Mis dedos no podían teclear lo suficientemente rápido tratando de llegar a todas las teclas. Estaban aun con poca elasticidad, sentía como una gran tira de goma los retenía en la parte superior impidiendo que el anular y el bastardo a su derecha e izquierda se mantuvieran más juntos de lo necesario. Aun así, el estómago todavía no se encontraba del todo bien, ya casi no bebía y cuando lo llegaba a hacer (pero hacerlo en serio), todo se iba al carajo porque parecía que se abriera la temporada de matracas infernales en mi estómago y en mi culo. Normalmente la gente no quiere oír del culo de un hombre, a menos de que sea un jodido adonis. Cuando es un hombre más común que corriente, se le dice trasero. Pero es igualmente legitimo decirle culo o pinches huesos que me sirven para estar sentado por horas. En fin, mucho alcohol me hacía daño infernal, mucho dolor me provocaba el haber reventado de nuevo en un festín de sangre que enfrentó a mi puño derecho con el muro más cercano. Me creía el maldito campeón de los pesos pesados, pesando más de 100 kilos, el más hijo de puta de las putas mierdas que han pisado la tierra, el pendejo más grande que ha parido una perra: Rodrigo. Bueno, el carajo sabe que no es cierto, que previo reventar mi poca capacidad de pelea, llore como un bendito, abrazado a una condenada ilusión que me había mantenido con vida los últimos años. Todo se iba en picada conforme soltaba cada uno de los lamentos más jodidamente lastimeros que había lanzado en años. Parecía un condenado crio que intentaba evitar que papá modelo, le diera una nueva zurra a mamá modelo. O que el bastardo del tío Pepe se sentara cerca de mi hermana. Nadie más que yo podía verle los calzones. Bueno, la ilusión de unos calzones que no usaba, porque le molestaba el resorte, porque estaba loca, porque le gustaba saberse deseada pese a que solo tuviera 5 condenados años más que yo. Aun jugaba con muñecas, y ella era la muñequita de algún sucio bastardo. O sucios, plural no importa. En fin, las cosas que se vienen a la mente mientras el condenado dolor de teclear sigue aflorando, con cada condenada idea que surge se va haciendo más doloroso el escribir sobre fracasos en la vida. Digo, da lo mismo si fueran triunfos, igual dolerían, pero en realidad los principales dolores que nos trituran son los que les dan sabor a las letras. ¿Quién coños quiere escuchar hablar de las condenadas 300 mujeres que te has cogido mientras adoran tu falo dorado? O de ¿cuánto jodido dinero ganas mientras le vendes el alma de millones de imbéciles a un dios electrónico? Historias de amores con épica de por medio hay por montones, pero ¿a quién coños le interesa saber el sabor del coño de tu esposa perfecta, con dientes perfectos, nariz perfecta, senos de leche y nalgas de auténtico querubín? Lo mejor es hablar de pequeñas victorias que no sirven para un carajo; triunfos personales que a nadie inspiran, de esos momentos que a otro cualquiera, con mejor vida, con mejores sueños, con un bonito porvenir, le parecerían una mierda, pero para aquellos que están acostumbrados a la mediocridad, una simple victoria les vuelve dioses de su propio mundo, aunque luego caigan con la misma celeridad que una bola de boliche desde un tercer piso. Los pequeños victoriosos de mierda, somos millones, o más, porque no nutrimos los libros de historia, no salimos en noticieros porque ganamos una medalla dorada, o nos sacamos la milloniza en concursos idiotas. A lo mucho, sabemos de una condenada coca con hielos