taxqueña. Su revista tenía casi 20 números ya y yo casi 15 de ellos, con ninguna de sus fotos me excite pero al menos servía de tema de conversación cuando las reuniones caían en mi casa. El problema es que costaba distanciar los desnudos de la única cosa no porno de la revista, costaba concentrarse en minúsculas letras palatyne cuando el resto eran enormes desplegados de chiches y panochas peludas. No me quejaba, pero a veces sentía que de su tiraje habitual de 8 mil o nueve mil, menos del .1%, leían las letritas de un sujeto que firmaba como C. Ramón.  A la larga el tiraje aumento, pero a mí no me pago más y por tanto tuve que seguir en mi empleo como secretario técnico de un museo delegacional. Prácticamente vivía de nada, pero los resultados eran afortunados cuando se realizaban eventos porque podía beber casi todo lo que sobraba de los cocteles. No botellas enteras, pero si un charquito de esto, un charquito de la otra. Comida gratis y jovencitas guapas que deambulaban por allí enseñando aquellas piernas kilométricas que ayudaban a escribir cosas. Por supuesto que a ninguna de ellas les gustaría saber que los dedos de sus pies despertaban las ensoñaciones en un tipo más corriente que ordinario y sus fantasías terminaban en una revista porno y en menor medida en una revista cultural que el museo editaba y de la cual no recibía ni un céntimo.

El día que volví a saber de Valentina fue tras una serie de reveses que amenazaban con volver mierda toda la existencia. Más mierda de lo que solía ser. Me llamo a casa el viejo Bruno de la “Variopinto” después de que le mandara el relato del boxeador, el cabrón pugilista se había resistido a quedar  por años y realmente no tenía muchos ánimos de terminarlo porque tenía casi 3 meses que no bebía nada y la neurosis comenzaba a ensañarse con mi cerebro.

-no me gusto, la verdad; se me ace muy menor para lo que ya habías hecho. Tendrás otra cosa por ahí? Dijo seco y sin cortapisas

-no.

Colgué tras un par de minutos que hablamos como dos viejos conocidos, pese a que llevaba menos de 3 años de conocerle y solo una vez le había visto a la cara. La cosa se puso peor cuando llego un correo electrónico de la universidad: “lamentamos informar que el proyecto de maestría presentado por el Señor Rodrigo G. ha sido rechazado por el órgano rector de esta casa de estudios…” toda la serie de mamadas que venía después me importaba una mierda. Cerré los ojos cansinamente antes de que me llamara el encargado del museo. Un hijo de puta que quería a todas luces quitarme de ese puesto para poner a una chica que era tremendamente hermosa pero a todas luces una pendeja. Se la quería tirar.

-no te voy a mentir Rodrigo, tengo pensado darle tu puesto a Margarita. Tú decides.

-oye cabrón pero…llevo 12 años en esto, y nunca les he dado motivos.

-sí, sí. Pero es momento de hacer una renovación de plantilla. Te lo digo como jefe y amigo, sí la chica firma te vas.

No dije más, me puse en pie y salí hecho una furia. Todo estaba de la fregada y faltaba lo peor. Sonó el celular, mire la pantalla de cristal, era el tipo de las porno. 10 minutos en medio de una plática que terminaba en “carnalito”, “amiguito” y todos los diminutivos filiales para hacer menos duro el chingadazo. El sujeto había vendido el asunto y el nuevo dueño no era muy reacio a pagarme, de hecho ya no quería los relatos porque no iban por allí las cosas de su revista. Me deseo suerte y se despidió. Nunca más volví a saber de él. Colgué y sentía todo el peso del mundo en la cabeza, no me desmaye por baja presión porque estaba acostumbrado a la falta de azúcar, pero ganas para pegarme un tiro no faltaban. Vi el reloj, faltaban 45 minutos para salir, el maldito hígado o la parte del cerebro que recibe su información me exigía que desperdiciara todo lo que me quedaba en alcohol. Me largue sin avisar y termine en una barriada bebiendo pulque. Litros y litros de pulque que vomite horas después cuando llegue a casa. Caí en la cama listo para soportar menos de 4 horas después las últimas 8 horas de trabajo en el museo; sonó el teléfono.  No conteste. Volvió a sonar el teléfono que con cada timbrazo se me hacía más lejano y perdido en una bruma indescifrable. Vi la cama moviéndose a la velocidad de una condenada nave espacial mientras mi pie izquierdo aterrizaba para evitar que está levitase y me hiciese volver a vomitar. No lo hice a tiempo y un nuevo torrente de vomito termino en el piso, la cama y la almohada. Seguía sonando el teléfono, o en realidad no había pasado mucho tiempo? Conteste. Nadie del otro lado. Colgué el aparato y volvió a sonar.  Escupí una flema mortalmente blanca al lado de la cama mientras descolgaba una vez más el teléfono y gritaba a voz pelada. Nadie.  Tercera escandalera del receptor mientras el techo giraba en un sinfín de círculos en todas las direcciones existentes.  Volqué el  aparato negro mientras lanzaba una andanada de insultos que iban desde el mismo dios hasta la madre del tipo de la revista porno.

-Quién!? Quién maldita sea!?Coño, conteste!

-Rodrigo…se escuchó muy lejano, tan lejano como si la felicidad se negase a acercarse solo un poco para lamer su clítoris o el maldito triangulo que poseía entre las piernas.

-Quién es? Qué quiere? Volví a gritar, aunque las palabras salían atropelladas y con un acento extraviado.

-Eres Rodrigo? Grito alguien con voz femenina raramente conocida, olvidada por el paso de cerveza y pulque en el tiempo.

