Las palabras “30 años” resonaron en su cabeza los primeros 5 o 6 días, el uniforme le quedaba un poco chico por aquel entonces, para cuando llevaba los primeros 10 años, tuvo que pedir una talla más pequeña, todo se reducía allá dentro. Zeferino había pagado con media vida dentro del trena, había conocido buenos hombres, malos, y los peores; en aquel lugar había visto de todo y para la mayoría paso inadvertido, como una sombra, igual que había sido hasta aquella tarde cuando los golpes pararon y levantó aquella piedra que le arrebataría la vida a un tipo que se le había cerrado al coche que manejaba Zeferino.
Ya no tenía pelo, de hecho lo había perdido en su mayoría aun antes de entrar al hoyo, tenía muchos menos dientes de los que recordaba haber tenido y en su mano derecha portaba un tatuaje con la fecha en que había matado al pobre imbécil de la camioneta de repartos. Aquella tarde de hacía muchos años se quedó riendo mientras observaba el rostro deforme, la risa resonó en su cabeza por años, las pesadillas queriendo evitar que todo sucediera se sucedían una a otra, noche tras noche. Arrastraba un balde con agua puerca, un palo de escoba que terminaba en un trapeador que antes fuese blanco y ahora era gris o de algún color muy cercano al negro. Recorrió el andén del metro por los siguientes minutos, era el único empleo donde lo habían aceptado.
-¿Sabes cuál es tu pedo Zefe? Que vives en el pasado carnal, llevas ¿cuánto? 10-15 años queriendo volver atrás, deseando no haber caído en chirona, pero ¿adivina que guey? Eso no va a pasar, lo hiciste, aprende a sobrevivir con ello, lo has hecho hasta ahora, porque putas te la pasas melancólico, tuviste 15 años para joderte la cabeza.
-no tengo nada aquí más que esta chingadera. Dijo luego de darle un trago a un botellín de caña.
El calor le subió desde la boca hasta el cerebro, el cuerpo se fue incendiando con la misma celeridad que un bosque en época de sequía. Todos los animales gritaban en su pecho, con la misma fiereza que la amenaza del fuego sobre la vida, descendió su mano y la puso cerca de la rendija donde había un par de hilachos colgando. Llevaba casi 2 años en ese trabajo, su mejor amigo era un hombre al que apodaban “tribilin”; el “tribilin” le caía a veces bien y a veces como una patada en el culo, pero sabía de la vida, sabía de cosas que importaban y bebía casi todo el día; sabía que no llegaría a los 60 sin antes morirse de una cirrosis, a veces el “tribilin” le convidaba de sus botellas baratas, a veces no podía ni hacer eso, porque tenía pocas ganas de seguir vivo. Al “tribilin” lo habían internado tantas veces en las clínicas de desintoxicación, que no le importaba en lo absoluto seguir vivo.
-¿sabes que me gustaría? Que regresaran esos pinches tables. Eran la pura verga, te agarrabas una nalguita y al final la dejabas ahí, sin pedos de enfermedades y sin riesgos de que se enamoren de ti por las cogidas que les dabas. Esbozo una sonrisa con sus 3 dientes frontales originales. El resto era vacío. Luego nos deberíamos ir por ahí, con una de esas gordas de Tlalpan que se ve cogen de miedo.
-ummm
Zeferino conocía de buena fuente que ese viejo alcahuete en realidad era casi un eunuco, la historia que alguien le había contado sobre su amigo era uno de esos puntos que lo hacía tenerle un poco de compasión. Pero tampoco es como si no estuviera deseando decírselo, joderlo para que dejara de estar hablando. Tenía demasiados escrúpulos y el viejo desdentado que era su vil reflejo lo atormentaba en el trabajo. Bebió otro trago que le hizo cerrar los ojos, deseaba que fueran las 10 porque así podría irse a dormir a la bodega.
