Sin
oportunidad
No fui cool en los
90’s; de hecho fui bastante promedio y lleno de complejos existenciales sacados
de una men’shealth. Resumo: mientras mis compañeros de trabajo (la mayoría
pseudogrungeros) estaban atrapados en el look de las camisas de franela, los
jeans rotos y el pelo largo y grasiento, yo tenía que llevar una camisa blanca,
un corbatín ridículo y el pelo engominado. No era más viejo que ellos pero si más
responsable; mientras los 3 bestias que trabajaban por una miseria de sueldo se
gastaban su dinero juntado en tres meses de arduo limpiar, servir y sonreír en
unas botas doctor Marteens, mi dinero iba al fondo que tenia destinado para
comenzar a tomar clases de ingles por las noches. Idiota de mí.
No tomaba tequila, no
fumaba “maría”, no fornicaba hasta altas horas de la noche con mi novia
preparatoriana. No, toda mi vida en los 90’s se resumía en una simple frase:
“trabaja como esclavo, pensando en el futuro”.
El año clave fue 1994,
no sólo por la muerte Kurt Cobain (y con ello la muerte del grunge), no sólo porque
Marcos se alzó en la selva chiapaneca e inundo el país con una ola de neo
indigenismo que a mi me venia valiendo un sorbete. No, el ’94 fue un año clave
porque se me ofreció la gerencia de un nuevo local de la misma filial, mismo
que rechace aludiendo problemas de lejanía. Ese año es crucial porque mi sub
alterno cogió el toro por los cuernos, se fajo la camisa deshilachada dentro de
los jeans deslavados y se encamino al exilio, no lo sabia entonces pero fue su
boleto de entrada a las grandes ligas; en menos de 3 meses (siguiendo mis
métodos de trabajo: disciplina, esfuerzo y camaradería) se hizo con la gerencia
zonal, y en un año (1995) se hizo con el puesto de gerente general. Puto
gerente zonal, su regreso como todo un señor medieval a mi lúgubre área de
trabajo lo había transformado, de su pelo largo y sin peinar ahora era un pelo
lleno de goma para el cabello (igual de largo) y una camisa de lino. Una puta
camisa de lino que si yo la comprase me quedaría sin comer 3 meses. El cabrón
la había pegado. Retomo, 1994 es un año significativo porque mi adorada novia
Magdalena se embarazo de un mocoso que responde al nombre de Javier (en honor a
su abuelo materno), 1994 fue el año que comencé a engordar de preocupación, el
año en que la diabetes tipo A se gesto.
La segunda mitad de los
90s me tenía como protagonista de un hogar lleno de berrinches, de gritos, de
golpes de un infante sobre protegido por su madre y familia materna, y sobre
todo el comienzo de mi alopecia. Tenía 22 años en 1995 y seguía ganando una
mierda. No tenia estudios universitarios y el dinero que junte por 5 años se iba
a ir en la manutención de un mocoso que un día si y otro también chillaba como
vil cerdo. Ya no usaba goma en el cabello, ya que este era un chiste insano de
dios y mi esposa me dejaba tocarla únicamente los fines de semana que el
demonio que pario se iba con sus abuelos. Ella tampoco era una figurita de
porcelana y ello conllevo a que 1996 fuese el año en que dejamos de intentar
que se me pusiera dura, era simplemente irrisorio que con mis 110 kilos tratase
de tener cualquier tipo de acción marital. 1996 fue el año que mi verga se
murió.
En el trabajo la cosa
iba de mal en peor, no solo mi metodología era anticuada (claro si tomamos en
cuenta que ya toda la cadena la aplicaba), sino que mi adorado gerente zonal
consideraba que tenerme como jefe de una sucursal tan vital era
contraproducente, me envió a la Siberia con el encargo de levantarla (como si fuese tan fácil hacer que un grupo de
indios pata rajada aprendan a comer hamburguesas), la cosa fue de mal en peor,
en menos de 2 meses las perdidas eran incosteables y manejábamos la sucursal un
chaval de 16 años con serios problemas de grasa en el cuero cabelludo y yo. Mi
labor era encargarme de la freidora, de la tostadora, del café, de atender la
limpieza, de tomar ordenes en el autoservicio, de servir mesas y de hacer
conteos cada noche; el bastardo llamado Charly se dedicaba a atender el
mostrador y gritar con su vocecita de puto: “pedido 1”, siempre un pedido.