-Quién es? Qué quieres? Masculle mientras sentía el maldito vomito acercándose peligrosamente al norte. Baje la cabeza sobre mi pecho listo a soportar nuevos estertores procedentes de mi diafragma.

La quemazón empezaba y todo mi pecho era un sube y baja de pulque y pequeñas frituras.

-soy Valentina! Nos conocimos hace…

La interrumpí:

-no me interesa comprar nada, deje de estar jodiendo! Colgué el aparato, en realidad no había escuchado nada de lo que había dicho ella pero estaba con el maldito asco apareciendo desde mi esófago como para preocuparme. Tres segundos después vomitaba de nueva cuenta sobre la parte que aún permanecía impertérrita en mi cama.

Me desperté con el sol atravesándome de lado a lado mientras el aroma a vómito y orina cubría todo el cuarto. Me volvieron las arcadas justo cuando corría al baño y expelía una andanada de líquido amarillento y amargo por la boca quemándome todo. Me deje caer en el piso frío. Vi mis manos transparentes, blancas mortalmente mientras todo giraba aun. Abrí la llave del agua helada, el chorro fue a parar a mi cabeza hirviente y congelada al mismo tiempo, tirite por minutos mientras el jabón recorría palmo a palmo el cuerpo. Salí al cabo de un tiempo suficiente como para reactivar todo, tome dos pastillas aspirinas, otras dos para el estómago y finalmente un huevo crudo con jugo de algo que aparentaba ser naranja. Todo el camino al trabajo (que estaba a menos de 15 minutos a pie) fui eructando el huevo, las pastillas y el resto de las ganas de beber. Antes de llegar vi a una mujer de pie junto a la puerta del museo. Guapa, terriblemente guapa y al mismo tiempo sin nada de maquillaje, sin vestirse de manera destacable. Una autentica diosa al natural. Sentía que la conocía pero no sabía de dónde. Me acerque con el poco de amor propio que me quedaba a tal vez recoger mis cosas.
Ella hablo cuando me tuvo a menos de 5 pasos.

-hola!

Me saludo con el brazo agitándose en el aire frio.

-hola…discúlpame… pero no me acuerdo de tu nombre. Dije tras lo que parecían millones de segundos en mi cabeza, realmente no lo recordaba, me gustaron sus enormes ojos negros.

-ah vaya… soy…bueno, no olvídalo. 

Agarro su bolsa y comenzó a caminar.

-no, no espera…te llamas…por favor…grite pese a que ella llevaba más de 5 metros de distancia ya recorridos. Lo sé, lo sé…tu nombre es…Valeria! Se paró en seco frente a una de las verjas del museo y vi en sus ojos una sonrisa, me cautivo pese a que me sentía terriblemente mal del estómago. Apenas y lograba tenerme en pie y mantener la vertical. Me encorvaba cada segundo milímetro a milímetro.
Me vio con cara ceñuda pero con los ojos sonrientes.

-Cuál dijiste?

-Valeria…tu nombre es… me sujete en la pared mientras sentía que las náuseas volvían. Trague saliva, sentía el tracto ardiendo. La bilis volvería a subir en cualquier momento.

-oye estas bien?…  regreso casi corriendo hasta donde yo estaba tiritando.

-por favor, abre la reja. Le extendí las llaves con la mano y le señale la dorada con un plástico de color verde en su cabeza, no podía contenerlo por mucho tiempo. Ella abrió y me dio una mano, la cogí al tiempo que notaba que el vómito era ya una realidad, me solté de su delicada mano y corrí hasta la maceta más cercana y allí volví a vaciar el estómago en medio de terribles dolores y el desastre físico que le acompañaba. Se rió, no paraba de reír mientras yo seguía vomitando cada que parecía que ya había pasado.

El museo estaba abierto hacia casi 2 horas y lo único que se escuchaba en el patio posterior eran los gruñidos de mi garganta rasgándose por la mierda de los jugos gástricos. Ella se acomodó en un sillón de mi oficina mientras yo rondaba por alguno de los múltiples círculos del infierno de los borrachos. Tras otra hora infernal de suplicios, me senté en la entrada de la oficina que usaba.

-ya te fuiste? Grite esperanzado de que ya no estuviese.

Sin embargo alcance a escuchar su voz socarrona mientras gritaba desde el interior de mi sitio:

-ya terminaste? Parecía que te estabas muriendo o que habías comido un ganso!
Se desternillo de risa mientras yo mantenía los parpados firmemente unidos para evitar que el piso se traspusiera en el sitio del techo. Tras lo que parecieron horas de nueva cuenta dije débilmente… al parecer ya, no creo que mi garganta soporte otra ración de eso.

-que bebiste?

-pulque, demasiado pulque.

-en medio de la semana? Eso es casi suicida…

-me estaba yendo muy de la fregada ayer… preferí olvidar todo eso mientras, bueno mientras se podía. Dije nuevamente sintiendo una punzada de dolor en el vientre.

-escogí un mal par de días para buscarte verdad?

-no te quiero ofender, pero de verdad me estoy sintiendo muy de la verga. Para que me querías?… murmure casi, la voz estaba jodidamente rota y la garganta hervía.

No respondió inmediatamente, pensé al inicio que no había escuchado, que mi voz no le había llegado. Al cabo de unos instantes dijo pesando cada letra de las palabras.

-te soñé...bueno en realidad soñé tu rostro.