después de miles de horas frente al calor, aunque irreversiblemente estemos fomentado que la garganta se cierre horas más tarde. O un taco de pilón en tu taquería favorita, aunque descubras que no es de lo que más te guste, sino que el pinche taquero te da lo que él quiere; ejemplos como esos sobran en el condenado universo; la misma forma de que te refugies en la soledad para leer cosas estúpidas ideadas por la cerveza; el whisky y la marihuana te hacen sentir bien, alejado de los problemas del día a día, no sabes de otra cosa que no sea un par de líneas estúpidas acerca de alguna estupidez que le ha sucedido a un imbécil que no logra tener más de 10 minutos la polla dentro del chocho de su mujer sin venirse como un condenado pijo que moja las sabanas que su madre le cambia cada noche. Vergüenza para la familia, para el condenado niño y para los efectos de ti que lees esas cosas y esbozas una sonrisa porque lo recuerdas perfectamente, o te llevas una mano a la cabeza y dudas que lo que estás leyendo sea cierto. Lleva casi mil palabras y no ha dicho una condenada cosa, y si ha empleado como un estúpido troglodita la idea de condenación. Tal vez porque esto sea un texto con fines religiosos, o porque no tiene la menor idea de cómo usar los estúpidos sinónimos sin parecer un chico que apenas ha salido de la secundaria; aunque siempre el tiempo pasado, porque los nuevos no lo saben hacer ni porque tengan más de 20 años. El cerebro frito, la cabeza ida en querer ser algo mejor de lo que pueden serlo. Aun cuando consigues dinero y poder, tal vez mujeres (u hombres según sea el caso), te cuesta no dejarte deslumbrar y comienzas a tirar todo por la borda porque eres un imbécil que no sabe un carajo de la vida. Aunque es muy probable que eso quiera creer y en realidad todos los que nacieron después vengan con un chip diferente donde se les da el poder de hacer muchas cosas, al mismo tiempo y con toda la energía del condenado universo. Mientras, a duras penas aguantas dos rounds con tu novia, o con tu mujer o con tu amante (sea del género que sea, los factores no alteran el producto), nos vamos moviendo en pequeños círculos de idiotez absoluta, ordenados por aquellos imbéciles que alguna vez tuvimos la oportunidad de votar. Esto es basura, nada de lo que has leído es cierto, al parecer tengo miedo de revelar verdades absolutas que indefectiblemente nos vienen como anillo al dedo. Tengo miedo y eso es cierto, de que todo sea un condenado circulo, uno de esos días extraños donde parece un loop infinito que repite lo peor de la historia, según sea el caso; las verdades están ahí para quien quiera juntar los pedazos, sigues enfrascado en la creencia de que lo escrito aquí no lleva un hilo, tal vez sea cierto, tal vez es necesario remontarnos al inicio, a cuando a duras penas pude esgrimir una condenada idea acerca de la cual escribir, antes de que todo se fuera por el caño y comenzara a lanzar bolas curvas hacia la tribuna esperando que me salve el hecho de que sería mucho peor si lanzara rectas directas al plato porque acabarían en cuadrangulares. Lo siento, las analogías de béisbol son complejas, ni siquiera entiendo el juego al cien, sólo porque lo veía con mi viejo unos años ha, cuando ninguno de los dos estaba tan jodido, cuando aún podíamos estar más de 5 segundos sin odiarnos a muerte. Aquellos años fueron fenomenales, comíamos juntos, nos bañábamos juntos, nos jodiamos uno al otro por turnos y tú sigues creyendo que esto va sobre algo por el estilo. No