jueves, 4 de julio de 2019

la caminata más larga desde que comencé a engordar

Quería dejar de sentirme culpable, quería enfrentar el mundo como alguien libre de culpas, pero no me lo permitían, en cada instante alguien me regresaba a la realidad, a mi cómoda realidad de la que durante años había renegado, creyendo que durante algún instante me había convertido en todo aquello que anhelaba ser, un completo fracaso, como me sentía, condenado a no ser más nada, pero de nuevo la realidad me golpeaba con toda saña, haciéndome participe de que había tenido todo, y no me refiero a los lujos y las comodidades de una clase económica por encima de lo soñado, sino que había tenido una familia, un condenado hogar, tres comidas diarias y sobre todo un perfecto universo cimentado por la eterna despreocupación de la existencia. Podría tener un rostro picado por los años, pero era más a causa de una decisión propia que una autentica consecuencia de las situaciones difíciles; no conocía el hecho de pelear a la contra siempre. Incluso todo apuntaba a que mis temores eran demasiado fáciles para la mayoría, todos temían exactamente lo terrenal, mientras yo fantaseaba con lo ultraterreno.
 
¿Hacia cuanto que no bebía nada? Seguía en la etapa oscura de mi vida, pero lo que en realidad hacía era volverme más y más temeroso. Nunca lo había experimentado hasta que comprendí que la vida era un disparate y solo existía esto. Pero eso ya lo sabía de antemano, en realidad creo que mi miedo pasaba por las horas posteriores a la felicidad que me otorgaba el trago. ¿Saben? Es como si un buen amigo viniese a casa, te llenara de atenciones, se divirtiesen rememorando todas esas cosas complejas por las que pasaron ambos y al final, te duermes y el hijo de puta abusaba de ti, te dejaba hecho una mierda para violarte. Como un jodido animal, como una pantera llena de violencia. No quiero decir que estos animales sean así, pero justo así me tomaba el desgraciado alcohol. Luego toda tarde posterior desearía no haber existido, a todos les pasa, a todos nos devuelve la necesidad de no querer existir. Pero luego regresa, y vuelve y vuelve. Hasta que eres un condenado despojo viviente que se tiene que arrastrar para sobrevivir sin él. O morir en él. Esas eran las opciones. La mía era la cobarde y cada vez estaba más lejos ese condenado líquido. Quisiera tener 20 años de nuevo y volver a beber como entonces, sin sentir que lo que pasara en 15 o 20 me importase. Al carajo con ese viejo, lo más probable es que este muerto.
 
Me he zambullido por ella, me arrodille y busque dentro de la inmensa oscuridad que era el espacio entre el suelo y la cama, para encontrarle. Sigue firme, más que tú. Más que todos tus sueños. La jaló con dos dedos, casi me hace perder el equilibro por la desesperación de que no salía. Pero hela allí. Su cuerpo perfecto cubierto por una fina capa de polvo. Más bien gruesa, llena de telarañas incluso, y una que otra repleta a reventar por tanto insecto que ha comido, decide alejarse de la fuente extraña de calor. Un gigante que apremiado por la necesidad de hundirse una noche busca el objeto de vidrio que durante los pasados meses sirvió de sostén para la ramificación de su perfecta trampa. Ve como se aleja y comprende que el universo ha cambiado, para mal y para muy mal. Aunque las posibilidades son infinitas, quien no puede ver ello. Y he que le doy un trago que realmente no sabe a nada, siquiera disfrute las notas que durante años has leído que posee el whisky, pero es porque sigues tomándolo directo de la botella, como un condenado animal. ¿Qué has aprendido durante los últimos años? Que la vida es una mierda, que el jodido whisky te alimenta el fuego que terminas por volcar en estas letras y que probablemente el mundo sería mejor si estuvieras muerto.
 