-de que estas hablando? volví a agitarme mientras algo dentro mío crecía. Cerca del pecho, parecía una nueva arcada, pero esto era diferente. Lleno de algo que no alcanzaba a comprender en ese momento

Volvió a demorarse, como si el tiempo transcurriera distinto en ambos mundos.

-es extraño porque solo te vi esa vez en casa de Estrella y así que digamos que te preste mucha atención pues no.  Pero estaba durmiendo hace una semana y de repente te vi… en medio de un sueño.

-eso es bueno? Exclame mientras pensaba los caminos necesarios que tendría que recorrer para conseguir que ella no se fuese y que por el contrario me diese el tiempo suficiente para invitarle un café. Los vómitos habían muerto y el calor de mi pecho era por estar allí con ella.

Demora.

-es difícil de decirlo. La cosa es que me desperté a media madrugada, cogí el lápiz y comencé a trazar un dibujo en un lienzo de acuarela…líneas y líneas, alguna que otra que convergía por acá y en medio una cara. Comencé a darle color a todo, muchas tonalidades tanto claras como oscuras. El rostro fue quedando difuminado por un halo, un manto de humo gris…pero los ojos se mantenían llenos de luminosidad, siempre viendo hacia el cielo.

Concluyó:

-no le di importancia, a veces me sucede, pero comencé a buscarle un parentesco al rostro. Ahí estaba el tuyo. No sabía de donde lo había visto pero te conocía de algún lado. Me obsesione tratando de encontrar el parecido. Un día llego a casa Monserrat y me pidió un cuadro porque quería regalarlo. Checo varios y al final llego hasta el tuyo. Me dijo, oye a poco el pinche Rodrigo te pidió un autorretrato? Mamón el guey! Reaccione, Rodrigo…Rodrigo pensé e inmediatamente me acorde por fin de ti. Le pedí el número de tu hermano para localizarte para darte el cuadro y tu hermano me dio tu número y me dijo además donde trabajabas…

-Bueno y?… digo un sueño no significa nada. He tenido cientos de sueños donde algo pasa y no por eso se cumplen. Tal vez mi rostro te llego muy del subconsciente o que se yo. Dije mientras me atinaba a poner en pie lenta y pesadamente detrás de la pared donde me sostenía cada vez con más fuerza

-cómo y?...es que esto es místico, sabes… como una cosa del destino.

-me parece que no es para tanto. Digo cualquiera puede traer cosas del subconsciente no?

Se fue tras un par de horas donde me trato de convencer acerca de las coincidencias y su injerencia en el devenir humano. Yo no creí nada, para mí era un simple accidente que no tenía nada de extraordinario; para mí el asunto era más terrenal, con problemas reales que amenazaban mi estabilidad mental y física toda vez que no sabía si me despedirían y sí alguna vez volvería a ver algo publicado con mi firma. Las cosas se pusieron más bravas cuando vi entrar por la puerta principal a la chica que vendría a ocupar mi sitio. Entro a la oficina del encargado y conté los segundos y minutos pasados mientras ella estaba allí dentro.

-mierda…mierda… era lo que repetía una y otra y otra vez porque estaba seguro que la cosa saldría de la chingada. Al cabo de casi 30 minutos la chica salió de la oficina, me dirigió una mirada de misericordia (o eso pensé en ese instante) y abandono el pasillo donde nos encontrábamos solos y abandonados una maceta con un helecho falso y yo. Nada paso el resto del día salvo las tres veces que corrí al excusado a prácticamente dejar mis uñas en las paredes. Termino el día y seguí en mi empleo. Sí hubiese sido menos escéptico creería que la llegada de Valentina fue la equivalencia a encontrarse un trébol de 4 hojas o a contar con una pata de conejo bendita. Regrese a la casa, aun pálido y menos preocupado si es que se puede decir. Si no había sido despedido ese día tal vez ya nunca lo sería.

Volví a ver a Valentina días después, cuando me entrego el cuadro. Era una cosa extraña el verme reflejado en una pintura y no entendía muy bien el porque me había dibujado así, pero al mismo tiempo ese reencuentro permitió que comenzara a hablar con la chica, diariamente sosteníamos platicas ya fuese de manera virtual o en persona y acabábamos hasta altas horas de la noche debatiendo sobre cualquier cosa, ella era una gran conocedora de música clásica y yo simplemente hacia lo posible por retrasar todo lo que la apartara de mi mente.  Comenzamos a salir sin que alguno de los dos lo advirtiera, de repente sus hijos  eran “los niños” y sus cosas “las cosas”; venía por las noches y bebíamos un par de tragos, hablando, riendo y cogiendo como es probable que no hubiese hecho antes con ninguna otra. Comenzó a volverse importante para mí y lo suficiente como para alejarme de la rutinaria vida de soltero con un departamento donde apenas y entraba el colchón y el refri cargado de cervezas.

Pasamos un par de meses de maravilla, con pequeñas peleas o malentendidos que solucionábamos hablándonos de frente, sin tapujos, sin obviar nada y mirándonos a los ojos. Tal vez fue lo primero que perdimos tras aquellos días de ensueño, la primera gran muerte vino tras una noche de estrellas muy claras en el cielo, sí ha existido algo que me obsesionaba era encontrar un grupo de estrellas que solía ver por las noches cuando era niño. Un cuadrado perfectamente apreciado desde mi óptica limitada por los pasillos estrechos y los tendederos de ropa gastada en la unidad habitacional. Al final de todo solo quedábamos las estrellas y yo.  7 compañeras que siquiera acaso alumbraban los destinos de otros tantos millones de habitantes que les prestaban menos atención que a los relojes basura que gobernaban sus vidas. Allí en el bosque aquella noche le señale con la mano derecha un punto luminoso en el cielo abierto a la niña que apenas y alcanzaba a destacarse por encima de la abrigada chamarra que su madre le había obligado a usar y los enormes binoculares que había conseguido su padre para aquella pequeña excursión con el novio loco de mamá.

