jueves, 3 de abril de 2014

Perro de ojos apaleados

Perro de ojos apaleados

Conocí al tipo en “La Ribera” el bar donde solía citarme con Perla, ella no había aparecido por segunda ocasión consecutiva. Comenzaba o más bien ya se había hartado de mis constantes bajones anímicos, un día por una película mala, otro por que el sol había salido con un tono pálido; todos los días había algo procedente de mí que jodía  la relación. Fantaseaba secretamente que ella muriese. El tipo se me acerco y al verme con los ojos tristes clavados en el fondo de ese tarro no muy limpio se compadeció como lo hacemos cada que vemos a un perro desvalido y flaco, casi en los huesos, merodeando un puesto de comida callejera en espera de ese maldito alimento que cuidamos celosamente en nuestra grasa, siempre con los ojos negros profundos y apaleados. Él  se aproximó y me invito más cerveza.

Una jarra de cerveza obscura y limones pide a la mujer entrada en años pero con un buen pedazo de culo. Me pregunta por la chica, adivina con solo ver la cara de resignación que pongo al recordar su rostro; ambos tenemos la pinta de ser golpeados en las bolas azules dinamita por las mujeres. Hablo de ella, la describo como casi siempre: exagerando un poco o más bien un mucho su anatomía y su carácter. La doto de un halo misterioso y un cuerpo distinto en cada descripción en mi mente; no me da vergüenza hacerlo, soy un mentiroso compulsivo y todos los días tengo que mentir para aflojar el nudo mental que me impide desarrollarme como un maldito ser funcional. Casi siempre a ella le tocaban las mejores mentiras porque le gustaban mis cuentos mentirosos donde elucubraba una serie de pruebas cuasi divinas para evitar hablar con la verdad.  A ella le encantaban mis mentiras.

El tipo me habló de su mujer, una señora sin mayores atributos que ser madre de 2 y ama de casa en espera de su marido trabajador llegase a casa;  casados desde antes siquiera que yo comenzara a mentir y que vivían del sueldo de ese hombre que madrugaba y llegaba tarde todos los días. A ella no le gustaba que el tipo bebiera, pero le soportaba por su olor a hombre en serio. Me dijo  gravemente antes de llevarse el envase de la botella a los labios: “esa mujer es como el lado oculto de cualquier obra incomprendida, nadie la puede ver salvo yo, nadie la entiende más que yo. No concibo la vida si ella no está”. Bebió de la cerveza sin prisa alguna, como si en cada uno de sus tragos contase la cantidad de burbujas que están chocando contra la fina pared traslucida del vaso sucio y que van a fenecer al interior de su organismo. El tipo, me entere con la plática,  se pasaba muy seguido por allí para ahogar las penas de su corazón obrero; podía quedarse allí  así el fuego estuviese arrasando con su casa y su familia. Me le quede mirando justo cuando depositaba el pedazo de vidrio, era un tipo normal, grueso como todos, con los ojos hundidos por las derrotas y los años de mal vivir, subsistiendo mientras pone el alimento en la mesa familiar y huyendo cada tanto por las cañerías del alcohol que le gusta beber. Casi no sonríe a lo largo de nuestra charla y cuando lo hace, muestra de más los dientes amarillentos superiores. Iba perdiendo la guerra con la alopecia pero aun así poseía más pelo que yo y usaba un bigote de gente adulta, de verdadera gente adulta y no la imitación que intento hacer cada día frente al espejo. Algo lo llevaba a retorcer la punta de su bigote hacia el interior de su boca cada tanto, no sé porque lo haría pero lo hacía aparentar como un auténtico chalado. A ratos se percataba que lo observaba y como toda respuesta me brindaba la cerveza. Elevaba el tarro y cerraba los ojos mientras bebía.

Parece rezar y sin embargo su respiración se va apagando, lenta, pausada, apenas perceptible e inaudible en un lugar donde suena la música más jodidamente ridícula sobre los problemas del corazón, él ya no está allí, se ha alejado hacia terrenos que hace eones no piso, cuando tenía algo verdaderamente importante que hacer en el mundo. Antes siquiera de conocer a esa chica de pelo castaño y ondulado, con una risa contagiosa y muy parecida a la de una actriz de comedia que solía amar de joven. El hombre sentado enfrente de mí lleva el envase a los labios y vacía su contenido antes de abrir los ojos y mirarme fijamente como si el infierno que vivo y siento fuese una mierda comparada con el sufrimiento de los verdaderos hombres. Abre los labios opacos y cenizos por las horas desperdiciadas en alguna fábrica que les quita el alma a los hombres de talante duro como él. No se corta en ningún momento su voz, que ahora ya no es amigable o siquiera empática, es grave y cavernosa cual si fuese un ser adimensional, cual si en cada palabra que va a salir de su boca se encontrara la llave para subsistir a toda la mierda que existe en el mundo. Así lo hace, las palabras se empiezan a formar y mirando la nada que se encuentra entre mis dos  pupilas me dice: “esperas demasiado de ella, de las mujeres y de la vida; lo peor es que te destruyes bebiendo mierda. Si vas a ir en serio mejor no bebas y déjaselo a quien de verdad le vale madres todo”. Vuelve justo para elevar la mano y pide una nueva jarra de cerveza, no parece consternado por lo dicho anteriormente y antes de volver a hablar con la voz nasalmente afectada enciende un cigarrillo que ha sacado de la bolsa frontal de su camisa a cuadros. 