¿Comenzaste a beber para tranquilizar los fantasmas de tu vida o lo hiciste para crearlos? Esos pequeños fantasmas que ante la realidad se vuelven humo invisible, como aquellas cosas que la mayoría simplemente ignora por considerarlo demasiado innecesario, para convertirse en volutas de atención minúscula. ¡La vida es esto hijo! Me grito aquella vez esa mujer desdentada en la calle. No la entendí porque la condenada vida hasta eso me ha quitado, la capacidad de entender a otros seres vivos. Tal vez condenándome a creerme único y superficialmente imposible. Lo cierto es que comencé a beber cerveza, como hacían todos, luego pase al condenado: “lo que caiga”. No me perdí, y a veces me arrepiento de ello, porque debí hundirme hasta no saber más, empezar algo y acabarlo por una condenada vez en la existencia. Ni al alcohol había respetado. ¿Puedes sentir como el alcohol entra en esos dientes fregados que te hacen sentir cada vez más cerca de la tragedia? ¿Puedes sentir el dolor minúsculo ayer, hoy más fuerte y seguro la antesala de cosas escalofriantes por venir? Pequeñas notas de dolor que se van apoderando de todos los matices que eres capaz de vislumbrar. Tienes un poco de miedo por ello, pero sigues en el camino descendente hacia lo inevitable. ¿Quién eres para oponerte a ello?
 
La mujer canta seguramente baladas tristes mientras suelta un poco de llanto de sus ojos gigantes. Es la medianoche y no quiere seguir triste pero la vida es esta perra que no deja de tirar dientazos por aquí y por allá, tiene tanto miedo por el futuro que pareciese que no conoció un sentimiento distinto. Como si toda su vida se hubiera transformado en aquellas sensaciones de terror que le acompañan noche a noche, desde hace muchas noches, desde hace muchas horas de su vida. Quiere ser tan fuerte como lo permita la noche, pero también desea perderse en las risas fáciles y el alcohol. Que no diese por poderlo hacer, por encontrarse un día tan perdida que los problemas pareciesen un diminuto ingreso dentro de la cruda. Un papel insignificante en la tragedia de la vida amenizada con cerveza o vodka. Suenan canciones que le gusta entonar mientras nadie la escucha, porque a veces bebe sola, algo aprendió de aquel sujeto, aquel muchacho que la tocó una noche y quizá le gusta más la sensación de poder hundirse en solitario cuando lo requiera la noche. Baila en pequeños círculos dentro de su habitación, tan minúscula como la innecesaria sucesión de sueños y pesadillas que han acometido su vida. Vence el sueño de las 3 am, comienza el ascendente camino hacia la purificación que solo otorga quedarse hasta que el sol atraviesa el nacimiento. Recargada en una pared llena de recuerdos arrancados, perforados por la nostalgia y la vida misma. Sacudida por los años perdidos. Todos lo estamos.
 
De tres tragos te jodiste el maldito whisky con agua. Estaba caliente, no lo disfrutaste y es seguro que iras por otro. Sigues inmerso en la debilidad cada que te sientes tentado, de nada sirve que lo escondas detrás de la aparente careta de la tranquilidad, bebes porque no sientes ataduras emocionales con ello, has sumado una nueva, te perseguirá por los años que te queden, te humillaste para no convertirte en un bufón. Eres un eunuco. Pero antes de que creas que esto es un epitafio, que tal vez suene más convincente cuando lo leas una mañana sin tantas telarañas de alcohol, debes ver que detrás hay música, toda aquella creación que te ha salvado de quedarte en el condenado odio hacia el universo, te conecta con el destino y las estrellas que se columpian a miles de millones de kilómetros por encima de tu rostro picado por la desgracia y el resentimiento. ¿Cuantas noches te has hundido y renovado cuando aparece la canción idónea? lo ignoras, pero seguramente más de las que puedes contar con las estrellas en el pedazo de cielo que te corresponde desde la tumba donde está escrito el condenado epitafio. Quieres cabalgar en la vía láctea mientras esperas a que todo vaya hacia abajo.
 
¿Qué quieres? Pregunto aquella mujer. Todas preguntan lo mismo, no lo sabes, no lo quieres saber, sabes que la muerte es la opción preferida, que todo lo que hay detrás de ello es mero formalismo, como si fuera una obligación verte inmerso en el proceso de la vida. Tienes apenas unas horas para salir de frente, no puedes dejar de pensar que cometes errores tras errores en pos de una realidad que no te pertenece, una fantasía carente de sustento; pero hete ahí, convertido en un auténtico monolito pese a que le pediste a tu madre que te incinerara y perdiera tus cenizas, ni eso pudiste obtener, una resaca de sueños perdidos en la inmensidad de un planeta minúsculo, un mero fragmento del eterno polvo que nutre el universo.
 
SR Primavera 2019