puedes creerte todo lo que ves escrito, así nacieron las religiones más poderosas, por un estúpido libro que recopiló fenómenos inexplicables inventados por una sarta de mentirosos con ansia de notoriedad. No es cierto, soy católico, creo en el amor sincero, en la iglesia y en que, si alguien aborta o patrocina un aborto, se irá al infierno. Pero no a ese pinche lugar turístico que te muestran en todos lados, sino al verdadero, al condenado lugar donde el mismo Satanás tiene miedo de ir a parar más de 10 minutos, ahora imagina hacerlo por más de 80 años (en promedio, y dependiendo de tu alimentación), eso es de pinches masoquistas. En fin, iba a contar sobre algo que había sucedido y que me había llevado a estrellar repetidamente mi nudillo (bueno la mano derecha), contra una pared de concreto sólido. Pero nadie quiere saber de ello, es como si todos quisieran llegar al orgasmo en lugar de disfrutar los años y años de mal sexo que te ofrecen u ofreces (sin importar el género), prefiero esas entregas llenas de pujidos mal hechos, viscosidad que no entiendes de donde proviene, lagrimas por la falta de erección, o incluso las mordidas que terminan con una amputación de un par de dedos. Ahora te llaman 3 dedos. Ese apodo me gusta, igual te sirven para masturbarte. A todos les debería estar permitido masturbarse mientras se consume marihuana, al menos un par de horas a la semana. Bueno, una vez al día. Como si fuese el remedio necesario para que dejara de haber culeros en el mundo, o para que ella no se enoje después de que tú te enojaste. Vaya, al fin llegamos a algo. Lo divertido y que debes saber lector, es que llevo 2 cuartillas enteras sin guardar nada. ¡Como aventarse una buena sesión de sexo con la prostituta más caliente del burdel y hacerlo sin condón…dos veces! Porque eres imbécil, en resumen, y porque te gusta creer que puedes desafiar al condenado destino, que ni te vas a contagiar de nada, y no se va a joder la computadora donde llevas tecleando casi 30 minutos sin parar, con un par de dedos jodidamente lastimados y con serias consecuencias en tu vida romántica. Porque de eso iba esto, de eso se tratan todas las historias, pequeñas peleas maritales que no estás en condiciones de ganar de forma alguna. ¡Eres mierda viejo! ella te lo dijo, te maldijo además y quiso que todo lo malo que has soñado que te pase, suceda en realidad. Como tu dolor estomacal crónico, como tu alejamiento del alcohol, como tu falta de letras, como la condenada inflamación en las vías urinarias que sigue apareciendo, todas esas pequeñas mierdas que sabes que van a ir a mal, te las deseo ella, y lo dijo con todo el sentimiento, no trato en ningún momento de ocultarlo, como haces tú, como lo hacen todos. Vamos al carajo. Voy a dejar de escribir, porque llevo muchas páginas de todo y de nada, de hablar de tus problemas maritales, familiares, de vida, de ocio, de masturbación crónica, de senos y tristezas. Creo que a nadie le interesa realmente como escribes o porque lo haces, simplemente les sirves para ver que hay peores cosas, como un sujeto que se vanagloria de escribir sobre tipos simples que celebran pequeñas victorias de mierda. Eso es lo bueno, eso es lo tuyo y a eso te debes dedicar, tal vez no baste con saber todo de todo, sino simplemente con decir que lo sabes, aunque, en realidad desconozcas un carajo. Al final todo es eso. Noches infernales de frio o calor, con una cerveza helada que te jode el estómago, una hierba que te vuelve imbécil y una mujer que te ama.
