lunes, 23 de junio de 2014

Tampico

Tampico
 
6:42 pm. Tampico. Calor después del paso de la lluvia. La humedad asciende desde el talón hasta la coronilla, ni rastros de la chica que estoy esperando. Ya casi no queda gente en la playa y las gaviotas se disputan restos de basura de los pocos turistas que aún no se dan cuenta que el norte avanza hacia acá. Trabajo en la misma mierda de siempre, golpes y más golpes al ego. Lo bueno es que puedo beber a nombre de la empresa. Siempre es lo único decente, dos cervezas gigantes y un par de tragos duros entre ambas. Despierta la noche y alrededor el calor tropical se multiplica en la cantidad de mosquitos hijos de perra que se van a dar un festín según siga sentado en este cumulo de arena obscura.  A lo lejos alcanzo a divisar tres mujeres que horas antes debieron estar tumbadas sobre la arena semi húmeda, esperaban mejor clima pero les toco esta mierda que da solo un poco de sol apenas para levantar el cochino hervor de sudores y el resto del día llueve; aun así ellas pasean por aquí esperando encontrar al tampiqueño que les saque de la rutina. Seguro que son del DF, el color descolorido de sus nalgas lo justifica así. Ella, ella debe estar todavía bailando, esperando las monedas de algún mugroso lanchero que ha juntado lo de la comida y el desayuno para poderse pagar una puta; baila mientras espera que termine su turno y regresar al barrancón  de donde ha salido como cada mañana. Mujeres, niños y hombres, perros y mapaches, todos vienen de ahí. Hasta arriba los salvajes mapaches que roban comida de todos y cada uno de los que viven cerca. 
 
Atrás se evaporan en mis carnes los tragos duros, justos para un tipo con ínfulas de ser un salvaje. El tipo aguerrido no está aquí, se desaparece tras la 1er cerveza que trastoca y detiene al toro. Veo el vaso pequeño a un lado del meñique, en la barra de madera falsa que decora el sitio. Esta vacía, esta vacía. Me sonrió con la chica de pie al lado de una de las ventanas que da hacia el frente, al boulevard polvoso, frente a una calle que termina en un árbol de mangle, el pinche concreto sigue húmedo, pero el calor de la misma tierra se está encargando de secarlo mientras el vapor sube como el alcohol en mi cerebro. El sol asoma temeroso frente a las nubes que lo dejan aun medio oculto, no importa el hijo de perra saluda a todos, poderosos rayos repletos de cáncer en la piel. Rayos UV para todos mis amigos! Parece gritar el cabrón a medida que la tarde declina. Sudo a granel mientras la chica con el putishort de mezclilla descruza las piernas del fin del mundo. Se pone en pie y avanza hacia el sujeto que tiene a menos de 5 cm el vaso vacío donde antes debió haber una cerveza.
 
Tres, cuatro, 5, 6; esta frente a mí y sonríe; magnifica, con dientes parejos (nada que ver con los que tengo), me ve a los ojos mientras ordena con esa voz juvenil ronca al muchachillo que deambula de aquí para allá limpiando, entregando, maldiciendo: “una cerveza para el amigo”. Me sonrojo porque ya casi ninguna mujer me considera su amigo, rara vez lo hacen. Una gota inoportuna me corre por la sien, la chica sonríe y me sigue viendo a los ojos, quiere que le invite un trago y que me vaya con ella arriba. Lo hare tal vez, tal vez. El joven con la cerveza llega por la espalda sin que lo advierta siquiera (un condenado violador de hombres en ciernes) y me sobresalto más de lo ordinario cuando deposita el envase a punto de turrón (como decía mi madre cuando las cosas estaban en su punto) ante mí. Tragos para sus amigos, tragos para el tipo de nariz llena de imperfecciones; cerveza fría y gigante para el tipo que está perdido en los ojos verdes de esa chica que aduras penas es más alta que la esposa que lo espera en casa. Tragos y más tragos en el transcurso de su sexualidad desbordante, aquella chica que atrapa con esa sonrisa de dientes perfectamente blancos, pequeños y parejos.
 
7 pm. No ha venido, me maldigo por lo bajo mientras recojo mi mochila-maleta-almohada que incluye apenas un par de prendas y la información del trabajo guardada celosamente en una memoria flash. Todo lo demás es aire caliente que inunda el resto de mi vida. Sacudo la arena obscura, cuando observo un pequeño cangrejo asechando, expectante, violentamente veloz; conoce el peligro, tal vez imagina el fuego lento, el agua y las verduras de su destino si deja de moverse. Su infierno, mi infierno; porque no me siento con mejor suerte que el bichejo azul pálido. Ágil y cauto al tiempo que espera el momento idóneo en que el depredador gigante haga el movimiento inicial. Una pierna, la otra, el cangrejo regresa al interior de la arena caliente y húmeda como la joven que no llego. Por dentro seguro todo parece derrumbarse, y sin embargo la marea permanece en calma mientras los últimos rayos de una tarde normal se cuelan por el agujero del hogar del crustáceo. No quiso venir, pienso. Se arrepintió, digo en voz apenas perceptible fuera de las paredes de mi propia trampa. 
Avanzo hacia el final de la playa, donde se junta la basura del día a día con el inicio del concreto. El camión azul y blanco ya ha prendido el motor y las cuatro personas que van arriba se me quedan viendo con la misma incomodidad que yo las veo a ellas. Me siento casi hasta atrás, donde el segundo despachador me observa de reojo cada que el camión da un tumbo, a lo lejos un par de gaviotas se disputan al cangrejo. El sol sigue cayendo por el lado opuesto al mar mientras un par de chicas se suben en la primera esquina; son bonitas, de piel casi perfecta que se repantigan en su asiento apenas descubren mí mirada lasciva sobre sus piernas sensacionales. Todo en mi huele al salitre de esta playa, las miradas entre los 3 se suceden y solo son interrumpidas por el traca-traca constante del motor Dina. Me canso del juego con las chicas y pongo la música, espero. Siempre espero.
 