Lo poco o mucho que
lograba rescatar de mi sueldo se me iba en intentar pagar el cable, por suerte
mi vecino resulto un grandísimo hijo de perra que se volaba el multivisión de
una antena cercana, ese año puse mi equipo para ya no pagar nunca más la renta
de una señal que inundaba mi vida carente de éxito con programas llenos de
edulcorante. También fue el año en que se cerró el negocio en la Siberia y yo
tuve que regresar derrotado y sin espíritu a mi viejo puesto como sub-
encargado al viejo terruño, con una menor paga si fuese posible tal cosa. Cabe
mencionar que 1997 fue el año en que mi esposa tuvo la necesidad de ponerse a
dieta consumiendo únicamente batidos proteínicos de no seque mierda y obtuvo su
justa recompensa: muerte por envenenamiento. Al parecer no solo a ella le
gustaba ese pinchurriento sabor de los batidos, sino también a las ratas y
cucarachas de nuestra colonia.
Así llegaron los dos últimos
años de ese siglo llamado XX (que nada tenia que ver con el sentir porno), mi
hijo (o el pequeño bastardo como solía decirle a escondidas) vivía el 99.9% del
tiempo en casa de sus abuelos maternos (los paternos no me veían ni a mí, si
era posible), el cabrón se acordaba del .1% restante cuando tenia necesidad de
provocar a sus adoradores abuelos con irse de su lado si no le compraban algo.
Por mi, mucho mejor el jodido bastardo me había fregado la vida entera, no solo
a mí sino también a su pinche madre (que en santa paz descanse). Mientras en el
trabajo la cosa iba de mal en peor y de peor en desastre, las nuevas
regulaciones impedían que los empleados hiciéramos antigüedad, situación que
era aprovechada por los negreros que me subcontrataban para ahorrarse muchas
prestaciones que por derecho me correspondían. Y Sin embargo lo peor en mi vida
era la falta de metas a cualquier tipo de plazo, me la vivía del aquí y el
ahora sin importarme un comino el futuro.
Mi vida era una cruda
constante para entonces, llena de fluidos corporales desagradables que
inmediatamente apestaban todo a mí alrededor, no tenía un solo amigo, no tenía
un amor y definitivamente no tenía familia. Un momento, no he explicado porque
no me llevaba con mis viejos o como estos renegaban de tenerme como un vástago.
La verdad es que ellos desde el inicio pactaron que un hijo no seria motivo
para cerrarles los caminos; para su forma de vida dejarme crecer bajo el
cuidado de una nana gorda llena de cantos en alguna lengua perdida en la sierra
de quien sabe donde era la forma idónea de cuidar al hijo que habían odiado
tanto desde el mismo instante que supieron que venia en camino. Así crecí hasta
los 9 años cuando en otro giro del destino ingrato decidieron que tener un solo
hijo era vacuo para sus metas, se embarazo nuevamente aquella hiena que me
había llevado en su vientre putrefacto por 9 meses y tuvieron otro chamaco que
por azares del destino decidieron llamar como el viejo. Rodrigo tuvo no solo la
atención de los dos, sino que también me quito la atención de Mari (la
rubicunda musa segura de Botero) mientras era llenado de mimos y caricias en
contraparte de un hijo no deseado que se encaminaba hacia la independencia
física y social debido a la negativa de los viejos a reconocerme como su
bastardo apenas traspasaran las puertas de su casa “de lujo” en la colonia del
Valle. El niño Rodrigo creció y se
volvió la envidia del circulo de amistades alcahuetas de aquella mujer que
nunca fue capaz de ir a firmar una boleta de calificaciones mía –dudo siquiera
que supiera que tenia buenas calificaciones y que para empezar la carrera
