sábado, 15 de agosto de 2020

Vida contada

 Mi suegro era un hombre duro, jodidamente duro, de esos que entienden que a veces ser conciliador y no violento es más difícil que ser un jodido troglodita; no le gustaba mi dureza imposta, no le gustaba que me sentara frente a la mesa con unas latas y comenzara a teclear por las noches, detestaba el ruido de cada una de las teclas, odiaba con infinita amargura el sonido particular que hacía la barra espaciadora que a veces se trababa y tenía que ser arreglada con algún herrumbre viejo que solían abundar en la casa, se sentaba en las noches y me veía con esos ojos que han visto mucha miseria mientras desanillaba una lata tras otra y comenzaba a escribir sobre viejos perdedores. Mi suegro lo había visto todos los días desde que estaba ahí, desde que cogía la lata 1 hasta que terminaba la 6ª; quizás me odiase porque él había sido alcohólico. Yo me burlaba de aquellos que no podían aguantar ir hasta el final, no le caía bien por eso, por eso y porque me culeaba a su hija, a la más pequeña de las 3, a la más rebelde, a la que parecía que ningún hombre le merecería jamás y que siempre hacía gala de su enorme capacidad de rechazo, y ahora me veía ahí, tomando cerveza, escribiendo una jodida cosa, en calzones y en su comedor. Me gustaba fregar, no me decía nada para evitar los pleitos con su hija, a él nunca le había hecho ninguna grosería, pero quería que supiera que sentarme a beber esa cerveza era lo único que nos distanciaba, que nos daba una distinción. Nos parecíamos cuanto más queríamos alejarnos, pero éramos al mismo tiempo dos condenados tan diferentes, él había sido guapo, al menos eso revelaban las imágenes que había visto de cuando usaba un tremendo traje blanco con una apariencia de saber moverse por la noche, todo lo contrario a mí, nunca parecería un dandi, más bien era un perro pitbull parado en dos patas, y eso a él lo jodía, lo molestaba más que el hecho de que a veces trabajaba y a veces no, pero seguía apareciendo con dinero, y eso lo jodía, porque él quería producir dinero, pero ya no podía, ya no tenía las fuerzas para salir de aquella casa sin sentir que las piernas lo romperían. Y ahora me tenía de frente a él como hacía todos los días que podía, escribiendo, tecleando sobre alguna cosa horrible, en sus propias palabras, sobre algún viejo chalado que no sabía siquiera las reglas básicas de ser un caballero, que seguramente se sacaba los mocos secos cuando creía que nadie lo veía, cuando se rascaba el ojete por culpa de las jodidas hemorroides, aunque seguramente él las llamaría “almorranas”; el viejo de la historia me odiaría también, si pudiera romper con su papel de víctima de un cáncer voraz, pero no lo hacía, estaba enclaustrado en una pequeña hoja en blanco que contenía muchas palabras innecesarias. Mi suegro lo sabía perfectamente, entendía el problema aun cuando no se lo hubiera platicado, había hecho de todo, siempre hasta el final, excepto morir por el alcohol, pero sus intestinos eran fieles testigos de cuanto lo intentó. Siempre tenía hambre, y eso lo jodía, porque le recordaba cuando tenía 7-9 años y sus hermanos iban desde los 2 hasta los 13, todos jodidamente muertos de hambre, la vieja no se sabía dónde carajo andaba, el padre debía estar trabajando de algo que lo va a matar de hambre a él y a toda la familia; eran 6 niños, muriendo de hambre, recargados en una pared que ni siquiera está completamente sellada, y se balancean de atrás hacia adelante, en medio de un día jodidamente largo, canturreando por lo bajo, chillando de frio y hambre, mientras dicen con la última voz que les sale por el remedo de boca: “una masita, una masita…tenemos hambrita”. Y estoy suavizando el asunto, estoy condenadamente suavizando el carajo de hambre que sentían, que quisieran tener terrones de lodo para mínimo sentir que algo desliza por el gaznate, pero no hay siquiera agua, no hay nada que les ayude a pararse. Y de ahí, el viejo decide junto con el hermano mayor, junto con el muchachillo de las piernas más delgadas que puedas imaginar, que van a hacerse cargo, que no se pueden quedar esperando la muerte, aunque esta ya campea a su alrededor, saboreándose por el delicioso festín que se le ofrece. Y apenas trasponen las puertas de aquella panadería, el hombre gordo del mandil lleno de grasa, sal, harina y su propia ira, trata de prevenir el momento que sucederá en un abrir y cerrar de ojos, uno corre despavorido hacia la calle de arriba sin asfaltar, el otro rodeara, pero el hurto será exitoso; 3 bolillos, tan jodidamente pequeños que no parecen siquiera alcanzar, pero eso será todo lo que coman, y tendrá que rendir para todos, lo malo es que se quemaron los dos, ahora su padre les va a dar una zurra cuando sepa que han ido a robar. Pero mi suegro me ve, desde sus gafas desgastadas y me lanza una mirada de desaprobación, quisiera que estuviera muerto, eso le simplificaría la vida, porque volvería a preocuparse de la diabetes, del jodido colesterol alto, de los triglicéridos que parecen inofensivos hasta que explotan, no tendría por qué preocuparse por un hombre que está sentado frente a él, rascándose las pelotas y bebiendo de una cerveza que se le antoja a muerte. Le recuerdo a alguien que conoció en uno de los cientos, o miles de bares en los que trabajo, le recuerdo a alguien que era jodidamente malo porque podía serlo, algo en mis ojos pequeños le recuerda a ese hombre que era judicial, que lo odiaba porque siempre llegaba alardeando de lo jodidamente culero que era como policía, como hombre de la DSF, pero lo odiaba por lo que le hizo a una pequeña muchacha, frágil y coqueta. Trabaja con él en aquel teibol, por entonces él debía de tener casi 45 y la chica 18-19, era bonita y simpática, no sentía atracción sexual, y eso que la chica