Se acomoda el short, tiene calor y le roza la entrepierna la prenda, voltea con pereza a la puerta y alterna la mirada con el reloj detrás de la barra en un constante ir y venir de su cabeza. 15 minutos para las 3, soporífero el ambiente;  solo dos compañeras de las 8 que se encuentran tienen “compañía”, un par de borrachos que llegaron desde que abrió el bar hace casi 40 minutos, las chicas para “persignarse” les aceptaron las cervezas y ahora los tipos tienen a las chicas sentadas en sus piernas, ellas con su mejor cara de hipócritas escuchando embelesadas las anécdotas del par de idiotas. Entra un gordo, turista; ella los reconoce inmediatamente porque siempre quieren poner esa cara de perros malditos y en realidad no tienen ni la pinta, ni el carácter para ello. No es rubio, pero si más pálido que el resto que se encuentra allí, la mira desde detrás de unas gafas de pasta ancha y lente aún más gruesa. Ojos diminutos y llenos de venas saltando a manera de marco para las bolas de color café. A ella no le queda otra que esbozar esa sonrisa que parece indicar “si pagas el precio soy toda tuya papi”. El gordo se sienta en una de las mesas que queda frente a la barra falsa, ha pedido una caguama. Toma directamente del envase mientras el vaso con la receta de la casa se queda boca abajo esperando mejor suerte para la próxima. Empina la botella mientras el sudor corre por todo el cuello y la papada pálida y llena de pliegues. Ella lo observa mejor: esta blanco por trabajar en alguna oficina o uno de esos sitios donde nunca les da el sol, trae el pelo crecido pero sin forma y sumamente grasoso y cubierto por una gorra vieja que apesta a todos los meses que lleva en su cabeza. Se viste como si estuviese en la ciudad y por ello suda. Tiene las manos delicadas pese a ser de complexión pesada; por la forma en que ingiere el alcohol sabe que está esperando algo, a ella tal vez?  Le ve los zapatos y comprende que no tiene mucho dinero, recuerda que esta bebiendo una caguama y sus sospechas se incrementan. Finalmente observa que ha dejado los lentes en la mesa y sin ellos se observan las múltiples líneas debajo de sus parpados: cansancio y estrés de ciudad se acumulan allí bajo la mirada vidriosa de un borracho de fin de semana que seguramente se queda dormido después de unas cuantas cervezas mientras espera que nadie le robe la cartera o el celular. Lo sigue observando mientras nota que ha terminado con la cerveza y le pide algo más a su primo Miguel, el muchacho corre detrás de la barra y coge dos vasos chicos. Vierte en ambos la mitad de whisky, sin hielos, sin agua o refresco que altere el sabor. Vuelve a volar con los vasos en una bandeja y los deposita en la mesa del tipo raro. Este extiende un billete grande que hace que ella se moje los labios y saque el pecho pequeño. El tipo levanta el vaso que queda más cerca de su derecha  y lo lleva hasta su frente. Se toca dos veces con el vaso y con un movimiento apenas perceptible lo ofrece a lo inimaginable.
 
Casi las 8. No hay música ya, la pila murió hace unos minutos y el aeropuerto esta en completo silencio si exceptuamos las dos entaconadas que acaban de pasar y que hicieron eco por todo el pasillo de color mosaico deslavado mientras todos los “caballeros” observábamos sus nalgas. El clima por suerte es diferente al que está afuera donde el calor ya estaba de la fregada y eso sin contar la humedad que se colaba hasta por debajo de las rendijas del condenado camioncito que venía retumbando en cada parada que hacía. Comienzo a pensar en cosas, mi perro, mi madre, mi esposa, mis canas que asoman por la hendidura nasal, el correo que le envié a mi compañera de oficina declarándole la guerra mundial, el oficio que recibí por incumplir ciertas normas, la borrachera del viernes pasado cuando le rompí la nariz al valet parking por darle un rayón al carro de Griselda. El semen seco en su auto, el constante dolor de cabeza que tengo, todo viene, todo aparece cuando la música cesa y comienza el vertedero de pensamientos a desbordarme. Quisiera tener las pastillas que me recomendó el doctor de la cliniquita pero no las podía pasar por la revisión porque los putos  federales nada más están a las vivas de a ver quién es tan pendejo para sacar algo que no sea tolerable. Cierro los ojos mientras me recargo en el asiento de cuero falso en esta sala de espera de la chingada, la música fluye lentamente desde algún punto remoto de mi cerebro, nada existe fuera de las notas de Schubert  y su trucha en la mayor, el mundo se ha detenido completamente mientras suenan lentas y cadenciosas las variaciones del austriaco. El encanto termina cuando la potente voz de la chica que da los anuncios se deja escuchar hasta dentro del baño donde algún buen hijo de perra seguramente está escondiéndose los paquetes de droga. Pienso en Mónica, o quien dijo llamarse Mónica, tal vez todavía este agitando las caderas en aquella pista maloliente del bar mientras sonríe cual Mona Lisa o simplemente ha subido las escaleras acompañada por algún don nadie que le meterá su verga llena de salitre y enfermedades. Vuelvo a recordar la cerveza, bendita cerveza que ojala estuviese aquí. La gente sigue llegando con distintas prisas, el avión que nos regrese al DF seguramente vendrá retrasado porque así se estima por aquí. De entre todos los pasajeros nuevos llega una mujer de pelo rubio, no es falso. Es bastante guapa y viene arreglada discretamente, el  único defecto es el niño que lleva en brazos, parece grande para ir en brazos de su madre. Me abstengo de volverla a mirar con la mirada sucia que normalmente utilizo, sin embargo noto que se le ha subido la playera azul que usa a causa de cargar al bodoque, piel delicada que se observa. Otro de esos niñatos consentidos que esperan sin duda a crecer para ahuyentar a cuanto pretendiente tenga su madre (pienso tras razonar que ha de ser soltera, cualquier imbécil la acompañaría hasta las puertas del infierno). La mujer busca algo con la mirada entre las hileras de butacas que hay para sentarse, un lugar vacío, algo menos sucio, alguien agradable con quien platicar?  Al final va y se sienta frente a mí. Dónde carajos estas Mónica?
 
