viernes, 24 de enero de 2014

Poeta sangrante

Poeta Sangrante

Se llamaba Manuel y escribía buenos poemas sobre la menstruación. Las amaba –a las mujeres- y rara vez a él lo amaban –tanto mujeres como hombres. Me gustaba beber con él porque siempre que se ponía borracho me hacía parecer menos borracho de lo que en realidad estaba. En cuanto él  probaba el alcohol mutaba en un gran mono aullador repleto de tatuajes en lugar de pelo. Pero no siempre fue así, de hecho lo conocí cuando versaba sobre el sexo limpio y anti erógeno de las mujeres vírgenes; le gustaba escribir sobre ellas porque las amaba con locura sin igual. Luego apareció Leticia y lo transformo, lo educo en el arte del desamor y el despecho. Cambio la falta de vellosidad en esas mujeres puras por hembras rapaces de sexo ardoroso y candoroso. Rimaba ya no en el día como hacíamos los buenos cristianos sino que adopto la noche como su símbolo personal. Bebía y componía sobre el corazón de los hombres encerrado por las piernas y las nalgas fuertes de cualquier mujer que usara sus armas para destronarlos.

Manuel –se llamaba de día- vociferaba en los rincones de los picaderos, donde coincidíamos, sobre su falta de suerte con ellas y la falta que le hacia su madre, en un claro complejo que Freud hubiese apreciado. Luego bebía más de 3 o 4 grandes botellas de cerveza obscura –porque decía que las rubias como las mujeres eran traicioneras y fáciles de entrar- y remataba todo con un arranque de sinceridad donde desconocidos nos volvíamos hermanos de semen. Así nos hablaba él, decía que no conocía a nadie a quien su ex mujer no se hubiera tirado. Lety se volvió de la noche a la mañana en un tótem sagrado, un ser místico que todos habíamos venerado pero nadie conocía en realidad. Así pasaba las tardes noches aquel falso profeta del erotismo que vestía de negro y luego de fucsia, todo valía para él. Una noche apareció en la puerta del local con un traje rojo sangre y nos comenzó a declamar su ultimo escrito “Basto como el fluido de trasmisión”, su mujer había vuelto a la casa y lo engatuso con sus dotes, dejo de lado el rio de sangre femenina y narró el sabor de los mil hombres que ella había llevado consigo a casa. Remato llorando al compararla con su vieja caribe 88. Aun no me explico como lo hizo.

Hablar con él no era sencillo, aunque tampoco es que fuese difícil, simplemente era una experiencia única que yo agradecía no importando que se colgara de mi  para beber y a media amistad me dejara botado para perseguir a alguna fémina. Nos entreteníamos hablando sobre la cantidad de veces que se retiraba vello púbico de otros hombres tras comerle el chocho a su Leticia, describía la forma, el aroma y los detalles más asquerosos. Terminábamos generalmente vomitando;  recuerdo en especial la noche que me mostro su colección –aferrada limpiamente- en su bigote, del cual se desprendía de a uno por uno cada que se llevaba el vaso o la botella a los labios. Le pague 3 rondas más por el simple hecho de que podía transformar la desdicha que cualquiera de los otros no toleraríamos en una anécdota tan jodidamente llena de amor. 

Por ese mismo motivo de singular pasión de autodenigrarse no a todos les caía bien el tipo, odiaban su lucidez para hablar, su talante pasivo para con los hombres y agresivo con las mujeres y sobre todo odiaban sus amaneramientos que aparecían ni bien había comenzado a beber. Salían a flote con mayor fortaleza cuando daba inicio su historia de la noche que su mujer le obligo a beberse el semen de otro hombre, semen que ella llevaba entre las piernas. Todos comenzaban a protestar y no menos de uno intentaba hacer que se callara, nada lograban con el poeta de semblante ofensivo, Manuel remataba alabando el sabor y la consistencia del líquido. En dos ocasiones tuve que intervenir para evitar que lo lincharan tras aconsejarle a un par de no asiduos al sitio que le entraran y que mejor lo hicieran de inmediato si querían probar que en realidad eran hombres y no putos disfrazados.  El público se enardeció tras descubrir que bajo una gorra de trailero homosexual se encontraba el cura de la parroquia aledaña que instigo a la multitud a que callasen al hijo de puta que hablaba sobre las nutrientes vitaminas del semen, logre tranquilizarlos por poco invitando dos rondas generales. La otra ocasión fue mucho peor porque al ofrecerle de su propia mezcla nutritiva al sobrino del jefe Morales se pasó de verdad y termino escupiendo en el pantalón del hombre. Pusimos tierra de por medio cuando ya los hombres del matón se aprestaban a bañarlo a tiros, el viejo falcón 68 aún tiene en el maletero los tres impactos de bala.  Aterrizamos en su casa, un lúgubre sitio donde la mujer utilizaba el cuarto superior para llevar a sus conquistas y él tenía en un minúsculo cuarto negro toda la mierda que había escrito. En menos de 4X4 metros se encontraban cerca de 2000 poemas, todos llenos de sangre, de dolor y sobre todo de alcohol. 

Saco un par de churros de marihuana y los vinos tintos de tetrapack, abrió la ventana principal y dejo escapar el humo hacia la condenada y jodida zona en donde nos encontrábamos. Me dejo que le diese las caladas suficientes a los pitillos mal liados, tan suficiente fue el fumar como para que me dejase de importar una mierda lo que decía y me centrase en el foco que alumbraba las paredes desnudas de color negro. Abrió la boca y comenzó a leerme algo que sonaba como “la vida triste de Rancio”. Leyó y leyó durante casi 2 horas, su voz se iba y venía conforme daba vueltas cual perro tratando de cruzar la avenida atestada de vehículos hasta que finalmente decide sacrificarse en un acto estúpido, así murió su voz esa noche. Se dejó las cuerdas vocales y me di a la tarea de conseguirle lo único que lo reanimaba. Subí las escaleras y encontré a su mujer, me la cepille lo que duro el resto de esa noche y al otro día me levante decidido a pagarle el favor al poeta. Tres horas después lo presentaba con una amiga que editaba libros. Le gustaron los poemas, le gusto Manuel. Le amo desde el momento mismo que entro por la puerta con su vida cruel y llena de ironía a cuestas. Se juntaron sin mi presencia varias veces más y de ello se embarazo mi amiga. Él volvió a mutar, comenzó a salir del ostracismo y se encontró con gente que lo amaba, que deseaba oírlo hablar, pero lo deprimían por no tener la historia que él tenía, porque   la vida de esos mamones (como los llamaba) era como una novia vestida de blanco que no se ha cogido a todos los padrinos y amigos del novio. Volvió a la “romita”, se ahogaba las noches en alcohol del barato y en escribir poesía barata que terminaba por lo común en el fondo del cagadero. Él hablaba y hablaba sobre culos, hímenes, tetas y el sangrado rectal profuso de su nueva mujer. La rebajaba diciendo que mientras ella trabajaba hasta dejarse la vista allí, él bebía y escribía. Que ahora su vida discurría como un mal chiste porque más de una vez al día tenía que hablar con gente que no sabía nada de la vida, que el prefería mil veces irse a parar a la calle y platicar con travestidos y maricones que sí sabían de que iba el asunto.
 
Sus tardes se extinguían con él llorando por esa mujer de piel lechosa y senos como jibaras que se la pasaba meneándosela a cualquiera que quisiera escuchar cuando ella trajo a un poeta al mundo.
 
SR Diciembre 2013

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