tenía un buen cuerpo, bailaba menos de lo que fichaba, y no solía estar sola ni una noche, pero una tarde aquel hombre le hinco el ojo, se volvió su cliente frecuente y una noche pago la salida. Él intentaría hacerla razonar, sabía que era malo, en su mente tenía que detenerle, pero fue incapaz de reaccionar a tiempo, ella se fue y no la volvió a ver en meses. No regreso nunca a trabajar, pero supo, supo que aquel hombre le hizo todas las vejaciones habidas y por haber, y no contento con ello le jodió la cabeza, no volvió a ser la misma; de la chica bonita y segura quedo una frágil mancha en el mundo, llena de temblores y con el sistema nervioso destrozado, pero a nadie le importo que aquella chica de 18-19 años tuviera la pierna tronada, en el hospital sabían que era una puta, en la calle sabían que era una puta, y las putas no tenían ningún derecho. Como si al calzarse los zapatos ostentosos, la ropa brillante y vender su cuerpo, dejaran de ser seres humanos; para aquel hombre era necesario destruir algo bonito, apagar de las pocas cosas buenas que existían en el mundo, para que pudiera regodearse en su maldad. Me lo contó una noche, mientras parecía que todo tenía el mismo sentido que el sin castigo que acontece a los malos. Le recordaba a ese hombre, grandote, idiota y con esos ojos de alguien que no sabe qué hacer para realizar el mal. No era malo, me había cansado de intentar probárselo, así que ahora bebía frente a él, quería que me viese cuando dejaba de mirar la hoja en blanco y comenzaba a mirarle a los ojos y seguía tecleando, pesando en todo lo que a él lo jodía eso. Luego volteaba hacia abajo y veía que lo que había escrito era una oda a los ojos claros de aquel hombre, que serenamente intuía que había jodido la historia de aquel hombre que tenía almorranas, se sacaba los mocos y escupía en el suelo para demostrar que seguía siendo un chingón. Todo reducido a cenizas por el fuego de los ojos de mi suegro que irremediablemente extrañaba a su ex esposa, muerta antes de que yo apareciese en su vida. Era una buena mujer, de esas que solo aparecen una vez cada centuria, yo le habría caído bien de conocerme, porque a ultimas era incapaz de odiar, y eso jodía a todos los que nacemos con ese don, no sabemos qué hacer con aquellos que nos aman, por lo tanto los tratamos con desprecio y esperamos a que un día, por algún motivo, en cualquier situación o circunstancia, su odio se desencadene y se rebajen al mismo estado en el que nos encontramos el resto de los mortales. Odiando y queriendo que todo se vaya al garete en la primera oportunidad, pero ella tenía el pelo negro, jodidisimamente negro, parecía un muñeca de pelo lacio y enorme, con aquellos ojos de radiante capacidad de amar al prójimo, no la conocí, y siento que de tanto que me hablaron de ella puedo hacerme una idea muy vivida; mi suegro la quería más de lo que ha querido admitir siempre, porque hacerlo, sería darle motivo a ese sujeto que escribe porquerías de hacer mofa en un relato que no llevaría a ningún lado, y solo contaría anécdotas de un viejo que había tenido una taquería. Una taquería que no pudo despegar nunca, porque tenía buen sazón pero no sabía hacer negocios, le hubiera gustado haber conocido antes a este estúpido que se estaba acostando con su hija, a este pelmazo que le salían los negocios aunque nunca tuviera más que para un jodido six de cervezas que se iban entibiando conforme seguía escribiendo por las noches; pero la taquería se había ido, la mujer había muerto, su hija menor había crecido y las otras dos se habían largado con la misma rapidez que un rayo parte un árbol en medio de la tormenta, todo apuntaba a un cierre, como lo venía presupuestando desde que comenzaron los problemas, entonces, para acortar gastos los tres vivirían juntos, de la enorme sala que antes tenían, tuvieron que poner un comedor, un comedor que más parecía un escritorio donde aquel pelmazo colocaría la máquina y un bote justo al lado, ahora veía la maquina cada que se sentaba a comer, odiaba eso, desearía que ese pedazo de mierda nunca hubiera aparecido, pero me tenía que soportar, no había nadie más con quien pelear, aunque no tuviéramos nunca palabras para comunicarnos, los gruñidos eran parte de nuestra rutina diaria, dos hombres metidos en una realidad tan jodidamente odiosa como podía serlo, no parecía que nadie más quisiera estar ahí. Ella bien pronto se fue, quizás por la misma preocupación de haber, quizás porque no podía estar plenamente feliz mientras observaba como el consumo de alcohol me acercaba a lo que había sido su padre, mientras me derrumbaba sobre las teclas, dejando que todas las espantosas noches de soledad se abalanzaran sobre lo que ahora era, no sabía de donde jodidos venia el dinero, pero ahí estaba siempre con una dotación de cerveza, mientras dejaba caer el odio hacia la vida con cada violenta tecla que hacia el favor de contar aquella historia acerca de los fantasmas que me rodeaban, no les temía, siquiera sabía que era, por lo demás el lugar ahora era una especie de leonera llena de agujeros, con el agua colándose hasta la medula, con los zapatos raídos y la oscuridad cerniéndose sobre mi incapacidad para ver más allá de lo que podía aspirar. Ojala todo fuera como aquellas noches en que todo era radiante, el viejo escupiendo de rabia y mi mujer con la misma sonrisa que su madre tenía antes del cáncer, antes del infarto al miocardio, antes de una bala que atraviesa de arriba abajo y mucho antes de que yo comenzara a escribir una jodida historia que hablaba sobre un hombre duro que no soportó la idea de permanecer mucho tiempo aquí luego de lo de su esposa e hija, luego de que un bastardo se estuviera hundiendo con alcohol y una máquina de escribir con las teclas rígidas por la acción del tiempo.
 