SR Noviembre 2017martes, 15 de mayo de 2018
martes, 1 de mayo de 2018
A plomo
El ruido de las gomas pasando encima del riel de seguridad rompe la monotonía de los vaivenes automotrices, aunque irónicamente ese mismo ruido es parte de los sonidos cotidianos a los que está acostumbrada aquella mujer; piernas largas, kilométricas, llenas de horas de gimnasio, no porque le guste, no porque lo prefiera, pero es eso o trabajar por horas en un lugar donde igualmente la explotaran y donde el jefe le querrá meter mano, prefiere elegir a quien y como. Aunque a veces esto se lo repite como un mantra para hacer más llevadero el día. Apenas son las 3 de la tarde, los niños regresan acompañados de sus madres, de sus abuelas, de las nanas, ha visto de todo desde los últimos 7 años. Cabalístico el año, nunca espero terminar ahí, pero ahora ya no sabría hacer otra cosa. Su último empleo formal, por llamarlo así, fue en la tienda, trabajaba desde las 6 hasta las 5. Apenas tenía tiempo para pensar en algo que no fueran los condenados productos, surtir, pedir, vender, promocionar, toda la mierda que tantos años la atosigara, en ello duró casi 4. Se le hacía el estómago chiquito cuando tenía que oler el aliento pútrido de los hombres que llegaban a contemplarle los pechos. Nunca les dio motivo, pero eso a ellos no les importaba, necesitaban un sitio donde dejar los ojos y las fantasías. Luego vino Rubén. Era guapo, era condenadamente guapo, pero no de esos que viven de ello; no lo sabía, era gracioso y tenía mucho futuro. Eso fue su perdición, le gustaban inteligentes, pero con malas decisiones, ella era un tanto así, había terminado la prepa abierta y quería entrar a estudiar una carrera técnica, pero no había dinero, la tienda le proveería una mierda que no le alcanzaba más que para rentar un cuarto junto a su madre. Apenas una cama matrimonial, una cocinilla y un baño que compartía con ratas y el lavadero. Así era su vida por aquel entonces, lo recuerda claramente mientras una bocina la saca del ensoñamiento. No es para ella, apenas ha tenido clientes en los últimos días, un par de desdichados, a veces un doblete. Su mejor record fueron 9 en un día, todos pagados, ningún culero y, sobre todo, rápidos. Como si cada arremetida fuera una expiación a las culpas que les producía pagar por carne.
A veces mira el reloj de su muñeca derecha. Un destello del sol se cuela por la sombrilla que usa desde hace un par de años, antes era más brava y se refugiaba en las jacarandas de las calles aledañas, en espera de que cayera alguno, pero eso la restringía fuera del alcance de otros más tímidos; decidió “torear” había más probabilidades de conseguir algo, siempre era así; pero también había riesgo de que algún hijo de puta te aventara el carro, alguna vez lo vio, a uno de los muchachos le dejaron ir un nissan nuevecito, conocía el modelo de auto, porque Rubén tenía uno negro; a ella le gustaba ese look de fresa pobretón que se cargaba y él era feliz así, siempre con un hoyo en los pantalones por donde perdía el dinero, los cigarros, los encendedores, los condones. Así llego Alberto. Le gustaba su Alberto, era un caballero en toda la extensión de la palabra y la adoración de su abuela, al comienzo hubo lágrimas, pero también Rubén lo quería, lo amaba con desesperación, pero no fue suficiente, no impidió que se fuera, para refugiarse en el trago; todo comenzó en la fábrica donde ganaba una mierda y todos se burlaban de su cara. De sus lentes enormes. Eso lo fregó, eso lo condeno. Todavía recuerda aquellos dos años como los mejores, Rubén nunca tuvo un mal para con ellos, siempre llegaba con una sonrisa, aunque en el fondo se estuviera muriendo, ella lo amaba. Lo recuerda con tristeza, porque se fue extinguiendo. Primero desapareció su sonrisa eterna, luego el resto. Contiene la lagrima, no le gusta acordarse de aquello porque inmediatamente se le derrite el corazón y ha jurado no ser de esas putas de corazón blando, debe ser despiadada y cruel.
