domingo, 2 de febrero de 2014

Hacía atras

Parecen infinitas, no es así. Alumbran un espacio diminuto y desaparecen para dejar el lugar a otra y esta es seguida de otra y otra y otra, nunca acaban, o eso parece. Es de noche, el sueño no aparece y los fantasmas de la carretera me acompañan como antaño, no solo vamos en este auto mi hermano (que va durmiendo en el asiento trasero), mi mujer (dormida donde debiese haber un copiloto) y yo; no, nos acompañan los fantasmas de otros miles, millones de seres que escapan, que intentan escapar hacia la noche, hacia la muerte consuetudinaria de Kukulcán, antes de que llegue su alumbramiento eterno y el sol invada el auto. Escapamos de la miseria o vamos a encontrarnos con ella? El asfalto no da respuestas, no las hay allí, no las miras hasta que te estallan en la cara.  No hay más ruido que el motor del auto, buen motor, buen auto. Pésima idea el escapar, el tratar de hacerlo una vez más en la tercera oportunidad que se nos ha otorgado, el asfalto se desliza debajo. Luces naranjas y blancas por doquier mientras el asfalto despelleja el caucho de la llanta. Mi mujer murmura por lo bajo, no entiendo lo que dice, nunca lo hago cuando lo hace, cada noche desde hace casi 2 años, grita? Patalea? No lo sé, no sé qué sueña, no sé a quién persigue, no sé a quién  maldice por toda la eternidad.

La noche devora el significado de lo que y de quienes somos, ella maestra, yo un carpintero y mi hermano un bueno para nada. Luz blanca que recorre primero el capo, el tablero, volante, mi pecho y finalmente mis ojos antes de desaparecer para siempre en la obscuridad de la carretera abajo, o arriba,  eso dependerá de quien guie. No solo es la luz que me obliga a formar dos rendijas por donde apenas puedo distinguir lo que los faros muestran, es el pedazo infinito roto por la fugacidad de dos halógenos y decenas de leds rojos y blancos que mueren inmediatamente tras el paso a más de 140 KPH, no hay nada que nos impidiese morir a esta velocidad, no hay nadie alrededor que venga a sacarnos de la cuneta en caso de perder el equilibro gringo del auto. Devora gasolina y caucho mientras los fantasmas lo rozan, rozan las piernas de su carcomida piel blanca, perla o hueso, el óxido lo está destruyendo milímetro a milímetro, lo va desnudando, le corroe su otrora majestuosidad, aunque eso no lo anuncian nunca cuando compras un auto que ha vivido sus mejores épocas hace 30 años. Al final no es diferente de lo que les pasa a los humanos, todos estamos siendo desnudados y corroídos a diario, hasta la muerte, esto si nos lo dicen desde que nacemos.

Acelerador a fondo mientras los ronquidos de ambos seres queridos retumban en el espacio que queda entre las vestiduras de un color grisáceo y el techo forrado de gris rata o gris sin futuro. Los anuncios se suceden con frecuencia, límites de velocidad, poblaciones cercanas, avistamientos de ovnis, de topes suicidas y carreteras polvosas que no conducen a ningún jodido lado. En los puentes blancos inmóviles se balancea el viento, las ráfagas desatascadas por el impulso de los vehículos que atraviesan sus entrañas hasta estar del otro lado, en otro lugar menos complicado y avanzando hacia su propia hecatombe. En el retrovisor queda apenas rastro de la obscura mole que al ya no ser alumbrada se vuelve uno con el pasado, con ese sitio que todos dejamos atrás hasta que lo volvemos a encontrar en el mismo punto, con la misma fuerza e inerte como todo el pasado.  El atrás es bañado en gasolina, la pared que divide un mundo y otro es vuelta humo que se parapeta en sus límites grisáceos de cal y agua, baba de nopal o pintura corriente. El humo se concentra en al menos 50 centímetros de altura, ni la lluvia que va a caer copiosa y ruidosa cambiara eso, lo volverá  hollín sobre su cuerpo resplandeciente hasta el momento mismo que aparezca el primer automóvil con algún imbécil al volante que piense únicamente en donde meterse esa noche mojada por la lluvia.
 
SR Agosto 2013

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