Soporta como siempre, el aliento podrido, la mirada vidriosa y llena de lascivia, las espinillas en el rostro, los pelos hirsutos de cada hijo de perra que se cree mucho mejor que el resto porque puede pagar un rato con cualquiera de las chicas. El que tiene ahora frente a sus nalgas es una copia al carbón del “teo”, gordo, pijoso y bruto por definición. Soporta las manos fieras que intentan meterse hasta la sangre misma, llenas de cortes y magullones de estar todo el día en el bote. Ha pagado dos cervezas y cree que eso le da derecho de meter sus narices en el escote que baila de manera obscena frente a él. Desvía la mirada de la calva cabeza y nota que es la única que trabaja, Rita platica animadamente con la “china” y las otras tres están atentas viendo la telenovela.  Miguel atento tras la barra no quita la mirada del gordo y sus ojos de búho trasnochado. El gordo intercala sorbos de teta, de cerveza y de historias con revisar periódicamente que nadie entre a sus espaldas, parece ser paranoico y ella lo nota cada que deja de hablar incoherencias sobre su el bote, habla y mama mientras la cerveza parece inacabable, luego se pone en pie y da un eructo. La deja allí anonadada mientras él camina hacia el baño, al verlo de espaldas le recuerda al güero que llego con ella hace un par de años.
 
-sabes, voy a suicidarme esta tarde. Fue lo único a lo que le prestó atención aquella noche que el muchacho de manos rosáceas y piel clara dijo. Había bebido casi una botella entera de aguardiente y veía con ojos cansinos a las dos chicas que lo acompañaban. Ellas ya tampoco estaban, Carmen se había vuelto a la sierra y Vicky se largó al gabacho. El tipo se incorporó con sus más de 100 kilos y comenzó a caminar rumbo al baño. La misma puerta donde el gordo de hoy ha ido a descargar las cervezas y los tacos de huachinango que se ha jamboneado. Le vuelve el rostro del muchacho que apenas entro al minúsculo baño se voló la tapa. Siente como se le humedecen los ojos, y aleja la mirada hacia la calle donde el sol ya apenas se vislumbra tras las nubes que anuncian la llegada de más lluvia.
 
Casi las 10, el avión vuela en medio de aironazos y corrientes eléctricas que serpentean a cientos o tal vez miles de metros alejados de esta cosa metálica. Sin embargo no los veo, por suerte le deje el asiento  al niño que venía con la mujer guapa, ahora el mocoso se eriza y aplaude casi cada que un condenado millón de watts nos pasa rozando. Ella viene platicando conmigo – o mejor dicho habla- mientras yo me aferro con todas las uñas al condenado asiento de plástico. No intento ser grosero pero a duras penas lanzo monosílabos que surgen del poco resquicio que me deja el pinche mareo. Madre soltera, único hijo, trabaja en el mall. Oriunda de Tampico, es agradable y muy guapa. Ha dicho que va a la capital a ver a un hermano. Me pierdo en la oleada de vaivenes en el aire que da el armatoste. Sigue la película de la pantalla, es de risa estúpida y la mitad de los pasajeros vienen idiotizados con ella, el cabello de la mujer expele aroma de alguna planta verde. Me mareo todavía más y espero en cualquier momento convertirme en uno de esos imbéciles que vomitan cual manguera de chorro mientras los demás asqueados tratan de protegerse de todo el festín procedente de las tripas. El chico mira por la venta y cada tanto le da un codazo a la mujer, ella apenas voltea mientras dice: “aja”. “aja esto”, “aja lo otro”. Cierro los ojos pero todo el avión parece un condenado juego de arriba es abajo y el centro se haya perdido. Le gusta el mar, le gusta Tampico, le gusta pasear con el niño y dice que pese a que la vida ha sido dura sigue sonriendo. Parece un pinche libro de superación personal, ojala existiese uno para neutralizar las ganas de que el mundo deje de moverse de un lado a otro mientras el aire se vuelve pesado, denso, salivo mucho, el vómito no tardara en aparecer. Aguanta, aguanta me digo mentalmente, aguanta a que te desabroches el pinche cinturón que te costó un huevo amarrarlo porque ya te sentías idiota desde antes de subirte al avión. Aguanta porque le vas a manchar su suéter rosa deslavado que deja adivinar que tiene lo suyo bien colocado. Sonríe. Ella sonríe mientras dice que no le gusta su empleo; la mujer del carrito me ve pálido, amarillo pedazo de folder. Me socorre y me pregunta si se me ofrece algo.
 