-ahí ese pequeño punto rojizo, es Aldebarán; constelación de Tauro.

-es uno de los cuernos?

-me parece que es su ojo, pero no podría decírtelo correctamente…luego la pequeña estrella que está a su derecha es Bellatrix…

-como la del libro?

-creo que sí…y a su derecha y arriba esta esa otra roja llamada Betelguise.

-también es de tauro? Dijo sin apartarse de la cara los prismáticos.

-no, esa pertenece a Orión. Junto a Bellatrix y la estrella brillante que se halla debajo de…

-esas tres son los reyes magos!? Gritó excitada mirando el cinturón refulgente que seguía en su camino a lo largo del cielo.

-tienen otros nombres, pero si… eso representan. Y la que está debajo de ellas se llama Rigel…

Valentina se acercó y lanzo un vaho largo de su boca mientras aleteaban sus fosas. Pequeñas fosas que parecían henchirse de manera grotesca en aquel momento. Estaba harta, estaba fastidiada de ese sitio, de la situación, y harta del tipo que entretenía a los niños con estrellas ubicadas a millones de millones de kilómetros de donde estaban ellos parados en medio de la nada. Buscaba pelea por medio de cualquier pendejada y a veces solo bastaba que me cogiera en mis 5 minutos para que empezaran las indirectas sobre mi situación financiera, mis relatos o mi departamento viejo y sin amueblar.

-está haciendo frio. Dijo de manera semejante a quien observa un evento tan común como corriente; saque los ojos del aparato telescópico y trate de encontrar los suyos. Estos se hallaban en alguna galaxia tan lejana que encontrarlos me hubiese llevado siglos o milenios. Supe que el fin estaba cerca y que tal vez más pronto que temprano ella se marcharía con esos niños que habían comenzado a dejar de ser “los niños” para ser “sus hijos”. No conteste porque francamente me encontraba igual de entumido que una lagartija en una tarde sin sol. Volví a clavar la mirada en el telescopio mientras observaba que el niño  se internaba en un pequeño seto de árboles. No hice seña alguna para evitar que lo hiciera en primera instancia, luego hable sin dirigirle la mirada a la madre:

-Augusto se metió en el seto.

Oí su bufido de fastidio e inmediatamente se fue a seguirlo mientras lanzaba pequeños gritos para ubicar al niño. Nunca voltee a verla mientras caminaba trabajosamente entre los matorrales pequeños que la separaban del sendero donde nos encontrábamos. Desee que se perdiera dentro y dejara de fregar por unas cuantas noches, por unas cuantas semanas si fuese posible. Estaba fastidiado también pero no me podía despegar de ella, se había vuelto parte sistemática de mí, de alguna manera seguía amando su pelo negro, sus ojos tan ferozmente negros como el carbón que usaba para dibujar, el hoyuelo en su cachete izquierdo, su nariz perfectamente delineada con las raíces a las que pertenecía, sus senos curvados y apuntando poco a poco hacia abajo pero que seguían amoldándose  a mis manos, su olor a flores y a shampoo de manzanilla; amaba el aroma que desprendía su entrepierna, el bendito trasero que aun podía provocar erecciones dolorosas mientras se metía en los jeans ajustados de color obscuro, las piernas torneadas que nunca enseñaba en público, los pequeños pies siempre desnudos por usar huaraches de suela de llanta. Seguía amándola pese a todo y al mismo tiempo quería que desapareciera. La vi volver y todo aquello me hizo no desear estar en ninguna otra parte al saber que duraría lo que tuviera que durar.

La ultima buena tarde que tuvimos antes de que todo se fuera al garete fue tras una discusión que tuvo con su hermana la cual le dijo que era imposible pensar que anduviese con un sujeto que vestía como universitario de los 90s y viviese como adolescente. A su hermana (y en general a todos sus conocidos) les repateaba en el hígado y en las bolas la relación conmigo. Llego a mi casa alterada y con los ojos rojos.

-sabes lo que dijo esa pendeja? Dijo refiriéndose a su hermana.

-volvió a decir que ya me dejes? Bromee, mientras me levantaba del sillón y encendía un cigarro en la flama de la estufilla.

-esa hija de la chingada, como si su vida fuese perfecta… trataba de romper algo pero la misma duda se lo impedía, al fin y al cabo la cosa no iba tan bien entre los dos últimamente debido a que había arreciado en mi ostracismo y a veces transcurrían días enteros en que no hablaba con nadie, mucho menos con ella.

-Y que contestaste?  Deje de hacer el tonto con el libro que sostenía frente a mí, pero aun así podía notar que seguía pensando. Que en el fondo ya lo pensaba.

-nada, la deje con la cuenta.

Añadió aun encabronada pero menos que al principio:

-se atrevió a decir que soy mucho para ti.

-bueno, no es que se equivoque; tu eres hermosa y yo no. Tú tienes estudios universitarios y yo a duras penas termine la prepa. Tú quieres comerte al mundo y yo; bueno yo me conformo con beber cerveza y fumar mientras escribo cualquier basura que me deje dormir por las noches. Remate mientras le daba dos caladas al cigarro que comenzaba a lanzar bocanadas de humo al techo de la habitación pintada de amarillo deshuevado.

Bufo. 

-no manches! Tú no eres inferior a nadie, entiéndelo!

Elevo la voz.