Casi son las 4 am, en un par de horas tendré que ir a trabajar, y luego podré seguir viviendo en el agujero que me he convertido.
 

SR Otoño 2019

domingo, 2 de agosto de 2020

Tan frágil como el perro que se ahogaba en el Potomac

Ramiro González no era un buen hombre, técnicamente no se podría considerar siquiera alguien que debiese seguir vivo, o que tuviera una razón válida para existir, pero ahí estaba ahora, sentado en una silla que parecía a punto de desvencijarse, con el forro rojo hundido por el peso de sus carnes y con el respaldo de madera (o lo que asemejaba ser tal), completamente roto devorando el lomo de aquel hombre, llevaba más de 12 horas bebiendo sin parar, de hecho hacía más de 4 horas que no sabía siquiera que se había meado encima y que un rastro de vomito cubría una parte importante de las baldosas del baño. El sitio era un agujero lleno de suciedad, polvo, papeles y botellas tiradas por doquier, manchas de sangre e incluso algunos bichejos que se asomaban la menor cantidad del tiempo posible cuando el hombre estaba por ahí, ahora estaban inquietos porque llevaban casi un ciclo del sol sin probar el aire que circulaba viciosamente por el interior de lo que hace años fuese una casa. La casa de los padres de Ramiro, ellos, los viejos, habían muerto hace más de lo que puede extenderse este relato, pero nunca desearon que ese hombre, que tenía todas las malas mañas conocidas por la sociedad, los representara como ejemplos de lo que trabajaron en vida. Lo último que supieron de él, fue que cayó en chirona, atrapado y procesado por robo y violencia. Ahí se graduó con honores de la peor clase, pero nadie aprende nada que no desee, y aquel hombre estaba convencido de que necesitaba aprender aún muchas cosas cuando llego a ese lugar.