Vivía en una bodega que era de un amigo, uno de esos que le hablaban, pero guardando las distancias, como si lo que tuviera fuese una enfermedad contagiosa, le hubiera gustado gritarle: ¡cabrón, tu vieja me la chupo en la cárcel y sin condón!, pero no lo haría nunca, porque gracias a eso podía seguir viviendo en aquella bodega, junto a 10 o 15 jodidos que no tenían ningún otro lugar a donde ir; su catre estaba rodeado por un par de viejos ex proxenetas que aun creían tener cierto control sobre la ciudad, atrás de él, dormía generalmente una mujer que a veces se dejaba coger por unas monedas, diario eran distintas historias sobre ella. No las sabía todas, porque con el paso de los días, de los meses, el interés se había convertido en pura y abyecta aburrición. Todos los días era la misma cantaleta, guardar una o dos cosas de mierda en un locker y no poseer más que una jodida llave y una tarjeta que le permitía tener una habitación compartida con muchos hombres, un baño que reunía a unas cuantas mujeres y un zaguán enorme que le ayudaban a descorrer cuando menos 3 prostitutos.
Lo único que apaciguaba sus ganas de pegarse un tiro o aventarse a las vías del metro eran esas botellas de caña que le destrozaban por dentro, pero le auxiliaban cuando se sentía débil, cuando recordaba a su novia de por aquel entonces, los gritos que le llegaban de otro universo para que no hiciera una tontería, la voz desencajaba y el vómito que se cernían sobre la caliente avenida de aquel año tan lejano. Era una gran mujer que no resistió verlo luego de 2 meses. Míseros meses que eran apenas un suspiro de una eternidad por delante. Abría una nueva botella y le bajaba cerca de un cuartito. Ese era el secreto, primero un trago duro, luego ir abriendo la botella según el tiempo se mueva. A veces no podía siquiera ponerse en pie para salir al trabajo, otras tantas parecía que fluía al ritmo de algún vals. Pero luego bajaba, y cuando eso sucedía deseaba que en todos esos años allá dentro, alguien le hubiera clavado un cuchillo hechizo o un picahielos. Sin embargo, parecía que su castigo era seguir vivo y ser tan jodidamente cobarde para acabar con todo.
Caminaba arrastrando aquel balde sucio, lleno de porquería, la porquería que todos arrastrábamos hasta el maldito transporte, Zeferino deseaba enterrarle el mango de la escoba a alguna de esas sabandijas que luego llegaban con mierda canina, en el mejor de los casos, a la estación. Deseaba con todas sus fuerzas que algún día ese animal que había defecado le mordiera el rostro al imbécil que se había embarrado. No tenía tanta suerte, pero luego cuando leía en la nota roja alguna situación semejante, levantaba con más alegría la botella al cielo, como brindando por los milagros recibidos. Así lo hacia día a día, noche a noche, esperando con ansias enterarse de algo así de bueno, no siempre se podía y tenía que encontrar otro motivo más estúpido para justificar que alzará la botella.
-esa muchacha se parece a ella…
-no lo es.
-¿cómo lo sabes? Hace casi 30 años que no la ves.
-la reconocería así hubieran pasado siglos. Por eso sé que no es ella.
-¿estás seguro? ¿Tan seguro como para no jugar más?
-si…
-no lo creo, y sabes que no lo crees.
-que te importa…
-ves, si estuvieras seguro no tendríamos está conversación.
-tenemos esta conversación porque no puedo deshacerme de ti…
-¿tienes ganas de pegarme ah…? Sabes que no tienes los pantalones para hacerlo.
-jodete. Déjame en paz.
-vamos a apostar…
-no. Estoy cansado de ello.
-vamos viejo….
-con un demonio. Te dije que no.
-te estas volviendo un chocho.
-eso es algo que no te importa.
-tan débil. Jodidamente anciano. Incapaz de tomar las riendas.
-¡cállate!
-tan fácil, tan jodidamente fácil como siempre lo ha sido.
-no es cierto…
-lo mejor sería que te callaras. Que te des cuenta que no tienes lo que se necesita. Por eso estamos aquí, por eso eres un inútil.
El trancazo fue directo a la mandíbula de aire. El siguiente golpe fue al pómulo. Dos viejos más observaban a la distancia aquella situación y se carcajeaban, el espectáculo lamentable les daba unas pocas ocasiones para reír, pero sabían que no tardaría en acabarse. El show era el mismo desde hacía casi dos meses, uno que los ancianos de aquella empresa conocían a la perfección porque era el mismo que tenían consigo todas las noches. Peleando, arañando por seguir siendo alguien que pudo ser. Aquel desdentado tipo era su propia batalla, era su propia psique queriendo desnudarles. Uno comenzó a pasar la botella, eran casi las 12 de la noche.
SR Febrero 2020