-son preconcepciones de la gente. Carajo!

Siguió gritando.

-has visto a su esposo, dime acaso es un pinche adonis!?

No espero a que contestara.

-ya te he dicho desde hace tiempo que eres monstruosamente bello, que tus facciones son duras y eso atrae a muchas mujeres! Entiéndelo! Y en cuanto a lo demás, carajo! Si quisiera andar con uno de esos mamones que citan libros y hablan como señoritas lo haría pero tú eres mi pareja!

Se acercó a mí y me paso la mano por la barba a medio crecer y llena de canas.

-sabes que pienso?

No dejo que yo hablara nuevamente.

-que tú vas a dejarme. Que un día vas a llegar y decirme:

Comenzó a hacer la voz gruesa y pastosa en una imitación terriblemente real

-“Vale, esto ya no funciona. Nos vemos!”

Rompió en carcajadas mientras yo mantenía la mirada fija en el librero donde descansaba una importante cantidad de libros que había juntado a lo largo de los años sobre cualquier mierda divertida. Siguió riendo mientras daba unos pequeños pasos de vals en medio de la habitación. No dije nada pero me puse en pie y deje que me llevara en un vistoso baile donde ella era el caballero de la brillante armadura y yo su doncella esperando a que volviese de la cruenta batalla. Aspire sin saberlo por última vez el aroma a manzanilla de su cabello mientras me fundía con ella en un abrazo que estaba marcado por el devenir.

SR noviembre- diciembre 2013

 

viernes, 14 de febrero de 2014

empedrado mágico

Empedrado mágico
 
Trabaje un par de años allá en la “calle de las novias”, no trabajaba como modisto si eso piensan  sino que en realidad me encargaba de hacer una serie de idioteces para el archivo que existe por allí; entraba a las 10 de la mañana y salía a las 4 de la tarde todos los días (salvo los festivos). Un buen sitio no solo por la paga sino por la cantidad de cantinas clásicas que existen (y existirán) al doblar apenas la vuelta o seguir caminando de frente hasta topar pared con el eje 2 Norte. También me era agradable trabajar allí porque se me consideraba una especie en peligro de extinción: hombre rudo que no temía a ensuciarse las manos y sudar un poco para lucir los músculos ante la mirada atenta de las compañeras (en realidad pocas veces había tal oportunidad y rara vez me pedían hacerlo porque temían que los mandara al diablo con la cara tallada en muesca que me cargo). Viéndolo de lejos puedo decir que de todas las ventajas y desventajas de trabajar en ese lugar destacaban dos: la primera, el encontrarme cerca del alcohol y sus derivados en las cantinas de donde los viernes llegaba a salir a las 10 o más de la noche, rodeado por las efusivas miradas de jóvenes idiotas que se enfiestaban para probar las mieles de lo nocturno; y dos: el olor a coño fresco que emanaba de tanta visita fémina a las tiendas de vestidos y que llegaban ilusionadas y con la esperanza de que algún día conocerían a su príncipe azul en alevosa ventaja respecto a la mera simpleza de los hombres que solo buscamos sexo y una raja hirviente donde reventar en lo inmediato.
 
Salía por las tardes a recorrer la calle de Madero, adoquinada por las papadas del dueño del país para aumentar rentas y recobrar  o multiplicar el dinero invertido, también allí me paseaba en mis horas de comida (que en realidad no existían como tal y me las agarraba a la brava para salir a comer lo que llevase o bien caminar hasta los tacos llenos de salmonelosis  frente a Bellas Artes en compañía de los merolicos, las madres abnegadas y los borrachos ocasionales que buscaban destapar el drenaje profundo con sus mierdas liquidas y pestilentes producto de esos manjares) con el sol hirviente de la media tarde que asomaba por encima de las miles de pisadas de personas que en su mayoría no tenían ni que jodidos hacer por allí pero gustaban presumir de lo que no poseían y de lo que anhelaban poseer. Contemplaba todo, desde las huellas marcadas de perros en algún charco  de agua enfanganada y mal trasladada hasta las coladeras, los bicicleteros y patinetos serpenteando y toreando a los transeúntes de mirada morbosa, las chicas en tacón alto que miraban desde detrás de sus lentes negros comprados en alguna boutique a plazos, las madres solteras que contoneaban las caderas y sacudían los pechos en espera de un mejor futuro, los niños y niñas inquietos que corrían y se tomaban de la mano experimentando el gozo profundo del contacto humano y los maniquíes vivos que exigían una cuota; en fin, vividores y mequetrefes que buscábamos el cobijo de una sombra helada y escarchada con sal, limón y chile mientras el sol reventaba la calle que se veía inmóvil pese a los miles de pies que se movían sobre ella.  Me gustaba  “la Profesa”  ya que en su esquina convivían lo mismo adoradores del Santo y pecadores que desviábamos los ojos hacia las nalgas y pechos de las mujercitas que pasaban sacudiéndose cual batido en licuado; en esa esquina formada por Madero y Chile el viejo Dionisio “la Rata” pedía limosna desde  años atrás (mucho antes incluso de que cerraran la circulación aunque no tanto para que la conociera con el nombre de Plateros) y para hacerlo le gustaba cubrir una de las orillas descubiertas de la capilla con cartones para impedir que el sol le diera en los ojos rojos mientras fumaba cualquier cigarro que tuviese la pinta suficiente de no tener mierda de perro o de humano encima mientras estiraba la mano ampulosa y llena de venas rebosante de materia prima para las clínica de salud y seguridad pública del país en cuestión del control de pestes. Puras colillas y platos con restos de comida fría eran su alimento, y no pocas veces el exceso de competencia o la presencia de los azules lo obligaba a volverse hacia las orillas de la otrora ciudad de México,  a dormir a pierna suelta en las escalinatas detrás de la parroquia de San Pablo (porque siempre le ha gustado sentirse resguardado por los santos y los infieles). En ocasiones le regalaba lo que me sobraba de la botella y era ritual que el condenado me estirara la mano en cuanto me veía pasar para saludarme cual viejos camaradas de guerra en diferentes frentes que se encuentran una mañana de otoño en la fría y desolada carretera a ninguna parte mientras de fondo los cañones invisibles les siguen bombardeando la mente. Eso imaginaba cada que le daba la mano, por supuesto él hacia dicho gesto amistoso esperanzado en obtener una nueva botella.
 