Vuelve a tocar un claxon, camioneta grande, esos son los malos, no sabes que esconden, a veces tienen sólo ganas de sexo desenfrenado, pero algunas otras tienen ideas malsanas; no es que se espante, pero lo ha visto, le ha tocado ya tres veces que acaba violada y llena de hematomas por culpa de un hombre así, de hombres que viajan en camionetas así. Le dice la tarifa y se sube con él, deja a la güera en el pequeño taburete que ha cargado desde hace un par de meses, le gusta la reacción que causa en algunas personas, como si fuese completamente ilógico que alguien se canse de estar de pie demasiadas horas subida en una montaña de plástico rígido y entallada en vestidos escandalosos o ropa tan ceñida que ni de comer dan ganas. La güera es cool, apareció hace un par de años, le gustaba la música y tenía chorrocientos gustos musicales, alguna vez dice que un cliente la llevo al “california” a bailar, nada más, le pago las horas, pero no hubo sexo, ella aun lo ve de vez en vez, es un tipo raro, pero con gusto exquisito para bailar. La güera lo aprecia, y ella aprecia a la güera porque a veces enseña las fotos de su niño, a veces enseña las fotos de sus padres. Pero ahí va, al hotel de siempre, el tipo de la recepción (si es que se puede llamar así a alguien detrás de un vidrio blindado) es aún más raro de lo ordinario, pareciera alguien normal, pero cuando la mira siempre pareciera violar su cadáver, las gafas cuadradas le dan un aire más extraño, Rubén usaba gafas, pero no se veía así, en el todo era grácil y parte de su encanto; en el tipo extraño únicamente le confiere un aire más grotesco, como un animal extraño que acecha. Un chacal. Paga, el cuarto huele a desinfectante, el hombre no huele mal, perfume barato y el traje ya de cerca parece más chafa de lo ordinario, un guarro sin duda. Se descalza y se quita casi todo, excepto los calcetines grises. De oficinista de quinta. Un tipo como cualquier otro en un viernes. Así pasan muchos al mes. Sexo rápido y sin emociones, el tipo brama como un animal herido cuando se viene en el condón. Apenas 20 minutos. Paga y se va. Le gustan los que no hablan, los que no quieren saber si tiene hijos (con todo y que la cicatriz de la cesárea es visible a kilómetros), porqué acabo así, los que preguntan sobre cosas raras del oficio, los que quieren contar cosas y hablar porque es más barato que un psicólogo. Alguna vez conoció a un tipo que la hizo reír, era escritor, y era virgen. Casi tenía 50 años, se la chupo, lo masturbo y al final el tipo se corrió de cara a la ventana, nadie podía verlos, pero ella no pudo evitar sonreír al verlo tan feliz. Le hubiera gustado preguntarle porque seguir siendo virgen, pero consideraba que eso no le correspondía.
La güera no está, el banquito lo tiene uno que vende mangos en la contra esquina, no le gusta pedirle las cosas, porque el tipo es grosero, como si no estuviera igual de jodido que todas ellas, cree que por vender mangos con chile o en un palito es mejor que ellas, alguna vez alguien dijo que en realidad lo que le pasaba es que le gustaban los penes. El tipo nunca más fue bueno, salvo con la güera, pero eso es porque todos aman a la güera, algo tenía aquella muchachilla que les caía bien a todos, como si cada poro de su cara destilara un perfume invisible que le volviera un rostro tan cálido y tan armonioso que alrededor suyo todos fueran mejores personas. Algún día debería salir de ese sitio y verse con la güera para chismorrear, pero no le gustaría que ella le contara aquella historia, la misma que les cuenta a todos, la misma que ha escuchado ya por lo menos 15 veces porque la chica todavía no sabe muchas cosas, aunque las ha vivido, pero todavía no aprende lo suficiente para saber que en la vida hay cosas peores que encontrarse con un cachorrito herido. Vuelve a pensar en Rubén, en sus ojos viéndola por última vez, antes de saltar al vacío, antes de ser arrastrado por la corriente, antes de pegarse un tiro, antes de coger aquel frasco de píldoras, antes de inyectarse la dosis necesaria para que su corazón se parase, antes de que todo se agolpara en su vientre y le explotase regando las tripas por doquier, antes siquiera de que un condenado auto lo aventase casi por 20 metros, antes de que decidiera ahogarse en una tina de ese hotel que esta a sus espaldas, dejando de respirar para siempre, olvidando que tenía una mujer que lo amaba, un hijo que era su viva imagen y que todo podía remediarse si él hubiera tenido los pantalones suficientes. Tenía todo para hacerlo y la condeno con su egoísmo a tener que visitar ese mismo hotel tantas veces al día o la noche como le sea posible para subsistir. Para evitar que el pequeño cumpla con el mismo destino funesto de sus padres.
SR Junio 2017
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