-agua. Ella repara y me dice algo.
 
-debe ser que se me bajo la presión. Miento. Siempre lo hago, con mi mujer, con mi madre, en el empleo, porque no he de hacerlo con esa mujer que no conozco sino hace menos de 35 minutos. El agua sabe a diosas. Entra directo hasta mi estómago, ella me dice que no hay de qué preocuparse, que con una coca vuelve todo a su lugar. Le hago caso y le pido un vaso con coca y hielos a la azafata. 
 Poco a poco vuelve. Las luces, el clima artificial, la mujer que ríe histéricamente a causa de la película. La chica que viene a mi lado que me ve con cierta mejoría. Todo vuelve a su cauce. Me separan del suelo 10 minutos –o eso dice la voz mecánica de quien suponemos es el capitán-, me santiguo mentalmente mientras ella ajusta el cinturón del niño que no quiere estar sujeto y la nave se vuelve a sacudir. Son las ultimas turbulencias dice la azafata que se sienta al frente. Se amarra y yo cierro los ojos a tratar de recordar si le di los buenos días a todo el pinche planeta. Pienso en mamá a quien no llamó hace 3 semanas, pienso en mi mujer que es más feliz con el perro que conmigo. Voy a terminarlo pienso; la mujer guapa habla, sigue hablando. Y yo contesto con sí, no o quién sabe. Al final llegamos y casi me dan ganas de besar el suelo, no lo hago por recato a los presentes y me quedo unos instantes más hablando con ella, me dice donde vivirá las próximas semanas y si conozco algo interesante por allí. Sonríe mientras espera su maleta, sonríe mientras me extiende un número telefónico y sonríe cuando se aleja con el niño que viene contando a viva voz las veces que el rayo estuvo a nada de pegarnos. Rompo el resto del papel donde me dio su telefono y comienzo a jugar con los números en mi mano.
 
SR Agosto 2013- mayo 2014

martes, 17 de junio de 2014

Carta desde Haditha

CARTA DESDE HADITHA

Dear Maria:

Con esta son 12 times que escribo para ti en casa, siempre en este español y siempre con esperanza de no tenga que mandarla nadie. Mañana me toca reconocimiento en Haditha Dam, 7 minutos, pie tras bajar de bote. Cada vez es mas sencillo y al tiempo se vuelve peligro, el Lt. Scott ha pedido salir en cuanto  black hawks vuelvan a base, no tendremos soporte del aire. Drons? También estarán fuera. Tal quieren que caigamos en misión. Decía Sanders (you know homi con acento tejano-cowboy): “vamos a morir mañana men” (respeto el men porque el usa cada vez en frase). Sanders  es veterano, Afganistan (first division, marine) y mañana es encargado de artillería heavy, vamos de caceria de vecindario duro.

Espero niña siga bien. Y chula como la mama. Que tenga tus ojos y boca, nariz y demás. Que poco se parezca a mi, ya quiero estar en Kensington pero faltan todavía 11 meses. Fuck ‘em all! Quiero ver a niña y tu. Tener a dos cerca, jugar en Konrad sqre. y ver a los hommies. No mierda like these, no ver más a Sanders, no Scott y su aliento de shit, no Ordoñez (el Puertoriqueño que se la pasa cantando) y los chicos del Bronx (que se la pasan haciendo fiestas de ellos). Cada uno igual de jodido que los anteriores. Me recuerdan a Ricardo tu primo, hasta Ricardo extraño. Dammit!

Desierto muy “pinche” (recuerdos a don Macario), sales y el calor te mete en el culo. Me acuerdo las veces que dad nos llevaba a los 5 y a tu tio a Sombrerete. Pueblos de mierda, aunque en Sombrerete la gente hablaba algo entendible, no mierda. El frio es shit, como aquella vez que  vimos en christmas en el Fairmount  para patinar y break chamarra. Pero sin nieve y con infierno cuando el sol sale. Tan Sombrerete en las navidades de niño.

Si acaso llega carta, pide a mom que deje el silencio. Que mande a Raul y Cristopher y vayan a…you know. No verles rotos, ellos son bien y se que quieren a Caroline, decirles que no rencor y el tiempo guarda los daños. A oldmen le haber gustado verlos juntos y unidos con el propósito. Remeber que quiero que la bandera del Mexico cubra, si no quieren ejercito diles que es mi voluntad. Viva Mexico!

I know, viejo idiota; es el tiempo, es el calor que manda señales. Es este corte militar que vuelve idiota mientras extraño crew. Me gustaría tener a todos ver que que hablan y rien sin rencor. Tal como cuando 20 años cuando fuimos a Tucson a conocer al tio Macario. Reir y esperar acciones diarias así.
 