Lo miraba siempre un par de segundos que parecían eternidades en el infierno, sus ojos permanecían brillosamente llorosos clavados al frente, pero no viéndome a mí, sino que estaban tratando de analizar su propia existencia, su propio lugar en el condenado universo. Ya estaba ebrio, y comenzaba a irse lentamente de lado, de poco intentaba mantenerse erguido lo suficiente como para no demostrarlo pero sus ojos negros lo traicionaban cada vez más. Volvía a jugar con su bigote cenizo mientras el universo parecía bailar en torno suyo, sus ojos así lo decían. Se quitaba el cigarro de la boca y lanzó una bocanada de humo que fue a estrellarse con algún insecto que rodeaba nuestra charla. Al dejar el dedo corazón muy cerca del papel arroz que arde lento pero llegando hacia el final del cáncer, no lo retira ni un ápice pese a que la lumbre casi le llegaba a los dedos, momento justo en que apagaba el condenado cigarrillo en el cenicero que para entonces ya estaba lleno a reventar. Alzó  la mano nuevamente hacia la camarera para pedirle un cenicero más grande o menos sucio que el que teníamos. Finalmente la mujer le trajo el pedazo de vidrio grabado y una nueva jarra de cerveza, mientras el alzó señal de aprobación su cerveza, luego me la brindó  y  luego hizo lo mismo con el resto de los patéticos que nos encontrábamos allí reunidos para celebrar cualquier mierda que nos hiciera daño. Todos allí clavados con el culo en el frio metal de las sillas y los espectros de miles o millones de perdedores que antes han estado sentados en las mismas condiciones. 

Nueva kluster y él agradece a la mesera de caireles falsos con un cabezazo hacia ningún sitio en específico. “hay tiempo” me dice mientras deja la copa en donde le han llevado la cerveza mientras intenta sacar de su mochila de obrero y amoroso padre una pequeña petaca repleta de líquido. Agrega el licor a la cerveza que alcanza un tono más obscuro y más precioso mientras el líquido se torna denso. Me ofrece de su trago y al negarme me fulmina con una de esas miradas que mi padre solía darme cuando le decía que no quería ninguna ayuda, que yo solo puedo encargarme de mis borracheras; no es mirada de tristeza, no es coraje es algo que se hunde en el corazón de ese hombre que acerca el trago a sus labios. Todo va para dentro, con el bigote chorreando restos de cerveza y lo que sea que haya traído en esa petaca reposando en su mano izquierda de gran bebedor. Comienza a cerrar los ojos por periodos cada vez más largos y aunque trata de evitarlo algo que no está en su poder lo obliga a cabecear pese a que no son ni las 8 de la noche de un viernes cualquiera. El hombre se debate  entre dejarse ir a la comodidad de la niebla etílica o regresar a casa donde lo esperan su mujer con los problemas reales, la falta de dinero,  el daño hepático del viejo,  el niño que necesita un par de correctivos porque le ha dado por robar dinero de la bolsa de la madre y los pleitos de los vecinos que se escuchan en todo el condenado multifamiliar. Se pasa la mano por el pelo ralo una y otra vez hasta que vuelve a abrir los ojos y me mira con la mirada más dura que jamás alguien me ha dado:

-ella no va a volver.

-cómo?

-Las mujeres como esa nunca regresan, te abandonan no solo con el cuerpo sino que forman una especie de agujero negro en tu cerebro –dice mientras se lleva el dedo índice al lóbulo- y luego acá –se señala la boca del estómago con el mismo dedo-, ella no va a volver y tú lo sabes bien. Deja de mirarme otra vez, en si ya no mira a nadie ni nada, se encuentra ido; perdido en algún bar de borrachos que seguramente compartiremos en el futuro. 

-me hubiese gustado ser gracioso. Siempre es preferible hacer reír a una mujer que hacerla llorar. Dijo al tiempo que comenzaba a golpearse en el cráneo una y otra vez. Siempre en el parietal acorde a su mano derecha. No eran los típicos golpes suaves para recordar algo, eran duros golpes que si hubiesen atinado a mi boca estomacal me jodía inmediatamente. Me observó mientras pensaba lo mismo; o tal vez fuese porque había dejado de beber hace bastantes minutos y lo intuía porque ya no me había parado a orinar ni una sola vez. Volví a ver volar el puño hacia su cabeza, la mano es gruesa, poderosa; la condenada mano de un obrero que si algún día le ha pegado a su mujer o hijos pudo haberles matado. Ya no lo veía así, era la simple diversión de un borracho que alucinaba con que su cráneo era el mayor rival de la historia.

Sigue hablando pero ya solo la boca abre y cierra para soltar frases inconexas que no van a ningún lado, como si tampoco para él tuviese sentido seguir vivo y toda su vida dependiese de que el universo lo perdone. Sigue recordando algo, tal vez la mujer que tanto añora y por la que la vida hubiese bien valido la pena cambiar el destino que le pronosticaron todos, o bien el recuerdo de alguno de sus muchos amigos que se han perdido porque ellos no querían ir todos los viernes a beber para quitarse las ganas de morir de lo mismo. Da lo mismo, el tipo acelera el trago porque la dueña ha bajado las cortinas metálicas síntoma inequívoco de que este asunto termina y yo busco desesperadamente el teléfono y veo que la llamada perdida es de mi madre y no de ella. Cierro también los ojos y me sumerjo en la respiración profunda de ese hombre que aun con los ojos cerrados parece tener la expresión más jodida en la historia de la humanidad pese a que le ha ido bien, mejor que muchos otros. No pasan ni dos segundos cuando le oigo carraspear, se seca el rabillo del ojo por donde una gota de sal quería escapar y le veo moverse, con lentitud, calculando los movimientos, me da la mano derecha y tras cerrar el apretón de manos, coge su mochila negra de una aza y se aleja por la puerta que en su figura parece minúscula. 

SR febrero 2014

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