-p…a…p…á…

Un pequeño susurro se mezcla con el viento que se cuela por los vidrios rotos tapiados con bolsas negras o hule transparente  adherido con cinta canela, proviene de un rincón cercano del piso segundo, un fragmento de pensamiento que se pierde en el interior de aquel sitio que nunca pudo siquiera imaginar. La chica ha sollozado todo lo que su cerebro le da para hacerlo, no es que pueda hacerlo tanto, pero en su imaginario, en su pequeño cerebro la han despertado a una terrible realidad, hay hombres que no merecen llamarse así, hay horrores peores que los monstruos que se esconden en la oscuridad, los reflejos de ellos tienen voz humana y una apariencia tan real que fácilmente los podemos confundir. Su confusión se transformaba en miedo y luego en horror y finalmente en una pesadilla que parece no tener fin, no tiene voluntad sobre su cuerpo, ya si antes era muy complejo, ahora es mucho menos. No pudo evitar cagarse encima. Siente el hedor que emana de su trasero y el ardor que recorre desde la parte que sus padres, y especialmente su padre, le dijeron que nunca debía de ser tocado por nadie más que ella. No reconoce, pero lo siente desde lo más hondo de su cuerpo ese dolor infinito que comenzó cuando el hombre, que se parecía demasiado a su vecino el del pelo chistoso, le introdujo aquello en su vagina, así le había dicho su madre que se llamaba, así le había dicho su padre que se llamaba, así la conocía ella. El dolor se extendía a las dos masas de carnes que le colgaban, ambas tenían tantas marcas de dientes que era imposible no sentir que cada una respiraba fuego, cada centímetro de sus pechos estaban en llamas y su cerebro parecía colapsar, desearía conocer las palabras suficientes para expresar todo ello, pero se limitaba a llorar y a llamar por lo bajo a su padre. No sabía que él estaba tirado en un camellón, con medio cerebro de fuera.

No sintió lo mismo, era lo mejor que se había tirado pero no sintió lo mismo, le atizo la cara a golpes, le mordió los enormes melones con la suficiente rabia como para sangrarle, quería devorar cada centímetro de ese cuerpo inmaculado, siquiera tocado por sus propios deseos, entrar tanto y tan profundo en su culo apretado como en la vagina, sentir como cada centímetro de su pene era estrangulado por el canal tan delicado que escondía la mujer aquella. No debía de pasar de los 20 y pico, pero su cerebro era de aquellos que no se desarrollan nunca, tal vez 7 o menos. Aun quería jugar con muñecas, aun no entendía que su cuerpo podía volver loco a cualquiera, y ese era aquel hombre que los había seguido una mañana cuando los encontró por una fortuita casualidad en el transporte público. Bastaron que le diese una mirada de 5 segundos para comprender que aquella era una hembra que pedía su furia. Seguramente era una de esas perras que gozaban cuando las sodomizaban, pero también bastaron esos 5 segundos para entender que no era así, que aquella mujer era distinta, que no tenía el mínimo deseo sexual y que era lo más parecido a tener a una niña en sus manos. Los siguió por espacio de 20 minutos cuando bajaron, espero a que el hombre se descuidara y actuó, le hundió el martillo en el cráneo con toda la violencia que su sexo le demandaba para cogerse a aquella retrasada. Porque ahora lo sabía, estaba a punto de hacer algo que no sabía que deseaba, pero que ahora lo comprendía como el fin mismo de su existencia. El golpe mato instantáneamente al padre, la chica no lo comprendió pese a que vio cómo se desplomo y su cerebro se convirtió en abono para el pasto de aquel camellón tan solitario, al que nadie se acercó aun cuando la mujer-niña llevaba 12 horas de horrible existir.

