Tampico
6:42 pm. Tampico. Calor después del paso de la lluvia. La humedad asciende desde el talón hasta la coronilla, ni rastros de la chica que estoy esperando. Ya casi no queda gente en la playa y las gaviotas se disputan restos de basura de los pocos turistas que aún no se dan cuenta que el norte avanza hacia acá. Trabajo en la misma mierda de siempre, golpes y más golpes al ego. Lo bueno es que puedo beber a nombre de la empresa. Siempre es lo único decente, dos cervezas gigantes y un par de tragos duros entre ambas. Despierta la noche y alrededor el calor tropical se multiplica en la cantidad de mosquitos hijos de perra que se van a dar un festín según siga sentado en este cumulo de arena obscura. A lo lejos alcanzo a divisar tres mujeres que horas antes debieron estar tumbadas sobre la arena semi húmeda, esperaban mejor clima pero les toco esta mierda que da solo un poco de sol apenas para levantar el cochino hervor de sudores y el resto del día llueve; aun así ellas pasean por aquí esperando encontrar al tampiqueño que les saque de la rutina. Seguro que son del DF, el color descolorido de sus nalgas lo justifica así. Ella, ella debe estar todavía bailando, esperando las monedas de algún mugroso lanchero que ha juntado lo de la comida y el desayuno para poderse pagar una puta; baila mientras espera que termine su turno y regresar al barrancón de donde ha salido como cada mañana. Mujeres, niños y hombres, perros y mapaches, todos vienen de ahí. Hasta arriba los salvajes mapaches que roban comida de todos y cada uno de los que viven cerca.
Atrás se evaporan en mis carnes los tragos duros, justos para un tipo con ínfulas de ser un salvaje. El tipo aguerrido no está aquí, se desaparece tras la 1er cerveza que trastoca y detiene al toro. Veo el vaso pequeño a un lado del meñique, en la barra de madera falsa que decora el sitio. Esta vacía, esta vacía. Me sonrió con la chica de pie al lado de una de las ventanas que da hacia el frente, al boulevard polvoso, frente a una calle que termina en un árbol de mangle, el pinche concreto sigue húmedo, pero el calor de la misma tierra se está encargando de secarlo mientras el vapor sube como el alcohol en mi cerebro. El sol asoma temeroso frente a las nubes que lo dejan aun medio oculto, no importa el hijo de perra saluda a todos, poderosos rayos repletos de cáncer en la piel. Rayos UV para todos mis amigos! Parece gritar el cabrón a medida que la tarde declina. Sudo a granel mientras la chica con el putishort de mezclilla descruza las piernas del fin del mundo. Se pone en pie y avanza hacia el sujeto que tiene a menos de 5 cm el vaso vacío donde antes debió haber una cerveza.
Tres, cuatro, 5, 6; esta frente a mí y sonríe; magnifica, con dientes parejos (nada que ver con los que tengo), me ve a los ojos mientras ordena con esa voz juvenil ronca al muchachillo que deambula de aquí para allá limpiando, entregando, maldiciendo: “una cerveza para el amigo”. Me sonrojo porque ya casi ninguna mujer me considera su amigo, rara vez lo hacen. Una gota inoportuna me corre por la sien, la chica sonríe y me sigue viendo a los ojos, quiere que le invite un trago y que me vaya con ella arriba. Lo hare tal vez, tal vez. El joven con la cerveza llega por la espalda sin que lo advierta siquiera (un condenado violador de hombres en ciernes) y me sobresalto más de lo ordinario cuando deposita el envase a punto de turrón (como decía mi madre cuando las cosas estaban en su punto) ante mí. Tragos para sus amigos, tragos para el tipo de nariz llena de imperfecciones; cerveza fría y gigante para el tipo que está perdido en los ojos verdes de esa chica que aduras penas es más alta que la esposa que lo espera en casa. Tragos y más tragos en el transcurso de su sexualidad desbordante, aquella chica que atrapa con esa sonrisa de dientes perfectamente blancos, pequeños y parejos.
7 pm. No ha venido, me maldigo por lo bajo mientras recojo mi mochila-maleta-almohada que incluye apenas un par de prendas y la información del trabajo guardada celosamente en una memoria flash. Todo lo demás es aire caliente que inunda el resto de mi vida. Sacudo la arena obscura, cuando observo un pequeño cangrejo asechando, expectante, violentamente veloz; conoce el peligro, tal vez imagina el fuego lento, el agua y las verduras de su destino si deja de moverse. Su infierno, mi infierno; porque no me siento con mejor suerte que el bichejo azul pálido. Ágil y cauto al tiempo que espera el momento idóneo en que el depredador gigante haga el movimiento inicial. Una pierna, la otra, el cangrejo regresa al interior de la arena caliente y húmeda como la joven que no llego. Por dentro seguro todo parece derrumbarse, y sin embargo la marea permanece en calma mientras los últimos rayos de una tarde normal se cuelan por el agujero del hogar del crustáceo. No quiso venir, pienso. Se arrepintió, digo en voz apenas perceptible fuera de las paredes de mi propia trampa.
