Volando bajo
Las dos líneas se entrecruzan y forman un tache colorido y rimbombante en apenas un minúsculo espacio. Pocos metros más allá un borracho con la gorra ladeada baila junto a una preciosa dama que da traspiés porque el cerebro lo tiene subyugado por la fermentación del agave. Creo que había bebido un par de litros la chica y por ello sonríe con esa boquita apenas pintada y que seguramente terminara en el cuello del tipo con la gorra ladeada y la hombría firme. Es sábado, son casi las 10 o más de la noche y el ritmo de las caderas de la chica atraen la mirada de un par de borrachos que se encuentran dos mesas más allá. Uno es un tipo alto y desgarbado, seguramente con problemas para socializar, el otro es un tipo bajo con la mirada perdida de vez en vez y la nariz apuntando hacia el metal de la mesa donde apaciblemente siguen aguardando las bebidas que han pedido hace un rato. No se las van a tomar están completamente perdidos, aunque bien podrían engañar a alguien como yo; podría acercarme al alto y hacerle platica para ver si de verdad esta tirado o simplemente está en espera de que alguien menos idiota pique para romperle la nariz o el alma, tiene ese tipo. Llevan en esa mesa cerca de 6 horas, debiesen estar fundidos pero algo me dice que son pájaros pesados, que aguantarían la mismísima bomba H y seguirían anclados a la mesa, vaciando los vasos de cristal o plástico que les pongan enfrente. Son guerreros de la bebida, eso me queda claro. El alto tiene la mirada perdida en las nalgas de la chica que a trompicones cadenciosos agita rítmicamente su cuerpo con la bachata clásica que suena. Algo me dice que no es la primera vez que ella lo hace, mientras el auditorio pendiente de su baile se hace más y más grande (atraídos sin duda por la solemne eficacia de un par de litros de pulque que nos hermanan).
Llevo aquí ya un rato con el ardor en la garganta resbalando hacia la fosa séptica que poseo en el interior, todo desfila hacia tal agujero mientras el ritmo de la música cambia según los tripulantes de este asunto llegan; pasamos de los acordes secos del rock que amenizaba la situación a las primeras de cambio, con la gente lucida y llena de vida que caminaba con palabras hermosas y sentimientos preciosistas sobre su día a día mientras el fluido de la sangre se volvía poco a poco, milímetro a milímetro más fogoso. Luego aparecieron las notas agudas y el sonido de los acordeones del popular, de esas canciones que en su primera escucha te arrojan en la cara una sonrisa hasta que se vuelve algo jodidamente real, algo que en algún momento te ha pasado: la mujer que se va, el padre desgraciado, las desgracias amorosas de un pobre diablo que se sostiene contra viento y marea para demostrar que ha venido a este sitio a morir por sus creencias en el amor puro e interminable. Suena graciosa y pueril la lógica de un borracho hablando sobre otros borrachos, pero aparecen cambios de ritmo de nuevas mentes totalmente ajenas a la discusión existencial respecto a los problemas mentales de amores pasado y actuales y todo cambia en otra dirección. Se desboca la pasión mientras el rio fluye en su interminable e inexorable camino. Todo vuelve al principio mientras los pasajeros abordan o se bajan con el mismo ritmo de las nalgas de la chica que en estos momentos va tambaleándose al baño a orinar, tal vez a vomitar, con su novio viendo fijamente también sus atributos porque seguramente más tarde le hará el amor mientras piensa en alguna pendejada. Yo lo haría.
Pienso mientras contemplo una joven pareja que juega al billar sin pasión, riendo a carcajada abierta mientras las pifias se suceden, me recuerda otra pareja, no amorosa, no platónica, sino simplemente una pareja de mujer-hombre (porque comprendo que es ella quien lleva las riendas de lo que tienen) que alegremente hablan sobre las banalidades de la vida, al menos para él porque en lo que su cerebro piensa a cada una de las palabras de la chica es en las ganas que tiene de meterse entre sus piernas y comerle el coño. Como cada palabra de cariño fraternal que le dispensa la mujercita él las envuelve en saliva sarnosa y las acomoda en su falo imaginando que resbalan arriba y abajo mientras cierra los ojos para imaginar todo y cada uno de los distintos puntos que ella recorre con su lengua joven. El tipo en cuestión bien le viene valiendo un reverendo pito que a la chica su novio estúpido le trate como estúpida, que su padre le mangonee, que su amante le quiera pintar desnuda para retratar la grandiosidad de sus curvas; nada, a él simplemente le importan las consonantes que logran apalancarse en su glande asquerosamente morado por las horas y horas de juego previo. Ella no bebe casi nada y él se devora en cuestión de horas todo lo que pueda, todo lo que apague los nervios por tenerla tan cerca y tan lejos. Me recuerda a mí por como bebe, la forma en que coge la botella de cerveza primero alzándola hacia los cielos y luego apuntando hacia el corazón. Cierra los ojos mientras todo resbala, mientras todo se apaga alrededor y en su condición de amante rechazado por la realidad y la amistad se refugia en el trago duro. Los dos del billar se arrejuntan, se sonríen cómplices de su dolor y color mientras un tipo que está en la esquina observa todo con el torvo semblante y jalándose la barba blanquecina hasta que un tipo más borracho que corriente le interrumpe en sus odios y le pide algo, una limosna. Le da un par de pesos y le convida de la botana que se encuentra frente a él, sabe que el día de mañana igual y va a necesitar lo mismo, sabe que el pediría mejor un trago de esa cerveza que se calienta con cada segundo que pasa fuera del cuerpo del ocupante. El borracho le hace un gesto con la mano en la cabeza y se aleja a grandes zancadas mientras el ocupante misterioso vuelve a mirar con aprensión a la pareja que baila en torno a la mesa de billar con las caderas de ella cada vez más cerca de la entrepierna del sujeto. Ambos son hermosos bajo la lámpara amarilla. El tipo solitario baja la mirada y contempla la bebida fría con la que juega en sus manos lisas un par de minutos y luego saca una libreta de uno de sus bolsillos. Me mira antes de comenzar a escribir algo con la letra fácil y rápida. Se levanta de la silla y arroja el papel lleno de letras a la papelera roja que se encuentra cerca a la mesa de billar, nadie repara en ello pero el tipo vuelve a escribir algo con una pluma que hasta ahora entiendo no tengo idea de donde ha salido.
