domingo, 9 de marzo de 2014

Humo y cerveza

Humo y cerveza

Llevaba 3 días y sus consecuentes noches bebiendo en uno de estos lugares llenos de humo y malos humores porque las cosas no habían salido del todo bien con Andrea. Andrea tenía un buen culo y muy buenas manos, no solo porque hacia repostería sino porque sabía exprimirme hasta el último gramo de cordura en el asunto. Ella se fue y yo caí en la eterna depresión que solo aliviaba el alcohol a grandes cantidades, también coincidió su marcha con la pérdida del enésimo trabajo en menos de 2 años y lo poco que me habían dado en el cheque se fue en esos tres días, finalmente el viejo Antonio viendo que no me iba a poder mover como los dos días anteriores (donde el primero me dejo dormir debajo de una de las mesas y el segundo en la bodega al lado de un colchón orinado y mohoso) se la pensó mejor y llamo a mi padre. Abrase visto antes que mi padre –o el padre de cualquiera de nosotros- fuese por uno a tal lugar podrido. Me zarandeo sin conseguir que yo me pudiera poner en pie. Un par de coscorrones duros en el cráneo echado a perder y pidió un tequila. Se sentó a mi lado y en vano me hablo durante casi 2 horas sobre lo dura que es la vida. Se hartó y llamó a mi primo Gonzalo. Gonzalo es menor que yo por un par de años, aunque mejor vividos por su parte con 2 o 3 hijos regados por allá y por acá mientras mantiene una relación con una señora ya entrada en años que le padrotea los vicios para que no trabaje en nada más que sus brazos. Mi padre contaba con esos brazos y hombros fuertes para entre los dos arrastrar la mole de más de 100 kilos que soy.

Las cosas se torcieron apenas el familiar llego a ese antrucho, mi padre no esperaba que Gonzalo llegara con un par de putas. Hembras de sexo ardiente y mente frívola. Auténticas dominadoras del oficio. El viejo no dudo, alcanzo por el talle a la que se veía mejor y la atrajo hacia su regazo, después de comprobar que su retoño etílico estuviese fuera de combate. No se malentienda, mi padre amaba (con ese sentido tan vago que le da uno a la maldita palabra) a mi madre pero al lado de esas mujeres la pobre anciana no tenía nada que hacer. Ella me entenderá cuando lea esto. Me dejaron allí derrumbado en la barra y se escabulleron a la parte trasera del sitio. El lugar se llama “Espiridión” en honor al primer propietario que decidió que merecía un homenaje en vida y llamo a su propio negocio con su nombre; quebró espectacularmente a los pocos meses debido a que consumía más de lo que vendía, por lo que traspaso el negocio al primo de su mujer y este le devolvió el favor empleándolo como el hombre detrás de la barra, allí paso 15 tortuosos años, con un hígado inservible que le impidió beber de nuevo algo más fuerte que el rompope de las monjas y maldiciendo por lo bajo a todos y cada uno de los parroquianos que allí llegaban a diario a beber. Tras la muerte del viejo Espiridión el lugar fue remozado, como si fuese necesario borrar cualquier vestigio de lo que había dejado el viejo. Se agregó una zona de “fumadores” y otra de “no fumadores” (sobra decir que para las 10 de la noche ambas eran zona abierta). La zona de fumadores en realidad era el patio de la vecindad de los hijos y nietos del segundo propietario, todos unos auténticos hijos de tabernero. Se agregó al establecimiento una barra de madera fina y una mesa de billar de segunda mano. Nunca he sido hábil para el juego, se me da mejor romper los tacos con la espalda.