Así era por aquel entonces la rutina diaria, bebía más de lo que comía y me chingaba cerca de 13 cigarros esperando que el hambre fuese por la ausencia de humo alquitranado y no solo porque solía comer cada 3 días o algo así por el estilo. Y por las noches? Vivía poco o nada en el mundo físico, “el gran tiempo perdido” (así llamaba yo a esas horas comprendidas entre las 10 pm y las 3 o 4 de la madrugada) lo ocupaba en beber o escribir mierda, todos mis héroes lo habían hecho así por lo que cambiar no hubiese tenido sentido (aunque ellos tenían buena mierda que escribir y yo pobremente intentaba reproducirlo para no sentirme tan solo). A diario escribía una o dos historias sobre cualquier idiota o callejera que recordase en ese momento, pero lo que en realidad pensaba en el background era el cómo empezar a escribir esa maldita biografía sobre Praxedis tratando de que en ella se encontrasen los años perdidos; de repente me hallaba inmerso en una alocada conflagración bélica entre las ideas que dictaba la mente borracha y las palabras que el viejo abstemio y recalcitrante en contra de todo lo jodidamente injusto hubiese dicho. Mil y un batallas muertas en cada letra, luego buscaba los adjetivos y estos se hundían en el fango de la mala estructura de la investigación realizada. Eso era todas las noches, enteras y frías noches (siempre y cuando la bebida me lo permitiese y no se ahogaran tales ensoñaciones azarosas de una vida pasada). Temblaba con una botella en la mano y la otra intentando teclear algo o esgrimir el condenado bolígrafo mientras vestía únicamente los boxers rotos y calcetines percudidos o con el hoyo frontal más grosero jamás visto, permaneciendo inmóvil, cual tótem que se hunde en la arena olvidado por quienes antes lo adoraban; fijo porque la luz parpadeante de la farola que interrumpía la obscuridad que casi se estaba muriendo. 

Me movía despacio, en calma y con el rostro impertérrito,  no así las manos, no así las ideas que fluían en cada uña, en cada dedo azotándose contra la tecla o escribiendo sobre el papel; aparecían las historias, se llenarían 4 libretas y cientos de páginas electrónicas que terminaron en reciclaje ya que nada servía de ellas. De repente por allí surgía alguna que contenía la suficiente idiotez como para estremecerme y encontrarse conmigo en “las horas vivas” (el tiempo despierto, sobrio y alimentado), aunque generalmente todas versaban sobre las mujeres y el alcohol, o las drogas y las mujeres, o las mujeres y las mujeres, nunca sobre cosa menos importante.
 
En una de esas noches de viernes en plena cantina céntrica conocí  a Sonia, era apenas mayor que yo pero bebía como saben hacerlo aquellas que ya no esperan nada mejor, según se decía vivía al norte de la ciudad y usaba una pierna de repuesto ya que la otorgada por la naturaleza la había perdido a causa de un accidente laboral. Me gustaba. Sabia contar historias muy buenas y entretenidas pese a tener todos los achaques del mundo, generalmente en todas terminaba la frase repitiendo la última palabra. Siempre hablaba sobre lo que había visto y no visto desde que comenzó a beber en torno a los 25 (15 años ya), lo interesante es que solo el rostro y el abdomen inflamado reflejaban el paso de los años, el correr del vodka por su tráquea y labios. Su pelo todavía bastante negro le caía sobre los hombros cual si de una cascada de cerveza traída de Baviera se tratara, los labios gruesos y bochornosos se abrían poco mientras hablaba bajo y agriamente sobre las vidas de zutano y perengano, de lo que el tiempo le había hecho a los sitios obscuros y deprimentes a los cuales ella llego a querer como si fueran parte de su familia y de los idiotas que pululaban por todos lados; jubilada por lo del accidente gastaba su día viendo como pasaba la vida por enfrente de las rockolas iluminadas en neón y a cada generación le precedía otra y otra sin apenas variar lo que en ella encontraba. Repartía pequeños pedazos de papel higiénico a la entrada del baño por el  puro afán de hacerlo ya que no percibía una sola moneda de lo que amablemente solíamos dejar y no la necesitaba en realidad. Me conquisto desde la primera vez que me sorprendió mirando su pierna buena por debajo del vestido verde: “deberías de ver la bonita, tiene hermosas calcomanías” dijo. Eso me flecho, su humor corrosivo y sin agüitarse por su suerte me maravillo, le invite un trago, dos, media botella, terminamos en el “Antillas” (o “antenillas” por aquello de los miles y miles de insectos que pululan en su interior) bebiendo en las camas separadas mientras nos mirábamos a los ojos y nos contábamos los dolores por aquellos tiempos pasados sin decir una sola palabra. Desperté cuando ya se vestía con aquel vestido verde que ha usado los últimos 7 años cada viernes, y me espeto un: “buenos”, se puso las bragas después y tomando la botella que aun teníamos a medias de ron le metió un trago que me irrito el esófago. Fue al baño y cago largo, tendido y sonoro mientras silbaba alguna melodía que mi cruda me impedía reconocer. Salí antes que ella y vomite en las calles adoquinadas que algún samaritano había limpiado horas antes, el sol caía sobre mi calva y el puro olor a coladera me provoco nuevas arcadas, sentí la mano grácil pero con fuerza sobre mi hombro: “no te preocupes güero, hasta a las mejores nos pasa”, Sonia me volvió a pasar la mano por la nuca y se alejó tarareando la canción que minutos atrás le había escuchado en la habitación.
 
