miércoles, 26 de marzo de 2014

borrón y cuenta nueva

Borrón y cuenta nueva

El viejo me gritó que tuviera cuidado, que no hiciera pendejadas y que cogiera bien el lazo. No lo hice y me costó la friolera de 3 puntadas en el costado de la mano izquierda cuando el bote con el cemento se vino abajo y me alcanzo a rozar provocando el corte con un impresionante flujo de sangre que acabo en gran medida en mi playera manchada de sudor y cemento rancio. Tenía casi 22 años y ayudaba a mi abuelo a edificar una construcción que ningún miembro de la grey de los constructores daría por bueno, al final de esa jornada de dos cubetas más volcadas y una andanada de patadas cortesía de un tipo chaparrón que andaba cercano a los 70 años mi moral estaba destruida. Pero ahí seguía.  Tras la curación hecha exprofeso por la santa matrona cuidadora de borrachos y causas perdidas llamada Reina “la vieja”, el viejo me obligo a sentarme junto a él en la barda que intentábamos levantar y que no pasaba de los 70 centímetros de altura y me hablo claro y sin ambigüedades: >tienes manos de señorita< remarcó la última palabra y me estiro una cubeta que antes contuviese agua limpia y ahora era una masa pestilente del cemento procedente de sus manos callosas y fuertes. Metí la mano izquierda temblante y con rastros de sangre que tenía en ese entonces ya un tono pardo, se rio con ganas y me dio un pequeño golpe en la parte superior de la cabeza  >pendejo< volvió a reír con fuerza y se puso en pie colgándose la camisa a cuadros en el hombro y dejando que su panza de viejo asomara por fuera de la camiseta blanca con severas manchas grises. >tu abuela ya hizo la cena, apúrate< me grito mientras yo me quedaba en medio de aquel tiradero a sabiendas de que aún tenía que llevar la carretilla con las palas, lazos y cubetas recubiertas de cemento a la casa del vecino que amablemente nos rentaba su patio para estacionar el transporte.
 
Mientras cenaba el atado de tortillas y un arroz insípido con frijoles del jarro contemplaba mis manos que temblarían seguramente esa noche cuando cogiera el lápiz para comenzar a escribirle cartas a la chica que me gustaba, se mantenían rígidas y casi inmóviles mientras las ideas bullían y se perdían en el traslado al papel; el dolor era una cosa tremenda pero no me quejaba en las letras, prefería guardar las lamentaciones para cuando tuviese frente a mí a aquella delgada chica que tanto yo amaba por aquel entonces. Cada noche mantenía con fuerza sujeto el condenado trozo de madera y carboncillo mientras deslizaba letra por letra irregular la historia de dos hermanos con varios muertos a sus espaldas. Se llamaban Rigo y Carlos y ambos tenían la misma mala leche que mi abuelo y su parentela. Sin embargo a los hermanos del cuento rara vez les faltaban mujeres guapas y por el contrario mi abuela no podría llamarse una beldad ni ahora ni de joven, también los personajes eran partidarios de una justicia expedita y rápida por parte de sus armas calibre 9 mm., mi abuelo no era capaz de hacer mayor presión fuera de las paredes de su dominio y de su saco de boxeo favorito: su nieto el vago.
 
No me faltaba comida ni techo y no me faltaba un trato digno (fuera del trabajo), pero cada vez que veía sus mezquinos ojos miniatura sobrevolados por la ceja blanca tupida y de torvas intensiones era con ese aire de superioridad me devastaba psicológicamente. Luego venía que nunca le podía soltar nada en contra porque su moral era intachable (o eso decían aquellos que todavía tenían apego a las costumbres sociales de los años 40 del siglo pasado)  y aquellos que lo conocían de toda la vida no perdían oportunidad de recalcarme el favor de tenerme  en su casa, un tipo que ni sus padres quisieron cerca y que todos detestaban por facineroso. No me importaba  lo que dijesen, de hecho el viejo tenía sus detalles como destapar una botella de tequila del bueno una vez cada 15 días justo cuando le depositaban la mitad de la pensión por vejez. Era el mejor viejo del mundo ese día y bebíamos a la par, un trago él, un trago yo, dos tragos él, dos tragos yo. Quedábamos fulminados en la cocina de la abuela mientras la madrugada fría se nos ceñía encima, me hablaba con esa voz grave que ahora encuentro en la mía y decía con los ojos negros fijos en el vaso que tenía justo enfrente de él >perdón, perdón por todo< sus frases siempre a la mitad, nunca completas, nunca finalizaba las ideas cuando le venían desde el fondo de la botella. Pero no lo culpo, no he conocido a nadie aun que pueda entonar nada mientras bebe y mira fijamente el vaso. . Nunca aprendí tanto de la vida como esas horas que el viejo destapaba el destilado y me servía en el vaso que la abuela había dejado ex profeso limpio para que yo también comprendiera lo que sucedía toda vez que era uno anciano y solo tenían a un miserable inútil para satisfacer sus glorias pasadas. El único que les siguió a la locura y les aguantaba sus achaques y reproches mientras agachaba la cabeza y comprendía todo aquello que la vida les había enseñado a la mala, a la peor y la borracha.
 
