domingo, 27 de julio de 2014

engañando a diciembre



Engañando a diciembre

El sonido repercutía en las esquinas y el resto del espacioso recinto. La abrace por lo bajo mientras sentía las pulsaciones de su corazón repiqueteando a través de sus carnosos pechos y la tela que los cubría,  encerrados bajo la opresión de mis brazos.  Bailamos sin dirección en la tierra suelta mientras a nuestro alrededor cuando menos 1000 parejas más hacían lo mismo. El tipo de la voz desaforada dejo de cantar otra de esas tonadas dulces y cursis que hablaban sobre amores tan imposibles como el de una sirena y un marinero. Nos dejamos arrastrar entonces por la multitud que comienza a moverse hacia atrás y hacia adelante y viceversa en búsqueda de un sitio mejor. Mas polvo que se mete en todos los poros de la cara, con los converse rotos llenos de esa misma capa de tierra que los vuelve de un color indeterminado y sus piernas descubiertas están empanizadas cual pescado en plena hora de la comida. Los megáfonos y los  bafles gigantes reproducen el sonido de una banda menos famosa pero igual de efectiva. Se desprende de mí y se acerca a la barra de bebidas, pide cervezas y paga para inmediatamente regresar a entregarme el vaso de unicel ribeteado de cerveza y chile. Me entrega también mi cartera que ha sacado de mi bolsillo trasero. Las risas no se hacen esperar. Su pinche risa es contagiosa.

2 cervezas grandes tras se apresta la marabunta humana y ebria hacia el frente donde un grupo nutrido de personajes disfrazados con trajes multicolores asaltan el escenario, el sonido profundo y doloroso de la tuba arranca el segundo encuentro. Nos volvemos a hundir en el misticismo de los brazos alrededor del cuello y la cintura, su estatura lo dificulta, pero no importa. Seguimos trenzados frente al embate de los otros miles de danzantes y sólo nos soltamos cuando empieza el ritmo festivo de una canción veloz, álgida y divertida que enerva las emociones de los presentes. Nos mantenemos lejos mirándonos a los ojos. Los suyos verde estanque cubierto de lirios sin florecer aun, los míos negros de noche perdida sin estrellas. La agrupación se enraíza en las emociones lúdicas y ello nos aleja cada segundo que todos festejan y bailan violentamente levantando más y más tierra suelta que inunda los pulmones y mucosas en su recorrido. Alto total, luces por todas partes, seguimos enfrascados en las miradas de dos amantes deseosos de que vuelva el momento íntimo que hemos dejado de lado. No defraudan nuestras aspiraciones y el tipo de la voz seca y gris toma el micrófono mientras dos trompetas, acordeón y corchetas gimen lastimeramente por el amor de una mujer que se ha ido con otro. Ella cierra los ojos y se aferra a mí con cada nota, con cada violenta sacudida de la masa humana que nos mueve de un lado a otro y hace que su camisa a cuadros se impregne de olores de otras personas además de su olor de durazno artificial. Es su corazón también que parece quererse salir de sus límites y que interconecta con el mío en algún plano astral donde el sonido de esa balada dulce y adolorida al mismo tiempo es su campo de juego. Polvo, huele a tierra seca en todas las puntas de ese cabello negro azabache que posee y que siempre disfruto oler.

Otra interrupción, el ambiente se tensa por momentos debido a que hay mujeres muy guapas y borrachos muy estúpidos que malinterpretamos un parpadeo con un guiño y un accidental roce de caderas con la ocasión para invitarlas al hotel. Así pasa y tras un ríspido minuto el tipo y yo terminamos comprando cerveza clara y diciéndonos con el gesto festivo: a la verga compa! Hay muchas pinches viejas para andar dándonos en la madre por una! Ella me espera con su vaso en la mano y una sonrisa que parece decir: “eres bien estúpido” pero que en el fondo le eleva la moral de hembra porque se sabe lo suficientemente atractiva para hacer que dos idiotas nos partamos la cara. Sus manos cogen la nueva cerveza helada y hace un gesto que no me pasa desapercibido, ella está ahí y aguanta todo solo por mí, no le gusta el gentío, no le gusta esa música y no le gusta la cerveza clara. Sonrió una vez más pidiendo perdón. Suena más música por los altavoces y una invitación a la próxima jornada de grupos. Nos vemos a los ojos porque sabemos que no será posible hacerlo más. No decimos más nada.

Última llamada, el grupo estelar toma lugares lentamente haciendo sonar sus instrumentos que en solitario suenan huecos, sin alma, descoloridos. Aparece por fin el tipo del bombo y la formación suena compacta y llena de vida. Aparecen los dos hombres, morenos, con panza de trabajador antiguo del campo. Sus ojos cubiertos por el plástico brillante comprado en alguna boutique carísima de los Ángeles o Houston. Las mujeres de este lado aúllan como monos dementes al tótem sagrado descubierto por primera vez. Ella las imita solo para verme sonreír, una vez más; luego se contonea cual poseída por algún efebo salido de los pantanos de azufre. Bajo sexto y entra el tipo de la voz gangosa, ritmo frenético que no impide saber que es una oda al amor desilusionado por una fémina que se ha ido con el mejor amigo. Atino a bailar o eso creo porque llevo encima tanta cerveza como la cantidad de dinero que poseía. Ella me guía a través de las nubes etílicas y adoloridas de miles de personas que mantienen sus cuerpos unidos en un espacio vital. Todos nosotros nos evadimos de la realidad de otro friolento diciembre. Pausa, todos cantan las coplas adoloridas con el mero fondo de la tuba, sonido grotesco producto de las gargantas de miles de sueños de amor incomprendido. Ella se aferra, no quiere que acabe el ritmo, desea que todo sea una cruel broma del destino. Pero en realidad es la única verdad de todo lo que ha sucedido esta noche. Siente mi empalme en la entrepierna pero no se separa ni un milímetro. Se cuelga de mi cuello y sus pies bailan encima de mis converse, dejando el tacón justo por fuera.

Son las 4:49 de la madrugada cuando seguimos en la tierra, solos, la banda hace casi 20 minutos se despidió. Nosotros no queremos pese a que es la única opción viable. Ella se casa en menos de 12 horas con mi casi hermano. Ella se va y yo me quedo a limpiar el polvo de mi tenis, rotos y de color pardo como mi corazón en estos momentos.

SR Diciembre 2013

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