SR Agosto 2013

miércoles, 5 de febrero de 2014

Coatlicue

Coatlicue 
 
Coatlicue me observa desde su verdad totémica mientras entró escuchando algún riff de rock o metal y distraídamente poso la mirada en sus ojos pétreos. Probablemente sea un sábado y este allí frente a ese monolito por órdenes de la vieja amargada porque tenga que entregar un reporte de los restos arqueológicos del templo mayor. El sol inunda las calles y encierra el vapor de mugre. La diosa sardónicamente fija la atención en todos los que entran y que exclaman un grito ahogado al ver por primera vez sus relieves milenarios.

Conocí a Coatlicue una tarde de invierno en una fiesta, no quería asistir pero me encontré con nada mejor que hacer. Gente desconocida que bailaba o se zangoloteaba al ritmo de una pésima mezcla musical. Coatlicue bailaba o se agitaba en el centro de esa sala convertida en salón de fiesta mientras yo avanzaba hacia su falda de larga tela color caqui –no había serpientes. Sus cabellos negros trenzados en una inmensa cola de caballo rozaba el contorno del cinturón de piel en su cintura. En el cuello se agitaba –en lugar de un ornamento de apéndices humanos- un rosario o un colguije budista similar al rosario que usaba mi abuela para rezar todas las noches. El objeto oscilaba de lado a lado mientras el ska sonaba en toda la habitación.

El recinto contrasta en frialdad con el resto del típico infierno de la capital, la vieja diosa solicita urgentemente sacrificar a alguno de esos miles de gringos o sepa la madre de donde sean que chanclean y toman fotos con sus cámaras importadas. La diosa quiere que uno solo de esos hijos bastardos de sus verdaderos adoradores se unte en el pómulo y en el pecho la sangre obtenida con ritual de obsidiana. Sonríe irónicamente porque la vieja piedra que reabre su cuerpo terrestre esta sedienta de sangre y corazones enemigos.

Me acerco con la cerveza en la mano, lanzo un timorato y pendejo *hola* mientras reduzco la distancia respecto a ella. Voltea a verme con esos ojos cafés piedra, sonríe y sigue bailando. Desisto de hacer el ridículo y me arrincono como siempre en alguna pared mientras mis pies llevan el ritmo sin moverme de ese sitio que atisba cada destello que lanza su cabello negro. Coatlicue baila invocando algo al cielo con ambas manos mostrando la palma de la mano a lo insondable que exista arriba, se contonea rítmicamente al ritmo de la música que se desconecta por fracciones de mis oídos. Sus pies cubiertos por unas botas deportivas parecen estar apenas unos milímetros en contacto con el suelo de concreto frio. Cierra ambos ojos mientras el ritmo se vuelve cadencia pura y se instala en algo que me recuerda cuando tomaba aquellas pastillas para la ansiedad; calmado y reposado mientras todo alrededor parece ir despacio. Bajan las revoluciones del beat y ella  esencialmente se vuelve una con el universo que la integra al todo. Belleza pura y ella alojada en el cosmos.
 
Coatlicue me señala un punto, debo dejarme llevar, desconectar la razón y el instinto y creer ciegamente en lo que la dimensión en la que ella rige me señala. Callarme y cavar el día señalado por la luna amarilla y el sitio determinado  por ella. Quiere mi devoción a cambio de la inmortalidad otorgada por su conocimiento. La dualidad eterna, alcanzar la vida verdadera mediante el rito de la sangre. Elevarme a las estrellas con ella y sus hermanos emplumados y zoomorfos. Encontrar el camino de la grandeza.

Termina la canción y ella sale del centro –aunque ya observándolo sin su presencia parece únicamente una esquina más de este lugar donde un grupo de pachecos está reunido para a la menor oportunidad fumar la madre esa. La busco inútilmente con la mirada, no distingo su nariz recta o su piel cobriza, tampoco sus brazos delgados y firmes de atleta. Me vuelco para un lado y otro enclaustrado en esa minúscula esquina atrapado en ensoñaciones inimaginables e ideas suicidas que después de todo no suenan tan descabelladas. La música vuelve a comenzar en su tono festivo pero Coatlicue no está en el centro de nada. No  hay ni rastro de sus dientes perfectos o de sus senos jibarizados transpirando feromonas. Llega el viejo Rodrigo y me toca el hombro. Nos saludamos y me dice que me presentara a su nueva amiga. *ella es Coatlicue* y la chica se queda fija mientras me saluda con su sonrisa pacifica, que me da nervios, que me enerva el sentido. No puedo evitar que al contemplar su sonrisa me vengan recuerdos. Me da la mano y me besa en la mejilla apenas rozando sus labios  mi piel. Aspiro su aroma, es a campo fértil, a tierra húmeda, a piedra lavada por el agua de un rio, a la pureza de una zona lejana a esta inmunda ciudad contaminada. Es el maguey y…algo que no logro discernir. Me atrae hacia sí y me conduce por entre varios pares de piernas y brazos alzados. *yo no bailo* trato de decir pero me veo moviéndome torpemente en medio de un ritmo frenético, de tambores y agitaciones espasmódicas de todos los que están en semicírculo. El pinche Rodrigo está lejos, sonriendo desde otra dimensión, con su mirada fija en ella. Pero sonríe complacido pese a que le he quitado a su amiga. Bailamos y él desaparece de la estancia, todo de hecho parece desaparecer, sólo permanece ella y el ruido de los tambores magnéticos cuyo sonar se mete por todo mi pecho, lo llena todo como si el sonido fuese mi propio corazón latiendo desde fuera. Latiendo por ella y para ella.