Tal vez no solo le debo la voz grave de gente seria que hoy utilizo cuando alguno de mis hijos se pone de travieso o la panza que comienza a aflorar cada que me suelto el amarre hecho entre el pantalón y el cinturón; no, le debo también ese sentido de actuar correctamente y que ahora trato de inculcar en dos hijos que por fortuna ninguno tiene las mismas fijaciones de su padre por hablar cada instante con  “vigas” (como  dirían mis viejos), aunque también es cierto que me dejo otra cosa: darse a la bebida cada fin de semana porque esa es otra herencia, un hígado capaz de soportar esas y otras finuras provocadas por el tequila.
 
Algo que nunca vio el anciano es que solía escaparme en el monte para irme a sentar debajo de la sombra de algún condenado árbol para comenzar a soñar despierto con aquello que me estaba destrozando por dentro. Aunque casi siempre mis alusiones estaban llenas de escenas tremendamente cargadas de violencia donde la muerte acechaba de forma grotesca a los apacibles ancianos. Tampoco sabía el viejo que lo hacía mientras escuchaba esa música que el tanto odiaba. No porque no la comprendiese, sino porque argumentaba que me estaba robando los momentos idóneos. En ese tenor el viejo siempre quiso que apreciara la música del pueblo, ¡condenada música para viejos decrépitos y a punto de caer en el sueño eterno! Le gritaba enfurecido cuando me quitaba la música sajona traída en cassetes por los pochos que llegaban con la fayuca; él siempre ufano comenzaba a entonar con su voz ronca y potente aquellos relatos costumbristas de amores imposibles entre un bastardo y una puta.  Fue allá en ese monte  que ahuyenté parte de ese dolor físico que acusaban mis manos, mis rodillas y el lomo para perderme en los acordes de los discos del sabbath. Si bien no sabía ingles concebía todo como parte de una melodía brutal que desquebrajaba mis nociones sobre lo que debía y no debía hacer. Mi cerebro aullaba de placer mientras la música de los 4 tipos le caía macizo a todo un paraje contrastante.
 
Sin embargo todo acaba, en uno de sus últimos días lucido el viejo me reprendió con ganas; no solo porque había roto uno de los polines que usaríamos para nivelar un andamio, sino porque me había dejado una incipiente barba que asomaba temerosa de la ira reprimida del viejo y su impoluta imagen de hombre que ha trabajado para el gobierno y que había usado un aspecto terso durante casi 40 años. Me mando a la tiznada justo cuando aparecí con la barba sin rasurar y dijo que el día que él aceptara a uno de esos flojos que se dedican a criticar en lugar de ponerse a trabajar, sería el día que muriese. En realidad nunca lo acepto, siquiera tuve la oportunidad porque antes de que pudiésemos anticiparlo su corazón comenzó a fallar, comenzó a debilitarse a un ritmo insospechado que lo consumió en menos de 3 meses. De su fortaleza y vigor siempre mostrado y potenciado por no dejarse hacer menos quedo reducido a un enclenque hombre que ni siquiera podía alzar el rastrillo para quitarse la señal de la muerte. Su señal propia.
 
Hablo un día antes de que pasara.
 
-no voy a decirte palabras bonitas. No las conozco en realidad; pero he de reconocer que tienes remedio. Te falta mucho por conocer y aprender. No falles.
 
Dos palabras finales antes de que él mismo se conectase la manguera del oxígeno que tenía a un lado y que lo sumía en sus intranquilos viajes. No derramo ninguna gota de llanto pese a que el doctor le dijo que pusiese en orden todos los asuntos que tenía que poner. No lloro cuando vio por última vez a la mujer que lo acompaño por casi 54 años. Se mantuvo con la mirada negra hacia el techo donde supongo creía que había un cielo al cual iría a parar porque sabía que había obrado bien a lo largo de esa vida difícil que le había tocado. Y mucho menos lloro cuando su hijo mayor llego y se arrodillo a su lado esperando que todo fuese uno de sus muchos sustos previos. Ahí estuve de pie al lado de los jefes mientras compartían por última vez el mismo tiempo y comprendían que debieron ser más cariñosos uno con el otro y no esperar a que llegara el final. El viejo no volvería a llorar siquiera cuando entro su última nieta y le dio aquel último beso en la frente que es muy probable que no sintiese porque había dejado de tener los ojos abiertos y se había sumido en la obscuridad absoluta.
 