La pregunta: porque español? Well, Ramon sugerirlo. Ramon es el cheff o dice el que garçon porque trabajaba en un restaurant french. Y habla solo el idioma, dice que si le revientan los barbones la sopa el chigara a su madre por culos! Hahahaha well it’s a weird man! Anda cantando corridos siempre en el diario y me habla con insultos y gritos en idioma español. Le gusto la foto de Caroline y tu. Esa del barco en el rio. El es Guanajuato (aprox 300 mills de sombrerete) y lleva 12 años en NYC, dice que guerra es mejor que NY, odia ciudad, trabaja para franceses mierdas y culos. Explota, dice que prefiere explotar en assghanistan. No vuelve a NYC porque mujer le odia y su primo y tio se volvieron a Mexico.
 
Gustaria escribir más pero mi viejo no me dio clases del idioma escrito, siempre dijo que palabra era mejor y no recuerdo el orden. Me gustaría que el viejo viera sus palabras vueltas letras. Que sintiera alegría al conocer a Caroline. Dios sabe que desde arriba la ve. Todavía duele pero se que descansa bien. Y pese a que no voy a Sombrerete a tumba, el tio dice que sigue bien.
 
Si regreso a Kensington llevare Caroline y tu a Sobrerete, te gusta seguro. Que vea la casa de su grandpa, que conozca a tio Macario y los primos de alla. Que juegue en cerro y que la abuela le haga las “brujas”. Siempre gustan a mi y ella seguro que también. Espero igual ir a ver tu tierra, ya dejar atrás lo del primo Eusebio.
 
Regreso…
 
Hon, i love you and Caroline.
 
Sgt. Patricio Gonzalez. 3er infantry Division.
 
SR diciembre 2013

viernes, 6 de junio de 2014

Dos Balas

Dos Balas

No ve nada, las manos grotescamente gigantes que cubren más de la mitad de su rostro le tapan la visión de lo que hay alrededor. Podría jurar que existe un techo porque la luz de una bombilla dio unos segundos de sombra antes de que todo dejase de tener sentido. Siente ardor, la inunda desde el fondo de las entrañas, le escuece a cada milímetro. Ya no está llorando, las lágrimas y los gritos de súplica se terminaron hace casi ¿una hora? No puede saberlo con exactitud, pero debía de ser tarde, aunque eso no supone nada. Le llegan los gritos del tipo, se está corriendo dentro y no siente ya nada que no sea el maldito ardor. Desaparecen las manazas gigantes y ve una sombra que se incorpora de ella. El calor arrecia en esa noche, por qué coños tiene que hacer tanto calor siempre? Cuando no es el calor es el maldito frio, piensa. Alguien la mueve, la está cargando y siente el olor de sudor rancio que se cuela por las fosas cuando el tipo la alza en vilo cual res que está siendo llevada a algún matadero para servir de alimento a los mismos cerdos que la violaron. Golpe, golpe seco de su cabeza con el metal de la caja de una camioneta, es lo último que siente, todo se vuelve negro, como los juegos en la obscuridad que solía tener con su hermana Sol cuando se iba la luz en la casa de la planta en Zacatecas, cuando tenía una familia, cuando no tuvo que quedarse atrapada en el juego de los polleros y los mezquinos narcos que ahora reinan en la frontera, antes su padre tenía miedo del rio y los gringos, ahora su padre le temía a la policía y a los narcos. La misma mierda.
 
No se puede mover, algo la aprisiona con fuerza y siente los dedos de la mano derecha entumidos, amoratados por la cinta adhesiva que le colocaron quien sabe hace cuanto, debe de tener las manos moradas, piensa mientras algo más se va acercando a su corteza cerebral, es algo que hace mucho no sentía, el retorno del miedo, miedo a la soledad, al vacío, a la muerte que la va a coger  en el lugar que tanto ha temido durante los pasados 4 años. Comienza a agitarse y nota el sabor a cal, alguien le puso cal encima a la fosa en la que la aventaron, trata de dominarlo, trata…vamos. Se logra dar la vuelta mientras siente algo nudoso con lo que ha chocado el brazo que aun siente entumecido, es algo viscoso. Trata de no pensar que es lo que ha tocado porque más allá de la cal y el miedo se encuentra ese otro olor. Olor dulce, olor que alguna vez su madre le explico cuando niña al pasar por la casa de la vieja Leonorilda que era sacada en una camilla. Es la muerte, es la maldita muerte de quien sabe quién, eso la aterra, no solo va a morir, sino que iba a compartir la tumba con alguna extraña y sus padres sin saberlo, Sol sin imaginar que a lo mejor en unos pocos años el mismo hijo de puta le haría lo mismo. Lucha! Lucha! Piensa! trata de moverte, de un lado, de otro… se topa con algo que no esperaba; algo que le produce asco pero a lo mejor es su única salvación. Se traga las arcadas que le vienen, nota la sinuosidad de los dientes de alguien más que utiliza para roer el plástico con que la amordazaron. Tres intentos, cuatro. Logra hacer la fuerza suficiente para librarse de las manos, se trata de mover más para alcanzar las piernas pero están dormidas completamente. La circulación en ellas se fue hace ya bastante rato, vuelve el miedo, vuelve el temor de que todo fuese en vano; logra desatar una y aunque no la mueve se sabe libre. La otra ya comienza a adquirir calor propio. Debe ser de noche, no se ve nada en ese agujero de mierda. Ni siquiera un bichejo que haga ruido. Se quita la mordaza de la boca, se palpa con la lengua los agujeros donde antes había dientes. Ahora así lo hacen, les rompen varios para evitar que las reconozcan, para que nada los ligue con las desaparecidas. Esos malditos bastardos hijos de las mil putas, piensa.
 
