viernes, 6 de junio de 2014

Dos Balas

Dos Balas

No ve nada, las manos grotescamente gigantes que cubren más de la mitad de su rostro le tapan la visión de lo que hay alrededor. Podría jurar que existe un techo porque la luz de una bombilla dio unos segundos de sombra antes de que todo dejase de tener sentido. Siente ardor, la inunda desde el fondo de las entrañas, le escuece a cada milímetro. Ya no está llorando, las lágrimas y los gritos de súplica se terminaron hace casi ¿una hora? No puede saberlo con exactitud, pero debía de ser tarde, aunque eso no supone nada. Le llegan los gritos del tipo, se está corriendo dentro y no siente ya nada que no sea el maldito ardor. Desaparecen las manazas gigantes y ve una sombra que se incorpora de ella. El calor arrecia en esa noche, por qué coños tiene que hacer tanto calor siempre? Cuando no es el calor es el maldito frio, piensa. Alguien la mueve, la está cargando y siente el olor de sudor rancio que se cuela por las fosas cuando el tipo la alza en vilo cual res que está siendo llevada a algún matadero para servir de alimento a los mismos cerdos que la violaron. Golpe, golpe seco de su cabeza con el metal de la caja de una camioneta, es lo último que siente, todo se vuelve negro, como los juegos en la obscuridad que solía tener con su hermana Sol cuando se iba la luz en la casa de la planta en Zacatecas, cuando tenía una familia, cuando no tuvo que quedarse atrapada en el juego de los polleros y los mezquinos narcos que ahora reinan en la frontera, antes su padre tenía miedo del rio y los gringos, ahora su padre le temía a la policía y a los narcos. La misma mierda.
 
No se puede mover, algo la aprisiona con fuerza y siente los dedos de la mano derecha entumidos, amoratados por la cinta adhesiva que le colocaron quien sabe hace cuanto, debe de tener las manos moradas, piensa mientras algo más se va acercando a su corteza cerebral, es algo que hace mucho no sentía, el retorno del miedo, miedo a la soledad, al vacío, a la muerte que la va a coger  en el lugar que tanto ha temido durante los pasados 4 años. Comienza a agitarse y nota el sabor a cal, alguien le puso cal encima a la fosa en la que la aventaron, trata de dominarlo, trata…vamos. Se logra dar la vuelta mientras siente algo nudoso con lo que ha chocado el brazo que aun siente entumecido, es algo viscoso. Trata de no pensar que es lo que ha tocado porque más allá de la cal y el miedo se encuentra ese otro olor. Olor dulce, olor que alguna vez su madre le explico cuando niña al pasar por la casa de la vieja Leonorilda que era sacada en una camilla. Es la muerte, es la maldita muerte de quien sabe quién, eso la aterra, no solo va a morir, sino que iba a compartir la tumba con alguna extraña y sus padres sin saberlo, Sol sin imaginar que a lo mejor en unos pocos años el mismo hijo de puta le haría lo mismo. Lucha! Lucha! Piensa! trata de moverte, de un lado, de otro… se topa con algo que no esperaba; algo que le produce asco pero a lo mejor es su única salvación. Se traga las arcadas que le vienen, nota la sinuosidad de los dientes de alguien más que utiliza para roer el plástico con que la amordazaron. Tres intentos, cuatro. Logra hacer la fuerza suficiente para librarse de las manos, se trata de mover más para alcanzar las piernas pero están dormidas completamente. La circulación en ellas se fue hace ya bastante rato, vuelve el miedo, vuelve el temor de que todo fuese en vano; logra desatar una y aunque no la mueve se sabe libre. La otra ya comienza a adquirir calor propio. Debe ser de noche, no se ve nada en ese agujero de mierda. Ni siquiera un bichejo que haga ruido. Se quita la mordaza de la boca, se palpa con la lengua los agujeros donde antes había dientes. Ahora así lo hacen, les rompen varios para evitar que las reconozcan, para que nada los ligue con las desaparecidas. Esos malditos bastardos hijos de las mil putas, piensa.
 
