jueves, 7 de abril de 2016

Zopilote

Zopilote

Nos miramos por unos instantes, sus ojos estaban rojos, a punto de soltarse a llorar, pero su cara mostraba la determinación por seguir. No era mucho más alto, pero si más obeso; era el más gordo de todo el salón y ello no le impedía tener todo el maldito pegue con las compañeras; ambos teníamos el puño cerrado, nos decíamos amigos pero en realidad no sabíamos mucho el uno del otro: no éramos amigos. A los 11 años nadie sabe lo que es la realmente la amistad, no sabes lo que es aceptar todo lo malo de una amistad, de mantener calladas todas esas verdades  que aumentan en el transcurso de los años. 

Éramos dos niños, distintos y a la vez semejantes; él tenía miedo de mí, yo tenía miedo de mis problemas. Él crecía rodeado de su familia, mi padre recién nos había abandonado por otro hombre; él tenía novias, yo estaba solo y enojado con el jodido universo, aunque más que enojado quería ver que fuese extinto por uno de esos apocalipsis soñados, que desapareciera mientras el sol devoraba toda la bendita carga de planetas, quería ver derretirse el rostro de 5,000 millones de seres vivos mientras mis carcajadas se volvían una de esas muecas que recordaba de las caricaturas orientales. Que el sufrimiento le sobreviviera un poco al fin de la existencia, para anclarme en éste y sentirme un poco menos que escoria vil.

Pero ese era otro instante de la vida, ahora estamos los dos lanzándonos miradas y unos pocos empujones, el círculo alrededor se compone de todos los demás bastardos que nos miran como si fuéramos sus monos amaestrados dispuestos a combatir para saciar sus instintos de sangre; sin embargo varios paran el asunto y nos separan. A él se lo llevan tres chicas, lo miman y lo tratan de serenar, por mi parte un par de compañeros se aprestan a darme consejos que nadie ha pedido, ambos son mierda, viven con miedo en la fantasía e inmersos en aquello que simplemente sus padres al tener tan poco cerebro no pueden explicarles. El mundo era cruel y no se solucionaba llorando, eso era lo que más me encabronaba de ese otro sujeto; parecía que sus lágrimas solucionarían su patética existencia y sin embargo no lo hacía, no lo creía ni por un asomo; más bien creo que buscaba granjearse la opinión en su favor, tener más niñas gritando por su fofo cuerpo cubierto de piel tan rosada cómo las tabletas para el estómago que solían regalar en las tardes cuando salíamos de la condenada casa de la risa que era aquello. Minutos después nos daríamos la mano como viejos camaradas que han sorteado la muerte en el baile de Ap Bac, pero hoy aquí, y en la pequeña y reducida sala que hemos acondicionado para hacernos hombrecitos, somos un par de bestias salvajes que van a luchar hasta que uno de los dos quede en pie. Sus ojos denotaban que quería salir corriendo, huir hasta donde mi rostro no pudiera penetrar las faldas de su madre o las de las bobas que lo rodeaban y lo alentaban a que dejara de querer pelear con un desgraciado que enfrentaba a sus 11 años un proceso de divorcio, cruento y lleno de odio. 