universitaria me metí a aquel restaurante que me coció los tanates a base de
cargarme de trabajo de mierda. Con mi hermano (de nombre Rodrigo “el ungido”)
no había mala nota, pese a la diferencia de edad y a la castrante y poco
saludable nube de celos que su madre hacia con respecto a su persona. Me
encargue durante años de hacerme su hermano mayor, su héroe, su figura paterna
(cosa nada rara si consideramos que el viejo tenia como principio el menor
esfuerzo y a duras penas escribía nada cada que el presidente era cambiado),y
sin embargo todo se fue al trasto. Otro golpe, otro derechazo a la mandíbula y
un zurdazo al hígado me llego cuando el infante de los rizos de chapopote llego
a la etapa escolar, él como príncipe deseado acudiría a una escuela de tipo
privado y llena de niños pedantes que crecerían para volverseel sarcoma de una
sociedad que apenas duras era motivada por la supervivencia mas ramplona,
mientras su hermano mayor era consabidamente ninguneado y tratado cual apeste
en las escuelas públicas a donde era relegado a asistir para no llamar la
atención de los servicios infantiles. Y luego el final, el final de nuestra
relación aparente de hermanos de sangre –solo aparente porque yo no era sino un
arrimado para el par de chacales que no me tomaban en cuenta y que esperaban
con ansia a que cumpliera los 18 para correrme de aquel caserón convertido en
residencia de pobres aspirando a ricos-, Rodrigo se fue a estudiar fuera, fuera
de un país convulso, fuera de cualquiera síntoma que aletargara su crecimiento
intelectual, fuera del contacto con una basura humana al que llamaba *manito*.
Rodrigo tardo 13 años en volver a pisar su tierra natal, haciendo su entrada poco
triunfal como un delicado muñequito que por las noches se metía cualquier
sustancia putrefacta que encontrara; 13 años que debieron ser 17 pero su adicción
a la heroína lo obligo a regresar repatriado por la policía canadiense. 13 años
que lo volvieron el héroe perdido por la influencia negativa de un hermano
mayor en sus primeros años y que yo ya
no recordaba siquiera que existiera el mentado Rodrigo.
En fin, basta de
mencionar por el momento a esos chacales que se hacen llamar familia –ja claro
si fuese posible evitar volver a traer a colación los años y años de tortura
mental y de soledad que me pasarían factura con el loquero si tuviese el dinero
suficiente para pagarle- retomare el año 2001 y la caída de mi vida en el
agujero llamado nada. Nada que hacer para salir del agujero de empleo que
tenia, nada de vida sentimental, nada de cariño para un cerdo humano que un día
desayunaba en el empleo las sobras del día anterior y al siguiente igual; 2001
lo recordaran todos por los atentados en calidad de autogol a las torres
gemelas en un país que ni me va ni me viene; yo lo recordare porque me di
cuenta de que llevaba 12 años tirados en la mierda de empleo, 12 años donde me
estanque y deje de vivir para complacer a otros. 2001 el año en que hice
contacto por primera vez con la sensación de abandono por parte del pijo
destino. Y heme allí que no abandonaba el trabajo, no me decidía por un camino
de ascetismo y mucho menos me obligaba a conseguirme una mejor situación para
el corazón –que decididamente comenzó a dar bandazos debido a las múltiples
millón-calorías ingeridas con cada “nutritivo” desayuno y la cena consistente
en sopas de inmediata putrefacción en el tracto digestivo. En definitiva 2001
fue un año mejor para mí que muchos otros en antaño, pero que en definitiva
seguía perdiendo si lo comparaba con otras personas.