Está lejos, lo sabe. Ni siquiera ve las luces del puente o de la ciudad, pero las piedras todavía tienen las señas de esos chacales que vienen de allá. Es un agujero está condenada mierda, se sorprende gritando mientras algo dentro de ella la obliga a no llorar, no más, se dice y trata de encontrar algo que la sostenga y la ayude a volver, algo que le mantenga en pie lo suficiente para llegar a casa y quitarse la tierra del cabello, la sangre del cuerpo y la sed de venganza que amenaza con desbordar todo. Ni siquiera se acuerda de recoger el crucifijo que su madrina tita le dio el día de su primera comunión. Lo siente cuando se cae, pero ya no le importa el pasado, le importa lo que va a pasar el día de mañana. Sabe que no lo entenderá del todo pero algo tiene que hacer. Algo va a hacer. En realidad ya no siente el frio, sabe que esta de la fregada pero la ira la mueve hacia delante, a tropezones, a ratos con la fiebre en los ojos sin importarle el dolor de los huesos y las articulaciones por las horas previas y la noche  que llego, cuando se le paso la parada y termino en una casa de seguridad rodeada de lo peor de la sociedad. Sabe quién es el primero que va a pagar, porque ya está resuelta a ello, las autoridades son la misma escoria, los policías, los ministeriales, los juristas, los delegados y demás mierda están hasta las manitas porque ellos también lo han hecho, no a ella, pero en su cuerpo siente las muertes de todas las demás, las que no tuvieron la oportunidad de regresar para acabar. Dos piedras la cortan de los pies pero el rastro de sangre es imperceptible y mucho menor si lo compara con el de la mejilla y el del muslo derecho. El bastardo del final le grito que su piel sabría a gloria. La hubiese tasajeado más si no se hubiese desmayado cuando el animal se corrió en su interior y la golpeó en el rostro con el puño cerrado. Siente el cardenal en el ojo pero no le importa que la vista este desenfocada. La mueve la sed de revancha.
 
***
 
La casa está abandonada, hace un par de meses que masacraron una familia ahí, nadie vio nada pese a que la fiesta de 15 años de la hija estaba en apogeo. La construcción luce con polvo y telarañas cubriendo cada metro cuadrado de lo que antes hubiese sido una bonita casa familiar, se arrastra por el suelo frio y polvoriento sintiendo que cada herida que tiene se multiplica, se agranda, mientras el frio del  amanecer le mantiene alerta; la fiebre comienza a aparecer, sabe que o consigue atención o se le infectaran los cortes. Hay dos familias de arañas ponzoñosas viviendo en el sillón al lado de manchas pardas de sangre seca, no le importa, a lo mejor es más fácil que todo acabe. No! Algo le grita desde dentro. Le obliga a ponerse en pie y buscar algo que la cubra medianamente, la aventaron desnuda al agujero y ahora tiene frio, todo se enfría a su alrededor.
 
Alguien se acerca y la toma delicadamente con dos brazos largos y llenos de cicatrices, la lleva alzada como si fuese una muñeca de trapo rota, maltrecha, golpeada y humillada. Pierde el sentido cada instante y cada que vuelve en si es una figura distinta la que tiene enfrente. La temperatura se va haciendo más tolerable, en el piso hay una cubeta para orina y otra para mierda, y el colchón de la cama huele a ambos. Alguien la está observando desde el marco de una puerta que amenaza con caerse pese a que algún día fue de metal. Ella solo atisba los ojos sin piedad que la observan detrás de un pasamontañas grueso. Hace frio, son los últimos días de noviembre y comienza a entrar otro frente frio. Se vuelve a sumergir en las tinieblas y cuando regresa el sol apenas se cuela por la rendija mal tapiada de una ventana. Se incorpora con tanto dolor como jamás ha sentido, la resaca de dolor es lo peor que te puede tocar hija, así recuerda las palabras de su madre cuando la trajeron del hospital aquella vez que la atropello el de la ruta, ahora lo entiende, ahora sabe que un dolor como este no es humano. No debiese serlo. Oye el ruido y se queda de pie, estática, mientras la puerta se abre, el hombre del pasamontañas la observa unos instantes y después se da la media vuelta. Ve la puerta abierta y hace acopio de fuerza para huir, para salir pitando de allí. No da ni tres pasos cuando se va de bruces. En lo que antes era la cocina hay una mesa, dos hombres hablan por lo bajo y el miedo reina nuevamente en el cerebro de la chica. Se siente enferma nuevamente, parecen los mismos, hablan igual y se mueven a sus anchas como los bastardos que se la llevaron.
 
