Borrón y cuenta nueva
El viejo me gritó que tuviera cuidado, que no hiciera pendejadas y que cogiera bien el lazo. No lo hice y me costó la friolera de 3 puntadas en el costado de la mano izquierda cuando el bote con el cemento se vino abajo y me alcanzo a rozar provocando el corte con un impresionante flujo de sangre que acabo en gran medida en mi playera manchada de sudor y cemento rancio. Tenía casi 22 años y ayudaba a mi abuelo a edificar una construcción que ningún miembro de la grey de los constructores daría por bueno, al final de esa jornada de dos cubetas más volcadas y una andanada de patadas cortesía de un tipo chaparrón que andaba cercano a los 70 años mi moral estaba destruida. Pero ahí seguía. Tras la curación hecha exprofeso por la santa matrona cuidadora de borrachos y causas perdidas llamada Reina “la vieja”, el viejo me obligo a sentarme junto a él en la barda que intentábamos levantar y que no pasaba de los 70 centímetros de altura y me hablo claro y sin ambigüedades: >tienes manos de señorita< remarcó la última palabra y me estiro una cubeta que antes contuviese agua limpia y ahora era una masa pestilente del cemento procedente de sus manos callosas y fuertes. Metí la mano izquierda temblante y con rastros de sangre que tenía en ese entonces ya un tono pardo, se rio con ganas y me dio un pequeño golpe en la parte superior de la cabeza >pendejo< volvió a reír con fuerza y se puso en pie colgándose la camisa a cuadros en el hombro y dejando que su panza de viejo asomara por fuera de la camiseta blanca con severas manchas grises. >tu abuela ya hizo la cena, apúrate< me grito mientras yo me quedaba en medio de aquel tiradero a sabiendas de que aún tenía que llevar la carretilla con las palas, lazos y cubetas recubiertas de cemento a la casa del vecino que amablemente nos rentaba su patio para estacionar el transporte.
Mientras cenaba el atado de tortillas y un arroz insípido con frijoles del jarro contemplaba mis manos que temblarían seguramente esa noche cuando cogiera el lápiz para comenzar a escribirle cartas a la chica que me gustaba, se mantenían rígidas y casi inmóviles mientras las ideas bullían y se perdían en el traslado al papel; el dolor era una cosa tremenda pero no me quejaba en las letras, prefería guardar las lamentaciones para cuando tuviese frente a mí a aquella delgada chica que tanto yo amaba por aquel entonces. Cada noche mantenía con fuerza sujeto el condenado trozo de madera y carboncillo mientras deslizaba letra por letra irregular la historia de dos hermanos con varios muertos a sus espaldas. Se llamaban Rigo y Carlos y ambos tenían la misma mala leche que mi abuelo y su parentela. Sin embargo a los hermanos del cuento rara vez les faltaban mujeres guapas y por el contrario mi abuela no podría llamarse una beldad ni ahora ni de joven, también los personajes eran partidarios de una justicia expedita y rápida por parte de sus armas calibre 9 mm., mi abuelo no era capaz de hacer mayor presión fuera de las paredes de su dominio y de su saco de boxeo favorito: su nieto el vago.
No me faltaba comida ni techo y no me faltaba un trato digno (fuera del trabajo), pero cada vez que veía sus mezquinos ojos miniatura sobrevolados por la ceja blanca tupida y de torvas intensiones era con ese aire de superioridad me devastaba psicológicamente. Luego venía que nunca le podía soltar nada en contra porque su moral era intachable (o eso decían aquellos que todavía tenían apego a las costumbres sociales de los años 40 del siglo pasado) y aquellos que lo conocían de toda la vida no perdían oportunidad de recalcarme el favor de tenerme en su casa, un tipo que ni sus padres quisieron cerca y que todos detestaban por facineroso. No me importaba lo que dijesen, de hecho el viejo tenía sus detalles como destapar una botella de tequila del bueno una vez cada 15 días justo cuando le depositaban la mitad de la pensión por vejez. Era el mejor viejo del mundo ese día y bebíamos a la par, un trago él, un trago yo, dos tragos él, dos tragos yo. Quedábamos fulminados en la cocina de la abuela mientras la madrugada fría se nos ceñía encima, me hablaba con esa voz grave que ahora encuentro en la mía y decía con los ojos negros fijos en el vaso que tenía justo enfrente de él >perdón, perdón por todo< sus frases siempre a la mitad, nunca completas, nunca finalizaba las ideas cuando le venían desde el fondo de la botella. Pero no lo culpo, no he conocido a nadie aun que pueda entonar nada mientras bebe y mira fijamente el vaso. . Nunca aprendí tanto de la vida como esas horas que el viejo destapaba el destilado y me servía en el vaso que la abuela había dejado ex profeso limpio para que yo también comprendiera lo que sucedía toda vez que era uno anciano y solo tenían a un miserable inútil para satisfacer sus glorias pasadas. El único que les siguió a la locura y les aguantaba sus achaques y reproches mientras agachaba la cabeza y comprendía todo aquello que la vida les había enseñado a la mala, a la peor y la borracha.