SR noviembre 2013- marzo 2014

domingo, 9 de marzo de 2014

Humo y cerveza

Humo y cerveza

Llevaba 3 días y sus consecuentes noches bebiendo en uno de estos lugares llenos de humo y malos humores porque las cosas no habían salido del todo bien con Andrea. Andrea tenía un buen culo y muy buenas manos, no solo porque hacia repostería sino porque sabía exprimirme hasta el último gramo de cordura en el asunto. Ella se fue y yo caí en la eterna depresión que solo aliviaba el alcohol a grandes cantidades, también coincidió su marcha con la pérdida del enésimo trabajo en menos de 2 años y lo poco que me habían dado en el cheque se fue en esos tres días, finalmente el viejo Antonio viendo que no me iba a poder mover como los dos días anteriores (donde el primero me dejo dormir debajo de una de las mesas y el segundo en la bodega al lado de un colchón orinado y mohoso) se la pensó mejor y llamo a mi padre. Abrase visto antes que mi padre –o el padre de cualquiera de nosotros- fuese por uno a tal lugar podrido. Me zarandeo sin conseguir que yo me pudiera poner en pie. Un par de coscorrones duros en el cráneo echado a perder y pidió un tequila. Se sentó a mi lado y en vano me hablo durante casi 2 horas sobre lo dura que es la vida. Se hartó y llamó a mi primo Gonzalo. Gonzalo es menor que yo por un par de años, aunque mejor vividos por su parte con 2 o 3 hijos regados por allá y por acá mientras mantiene una relación con una señora ya entrada en años que le padrotea los vicios para que no trabaje en nada más que sus brazos. Mi padre contaba con esos brazos y hombros fuertes para entre los dos arrastrar la mole de más de 100 kilos que soy.

Las cosas se torcieron apenas el familiar llego a ese antrucho, mi padre no esperaba que Gonzalo llegara con un par de putas. Hembras de sexo ardiente y mente frívola. Auténticas dominadoras del oficio. El viejo no dudo, alcanzo por el talle a la que se veía mejor y la atrajo hacia su regazo, después de comprobar que su retoño etílico estuviese fuera de combate. No se malentienda, mi padre amaba (con ese sentido tan vago que le da uno a la maldita palabra) a mi madre pero al lado de esas mujeres la pobre anciana no tenía nada que hacer. Ella me entenderá cuando lea esto. Me dejaron allí derrumbado en la barra y se escabulleron a la parte trasera del sitio. El lugar se llama “Espiridión” en honor al primer propietario que decidió que merecía un homenaje en vida y llamo a su propio negocio con su nombre; quebró espectacularmente a los pocos meses debido a que consumía más de lo que vendía, por lo que traspaso el negocio al primo de su mujer y este le devolvió el favor empleándolo como el hombre detrás de la barra, allí paso 15 tortuosos años, con un hígado inservible que le impidió beber de nuevo algo más fuerte que el rompope de las monjas y maldiciendo por lo bajo a todos y cada uno de los parroquianos que allí llegaban a diario a beber. Tras la muerte del viejo Espiridión el lugar fue remozado, como si fuese necesario borrar cualquier vestigio de lo que había dejado el viejo. Se agregó una zona de “fumadores” y otra de “no fumadores” (sobra decir que para las 10 de la noche ambas eran zona abierta). La zona de fumadores en realidad era el patio de la vecindad de los hijos y nietos del segundo propietario, todos unos auténticos hijos de tabernero. Se agregó al establecimiento una barra de madera fina y una mesa de billar de segunda mano. Nunca he sido hábil para el juego, se me da mejor romper los tacos con la espalda.

