Letras del
dolor
Te ame y te odie casi con la misma
intensidad, sabía que eras un maldito y aun así quise arriesgarme; lo único que
te pedí fue que no me lastimaras. Tonta de mí. Fue lo único que sabias hacer,
bueno eso y mentir. Sabia de todas y cada una de tus mentiras, de todas y cada
una de tus historias falsas. Eras un mentiroso patológico y yo elegí creer en tus “verdades”.
Nunca sabré si te sentías igual de
atraído tal como yo lo estaba de ti, a diario tus ojos no cerraban el encanto,
permanecían atentos al universo, a descubrir el engaño. A perpetrar la
traición. Dicen –y dicen bien- que las víboras embelesan con la mirada, sobre
todo las víboras cambiapieles como tú. Siempre supiste como ocultarte. Y sin
embargo cuando te conocí eras un solitario, creí que podría cambiar eso, después comprobé que
era imposible cambiar algo que no desea ser parte de alguien. Siempre tu,
siempre tus términos y tus condiciones.
Te llame perro y no diste señales,
te quise poner celoso y me aventabas a los brazos del otro. Te dije que te
pertenecía en cuerpo y alma y tu solo sonreíste. O eso aparentabas, en el fondo
te hastiaba, satisfacía tus necesidades de contacto físico, pero no el
sentimental. Dudo mucho que siquiera sepas que es eso.
Como justificar todo el cariño que
sentía hacia ti, únicamente por cómo me hacías sentir entre tus brazos? No lo
puedo explicar, pero era esa sensación de no estar nunca desamparada (aunque 5
minutos después me dejabas sola y sin protección para el corazón). Soy cursi,
lo sé; sin embargo he tenido que serlo por ambos. A ti lo cursi llegaba hasta
un: “buenos días”. Eras un bastardo sin sentimientos, una cucaracha gigante…
bueno no tanto pero casi. Te daba lo mismo serlo que no. De tus labios lo más
dulce que te oí decir fue un: “puedes pagar tu parte” eras mezquino y no te
importaba.
Siempre supe de tu interés – y digo
esa palabra porque no conoces otra con mayor pasión- para con ella. No era
hermosa, pero era la que tus ojos habían elegido; aun recuerdo como se
iluminaban tus pupilas cada que entraba (como si fueran tocados por descargas de
un fuego primigenio) o cada que la mencionabas –claro eras tan cobarde que la
llamabas “flaca” para que no se diera cuenta de tu emoción-; pobre iluso, pobre
diablo sin esperanza de hacer algo con otra mujer que te quiera la mitad de lo
que yo lo hice. Y mira que te ame más
que a la vida misma en esos meses, no puedo decir lo mismo de ti; no puedo
siquiera imaginar que pudieras sentir en algún momento de tu vida ese tipo de
sentimientos por alguien que no fuera ella.
Como siempre tu sonrisa era cálida
apenas tres horas antes, basto un viaje de regreso de la tierra prometida para
que todo se fuese al caño, siempre bajo esa sonrisa que no pocas veces asomaba por
tu rostro (pero cuando aparecía podía cambiarme el universo entero). No sólo
era amor, no sólo era cariño lo que me provocaba, era fuego; era ese ardor
propio de una mujer en plena efervescencia y que nos tenemos que callar tan a
menudo. Maldito mil veces porque sabias como emplear a tu favor lo poco o mucho
que sabes de las mujeres. Cierto que no eras el mejor amante ni mucho menos,
quedo demostrado desde el primer instante que nos dimos aquel beso salado de
alientos encontrados y lleno de esperanza –al menos de mi parte-, tu boca era
rasposa, era bruta (como todo en ti), siempre tratando de abarcar el infinito
de mis emociones con esa lengua, con los dientes disparejos que ocultas bajo
aquella espesa barba que no es ni negra ni café, sino una mezcla de irreverencia
y desprecio hacia las convenciones sociales. Con tus brazos inertes que nunca
me rodeaban la cabeza o el cuello, con tus manos traviesas que recorrían no
solo palmo a palmo mis pequeños senos, sino que infundían una pasión incombustible
en cada milímetro que recorrían; yo era una esponja de esas caricias muertas
que me dabas y tu un perro aprovechando el festín que se te aparecía frente a esos
ojos ajenos al momento.
Mi error fue no quererme dar
cuenta, mi error fue no querer reconocer las señales del fin de nuestro pequeño
universo construido en mis pensamientos, mi error era aferrarme a una idea que nació
sin siquiera tener de donde asirse; nunca creíste (como sigues pensando) en
nuestra vida juntos, nunca viste más allá de los fajes que nos dábamos (o mejor
dicho me dabas) en ese parque que ahora siquiera soporto ver, y cuando llego a
pasar frente a él un ardor recorre de arriba abajo, siempre así, siempre
termina con el dolor incrustado en mis neuronas que no alcanzan a comprender
como fue que paso lo que termino sucediendo, como es que te metiste tan dentro mío y yo apenas pude descifrar tu vida.
A todo mundo le vendiste la idea de
que eras inteligente, algo mejor que el resto de los que te rodeábamos, que
poseías una sobrada justicia moral y eras ecuánime en todo lo que hacías (o pretendías
hacer); en cinco meses – de fuego y sangre- te vi como eras, como en realidad
eras fuera de las caretas que a diario usabas: un pusilánime sin fuerza para
enfrentarse a nada ni nadie, sí acaso eras inteligente te lo guardabas para ti,
nunca compartías nada; para todos tenias solo ironías y dobles palabras que terminaban por herir a
las personas, en el fondo no eras nada mejor que el resto (e inclusive eras
mucho peor porque te jactabas de poseer los suficientes meritos para juzgar y
condenar a todo aquel que se cruzara en tu camino). Eres patético y aun así te
ame, y te ame desde donde comenzaba ese cabello negro hasta la punta de las
uñas que siempre usabas pulcramente recortadas, te ame desde los músculos de tus
brazos gigantescos y lampiños, hasta la lengua que si te lo proponías me
llenaba la boca entera. Te ame y punto.
Adiós maldito, quisiera insultar a
tu madre, a tu familia entera, pero dudo mucho que lo merezcan, dudo siquiera
que te importará si lo hiciese, estas podrido por dentro y por fuera y espero
que algún día, alguien te pague de la misma manera, te pague con todo el dolor
y sufrimiento que tú me diste a lo largo de estos meses y que sea capaz de
herirte allí donde supuestamente tienes corazón.
Hasta nunca, hoy aquí termina todo
mi cariño hacia ti.
Con amor (y desprecio) Arcelia C.
SR
septiembre 2012
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