Allí transcurre distinta la vida, no importa que el sol pegue de lleno en el techo de lámina amarilla o que la lluvia arrecie en las calles, dentro del “Espi” la gente saca sus temores y los baña en alcohol, mucho alcohol. A todos nos ha tocado estar allí, ya sea para ahogar el penar o acompañar a otro desdichado que necesita hacerlo, aunque también están aquellos que no sufren en absoluto y les va y viene el dolor ajeno mientras puedan tener su cerveza en mano o un jaibol bien frio que se desliza en el gaznate según pasan las infranqueables horas de esparcimiento que abundan en las historias de gente que no tiene nada mejor que perder que un par de centímetros de intestino, una pierna o lo que sea voluntad de la santa diabetes. Tras la fuga de mi padre y su comitiva sensual, no habrían pasado ni 45 minutos cuando se abrió la puerta principal, entro mi madre con su 1.50 y el cabello blanco iracundo; venía a buscar al hijo perdido y al esposo salvador. Mi padre no mudó la expresión de relajamiento de su rostro cuando la diviso entre los parroquianos, pero aflojo las tenazas de carne que sostenían las dos nalgas de la mujer de paga y se enderezo de la vieja butaca en la que se hallaba sentado con tanta calma con la que le fue posible, dando tiempo suficiente para que su erección se perdiera entre los pliegues del pantalón de mezclilla. Mi madre llego hasta la barra y tras comprobar que aún vivía –aunque no estaba del todo despierto- le pidió al viejo Antonio que le sirviera un caballito de tequila. La vieja tomaba el reposado como la mejor y sin las jodideras de limón y sal, sin hacer gestos y sin parpadear siquiera pese a que por dentro el ardor le destrozara la maldita laringe. Engullo con furia el agave y depósito de la misma manera el vaso en la barra de madera que crujió amenazadoramente ante la demostración de fuerza de esa mujer. Volteo a ver a su marido que caminaba como si el jodido universo le debiese algo y sacaba desde su repertorio de sonrisas esa que usaba siempre que le caían en un asunto de malas pulgas.

-y Gonzalo? Dijo la creadora de mi cuerpo putrefacto con ese tic en el labio que ha tenido siempre que encuentra alguna de las actividades de mi padre ya sea en su cartera, en su camisa o en el celular.

-esta atrás, con unas amigas. Se atuso el bigote blanco y le hizo una seña al viejo Antonio para que le sirviese otro caballito y otro a mi madre.

-te vas a tardar? Tensa, con esa voz dura y ríspida que utiliza para el viejo, para mí, para mi hermano y para mi primo que lleva tantos años con nosotros que lo considera más un hijo que un sobrino político.

-eh… ya vamos, estaba esperando que se la pase la borrachera a este cabrón. Y lo dijo justo en el momento en que trataba de atinarme un palmazo en el lomo y yo presintiendo su acción me moví lo suficientemente lento para que su palma se estampara en mi cráneo. Dos a cero el viejo.

Mi madre acabo su tequila reposado, le dio una última mirada a su esposo por casi 30 años, una a mi primo y otra a sus acompañantes y sin agregar nada más se fue por donde había llegado. El viejo alargo la mano hacia la barra y cogió el otro caballito que el viejo Antonio había depositado allí. El momento había terminado con victoria fulminante para mi madre y el viejo ahora estaba en la disyuntiva de provocar una pelea más grande o seguir como perro apaleado a mi madre lugar afuera. 
 Opto por la segunda y desapareció por casi 40 minutos.  Había ido a coger con mi madre. He allí el secreto mundial de mi padre, es capaz –y lo es realmente- de engañar con cualquier parte de su cuerpo a mi madre pero no hay sexo con el engaño en turno, simplemente no puede o no quiere. El eterno dilema con mi padre es que les gusta a las mujeres, les gusta pese a que lo definen como un “viejo zorro”. Pero va más allá y termina gustando a las demás personas en toda la extensión de la palabra. Un maldito encanto de persona con todo el jodido universo. En 5 minutos ha podido lograr lo que a mí me tarda meses o años. Y alguna vez buscando una explicación en una novia que tenía por aquel entonces sobre tal asunto (y que estaba colada por mi viejo) me lo dijo claramente: es que no tienes personalidad, no es que la de tu padre sea hermosa pero tiene un magnetismo cabrón y un don de gente que ya quisieran los políticos”. Me boto a los 3 días. 

Regresó mi padre  y se sentó a mi lado, por un momento pensé que volvería con Gonzalo y las muchachas que lo acompañaban, pero no, se sentó a mi lado y pidió otra cerveza (cosa rara en él por qué siempre pedía tequila o cualquier mugre que asemejara serlo), al recibirla le pego un trago fuerte sin apartar los ojos de la bocina que emitía un constante parpadeo coloro al ritmo de las supuestas notas musicales de algún borracho y su mariachi. Dejo en la madera frente a él la mitad de la cerveza y se limitó a coger un puñado de pepitas saladas que había en el tazón frente a nosotros. No dijo nada por los próximos 20 minutos y rumio con los dientes la sal de las semillas tostadas.  Sin mediar palabra me acomodo un potente derechazo en el costado que me tumbo del banquillo en donde me hallaba, no vario su expresión cuando le voltee a ver a los ojos, se mantenía insondable y con la mirada perdida en el mueble lleno de botellas viejas cubiertas de polvo y tiempo. Como pude, aun con los ojos llorosos, me encarame en el banco y le arrebate la cerveza que había dejado sin terminar; no dijo nada.

SR Septiembre-noviembre 2013

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