Avanzo hacia el final de la playa, donde se junta la basura del día a día con el inicio del concreto. El camión azul y blanco ya ha prendido el motor y las cuatro personas que van arriba se me quedan viendo con la misma incomodidad que yo las veo a ellas. Me siento casi hasta atrás, donde el segundo despachador me observa de reojo cada que el camión da un tumbo, a lo lejos un par de gaviotas se disputan al cangrejo. El sol sigue cayendo por el lado opuesto al mar mientras un par de chicas se suben en la primera esquina; son bonitas, de piel casi perfecta que se repantigan en su asiento apenas descubren mí mirada lasciva sobre sus piernas sensacionales. Todo en mi huele al salitre de esta playa, las miradas entre los 3 se suceden y solo son interrumpidas por el traca-traca constante del motor Dina. Me canso del juego con las chicas y pongo la música, espero. Siempre espero.
Se acomoda el short, tiene calor y le roza la entrepierna la prenda, voltea con pereza a la puerta y alterna la mirada con el reloj detrás de la barra en un constante ir y venir de su cabeza. 15 minutos para las 3, soporífero el ambiente; solo dos compañeras de las 8 que se encuentran tienen “compañía”, un par de borrachos que llegaron desde que abrió el bar hace casi 40 minutos, las chicas para “persignarse” les aceptaron las cervezas y ahora los tipos tienen a las chicas sentadas en sus piernas, ellas con su mejor cara de hipócritas escuchando embelesadas las anécdotas del par de idiotas. Entra un gordo, turista; ella los reconoce inmediatamente porque siempre quieren poner esa cara de perros malditos y en realidad no tienen ni la pinta, ni el carácter para ello. No es rubio, pero si más pálido que el resto que se encuentra allí, la mira desde detrás de unas gafas de pasta ancha y lente aún más gruesa. Ojos diminutos y llenos de venas saltando a manera de marco para las bolas de color café. A ella no le queda otra que esbozar esa sonrisa que parece indicar “si pagas el precio soy toda tuya papi”. El gordo se sienta en una de las mesas que queda frente a la barra falsa, ha pedido una caguama. Toma directamente del envase mientras el vaso con la receta de la casa se queda boca abajo esperando mejor suerte para la próxima. Empina la botella mientras el sudor corre por todo el cuello y la papada pálida y llena de pliegues. Ella lo observa mejor: esta blanco por trabajar en alguna oficina o uno de esos sitios donde nunca les da el sol, trae el pelo crecido pero sin forma y sumamente grasoso y cubierto por una gorra vieja que apesta a todos los meses que lleva en su cabeza. Se viste como si estuviese en la ciudad y por ello suda. Tiene las manos delicadas pese a ser de complexión pesada; por la forma en que ingiere el alcohol sabe que está esperando algo, a ella tal vez? Le ve los zapatos y comprende que no tiene mucho dinero, recuerda que esta bebiendo una caguama y sus sospechas se incrementan. Finalmente observa que ha dejado los lentes en la mesa y sin ellos se observan las múltiples líneas debajo de sus parpados: cansancio y estrés de ciudad se acumulan allí bajo la mirada vidriosa de un borracho de fin de semana que seguramente se queda dormido después de unas cuantas cervezas mientras espera que nadie le robe la cartera o el celular. Lo sigue observando mientras nota que ha terminado con la cerveza y le pide algo más a su primo Miguel, el muchacho corre detrás de la barra y coge dos vasos chicos. Vierte en ambos la mitad de whisky, sin hielos, sin agua o refresco que altere el sabor. Vuelve a volar con los vasos en una bandeja y los deposita en la mesa del tipo raro. Este extiende un billete grande que hace que ella se moje los labios y saque el pecho pequeño. El tipo levanta el vaso que queda más cerca de su derecha y lo lleva hasta su frente. Se toca dos veces con el vaso y con un movimiento apenas perceptible lo ofrece a lo inimaginable.