He de saltarme un par
de años hasta llegar al polo de mi vida, el crepúsculo de mi juventud y el
comienzo inaudito de una vejez adelantada. Cumplir treinta y tres años nunca
debe ser motivo de enojo, sin embargo yo lo estaba, mis suegros en un arranque
de sincero arrepentimiento por el mal hecho a un bastardo hijo de una pija malparida,
me regresaron a eso que decía llamarse ante la ley de dios y de los hombres “mi
hijo” esto en el momento en que el demonio convertido carne infantil quemo un estante
completo de libros en su escuela pitera y puñetera. La razón que me dieron fue
la mas idiota, se convencieron mutuamente –aja claro- de que el niño no conocía
casi a su padre (por que la verdad era que no me interesaba hacerlo, ni él a mi
reconocerme) y que era momento para que yo me hiciera cargo. El momento cumbre
de su cruda moral llego 15 días después cuando se mudaron de una casa -que hoy
sigue mostrando los sellos de “se vende”- y nunca mas hicieron acto de
presencia en la vida del energúmeno que tanto esfuerzo les costó moldear a la
viva imagen de satán.
Me encontraba ahora en
medio de la mierda acompañado de un mocoso (hijo claro de algún asesino serial
y parido por las fauces mismas del infierno), sin dinero suficiente para
siquiera comprarle material escolar y mantener el departamento de mierda que
decía llamarse “vivienda de interés social”, atrapado por las circunstancias de
un destino ojete que quiso vengar en mi persona todas las veces que los
millonarios le escupieron en el ojo derecho y le bajaron los pantalones para
romperle el ojete morocho. En si mi vida era una crucifixión en vivo y a todo
color que seguro hasta el mismo padre de todos los cielos –en caso de existir-
seria capaz de confesar sus mil y un pecados consabidos con la María Magdalena;
yo no, yo aguante estoico a que el chamaco pereciese en una explosión magnánima
o que el jodido chamaco fuese cogido por la pasma y llevado a algún campo
militar para desaparecerle. El tiempo así parecía lento y lleno de baches y que
sin embargo no había ninguna luz al final, sino mas bien un pozo aun mas
profundo repleto de la peor mierda existida y por existir. Noches que eran bañadas de sudor y gritos
lastimeros producto de mis evacuaciones llenas de paredes estrechas. A mis 33
años parecía mi desagüe el mismo de una niña de 17 que espera ser encontrada
con el intestino grueso repleto de mierda debido a que nada baja como es debido
y todo se atora para convertirse en años y años de odio insano hacia la maldita
estreches de la cola que dios o el diablo le otorgo. A mis 33 años era sabido
que odiaba a mi hijo, odiaba a mis padres y sobre todo me odiaba a mi mismo por
no poder evitar que todo lo malo me pasara siempre a mí.
Llego 2008, digo llego
porque en realidad no lo sentí venir siquiera, para ese entonces mi vida estaba
mas o menos acostumbrada a los designios de un ser supremo que seguramente por
las noches encendía su televisor de plasma y observaba no entretenido sino
eufórico todas las desgracias que hacia posible por que me sucediesen. 2008 no
trajo consigo una mejor sustancial para mi vida, sino que la complico hasta
niveles que solo un santo pudiese tolerar. Me explicare mejor: hacia 1985 el
viejo que años atrás tuvo a bien donar el esperma para que yo hiciera acto de
presencia (toda vez que fui sacado del interior materno vía cesárea), encamino
su vida hacia el desenfreno y el consumo
obligatorio de pastas y otras ondas psicotrópicas sin que por ello fuese difícil imaginar hacia
donde iría su vida toda vez que se acabaran las fiestas locas. En fin, Rodrigo
–el viejo- era poseedor de 4 ingresos a instituciones mentales que bien o mal
no afectaban su conocido mote de “sabio” para los amiguetes esnifa cocaína y
bebedores de mierda y media que asolaban la casa –ahora venida a menos- en la
del Valle; mi supuesta madre me llamo una tarde de junio y me dijo