Tiembla su voz, reconozco tal sentimiento, es la maldita adrenalina, no es el miedo cómo he presumido antes. Comienzo a entender  que en el fondo le gusta esa sensación de no poder contenerse, de dejarse ir hasta que el furor desaparezca un par de horas o quizá minutos luego de finiquitar todo. Pero no sabe medirle, no conoce lo que es permanecer estoico mientras el mundo arde alrededor. No conoce el sentimiento de frialdad que debe imponerse por encima de la emoción, aplicar la fría razón mientras todo parece a punto de quemarse. No teme, eso es lo peor, suda y tiemblan sus papadas con cada movimiento que le hace no quedarse quieto ni un instante. La primera ronda había acabado sin un vencedor porque en el fondo ni él quería pegarme, ni yo quería que me llevaran nuevamente a la dirección,  con aquella panda de imbéciles que según me ayudarán a salir del bache, pero creo que únicamente tienen tan metida la cabeza en el culo que lo que hablan y respiran, es mierda. Suelta un manotazo a mi cara, me recompongo y le acomodo un gancho justo en la inmensidad de su barriga aguada. Reacciona y suelta una lagrima, pero no es dolor, no es miedo…es rabia, no se va a acobardar. Suelta nuevos manotazos, unos certeros pero la mayoría no me hacen ningún daño. Respondo con un golpe duro en el omoplato, trastabilla pero no se aparta, me aparto lo justo para que la patada que ha lanzado atine en el muslo y no en la boca del estómago, y tiró nuevamente el gancho a la mandíbula, preciso, con la fuerza suficiente para que le saltara un diente, pero sin embargo no se amilana,  me atina dos o tres en el esternón, pero nada que no me hubiese sucedido antes, nada que mi padre no hubiese hecho antes.  Y ahí comprendo el error, atino a descubrir una de las peores cosas que pueden sucederle a quien cree que la vida no tiene más lecciones para enseñarte. El golpe que me ha dado no es el golpe de un infante, llevaba la suficiente fuerza como para hacer que comprenda la impráctica situación en la que me encontraba. Yo quería ganar la pelea para demostrar que era mejor que todos ellos, él quería terminar con todo. No sabía lo que es ganar, entonces lo único que le restaba era matar o morir.

Un nuevo golpe, violento, con el peso del hombro, el brazo, el tórax, las piernas, el corazón entero. La saliva se torna sangre y en sus ojos ya no encuentro al niño de 11 años que apenas 3 días antes me prestará su auto miniatura de colección, veo realmente que es un tipo jodido. Que nunca tuvo perdida la pelea, que en realidad lo que no quería era dejar de aparentar que era un mariquita obeso, que le gustaba el papel de débil porque las mujeres lo buscaban mas así, porque así tenía la oportunidad de tenerlas cerca. Sí los primeros golpes que había tirado carecían de fuerza y de precisión, era porque estaba probando, estaba midiendo su fuerza, igual y después perdió la calma. Era violencia. Su nuevo golpe era un puño cerrado, con el peso del hombro y apoyándose en la cadera. Siento 1 o 2 antes de ahora si arrojar el escupitajo de sangre que alarma a todos los que están rodeándonos, su cara está roja, cual si del culo de un mandril se tratase, como la salsa de los tacos que el güero vende. Es roja casi naranja, y no esa mezcla extraña que fluye por mi boca. 

Es su adrenalina que no encuentra como salir, ahora completamente desmedida.

El segundo asalto termina. Tiene la cara llena de mocos y de lágrimas, le tiemblan los puños que mantiene pegados al curvo cuerpo arropado con el uniforme de color mierda, no hace ni un solo sonido que no sea el de su respiración entrecortada y llena de hipos para tratar de contener los mocos y el llanto. Las niñas le rodean tratando de consolarlo, una sola de esas pequeñas perras atina a voltear a verme, parece fuera de sí; es delgada y de cabello café obscuro, es de las pocas niñas que parece mejor que el resto. Su ojos –igualmente cafés- tienen una expresión de miedo? sorpresa? Temor? Pero desde mi posición todo parece un eco borroso, una escena que se ve en aquellos canales donde la llovizna se impone, igual a los lamentos perdidos en esos valles que rodean el pueblo donde  ma’ ha crecido y que hace un par de años que no voy porque nadie quiere convivir con los apestados, nadie quiere ver a esa mujer que paso en menos de lo que se pueda creer, de tener todo a no tener la certeza de nada, de estar jodida por el karma que ni siquiera sabe cómo  es que la ha hallado. Su hijo menor, el que escribe a veces mierda y media para que la trabajadora social deje de mamar el bicho, está ahí en medio de un pasillo, rodeado de sillas de color mierdoso, su almohada es una mochila que alguien atinó a poner debajo suyo, que intenta incorporarse poco a poco, sintiendo el mareo que anuncia la concusión, la sangre que abandona el resto de la cabeza y que amenaza con mover el piso, provocar el vómito y terminar en un susto brutal. En el suelo donde se haya el mocoso infernal que últimamente ha dado más lata que cuando era un bebe, hay gotas de sangre, pequeñas charcas de AB negativo, que poco a poco van tornándose a una tonalidad parduzca, a un color indefinido. 

Casi es seguro que tenga que ir al dentista, la muela está hecha mierda. Yo estoy hecho mierda.
 
SR Otoño 2015- invierno 2016