Casi las 8. No hay música ya, la pila murió hace unos minutos y el aeropuerto esta en completo silencio si exceptuamos las dos entaconadas que acaban de pasar y que hicieron eco por todo el pasillo de color mosaico deslavado mientras todos los “caballeros” observábamos sus nalgas. El clima por suerte es diferente al que está afuera donde el calor ya estaba de la fregada y eso sin contar la humedad que se colaba hasta por debajo de las rendijas del condenado camioncito que venía retumbando en cada parada que hacía. Comienzo a pensar en cosas, mi perro, mi madre, mi esposa, mis canas que asoman por la hendidura nasal, el correo que le envié a mi compañera de oficina declarándole la guerra mundial, el oficio que recibí por incumplir ciertas normas, la borrachera del viernes pasado cuando le rompí la nariz al valet parking por darle un rayón al carro de Griselda. El semen seco en su auto, el constante dolor de cabeza que tengo, todo viene, todo aparece cuando la música cesa y comienza el vertedero de pensamientos a desbordarme. Quisiera tener las pastillas que me recomendó el doctor de la cliniquita pero no las podía pasar por la revisión porque los putos federales nada más están a las vivas de a ver quién es tan pendejo para sacar algo que no sea tolerable. Cierro los ojos mientras me recargo en el asiento de cuero falso en esta sala de espera de la chingada, la música fluye lentamente desde algún punto remoto de mi cerebro, nada existe fuera de las notas de Schubert y su trucha en la mayor, el mundo se ha detenido completamente mientras suenan lentas y cadenciosas las variaciones del austriaco. El encanto termina cuando la potente voz de la chica que da los anuncios se deja escuchar hasta dentro del baño donde algún buen hijo de perra seguramente está escondiéndose los paquetes de droga. Pienso en Mónica, o quien dijo llamarse Mónica, tal vez todavía este agitando las caderas en aquella pista maloliente del bar mientras sonríe cual Mona Lisa o simplemente ha subido las escaleras acompañada por algún don nadie que le meterá su verga llena de salitre y enfermedades. Vuelvo a recordar la cerveza, bendita cerveza que ojala estuviese aquí. La gente sigue llegando con distintas prisas, el avión que nos regrese al DF seguramente vendrá retrasado porque así se estima por aquí. De entre todos los pasajeros nuevos llega una mujer de pelo rubio, no es falso. Es bastante guapa y viene arreglada discretamente, el único defecto es el niño que lleva en brazos, parece grande para ir en brazos de su madre. Me abstengo de volverla a mirar con la mirada sucia que normalmente utilizo, sin embargo noto que se le ha subido la playera azul que usa a causa de cargar al bodoque, piel delicada que se observa. Otro de esos niñatos consentidos que esperan sin duda a crecer para ahuyentar a cuanto pretendiente tenga su madre (pienso tras razonar que ha de ser soltera, cualquier imbécil la acompañaría hasta las puertas del infierno). La mujer busca algo con la mirada entre las hileras de butacas que hay para sentarse, un lugar vacío, algo menos sucio, alguien agradable con quien platicar? Al final va y se sienta frente a mí. Dónde carajos estas Mónica?
Soporta como siempre, el aliento podrido, la mirada vidriosa y llena de lascivia, las espinillas en el rostro, los pelos hirsutos de cada hijo de perra que se cree mucho mejor que el resto porque puede pagar un rato con cualquiera de las chicas. El que tiene ahora frente a sus nalgas es una copia al carbón del “teo”, gordo, pijoso y bruto por definición. Soporta las manos fieras que intentan meterse hasta la sangre misma, llenas de cortes y magullones de estar todo el día en el bote. Ha pagado dos cervezas y cree que eso le da derecho de meter sus narices en el escote que baila de manera obscena frente a él. Desvía la mirada de la calva cabeza y nota que es la única que trabaja, Rita platica animadamente con la “china” y las otras tres están atentas viendo la telenovela. Miguel atento tras la barra no quita la mirada del gordo y sus ojos de búho trasnochado. El gordo intercala sorbos de teta, de cerveza y de historias con revisar periódicamente que nadie entre a sus espaldas, parece ser paranoico y ella lo nota cada que deja de hablar incoherencias sobre su el bote, habla y mama mientras la cerveza parece inacabable, luego se pone en pie y da un eructo. La deja allí anonadada mientras él camina hacia el baño, al verlo de espaldas le recuerda al güero que llego con ella hace un par de años.
-sabes, voy a suicidarme esta tarde. Fue lo único a lo que le prestó atención aquella noche que el muchacho de manos rosáceas y piel clara dijo. Había bebido casi una botella entera de aguardiente y veía con ojos cansinos a las dos chicas que lo acompañaban. Ellas ya tampoco estaban, Carmen se había vuelto a la sierra y Vicky se largó al gabacho. El tipo se incorporó con sus más de 100 kilos y comenzó a caminar rumbo al baño. La misma puerta donde el gordo de hoy ha ido a descargar las cervezas y los tacos de huachinango que se ha jamboneado. Le vuelve el rostro del muchacho que apenas entro al minúsculo baño se voló la tapa. Siente como se le humedecen los ojos, y aleja la mirada hacia la calle donde el sol ya apenas se vislumbra tras las nubes que anuncian la llegada de más lluvia.
