La noche que le brinde una copa a una sirena en el baño
Me quito con tanto trabajo la camisa reseca por el sudor que bufo. El hombro no logra alzar mi brazo izquierdo más de 20 centímetros, brazo paralizado le llaman, inútilmente disemino la pomada que me dio la vieja para los dolores por todo el lomo. Cada tallón extra –para infundirle calor y alivio- me obliga a jalar aire con la boca. Llevo 3 semanas así. Duele como el amor del bueno entre los personajes de Zola; acabo la labor infructuosa tras media hora. Abro la botella de ron que compre en la vinata y le meto un trago directo y profundo que reactiva las neuronas. La televisión está encendida pero hace casi un mes que no sé qué dan en ella. Chismes y guerra supongo. Hace poco más de un año que Bush Jr. le declaro la guerra a todos los jodidos barbones en el mundo, a todos aquellos que no se parecen a sus White boys. Creo que debiese rasurarme un día de estos. Otro trago al ron. Me quedo allí sentado en la sala –inmensa-, semidesnudo como todas las noches. Los moscos se dan un atracón pese a que las ráfagas de aire frio les devanean el coco. Bendito otoño que pronto traerá los fríos decembrinos y alguna que otra sorpresa. Cuento con las yemas de los dedos los granos de mi espalda mientras el rugir de un tigre se asienta en mi estómago, porque llevo más de 3 semanas comiendo cosas que ni en Guantánamo soportarían. Espera, se supone que no debiese saber dónde coños es eso o para que sirve, olvide que me hago pasar por alguien sin educación con la chica que me gusta. No sabe que escribo poesía y que pienso en ella desnuda.
Otro ron. El aliento me cambia al de un sábado por la noche. Es martes, creo. Difícil saberlo sin reloj o la televisión. En la radio mencionan el día todas las mañanas pero a esa hora mi yo consciente sigue idiotizado por quedarme hasta tarde todas las noches escribiéndole a las estrellas. Está bien, está bien, lo hago pensando en los pezones de la chica. Se llama Mariela. Guapa, trabajadora, le gusta el baile y vestirse guapa para ir a ellos. Tiene novio, es un buen tipo que trabaja duro toda la semana para salir a pasear con ella en la camioneta deslumbrante que se compró. Yo uso un auto viejo que estaciono todos los días frente al trabajo y lo observo retándome para largarnos hacia el horizonte. Me pide que robe por él, luego baja las expectativas y quiere que mejor beba, en eso si lo complazco. A Mariela le gusta el color blanco del chasis picado y mi barba desaliñada llena de esos pelos grisáceos que le pican en la barbilla. Sonrió cuando la veo todos los días, también sonrió cuando no la veo.
Volviendo al dolor, la vieja me dio la pomada diciendo que a ella le quita los achaques. No se lo discuto porque también me dio la receta para los mojitos y una rama de yerbabuena cuando vio la botella. El azúcar la tendría que conseguir yo. Olvide mencionarle que prefiero los tragos directos. Mejor otro. Los nervios y sus conexiones se aplacan cuando el fuego cruza la cadena montañosa ubicada en la laringe. Es Martes? Juraría que sí, pero entonces eso quiere decir que olvide algo, que tenía que hacer algo, pagar algo. No sé qué fue, pero algo tenía que hacer. Pienso en Mariela ahora, la carne se me pone china y me doy un pellizco en el pezón e imagino que ella lo hace. Ya lo ha hecho antes. Espero que su novio no lo sepa, aunque eso sería un muy mal comienzo para la vida en conjunto. Tal vez sería mejor que se enterara y viniese directo a darme una lección, una madriza que me ayudara a comprender que ella no es para mí. Mejor que tuviese que errar por allí un par de días con una mano rota y las costillas aún más rotas, escribiendo desde el dolor y con dolor para olvidar el condenado hombro maltrecho por cargar toneladas y toneladas en él. Sin preocupaciones mayores a “cómo carajos voy a abrir la botella sin una mano?” o “quien jodidos vendrá a limpiarme el culo!?”. Con un ojo tan rojo y devastado como el ojete del culo de Mariela. Benditas sacudidas. Sin embargo el dolor ahora y más apremiante es el del hombro, mañana le pido a la viejilla que me regale lidocaína liquida para mezclar, tal vez con vodka. O unas gotas de encapsulamiento de dolor. Creo que ya existen. O tal vez no.
Me despierto otra vez, pensarías que a vomitar pero eso ya lo hice antes de caerme a dormir. Ahora estoy de pie en calzoncillos raídos y con bastante fiebre; no estoy crudo, de hecho sigo bastante idiota. Son casi las 5 de la mañana y acabe bebiéndome los ¾ de esa botella de ron, del de a litro, no de esas mamadas de 750. En fin que me he despertado y he corrido por media casa –o mejor dicho tropezado- buscando una pluma, un lápiz, sangre o la misma mierda que seguramente encontraría en un rincón porque olvide donde quedaba el baño, porque necesito escribir su nombre. Porque al parecer me he dormido y he soñado con ella. No solo soñé, sino que desperté gritando su nombre. Con otras letras, con otro rostro, pero era ella. Estoy seguro. Finalmente escribo su nombre y vomito una vez más. El restante ron queda en el suelo azul cielo pálido en ese cementerio maldito de borracheras que es el baño. Apenas y me sostengo de la pared y una concha de mar me devuelve la sonrisa sin fe. Le brindo un trago a ella y sus camaradas acuáticas, a todas las conchas del mundo.
Y el dolor? El dolor allí sigue, acechante, esperando a que el maldito alcohol sea procesado por el hígado para volver a reinar en el templo por otro día mientras duerme por la noche.
SR Octubre 2013.
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