Allí transcurre distinta la vida, no importa que el sol pegue de lleno en el techo de lámina amarilla o que la lluvia arrecie en las calles, dentro del “Espi” la gente saca sus temores y los baña en alcohol, mucho alcohol. A todos nos ha tocado estar allí, ya sea para ahogar el penar o acompañar a otro desdichado que necesita hacerlo, aunque también están aquellos que no sufren en absoluto y les va y viene el dolor ajeno mientras puedan tener su cerveza en mano o un jaibol bien frio que se desliza en el gaznate según pasan las infranqueables horas de esparcimiento que abundan en las historias de gente que no tiene nada mejor que perder que un par de centímetros de intestino, una pierna o lo que sea voluntad de la santa diabetes. Tras la fuga de mi padre y su comitiva sensual, no habrían pasado ni 45 minutos cuando se abrió la puerta principal, entro mi madre con su 1.50 y el cabello blanco iracundo; venía a buscar al hijo perdido y al esposo salvador. Mi padre no mudó la expresión de relajamiento de su rostro cuando la diviso entre los parroquianos, pero aflojo las tenazas de carne que sostenían las dos nalgas de la mujer de paga y se enderezo de la vieja butaca en la que se hallaba sentado con tanta calma con la que le fue posible, dando tiempo suficiente para que su erección se perdiera entre los pliegues del pantalón de mezclilla. Mi madre llego hasta la barra y tras comprobar que aún vivía –aunque no estaba del todo despierto- le pidió al viejo Antonio que le sirviera un caballito de tequila. La vieja tomaba el reposado como la mejor y sin las jodideras de limón y sal, sin hacer gestos y sin parpadear siquiera pese a que por dentro el ardor le destrozara la maldita laringe. Engullo con furia el agave y depósito de la misma manera el vaso en la barra de madera que crujió amenazadoramente ante la demostración de fuerza de esa mujer. Volteo a ver a su marido que caminaba como si el jodido universo le debiese algo y sacaba desde su repertorio de sonrisas esa que usaba siempre que le caían en un asunto de malas pulgas.

-y Gonzalo? Dijo la creadora de mi cuerpo putrefacto con ese tic en el labio que ha tenido siempre que encuentra alguna de las actividades de mi padre ya sea en su cartera, en su camisa o en el celular.

-esta atrás, con unas amigas. Se atuso el bigote blanco y le hizo una seña al viejo Antonio para que le sirviese otro caballito y otro a mi madre.

-te vas a tardar? Tensa, con esa voz dura y ríspida que utiliza para el viejo, para mí, para mi hermano y para mi primo que lleva tantos años con nosotros que lo considera más un hijo que un sobrino político.

-eh… ya vamos, estaba esperando que se la pase la borrachera a este cabrón. Y lo dijo justo en el momento en que trataba de atinarme un palmazo en el lomo y yo presintiendo su acción me moví lo suficientemente lento para que su palma se estampara en mi cráneo. Dos a cero el viejo.

Mi madre acabo su tequila reposado, le dio una última mirada a su esposo por casi 30 años, una a mi primo y otra a sus acompañantes y sin agregar nada más se fue por donde había llegado. El viejo alargo la mano hacia la barra y cogió el otro caballito que el viejo Antonio había depositado allí. El momento había terminado con victoria fulminante para mi madre y el viejo ahora estaba en la disyuntiva de provocar una pelea más grande o seguir como perro apaleado a mi madre lugar afuera. 
 Opto por la segunda y desapareció por casi 40 minutos.  Había ido a coger con mi madre. He allí el secreto mundial de mi padre, es capaz –y lo es realmente- de engañar con cualquier parte de su cuerpo a mi madre pero no hay sexo con el engaño en turno, simplemente no puede o no quiere. El eterno dilema con mi padre es que les gusta a las mujeres, les gusta pese a que lo definen como un “viejo zorro”. Pero va más allá y termina gustando a las demás personas en toda la extensión de la palabra. Un maldito encanto de persona con todo el jodido universo. En 5 minutos ha podido lograr lo que a mí me tarda meses o años. Y alguna vez buscando una explicación en una novia que tenía por aquel entonces sobre tal asunto (y que estaba colada por mi viejo) me lo dijo claramente: es que no tienes personalidad, no es que la de tu padre sea hermosa pero tiene un magnetismo cabrón y un don de gente que ya quisieran los políticos”. Me boto a los 3 días. 

Regresó mi padre  y se sentó a mi lado, por un momento pensé que volvería con Gonzalo y las muchachas que lo acompañaban, pero no, se sentó a mi lado y pidió otra cerveza (cosa rara en él por qué siempre pedía tequila o cualquier mugre que asemejara serlo), al recibirla le pego un trago fuerte sin apartar los ojos de la bocina que emitía un constante parpadeo coloro al ritmo de las supuestas notas musicales de algún borracho y su mariachi. Dejo en la madera frente a él la mitad de la cerveza y se limitó a coger un puñado de pepitas saladas que había en el tazón frente a nosotros. No dijo nada por los próximos 20 minutos y rumio con los dientes la sal de las semillas tostadas.  Sin mediar palabra me acomodo un potente derechazo en el costado que me tumbo del banquillo en donde me hallaba, no vario su expresión cuando le voltee a ver a los ojos, se mantenía insondable y con la mirada perdida en el mueble lleno de botellas viejas cubiertas de polvo y tiempo. Como pude, aun con los ojos llorosos, me encarame en el banco y le arrebate la cerveza que había dejado sin terminar; no dijo nada.

SR Septiembre-noviembre 2013