Está lejos, lo sabe. Ni siquiera ve las luces del puente o de la ciudad, pero las piedras todavía tienen las señas de esos chacales que vienen de allá. Es un agujero está condenada mierda, se sorprende gritando mientras algo dentro de ella la obliga a no llorar, no más, se dice y trata de encontrar algo que la sostenga y la ayude a volver, algo que le mantenga en pie lo suficiente para llegar a casa y quitarse la tierra del cabello, la sangre del cuerpo y la sed de venganza que amenaza con desbordar todo. Ni siquiera se acuerda de recoger el crucifijo que su madrina tita le dio el día de su primera comunión. Lo siente cuando se cae, pero ya no le importa el pasado, le importa lo que va a pasar el día de mañana. Sabe que no lo entenderá del todo pero algo tiene que hacer. Algo va a hacer. En realidad ya no siente el frio, sabe que esta de la fregada pero la ira la mueve hacia delante, a tropezones, a ratos con la fiebre en los ojos sin importarle el dolor de los huesos y las articulaciones por las horas previas y la noche  que llego, cuando se le paso la parada y termino en una casa de seguridad rodeada de lo peor de la sociedad. Sabe quién es el primero que va a pagar, porque ya está resuelta a ello, las autoridades son la misma escoria, los policías, los ministeriales, los juristas, los delegados y demás mierda están hasta las manitas porque ellos también lo han hecho, no a ella, pero en su cuerpo siente las muertes de todas las demás, las que no tuvieron la oportunidad de regresar para acabar. Dos piedras la cortan de los pies pero el rastro de sangre es imperceptible y mucho menor si lo compara con el de la mejilla y el del muslo derecho. El bastardo del final le grito que su piel sabría a gloria. La hubiese tasajeado más si no se hubiese desmayado cuando el animal se corrió en su interior y la golpeó en el rostro con el puño cerrado. Siente el cardenal en el ojo pero no le importa que la vista este desenfocada. La mueve la sed de revancha.
 
***
 
La casa está abandonada, hace un par de meses que masacraron una familia ahí, nadie vio nada pese a que la fiesta de 15 años de la hija estaba en apogeo. La construcción luce con polvo y telarañas cubriendo cada metro cuadrado de lo que antes hubiese sido una bonita casa familiar, se arrastra por el suelo frio y polvoriento sintiendo que cada herida que tiene se multiplica, se agranda, mientras el frio del  amanecer le mantiene alerta; la fiebre comienza a aparecer, sabe que o consigue atención o se le infectaran los cortes. Hay dos familias de arañas ponzoñosas viviendo en el sillón al lado de manchas pardas de sangre seca, no le importa, a lo mejor es más fácil que todo acabe. No! Algo le grita desde dentro. Le obliga a ponerse en pie y buscar algo que la cubra medianamente, la aventaron desnuda al agujero y ahora tiene frio, todo se enfría a su alrededor.
 
Alguien se acerca y la toma delicadamente con dos brazos largos y llenos de cicatrices, la lleva alzada como si fuese una muñeca de trapo rota, maltrecha, golpeada y humillada. Pierde el sentido cada instante y cada que vuelve en si es una figura distinta la que tiene enfrente. La temperatura se va haciendo más tolerable, en el piso hay una cubeta para orina y otra para mierda, y el colchón de la cama huele a ambos. Alguien la está observando desde el marco de una puerta que amenaza con caerse pese a que algún día fue de metal. Ella solo atisba los ojos sin piedad que la observan detrás de un pasamontañas grueso. Hace frio, son los últimos días de noviembre y comienza a entrar otro frente frio. Se vuelve a sumergir en las tinieblas y cuando regresa el sol apenas se cuela por la rendija mal tapiada de una ventana. Se incorpora con tanto dolor como jamás ha sentido, la resaca de dolor es lo peor que te puede tocar hija, así recuerda las palabras de su madre cuando la trajeron del hospital aquella vez que la atropello el de la ruta, ahora lo entiende, ahora sabe que un dolor como este no es humano. No debiese serlo. Oye el ruido y se queda de pie, estática, mientras la puerta se abre, el hombre del pasamontañas la observa unos instantes y después se da la media vuelta. Ve la puerta abierta y hace acopio de fuerza para huir, para salir pitando de allí. No da ni tres pasos cuando se va de bruces. En lo que antes era la cocina hay una mesa, dos hombres hablan por lo bajo y el miedo reina nuevamente en el cerebro de la chica. Se siente enferma nuevamente, parecen los mismos, hablan igual y se mueven a sus anchas como los bastardos que se la llevaron.
 
Antes siquiera de que se mueva el hombre más corpulento se pone en pie y le habla duro. Como si no hubiese tenido trato alguno con nadie.
 
-te puedes largar.
 
El otro se pone en pie y le pone una mano en el hombro a su compañero, este acata y sale por la puerta que va hacia otra habitación en la parte posterior de la construcción.
 
-por favor, acércate. No te vamos a hacer nada. En verdad.
 