Casi las 10, el avión vuela en medio de aironazos y corrientes eléctricas que serpentean a cientos o tal vez miles de metros alejados de esta cosa metálica. Sin embargo no los veo, por suerte le deje el asiento al niño que venía con la mujer guapa, ahora el mocoso se eriza y aplaude casi cada que un condenado millón de watts nos pasa rozando. Ella viene platicando conmigo – o mejor dicho habla- mientras yo me aferro con todas las uñas al condenado asiento de plástico. No intento ser grosero pero a duras penas lanzo monosílabos que surgen del poco resquicio que me deja el pinche mareo. Madre soltera, único hijo, trabaja en el mall. Oriunda de Tampico, es agradable y muy guapa. Ha dicho que va a la capital a ver a un hermano. Me pierdo en la oleada de vaivenes en el aire que da el armatoste. Sigue la película de la pantalla, es de risa estúpida y la mitad de los pasajeros vienen idiotizados con ella, el cabello de la mujer expele aroma de alguna planta verde. Me mareo todavía más y espero en cualquier momento convertirme en uno de esos imbéciles que vomitan cual manguera de chorro mientras los demás asqueados tratan de protegerse de todo el festín procedente de las tripas. El chico mira por la venta y cada tanto le da un codazo a la mujer, ella apenas voltea mientras dice: “aja”. “aja esto”, “aja lo otro”. Cierro los ojos pero todo el avión parece un condenado juego de arriba es abajo y el centro se haya perdido. Le gusta el mar, le gusta Tampico, le gusta pasear con el niño y dice que pese a que la vida ha sido dura sigue sonriendo. Parece un pinche libro de superación personal, ojala existiese uno para neutralizar las ganas de que el mundo deje de moverse de un lado a otro mientras el aire se vuelve pesado, denso, salivo mucho, el vómito no tardara en aparecer. Aguanta, aguanta me digo mentalmente, aguanta a que te desabroches el pinche cinturón que te costó un huevo amarrarlo porque ya te sentías idiota desde antes de subirte al avión. Aguanta porque le vas a manchar su suéter rosa deslavado que deja adivinar que tiene lo suyo bien colocado. Sonríe. Ella sonríe mientras dice que no le gusta su empleo; la mujer del carrito me ve pálido, amarillo pedazo de folder. Me socorre y me pregunta si se me ofrece algo.
-agua. Ella repara y me dice algo.
-debe ser que se me bajo la presión. Miento. Siempre lo hago, con mi mujer, con mi madre, en el empleo, porque no he de hacerlo con esa mujer que no conozco sino hace menos de 35 minutos. El agua sabe a diosas. Entra directo hasta mi estómago, ella me dice que no hay de qué preocuparse, que con una coca vuelve todo a su lugar. Le hago caso y le pido un vaso con coca y hielos a la azafata.
Poco a poco vuelve. Las luces, el clima artificial, la mujer que ríe histéricamente a causa de la película. La chica que viene a mi lado que me ve con cierta mejoría. Todo vuelve a su cauce. Me separan del suelo 10 minutos –o eso dice la voz mecánica de quien suponemos es el capitán-, me santiguo mentalmente mientras ella ajusta el cinturón del niño que no quiere estar sujeto y la nave se vuelve a sacudir. Son las ultimas turbulencias dice la azafata que se sienta al frente. Se amarra y yo cierro los ojos a tratar de recordar si le di los buenos días a todo el pinche planeta. Pienso en mamá a quien no llamó hace 3 semanas, pienso en mi mujer que es más feliz con el perro que conmigo. Voy a terminarlo pienso; la mujer guapa habla, sigue hablando. Y yo contesto con sí, no o quién sabe. Al final llegamos y casi me dan ganas de besar el suelo, no lo hago por recato a los presentes y me quedo unos instantes más hablando con ella, me dice donde vivirá las próximas semanas y si conozco algo interesante por allí. Sonríe mientras espera su maleta, sonríe mientras me extiende un número telefónico y sonríe cuando se aleja con el niño que viene contando a viva voz las veces que el rayo estuvo a nada de pegarnos. Rompo el resto del papel donde me dio su telefono y comienzo a jugar con los números en mi mano.
SR Agosto 2013- mayo 2014
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