solemnemente: *tu padre esta mal, muy grave en ____ quiere que vayas a verlo*; lagrima
fácil la llamada, lagrima que derrame en serio creyendo que por fin el monstruo de la miseria se alejaría y por lo
menos me prodigaría unos cuantos años de paz interior, crasa mentira. Nada mas
llegar a la institución indicada el viejo me miro como seguramente un gato
callejero mira a las cucarachas que osan atravesarse y meterse en su suculento
banquete consistente de un jamón pasado; me miro con aquellos ojos verdes
inexpresivos y me dijo sin mas ni más: *tú fuiste pendejo, tú tienes la culpa
de que yo no triunfara en la vida, que me convirtiera en lo que soy ahora y en
lo que he sido durante los últimos 20 años.* Cualquier otro (ya fuese por amor
propio o en vana defensa de su propia existencia) le hubiese matado, yo mismo
vi pasar frente a mis ojos inyectados de sangre la imagen de mi bolígrafo bic
(no sabe fallar) punto medio incrustado en su garganta. Quise hacerlo, quise
convertirme en el parricida que siempre quise ser y no me atreví por una velada
sensación de judeocristianismo barato y culposo; me contuve –no solo las ansias
de matar, sino las de llorar de rabia- , me contuve y sostuve ahí frente a
aquel hijo de la gran perra –a la que nunca llegue a conocer por cierto- y mis
tamaños se vieron reducidos a la tómbola del destino nuevamente donde
definitivamente algún ente que seguro quiso ver hasta donde era capaz de
soportar las humillaciones. Le di la vuelta a su silla de ruedas y lo lleve a
pasear por el parque inmediato a la institución, él siguió en la tónica de
insultar mi creencia -y mi existencia- en que todo acaba por pagarse, me dijo
muy claro en el ultimo instante antes de que lo abandonase para siempre en
aquella banca junto a la fuente de una rana a punto de engullir una mosca de
tamaño panteón: *no quiero volverte a ver, estoy muerto para ti has de cuenta
que no tienes padre, que tu madre nunca existió y que por supuesto junior ni
tiene la misma sangre que tu… LARGATE!*. Salí de su vida y la de la putrefacta
familia que me había sido otorgada por el orto de algún ente celestial o
infernal y nunca mas les he vuelto a ver o siquiera a saber de su
existencia.
Y la vida? La vida
siguió su curso, con altibajos de tamaño considerable y otros no tanto.
Altibajos que bien podrían ser la caries de mi vida pero que he aprendido a
vivir con su dolor y su presencia constante, haciéndome desistir de probar esos
momentos dulces. Tres años más de
existencia transcurrieron antes de que se me diese un momento que en principio
me hizo quererme arrancar los ojos de las cuencas y comenzar a mendigar antes
de arrojarme a las vías de un poderoso tren bala sacado de mis ensoñaciones sin
luz y luego me hiciese recapacitar; mi “retoño”, el amado fruto de mi relación
con una mujer de nombre Magdalena, fue y haciendo uso de todas sus facultades
logro la meta que parecía más segura que nada en el universo, mas segura
incluso que la derrota de las tropas de Lee tras cruzar el Potomac y que las de
los gringos en Da Nang, entro en chirona tras inútilmente asaltar una droguería
cercana a la casa donde inútilmente trate de revertir los valores enseñados por
el abuelo vuelto padre sustituto. Realmente ahí fue donde recomenzó mi vida,
donde recomenzó la historia de una vida martillada bajo el yunque de la soledad
y la inmundicia tercermundista. Fue con su caída –y vuelto un problema del
estado y no mio- que recomencé la idea que había tenido hacia años (cuando aun
me funcionaba la virilidad): olvidarme de su existencia, justo como mi familia
y mis suegros –y hasta el mismo dios/destino- habían hecho conmigo. Decidí que
era mejor que el muchacho se pudriese en el tambo, y que si por mí fuera nunca más
volviese a verle. Ilusiones mías solamente, no bien hubieran pasado 8 días de
que el jodido escuincle cayese por lacra me llego el tiro de gracia: un nieto.