Escupe en el suelo saliva amarillenta, se agarra la entrepierna y vuelve a reiniciar la escritura en una nueva hoja de la libreta. Se queda pensativo mientras tamborilea con los dedos la música tropical que arrecia en la libido de los amantes del lugar. Al final llega a un impasse mental o eso parece porque ya no escribe, ya no mueve los dedos al compás de la música que revienta las neuronas que aún quedan débilmente sin sucumbir a la fuerza de la melodía guapachosa, se queda inmóvil mientras alcanza la iluminación perfecta y pura que su propia frase garabateada le ha mostrado. Me mira tras lo que parece una eternidad en las tinieblas mentales mientras lanza la hoja de papel ya sin efecto propio al interior de la papelera que se haya rebosante de escrituras malolientes de la mano del tipo de la mirada sucia. Me urge a recoger el papel con la mirada y absorber un poco de sabiduría milenaria de su secta de patanes y borrachos de sitios como ese. No lo hago, no la cojo ni por un instante y me vuelvo a empinar la botella de cerveza que ya ha sido calentada lo suficiente para que mi garganta no sufra por las vibraciones recurrentes del frio excesivo.
Allá voy de derecha a izquierda, rumbo a la noche que se escapa por cada uno de los taconeos que da un tipo sentado desde su banquito de metal pegado a la barra de tapiz horrible, simulacro de madera fina, caoba tal vez; el viejo que mueve frenéticamente su tacón derecho lo sacude mientras alborota toda la constelación de partículas de polvo que se ha reunido en torno suyo. Bum-bum retumba en el mismo sitio mientras se estrella una y otra y otra, de hecho las veces que el mismo ritmo le marca el pedazo de madera trabajada con artesanía deslumbrante de su suela a comparación del frio y feo piso de color cielo lluvia de verano. Me acerco lentamente hasta su lado contrario al ataque de frenesí de taconeo profesional que sin duda tiene y le pido que me regale un cigarro que vi que ha guardado presuroso en una de las bolsas laterales de su chamarra vaquera de flecos homosexuales. Me niega el vicio porque ya es tan caro que la camaradería se pierde entre desconocidos, no me importa y le digo que ojala a todos nos fuera igual de bien que a él en la vida para poder comprar cajetillas enteras. Se sonríe y me dice que me largue, que le tapo la vista de la chica con las tetas enormes que ríe en una de las mesas que están más próximas a la entrada trasera, mucha teta y poco trasero le digo. No dice nada más y se aleja el tipo de mi lado llevándose los tabacos, la lumbre y mi tolerancia a la estupidez humana.
La chica del baile sabroso se ha detenido, más bien se ha caído y los tipos presurosos por tocarla se aproximan a tratar de levantarla con la mirada inquisidora de su pareja. Me acerco lentamente mientras su brazo inerte cuelga de una de las sillas donde la han recargado, esperan pagar la cuenta y salir pitando mientras puedan, mientras aun sea legal darle amor a la chica sin que se considere una violación en toda regla. No creo que se aproximen a algo legal siquiera. No me importa en realidad lo que suceda fuera de este lugar con paredes carcomidas por el olor a cerveza y pulque, es más podría acabarse el maldito universo y me vendría igual de bien que si continuara funcionando todo bajo el perfecto orden; sólo esperaría que todo se mantenga igual, la rockola funcionando, el pulque resbalando hacia abajo y las caderas de las chicas moviéndose a los lados para que los borrachos insufribles que bajo el manto de la soledad dejamos notas póstumas para recordar sentimientos que arrecian con el trajín de la fermentación sigamos vivos. Al final me acerco a la papelera donde el tipo ha arrojado su sabiduría: “todo mundo escribe de sexo, todos narran sus aventuras orgásmicas procedentes de sus chaquetas mentales, es mejor hablar sobre los veinte pares de senos de putas intergalácticas que de una verdadera y sus historias jodidas”. Lo vuelvo a ver, sumido en el vapor procedente de su propio cuerpo lleno de ideas mierdas y tantas cosas semejantes, pensando en el semen no expulsado o tal vez en el montón de deberes que tiene que hacer para resarcir su propia incapacidad como estudiante, porque ya lo sé, ya lo vi bien y es otro de esos niños marros que no saben qué hacer con su vida y se dedican al “lo que caiga” sin metas en la vida y sin esperanzas. Que beben para olvidar que tienen que llegar a casa con un aliento impoluto a goma de mascar sabor yerbabuena pese a que todo en su ropa grite que ha bebido al lado de borrachos y proxenetas de la palabra escrita.
-oye carnal ya vámonos no? Alzo lentamente la vista mientras mi amigo de hace casi 15 años me da un tirón en la solapa de la camisa, se está tambaleando también y es momento justo de salir mientras aun podamos mantenernos en pie, afuera el aire azota el poco cabello que a un nos queda y que la oficina nos ha robado uno a uno para cumplir cabalmente con nuestro destino. Nos acercamos a las cuatro décadas de vida y seguimos bebiendo como hace 15 años cuando él entro a trabajar en la empresa y mi mujer me abandono.
SR Noviembre 2013
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