No se mueve, no hace nada, esta aterrada a  muerte, se ha quedado en blanco su cerebro tan solo con verles. El hombre se sienta y jala la silla para que ella lo imite, sin embargo la mujer  esta rígida, sin parpadear siquiera, no piensa en nada en lo que parecen minutos, horas. El hombre no se mueve y la mira desde detrás de la tela obscura. No muestra signos de impaciencia. Rigidez absoluta en su cuerpo. Ella sigue allí de pie, frente a ese hombre que le saca cuando menos 15 centímetros. El hombre la vuelve a invitar a sentarse y ella se hace un ovillo en el suelo. No quiere oír nada, no quiere verle siquiera. Y sin embargo el hombre sigue allí frente a ella, sentado en una vieja silla de metal al lado de una mesa que antaño sirviese a la familia masacrada.
 
Dos días han pasado y ahora lo sabe porque el sol salió y se ocultó, también porque le trajeron dos veces comida y le enseñaron el baño por si gustaba ducharse. No lo hizo, sigue ida y no parece querer salir de allí. Los hombres se turnan a intervalos para checarla, que no está muerta o que haya intentado salir. De cualquier forma sabe que no hay nada afuera, que solo hay olvido y terror eterno si decide huir. Así se lo hizo saber el hombre con esa voz tranquila que empleó para decirle que le querían ayudar a vengarse, si bien no sabían quienes la habían convertido en esto si querían ayudarle, y también que ella les ayudara.  El catre sigue impregnado de todo ese miedo. Sabe que no hay nada más que hacer que enfrentar, quiere volver a sentir algo más que miedo. Quiere venganza.
 
El agua corre en su piel mientras la mugre, la sangre y los restos de esos hombres quedan en la coladera de ese minúsculo baño que tiene agua únicamente fría, le da igual, le parece incluso que es necesario hacerlo para comenzar. En su cama hay ropa limpia y un pasamontañas. Es la regla, si acepta la ayuda de esos hombres dejara atrás su pasado, su vida y lo que fuese antes de que llegara a la casa. Si acepta tiene que cumplir con la idea de que ella, Antonia Cruz López ha muerto, ella está enterrada en una tumba rasa en las afueras de Juárez. Que jamás volverá a su vida como era antes y que su vida la va a dedicar a la venganza. Hasta la muerte. El hombre le dijo que su miedo debía desaparecer en el instante mismo que tomara la ducha, que todo su sentido de lo bueno y lo malo se acaba al bañarse en esa casa. Así lo han hecho todos aquellos que han entrado allí, así lo hará ella mientras el jabón vuelve un poco de color a sus brazos y las llagas y heridas aun al rojo vivo le escuecen. No le importa el dolor, el dolor se va a ir poco a poco, el dolor era parte de Antonia. El dolor pierde terreno ante la sed de matar a quienes sacrificaron a Antonia para que ella estuviese allí.
 
***
 
Dos golpes a su mandíbula, algo caliente le escurre por la comisura de los labios, lo quiere escupir pero levantarse el pasamontañas significaría dos días lavando el excusado y 30 vueltas. Se traga la sangre y vuelve a la posición. Esquiva el siguiente golpe recto pero el que se impacta en su costado le saca el aire y una lagrima. El corpulento hombre que se encuentra frente a ella le va a dar una patada en las nalgas pero se revuelve quien sabe cómo y termina colgada de su pierna izquierda, el hombre se tambalea y ella aprovecha para lanzarle un derechazo a los testículos. Él la avienta y se queda en cuclillas mientras la mira incorporarse y sacar el 45 que traía en la espalda. Dos clics. El hombre la ve con furia pero no dice nada más. El tercer hombre está sentado un par de troncos más allá. Solo se queda quieto observando el sitio donde ella se encontraba a punto de caer. Se incorpora y desde detrás saca un cuchillo de madera. Se lo clava sin presionarlo en la base del cuello a la mujer. 
 
-estas muerta! Nunca olvides que pese a que no está en combate lo tienes que eliminar. Siempre!
 
Ella lo entiende y le dice que los muertos no acuchillan. El hombre se queda de pie y nota que tiene una mancha blanca allí donde está el pecho. El segundo clic pego en él y ni siquiera se dio cuenta.
 