No llego solo,
obviamente, sino que llego acompañado de una niña (he dicho niña) de 14 años
que mas pronta que la sopa nocturna que sigo degustando se abrió de patas para
un calenturiento lacra hijo del infortunio y la mierda. Niña que llego a tocar
a la puerta de mi residencia en el viejo sector 1, niña que golpeo tres veces
tres la cadena de la reja previa a la puerta y que tras no obtener respuesta su
padre aporreo con insana fuerza desmedida la mentada reja hasta que una de las
bisagras se salía de sus goznes para beneplácito de todos los lacras que veían
con parsimonia como estaba abierto el corazón de mi hogar para hacer de las
suyas toda vez que cayese la noche. Niña que ni bien hubo traspuesto un pie
dentro del departamento hecho para los obreros cetemistas de los 70s en la
mentada CROC, soltó las lagrimas y empaño con su relato la habitación que
funcionaba como sala de televisión (mas vieja que el destino manifiesto e igual
de inservible); el padre, la madre y el mocoso que hacia las veces de madreador
del barrio bravo allí de pie frente a un hombre acabado, que no tenia manera de
refutar las acusaciones y que siquiera estaba enterado que el hijo que alguna
vez tiernamente le cogió el dedo pulgar, ahora era el indiciado de procrear
otro bastardo mas en el mundo. Allí de pie frente al problema yo me dedicaba a
mirar los autos robados que decoraban la calle posterior a Culturas, mientras
los padres me gritoneaban sobre la irresponsabilidad y los valores familiares;
allí de pie frente a un nuevo problema desee con todas mis fuerzas y energías
que llegase otro terremoto mortal y acabase con la panda de pendejos que tenia
frente a mi. Me comprometí a ver que se
podía hacer, no tenia siquiera vela en el entierro y mi hijo estaba en la
cárcel tras intentar robar a mano armada un local de medicinas caducas y
baratas en un barrio plagado de ratas para conseguir entre otras cosas una
prueba de embarazo. 2011 definitivamente
fue un año que provoco un derrumbe en mi interior y mi abandono total a
la posibilidad de hacer otra cosa que no fuese caer y caer en profundas
marismas de desesperación y soledad absoluta. 2011 fue el año que yo perdí a un
hijo -que no quería- y mas sin en cambio gane una nuera y un nieto (frutos
inequívocos de las maneras de mis suegros y su estilo tan fregón de molestar a
terceros pese a tener años desaparecidos).
Es necesario que hable
de la niña verdad? Bueno, pues era una niña como cualquier otra, digo como
cualquier otra de hoy en día, capaz de manipular a los adultos según las horas
de la mañana o la tarde, y que según a mi hijo le toco las de perder por que la
morra estaba mas probada que un casete de videoclub cuando al pendejo se le
ofreció; nada que no dijese ese imbécil era válido para no hacerse cargo de la
probada relación con la niña. Su nombre era Fabiola y sus padres en un acto
reflejo de salud mental (para ellos) decidieron que era mejor que la niña no
viviese con ellos. Nuevamente la tuerca se torcía y me asfixiaba, de perder un
hijo que veía un par de noches a la semana –justo cuando menos robos había en
la colonia- acabe por ganar una hija postiza que tenia sus propios problemas y
sus muchos gastos. Que si no me opuse? Puta, como si fuera la única cosa que no
hubiese intentado en toda mi vida, rogué, suplique, lance insultos (claro,
mentalmente) y finalmente había accedido a darles una parte para la manutención
de la niña y su bebe próximo, pero el padre lleno de bilis y odio por alguien
tan patético, dijo que era mejor para el futuro bastardo que tuviese casa
propia –como si una vez nacida aquella rata fuese su propiedad la vivienda
esta- salió de aquel departamento minúsculo y me dejo al cuidado de una mocosa
con tendencias a la autodestrucción y que quería comer un día si y el otro
también –y no solo una vez como yo acostumbraba, sino de mínimo un par. Pase de
perro solitario a estar rodeado de la niña y su madre (que acudiría vilmente
durante 5 o 6 horas diarias por los meses siguientes para asegurarse del
bienestar de su retoño y por supuesto ver que se podía lacrear); y no conforme
con ese par de advenedizas urracas, tenía que soportar los viernes las tardes
de “tareas” de la mocosa y sus amistades nocivas que por fin tenían un lugar
donde meterse mano y meterse activo hasta que la suma de 1+1 diese por bueno
14. Era un jodido preso dentro de mi
casa (donde lo más entretenido era irme a trabajar en mi turno de 6 horas), era
un cero a la izquierda dentro de mi propia decadencia y ni ahí podía subsistir.