Tal vez no solo le debo la voz grave de gente seria que hoy utilizo cuando alguno de mis hijos se pone de travieso o la panza que comienza a aflorar cada que me suelto el amarre hecho entre el pantalón y el cinturón; no, le debo también ese sentido de actuar correctamente y que ahora trato de inculcar en dos hijos que por fortuna ninguno tiene las mismas fijaciones de su padre por hablar cada instante con “vigas” (como dirían mis viejos), aunque también es cierto que me dejo otra cosa: darse a la bebida cada fin de semana porque esa es otra herencia, un hígado capaz de soportar esas y otras finuras provocadas por el tequila.
Algo que nunca vio el anciano es que solía escaparme en el monte para irme a sentar debajo de la sombra de algún condenado árbol para comenzar a soñar despierto con aquello que me estaba destrozando por dentro. Aunque casi siempre mis alusiones estaban llenas de escenas tremendamente cargadas de violencia donde la muerte acechaba de forma grotesca a los apacibles ancianos. Tampoco sabía el viejo que lo hacía mientras escuchaba esa música que el tanto odiaba. No porque no la comprendiese, sino porque argumentaba que me estaba robando los momentos idóneos. En ese tenor el viejo siempre quiso que apreciara la música del pueblo, ¡condenada música para viejos decrépitos y a punto de caer en el sueño eterno! Le gritaba enfurecido cuando me quitaba la música sajona traída en cassetes por los pochos que llegaban con la fayuca; él siempre ufano comenzaba a entonar con su voz ronca y potente aquellos relatos costumbristas de amores imposibles entre un bastardo y una puta. Fue allá en ese monte que ahuyenté parte de ese dolor físico que acusaban mis manos, mis rodillas y el lomo para perderme en los acordes de los discos del sabbath. Si bien no sabía ingles concebía todo como parte de una melodía brutal que desquebrajaba mis nociones sobre lo que debía y no debía hacer. Mi cerebro aullaba de placer mientras la música de los 4 tipos le caía macizo a todo un paraje contrastante.
Sin embargo todo acaba, en uno de sus últimos días lucido el viejo me reprendió con ganas; no solo porque había roto uno de los polines que usaríamos para nivelar un andamio, sino porque me había dejado una incipiente barba que asomaba temerosa de la ira reprimida del viejo y su impoluta imagen de hombre que ha trabajado para el gobierno y que había usado un aspecto terso durante casi 40 años. Me mando a la tiznada justo cuando aparecí con la barba sin rasurar y dijo que el día que él aceptara a uno de esos flojos que se dedican a criticar en lugar de ponerse a trabajar, sería el día que muriese. En realidad nunca lo acepto, siquiera tuve la oportunidad porque antes de que pudiésemos anticiparlo su corazón comenzó a fallar, comenzó a debilitarse a un ritmo insospechado que lo consumió en menos de 3 meses. De su fortaleza y vigor siempre mostrado y potenciado por no dejarse hacer menos quedo reducido a un enclenque hombre que ni siquiera podía alzar el rastrillo para quitarse la señal de la muerte. Su señal propia.
Hablo un día antes de que pasara.
-no voy a decirte palabras bonitas. No las conozco en realidad; pero he de reconocer que tienes remedio. Te falta mucho por conocer y aprender. No falles.
Dos palabras finales antes de que él mismo se conectase la manguera del oxígeno que tenía a un lado y que lo sumía en sus intranquilos viajes. No derramo ninguna gota de llanto pese a que el doctor le dijo que pusiese en orden todos los asuntos que tenía que poner. No lloro cuando vio por última vez a la mujer que lo acompaño por casi 54 años. Se mantuvo con la mirada negra hacia el techo donde supongo creía que había un cielo al cual iría a parar porque sabía que había obrado bien a lo largo de esa vida difícil que le había tocado. Y mucho menos lloro cuando su hijo mayor llego y se arrodillo a su lado esperando que todo fuese uno de sus muchos sustos previos. Ahí estuve de pie al lado de los jefes mientras compartían por última vez el mismo tiempo y comprendían que debieron ser más cariñosos uno con el otro y no esperar a que llegara el final. El viejo no volvería a llorar siquiera cuando entro su última nieta y le dio aquel último beso en la frente que es muy probable que no sintiese porque había dejado de tener los ojos abiertos y se había sumido en la obscuridad absoluta.
SR noviembre 2013- marzo 2014
No hay comentarios:
Publicar un comentario