Su primera asignación ya sin el pasamontañas es un ruletero de la Prolongación, dos balazos, donde y como sea, tiene 15 días, sino lo logra alguien más lo hará, luego vendrá el tiempo de penitencia (1 mes lavando los baños y haciendo las vueltas de todos). Sale por la mañana, se despoja el pasamontañas antes siquiera de cruzar el portón negro con el moño encima, en su mochila de estudiante lleva la .45 sin números, un cargador con 15, el cuchillo y la gorra de los yankees. No lleva dinero, no lleva comida, será el ritual por los próximos 10 días que tardara en ubicar al hombre. No sabe que hizo, no le importa. Su misión es ejecutarlo y ya. De preferencia frente a gente, sin que la recuerden, que la señalen únicamente como una chiquilla más de las que abundan en la ciudad. Día 10, media mañana, el auto de alquiler se estaciona frente a la farmacia después de que un anciano le marca el alto, el ruletero masca chicle y lleva en la mano un reloj digital, ella se aproxima por la derecha justo cuando el anciano sube su pierna derecha al auto, el primer impacto le destroza la dentadura y el segundo se incrusta en el ojo. Camina tranquila hasta perderse entre la multitud azorada que no alcanza a reaccionar cuando el anciano comienza a convulsionarse por un paro cardiaco. Tarde, casi noche del día 11, cruza el portón nuevamente con el pasamontañas puesto, sobre la mesa metálica los dos hombres tienen abiertos un par de periódicos en donde está la noticia de la muerte del taxista, apenas un recuadro y una foto en blanco y negro con la cara desfigurada por los impactos de bala del occiso. El más corpulento le enseña la ficha policiaca del hombre, dos veces en prisión, narcomenudista, asesinato e investigación abierta por posible violación. Era su hombre. La mujer asiente con la cabeza mientras entrega la pistola y el cargador, la gorra y la mochila.
Nunca hay preguntas, lo único que le enseñaron fue a nunca revelar el sitio, si lo hace, ella estará muerta en menos de 48 horas. Una muerta más. Sacude el polvo del cobertor viejo, mientras aspira una bocanada de aire viciado, hace menos de 15 minutos que esta despierta y siente hambre, pero apenas tiene tiempo para ello porque los dos hombres llegaran en cualquier momento con la nueva asignatura. Atraviesa el cuarto en penumbra absoluta y al entrar al baño tapiado por dos placas de metal donde antes hubiese ventanas enciende el foco, se observa en el espejo manchado de sarro y la mujer con los pómulos saltados le devuelve un aspecto cadavérico, ya nadie le diría que alguna vez se llamó Antonia Cruz, que trabajaba como cosedora de zippers y que ganaba una miseria, que tenía un novio llamado Poncho y que tenían planes de casarse a futuro. El rostro duro y con el pelo negro le señala dos cicatrices en el cachete que le recuerdan por qué hace lo que hace.  Termina de lavarse los dientes justo cuando escucha el ruido del portón abriéndose. Se coloca el pasamontañas y desciende hasta la cocina donde los dos hombres la miran.
 
-te conseguí una habitación en Palma. A partir de esta tarde te mueves por tu cuenta.  Dice el tipo que tiene un lunar justo debajo del iris de los ojos.
 
-te vamos a dejar la fusca y dos cargadores, suficientes para  10 encargos. Ladra el corpulento.
 
Ella asiente y mira los dos folders con fotografías y un juego de llaves que se encuentran en la mesa. Las recoge y se las guarda en la mochila junto a la gorra, los cargadores y la pistola. No se dicen nada más y la mujer sale por la puerta que parece a punto de venirse abajo. Antes de cruzar el portón se quita el pasamontañas y lo deja en el pequeño rodete que alguna vez sirviese para una azucena.
 
***
 
Abre la puerta de color crema mientras escucha los gritos procedentes del estéreo del cuarto aledaño, se tumba sobre la cama suave, mientras cierra los ojos mirando el techo y sintiendo en su abdomen el peso de la mochila. Nadie se dio cuenta de que llego a ese cuarto que está arriba de un billar. Escaleras por fuera. A menos de 10 minutos caminando había un módulo de policías abandonado y rafagueado.  Esta por su cuenta y tiene prohibido acercarse siquiera a la familia Cruz. El dinero vendrá de los encargos. Si finaliza los 10 se puede largar, si no lo hace también; pero no tiene dinero, no tiene familia, no tiene identidad, solo es ella con una pistola y dos cargadores. Tiene tiempo para hacerlo, pero el hambre apretara en cualquier momento y mientras más tarde en hacer el primer encargo más rápido fenecerá por falta de comida. El hombre del lunar le dio las fotografías, no nombres. No sabe nada más, está de su cuenta averiguar y acabarle. Se pone en movimiento. Se robó un par de manzanas en el tianguis, nadie la observo pero el hambre y la sed la estaban haciendo perder el juicio. Mira con detenimiento las dos fotografías del que se ha fijado como primer blanco, perfil común, nada que sobresalga, el fondo esta borroso pero cree haber distinguido una flecha azul… tal cual la de las rutas.  Camina en el camellón donde solía esperar el camión azul que la llevara a la fábrica, aparece el camión con veinte o más empleadas que saldrán solas por la noche y de todas ellas más de una antes de un año no la contaran. El despachador se come con los ojos a una joven de menos de 20 que lleva el pelo en una coleta. Siente repulsión al ver a ese cabrón de pelos oxigenados saborearse a la muchachilla. 7 camiones más y el hambre vuelve a aparecer, el hombre señalado no ha aparecido y tal vez no lo haga se repite una y otra vez en su cerebro mientras las ideas para conseguir comida se cruzan con sus horas más bajas. Está a punto de renunciar cuando aparece el individuo; menos de 1.70, panza y color demasiado cobrizo, los pelos casi a rape y un bigote sucio. Hay 4 chicas esperando a abordar, mientras por la puerta de atrás el cobrador escupe una flema que va a parar a las puertas de un negocio que antes estuviese abierto y hoy luce las señas inconfundibles de haber sido quemado.  Se decide, se coloca bien la gorra con la visera lo más abajo posible, sube los dos peldaños del armatoste y sin mediar palabra le suelta un tiro en el rostro, los gritos ahogan el segundo tiro que da en el cuello del hombre al resbalarse hacia un costado, se baja rápido y se aleja rápido pero sin correr por la calle lateral a la arteria. Al cabo de 20 minutos divisa el anuncio brillante del billar y el ruido de los corridos que rompen la tarde.  Ahí no ha llegado ningún muerto aun.  

SR Febrero- Marzo 2014