Lo peor vino con las visitas al ginecólogo porque la maldita arpía que hacia
las veces de abuela se negaba a pararse temprano para acudir a las citas con la
señorita Murrieta. Y quien iba? Sip, el jodido abuelo paterno que odiaba a
todos y cada uno de los bastardos en el universo y que por supuesto no podía
estar nada contento de que el hijo que daba por pandillero honrado le hubiese
endilgado el problemita. Allí sentado en los sillones de cuero ficticio de
aquella clínica gineco-obstetra sentía que la solución a todos mis problemas
era la caída de un asteroide jolygudense que acabara con la humanidad y yo con
ella. 6 veces, seis tortuosas mañanas de mi vida las pase en ese lugar antes de
que el mocoso por fin diese la cara ante el mundo.
Pero me he saltado un
par de anécdotas que hicieron mas llevadero el mundo, mas humano si es posible;
una mañana de marzo de ese año tan misterioso como insulso que fue 2012 el
mundo se sacudió de manera brutal, un temblor bastante grave nos acabo de
despertar a todos los que vivíamos de mala manera en aquella unidad
habitacional llena de rateros y malas personas. Nos movió el piso y con ello
saco a relucir un nuevo punto de mi vida. Serví de consuelo a aquella niña que
ya no podía asistir a la secundaria por recomendación del doctor, de consuelo.Me
quede allí junto a ella cuando el movimiento telúrico nos sorprendió
desayunando aquellas galletas de fibra y mientras los huevos puestos en el sartén
de ya nulo teflón se pegaban; el balanceo rítmicamente brutal cual conga
desbocada aturdió nuestros sentidos y nos acerco cual si fuese mi hija y yo su
amoroso padre salido de una novela costumbrista. Nos acerco hasta hacerme
comprender que la vida me podía regalar segundos o minutos donde mi existencia
tuviese un sentido practico y que no fuese solamente un espectáculo nocivo
donde el ganador se lleva la estocada y el perdedor queda con una vida
nauseabunda. Nos fundimos en un abrazo donde el tiempo se detuvo y jure que si
moríamos en aquel instante producto de la sacudida de las placas tectónicas
bien valdría la pena hacerlo. Renací aquella mañana porque la niña me miro como
si fuese su única conexión real con un mundo que no pidió pero que en el fondo
le fue destinado por el entorno; nos quedamos fundidos en ese abrazo eterno
cuando a nuestro alrededor todos los vecinos y conocidos salían en tropel para
huir tanto de un posible derrumbe como de sus propias existencias
enchapopotadas por la miseria humana. Me quede allí de pie abrazándola como si
su fruto fuese la única posibilidad de ser recordado acaso. Yo era su salvador
y ella era mi salvadora.
Y la segunda cosa que
me hizo un tanto más llevadera la vida llena de mierda que hasta hoy he vivido
y que irremediablemente si no fuese por ello no habría escrito nada de esto,
sucedió una noche cuando me desperté
gritando y pataleando, pataleando y maldiciendo al universo por burlarse de mi,
por no dejar de joderme ni en mis sueños, por quitarme hasta mi salud mental mientras
dormía. Ese universo que quiso que naciese siendo un perdedor y que la única
forma de cobrar factura fuese por medio de una burla constante a lo que hacia o
intentaba… maldito destino que me atrapaba inclusive cuando a todos los demás
les perdonaba un carajo. Que mientras yo fui recto y consciente de las
necesidades de todos los seres vivos que me rodeaban, se encargo de joderme por
el culo, de sodomizar mi poca mierda vida para calibrar las fuerzas del
universo y que este no estallase. Quería regresarle el favor al hijo de perra
llamado destino pero no tenía ni la menor certeza de cómo empezar, de cómo
arreciar mis embestidas hacia algo que invariablemente no se puede ver ni
tocar, mucho menos encular. El sueño en si era poco real, era de hecho
imposible que pasara y tanto por ello maldije, porque era injusto que yo
pudiendo soñar con barbacoas eternas y cervezas de barril que revientan de frio
soñase con mundos que acaban por que algún hijo de la gran perra decidía con
una de sus manos en un botón del pantalón y la otra en el seno de la señora
justicia, que el mundo era un nido de seres abominables y que tenía todo el
derecho que el universo le concedía para acabar con él.