-p…a…p…á…

Pero no fue como esperaba, nada salió como esperaba, le había molido la cara deforme a golpes porque no le gusto esa mirada de angustia infantil y de no comprender nada que aquella mujer tenía, no le gustó la disparidad de aquellos dientes picados por la enorme cantidad de dulce consumido, no le gusto que al primer envión de su verga, y al grito desaforado de la mujer le viniese un estallido de frases balbuceantes, pero venía desde antes, desde que no tuvo que forcejear con ella para desnudarla, que no puso ninguna resistencia conocida por que no sabía lo que estaba a punto de suceder, aquello no sería lo que él esperaba, aquello solo era el inicio de un choque en su cerebro, que no importaban los casi 25 minutos que duró dentro una vez que la silencio y le rompió los dientes careados, le dio la vuelta y creyó que con no ver su rostro y disfrutar del voluminoso culo le satisfaría, y pese a que estaba acostumbrado a lidiar con aquellas mujeres que se zurraban de miedo o de odio hacia su violencia, aquello no se parecía en nada, algo muy dentro suyo se había roto en cuanto le metió el pene. En cuanto sintió como el esfínter se rompía para comenzar a eyacular dentro del cuerpo mezclando la porquería con sangre y su propio semen. Le azotó la cara en el sucio suelo hasta que no emitió ruido alguno, se paró y se limpió la verga. No sabía que más hacer, no sabía por primera vez en casi 8 años que hacer con aquella mujer, porque generalmente la hubiera seguido violando por horas y días, pero ahora estaba jodido. Abrió a cerveza que tenía en la hielera roja. Y estaba temblando, estaba jodidamente preocupado por lo que había sucedido. Por lo que debía de suceder, no atinaba a entender que eran esos sentimientos que sobre él pesaban. Ya casi eran dos horas de que había terminado la primera vez y seguía estupefacto, inmerso en el laberinto que su mente era, apenas atinando a beber rítmicamente mientras el sol se asomaba por las ventanas rotas. La primera arcada apareció apenas el sol apareció completamente, quemando todo a su paso, al menos así le había parecido, que el sol purificaba con un fuego infinitamente imposible de calcular todo lo que tocaba, que el mundo llegaba a su fin con la gente ardiendo y gritando, gritos que se asomaban en su cerebro, que se reproducían cada segundo, cada instante. No podía hablar porque cada trago lo sumía en un vertedero de lo que habían sido los últimos años de su vida, con mujeres gritando, con adolescentes pataleando y despidiéndose de la vida sin atender que nunca se casarían, que no tendrían que sufrir las inclemencias del tiempo y con el ardor inflamando sus pulmones porque estos se aferraban a la vida. Pero ya no tenían casi nada de ella cuando el terminaba. Y luego tirarlas lejos, desaparecer de sus gustos por unos días y luego volver a hacerlo porque solo ello le permitía vivir, pero ahora no entendía que jodidos estaba sucediendo en los rincones de aquello que tenía por cerebro. La mujer ya no respondía a nada, pero no estaba muerta, seguramente le había provocado algún derrame cerebral, si no es que agravaba el que ya tenía de antes.

Ramiro González abrió los ojos, y vio que el cuerpo inerte de  la retrasada se había esfumado, ¿no sucedió? Se preguntó, no tenía nada a su alrededor que lo confirmara, pero sabía que la mató. Abrió el grifo del agua, el dolor de las articulaciones era más que ayer. Por la ventana el sol se alzaba juguetón en espera de que la estación se acabase. El hombre volteó al rincón donde la había dejado tirada, ahora ocupado por una cómoda que había visto sus mejores años en un tiempo bastante pretérito. Allí guardaba los periódicos que le iban sobrando y con los cuales forraba las ollas de barro que transformaba en piñatas. Casi siempre con 5-6 puntas terminadas en tiras de papel que se agitaban en los lazos donde eran colgadas en espera de que algún niño o los padres de este, la eligieran para ser destruida en un acto catártico. Le costaba mucho tiempo ponerse en marcha por las noches, porque generalmente le dolía todo el cuerpo, porque hacía años que abusó de su suerte y pagaba por ello con la misma entereza que lo hace un condenado a muerte. Y estaba ahí, convertido en un esclavo de ese recuerdo que le perseguía de una vida pasada, de una enfermedad pasada, de un destino distinto al que desempeñaba. No quería que su memoria se viese reducida a esos fragmentos, pero era difícil distinguir donde comenzaba o terminaban sus recuerdos reales de todo aquello que soñó o creyó soñar. Pero ese recuerdo era jodidamente real, podía sentir el olor a mierda todavía en sus fosas nasales. Aunque no comprendía porqué se imaginaría algo semejante.

Casi no tenía ganas de comer, porque todo le producía vomito. Su misma cabeza le provocaba mareos. Eran casi 7 y treinta y seis de la tarde y en el cielo las nubes asemejaban un rio que se abría paso en la bóveda.

SR Diciembre 2019