Antes siquiera de que se mueva el hombre más corpulento se pone en pie y le habla duro. Como si no hubiese tenido trato alguno con nadie.
 
-te puedes largar.
 
El otro se pone en pie y le pone una mano en el hombro a su compañero, este acata y sale por la puerta que va hacia otra habitación en la parte posterior de la construcción.
 
-por favor, acércate. No te vamos a hacer nada. En verdad.
 
No se mueve, no hace nada, esta aterrada a  muerte, se ha quedado en blanco su cerebro tan solo con verles. El hombre se sienta y jala la silla para que ella lo imite, sin embargo la mujer  esta rígida, sin parpadear siquiera, no piensa en nada en lo que parecen minutos, horas. El hombre no se mueve y la mira desde detrás de la tela obscura. No muestra signos de impaciencia. Rigidez absoluta en su cuerpo. Ella sigue allí de pie, frente a ese hombre que le saca cuando menos 15 centímetros. El hombre la vuelve a invitar a sentarse y ella se hace un ovillo en el suelo. No quiere oír nada, no quiere verle siquiera. Y sin embargo el hombre sigue allí frente a ella, sentado en una vieja silla de metal al lado de una mesa que antaño sirviese a la familia masacrada.
 
Dos días han pasado y ahora lo sabe porque el sol salió y se ocultó, también porque le trajeron dos veces comida y le enseñaron el baño por si gustaba ducharse. No lo hizo, sigue ida y no parece querer salir de allí. Los hombres se turnan a intervalos para checarla, que no está muerta o que haya intentado salir. De cualquier forma sabe que no hay nada afuera, que solo hay olvido y terror eterno si decide huir. Así se lo hizo saber el hombre con esa voz tranquila que empleó para decirle que le querían ayudar a vengarse, si bien no sabían quienes la habían convertido en esto si querían ayudarle, y también que ella les ayudara.  El catre sigue impregnado de todo ese miedo. Sabe que no hay nada más que hacer que enfrentar, quiere volver a sentir algo más que miedo. Quiere venganza.
 
El agua corre en su piel mientras la mugre, la sangre y los restos de esos hombres quedan en la coladera de ese minúsculo baño que tiene agua únicamente fría, le da igual, le parece incluso que es necesario hacerlo para comenzar. En su cama hay ropa limpia y un pasamontañas. Es la regla, si acepta la ayuda de esos hombres dejara atrás su pasado, su vida y lo que fuese antes de que llegara a la casa. Si acepta tiene que cumplir con la idea de que ella, Antonia Cruz López ha muerto, ella está enterrada en una tumba rasa en las afueras de Juárez. Que jamás volverá a su vida como era antes y que su vida la va a dedicar a la venganza. Hasta la muerte. El hombre le dijo que su miedo debía desaparecer en el instante mismo que tomara la ducha, que todo su sentido de lo bueno y lo malo se acaba al bañarse en esa casa. Así lo han hecho todos aquellos que han entrado allí, así lo hará ella mientras el jabón vuelve un poco de color a sus brazos y las llagas y heridas aun al rojo vivo le escuecen. No le importa el dolor, el dolor se va a ir poco a poco, el dolor era parte de Antonia. El dolor pierde terreno ante la sed de matar a quienes sacrificaron a Antonia para que ella estuviese allí.
 