El asunto es que tras
ese terror nocturno al día siguiente le conocí. Le conocí una mañana de abril,
allí acurrucado como si fuese un chaman esperando a que las estrellas depositaran
su conocimiento infinito sobre sus hombros; le conocí una tarde de invierno
mientras saltaba por encima de todos los humanos que nos llamamos de todas las
formas habidas y por haber, su espiritualidad inmediatamente choco con mi falta
de creencia y aun careciendo de voz audible me hablo y me enseño el camino. Me enseño que
pese a toda la mierda que el universo arrojase sobre uno al final no importaba,
al final todo se resumía en agradecer la vida que teníamos. Le conocí y le ame
como quiero creer que amaron todos y cada uno de los discípulos al señor toda
vez que les revelo la fuente de su grandioso poder en las montañas del Sinaí.
De su mano he recorrido el infinito y he llegado a memorizar cada uno de los
estados de la conciencia sin importar su inoperancia en mi vida.
Que hacia tan grande a
una persona? Tal vez nada, tal vez todo. No solo era su inocencia, no solo era
su falta de malicia y su agradable personalidad que a cada problema que le
planteaba me respondía siempre enseñando esa sonrisa cuasi divina. Poco me
importaba que de diez sonrisas, cuatro tuvieran que ver con espiritualidad, con
que estuviera ahí era lo único que me importaba. Deje de lado mis temores hacia el qué dirán y
él para que servirá hacer algo, y me sumergí de lleno en la grandeza de sus
enseñanzas, me fundí en la fortaleza de su ser y comulgue con las estrellas que
bañaban la aureola de su santa cabeza. Estaba enamorado nuevamente de una vida
que no era la mía, de una ilusión que podía eliminar con su sola magnificencia
todas las existencias de una ciudad entera.
Para mí, su solo andar
tiempo después despertaría las flores marchitas y tornaría el vino en agua;
Caminaría sobre mares y océanos mejor que la imagen ingrávida de un salvador
mesiánico, el jodido salvador en persona para mi propia alma. Nació bajo el nombre de David, poco importaba en realidad
ya que para mí siempre será Zig-zag. Me enseño
que (a finales de un 2012) la vida continuaba, que de nada servía encabronarse
tanto con el universo y que si era posible moldear el destino porque que en realidad había conseguido algo a cambio
después de tantas soeces voces contra Dios, contra el destino, contra el jodido
karma.
Llegue a una resolución
que he pospuesto durante años siempre conformándome con la ley del mínimo
esfuerzo, alce de nuevo mi rostro para evitar que el fango que muevo de un lado
a otro resurja mañana mientras todo se convierte en vulgares frases de odio y
despecho. Zig –zag con su sola presencia ilumino mi sendero y me proveyó de la
fuerza suficiente para llevar a cabo mi
cometido, siempre bajo la misma promesa: “no sé que sea lo que me tiene tan
jodido aquí abajo, pero si algún día me topo a quien se encargó de joderme, créeme que
voy a disfrutar mientras mis puños se
manchan de sangre y mis huesos se pulverizan bajo su endemoniadamente fuerte
cráneo”. Dios ha de saber que no miento, dios ha de saber que él es el primero
en la lista de venganzas que tengo preparadas.
SR 2012 oct.