Medianoche, la luna alumbra, cavo por inercia  como si mi voluntad entera le perteneciese a ella. Coatlicue ha dicho que allí donde alumbrasen las dos estrellas rojas comenzara a buscar. Sin descanso, ella me trajo para algo, toco el fondo de algo. Hay piedras y obsidiana, saco las piedras viejas cubiertas de sangre igual de vieja y desciendo a la ciudad otra vez. Ella quiere un corazón fresco, de joven enamorado. Su sacrificio alumbrara mi camino para volverme el portador del secreto. Nos uniremos en la otra vida. Coatlicue sonríe.

SR diciembre 2013

domingo, 2 de febrero de 2014

Hacía atras

Parecen infinitas, no es así. Alumbran un espacio diminuto y desaparecen para dejar el lugar a otra y esta es seguida de otra y otra y otra, nunca acaban, o eso parece. Es de noche, el sueño no aparece y los fantasmas de la carretera me acompañan como antaño, no solo vamos en este auto mi hermano (que va durmiendo en el asiento trasero), mi mujer (dormida donde debiese haber un copiloto) y yo; no, nos acompañan los fantasmas de otros miles, millones de seres que escapan, que intentan escapar hacia la noche, hacia la muerte consuetudinaria de Kukulcán, antes de que llegue su alumbramiento eterno y el sol invada el auto. Escapamos de la miseria o vamos a encontrarnos con ella? El asfalto no da respuestas, no las hay allí, no las miras hasta que te estallan en la cara.  No hay más ruido que el motor del auto, buen motor, buen auto. Pésima idea el escapar, el tratar de hacerlo una vez más en la tercera oportunidad que se nos ha otorgado, el asfalto se desliza debajo. Luces naranjas y blancas por doquier mientras el asfalto despelleja el caucho de la llanta. Mi mujer murmura por lo bajo, no entiendo lo que dice, nunca lo hago cuando lo hace, cada noche desde hace casi 2 años, grita? Patalea? No lo sé, no sé qué sueña, no sé a quién persigue, no sé a quién  maldice por toda la eternidad.

La noche devora el significado de lo que y de quienes somos, ella maestra, yo un carpintero y mi hermano un bueno para nada. Luz blanca que recorre primero el capo, el tablero, volante, mi pecho y finalmente mis ojos antes de desaparecer para siempre en la obscuridad de la carretera abajo, o arriba,  eso dependerá de quien guie. No solo es la luz que me obliga a formar dos rendijas por donde apenas puedo distinguir lo que los faros muestran, es el pedazo infinito roto por la fugacidad de dos halógenos y decenas de leds rojos y blancos que mueren inmediatamente tras el paso a más de 140 KPH, no hay nada que nos impidiese morir a esta velocidad, no hay nadie alrededor que venga a sacarnos de la cuneta en caso de perder el equilibro gringo del auto. Devora gasolina y caucho mientras los fantasmas lo rozan, rozan las piernas de su carcomida piel blanca, perla o hueso, el óxido lo está destruyendo milímetro a milímetro, lo va desnudando, le corroe su otrora majestuosidad, aunque eso no lo anuncian nunca cuando compras un auto que ha vivido sus mejores épocas hace 30 años. Al final no es diferente de lo que les pasa a los humanos, todos estamos siendo desnudados y corroídos a diario, hasta la muerte, esto si nos lo dicen desde que nacemos.

Acelerador a fondo mientras los ronquidos de ambos seres queridos retumban en el espacio que queda entre las vestiduras de un color grisáceo y el techo forrado de gris rata o gris sin futuro. Los anuncios se suceden con frecuencia, límites de velocidad, poblaciones cercanas, avistamientos de ovnis, de topes suicidas y carreteras polvosas que no conducen a ningún jodido lado. En los puentes blancos inmóviles se balancea el viento, las ráfagas desatascadas por el impulso de los vehículos que atraviesan sus entrañas hasta estar del otro lado, en otro lugar menos complicado y avanzando hacia su propia hecatombe. En el retrovisor queda apenas rastro de la obscura mole que al ya no ser alumbrada se vuelve uno con el pasado, con ese sitio que todos dejamos atrás hasta que lo volvemos a encontrar en el mismo punto, con la misma fuerza e inerte como todo el pasado.  El atrás es bañado en gasolina, la pared que divide un mundo y otro es vuelta humo que se parapeta en sus límites grisáceos de cal y agua, baba de nopal o pintura corriente. El humo se concentra en al menos 50 centímetros de altura, ni la lluvia que va a caer copiosa y ruidosa cambiara eso, lo volverá  hollín sobre su cuerpo resplandeciente hasta el momento mismo que aparezca el primer automóvil con algún imbécil al volante que piense únicamente en donde meterse esa noche mojada por la lluvia.
 
SR Agosto 2013