***
 
Dos golpes a su mandíbula, algo caliente le escurre por la comisura de los labios, lo quiere escupir pero levantarse el pasamontañas significaría dos días lavando el excusado y 30 vueltas. Se traga la sangre y vuelve a la posición. Esquiva el siguiente golpe recto pero el que se impacta en su costado le saca el aire y una lagrima. El corpulento hombre que se encuentra frente a ella le va a dar una patada en las nalgas pero se revuelve quien sabe cómo y termina colgada de su pierna izquierda, el hombre se tambalea y ella aprovecha para lanzarle un derechazo a los testículos. Él la avienta y se queda en cuclillas mientras la mira incorporarse y sacar el 45 que traía en la espalda. Dos clics. El hombre la ve con furia pero no dice nada más. El tercer hombre está sentado un par de troncos más allá. Solo se queda quieto observando el sitio donde ella se encontraba a punto de caer. Se incorpora y desde detrás saca un cuchillo de madera. Se lo clava sin presionarlo en la base del cuello a la mujer. 
 
-estas muerta! Nunca olvides que pese a que no está en combate lo tienes que eliminar. Siempre!
 
Ella lo entiende y le dice que los muertos no acuchillan. El hombre se queda de pie y nota que tiene una mancha blanca allí donde está el pecho. El segundo clic pego en él y ni siquiera se dio cuenta.
 
Su primera asignación ya sin el pasamontañas es un ruletero de la Prolongación, dos balazos, donde y como sea, tiene 15 días, sino lo logra alguien más lo hará, luego vendrá el tiempo de penitencia (1 mes lavando los baños y haciendo las vueltas de todos). Sale por la mañana, se despoja el pasamontañas antes siquiera de cruzar el portón negro con el moño encima, en su mochila de estudiante lleva la .45 sin números, un cargador con 15, el cuchillo y la gorra de los yankees. No lleva dinero, no lleva comida, será el ritual por los próximos 10 días que tardara en ubicar al hombre. No sabe que hizo, no le importa. Su misión es ejecutarlo y ya. De preferencia frente a gente, sin que la recuerden, que la señalen únicamente como una chiquilla más de las que abundan en la ciudad. Día 10, media mañana, el auto de alquiler se estaciona frente a la farmacia después de que un anciano le marca el alto, el ruletero masca chicle y lleva en la mano un reloj digital, ella se aproxima por la derecha justo cuando el anciano sube su pierna derecha al auto, el primer impacto le destroza la dentadura y el segundo se incrusta en el ojo. Camina tranquila hasta perderse entre la multitud azorada que no alcanza a reaccionar cuando el anciano comienza a convulsionarse por un paro cardiaco. Tarde, casi noche del día 11, cruza el portón nuevamente con el pasamontañas puesto, sobre la mesa metálica los dos hombres tienen abiertos un par de periódicos en donde está la noticia de la muerte del taxista, apenas un recuadro y una foto en blanco y negro con la cara desfigurada por los impactos de bala del occiso. El más corpulento le enseña la ficha policiaca del hombre, dos veces en prisión, narcomenudista, asesinato e investigación abierta por posible violación. Era su hombre. La mujer asiente con la cabeza mientras entrega la pistola y el cargador, la gorra y la mochila.
Nunca hay preguntas, lo único que le enseñaron fue a nunca revelar el sitio, si lo hace, ella estará muerta en menos de 48 horas. Una muerta más. Sacude el polvo del cobertor viejo, mientras aspira una bocanada de aire viciado, hace menos de 15 minutos que esta despierta y siente hambre, pero apenas tiene tiempo para ello porque los dos hombres llegaran en cualquier momento con la nueva asignatura. Atraviesa el cuarto en penumbra absoluta y al entrar al baño tapiado por dos placas de metal donde antes hubiese ventanas enciende el foco, se observa en el espejo manchado de sarro y la mujer con los pómulos saltados le devuelve un aspecto cadavérico, ya nadie le diría que alguna vez se llamó Antonia Cruz, que trabajaba como cosedora de zippers y que ganaba una miseria, que tenía un novio llamado Poncho y que tenían planes de casarse a futuro. El rostro duro y con el pelo negro le señala dos cicatrices en el cachete que le recuerdan por qué hace lo que hace.  Termina de lavarse los dientes justo cuando escucha el ruido del portón abriéndose. Se coloca el pasamontañas y desciende hasta la cocina donde los dos hombres la miran.
 
-te conseguí una habitación en Palma. A partir de esta tarde te mueves por tu cuenta.  Dice el tipo que tiene un lunar justo debajo del iris de los ojos.
 
-te vamos a dejar la fusca y dos cargadores, suficientes para  10 encargos. Ladra el corpulento.
 
Ella asiente y mira los dos folders con fotografías y un juego de llaves que se encuentran en la mesa. Las recoge y se las guarda en la mochila junto a la gorra, los cargadores y la pistola. No se dicen nada más y la mujer sale por la puerta que parece a punto de venirse abajo. Antes de cruzar el portón se quita el pasamontañas y lo deja en el pequeño rodete que alguna vez sirviese para una azucena.
 
***
 
Abre la puerta de color crema mientras escucha los gritos procedentes del estéreo del cuarto aledaño, se tumba sobre la cama suave, mientras cierra los ojos mirando el techo y sintiendo en su abdomen el peso de la mochila. Nadie se dio cuenta de que llego a ese cuarto que está arriba de un billar. Escaleras por fuera. A menos de 10 minutos caminando había un módulo de policías abandonado y rafagueado.  Esta por su cuenta y tiene prohibido acercarse siquiera a la familia Cruz. El dinero vendrá de los encargos. Si finaliza los 10 se puede largar, si no lo hace también; pero no tiene dinero, no tiene familia, no tiene identidad, solo es ella con una pistola y dos cargadores. Tiene tiempo para hacerlo, pero el hambre apretara en cualquier momento y mientras más tarde en hacer el primer encargo más rápido fenecerá por falta de comida. El hombre del lunar le dio las fotografías, no nombres. No sabe nada más, está de su cuenta averiguar y acabarle. Se pone en movimiento. Se robó un par de manzanas en el tianguis, nadie la observo pero el hambre y la sed la estaban haciendo perder el juicio. Mira con detenimiento las dos fotografías del que se ha fijado como primer blanco, perfil común, nada que sobresalga, el fondo esta borroso pero cree haber distinguido una flecha azul… tal cual la de las rutas.  Camina en el camellón donde solía esperar el camión azul que la llevara a la fábrica, aparece el camión con veinte o más empleadas que saldrán solas por la noche y de todas ellas más de una antes de un año no la contaran. El despachador se come con los ojos a una joven de menos de 20 que lleva el pelo en una coleta. Siente repulsión al ver a ese cabrón de pelos oxigenados saborearse a la muchachilla. 7 camiones más y el hambre vuelve a aparecer, el hombre señalado no ha aparecido y tal vez no lo haga se repite una y otra vez en su cerebro mientras las ideas para conseguir comida se cruzan con sus horas más bajas. Está a punto de renunciar cuando aparece el individuo; menos de 1.70, panza y color demasiado cobrizo, los pelos casi a rape y un bigote sucio. Hay 4 chicas esperando a abordar, mientras por la puerta de atrás el cobrador escupe una flema que va a parar a las puertas de un negocio que antes estuviese abierto y hoy luce las señas inconfundibles de haber sido quemado.  Se decide, se coloca bien la gorra con la visera lo más abajo posible, sube los dos peldaños del armatoste y sin mediar palabra le suelta un tiro en el rostro, los gritos ahogan el segundo tiro que da en el cuello del hombre al resbalarse hacia un costado, se baja rápido y se aleja rápido pero sin correr por la calle lateral a la arteria. Al cabo de 20 minutos divisa el anuncio brillante del billar y el ruido de los corridos que rompen la tarde.  Ahí no ha llegado ningún muerto aun.  

SR Febrero- Marzo 2014

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