domingo, 2 de agosto de 2020

Tan frágil como el perro que se ahogaba en el Potomac

Ramiro González no era un buen hombre, técnicamente no se podría considerar siquiera alguien que debiese seguir vivo, o que tuviera una razón válida para existir, pero ahí estaba ahora, sentado en una silla que parecía a punto de desvencijarse, con el forro rojo hundido por el peso de sus carnes y con el respaldo de madera (o lo que asemejaba ser tal), completamente roto devorando el lomo de aquel hombre, llevaba más de 12 horas bebiendo sin parar, de hecho hacía más de 4 horas que no sabía siquiera que se había meado encima y que un rastro de vomito cubría una parte importante de las baldosas del baño. El sitio era un agujero lleno de suciedad, polvo, papeles y botellas tiradas por doquier, manchas de sangre e incluso algunos bichejos que se asomaban la menor cantidad del tiempo posible cuando el hombre estaba por ahí, ahora estaban inquietos porque llevaban casi un ciclo del sol sin probar el aire que circulaba viciosamente por el interior de lo que hace años fuese una casa. La casa de los padres de Ramiro, ellos, los viejos, habían muerto hace más de lo que puede extenderse este relato, pero nunca desearon que ese hombre, que tenía todas las malas mañas conocidas por la sociedad, los representara como ejemplos de lo que trabajaron en vida. Lo último que supieron de él, fue que cayó en chirona, atrapado y procesado por robo y violencia. Ahí se graduó con honores de la peor clase, pero nadie aprende nada que no desee, y aquel hombre estaba convencido de que necesitaba aprender aún muchas cosas cuando llego a ese lugar.

-p…a…p…á…

Un pequeño susurro se mezcla con el viento que se cuela por los vidrios rotos tapiados con bolsas negras o hule transparente  adherido con cinta canela, proviene de un rincón cercano del piso segundo, un fragmento de pensamiento que se pierde en el interior de aquel sitio que nunca pudo siquiera imaginar. La chica ha sollozado todo lo que su cerebro le da para hacerlo, no es que pueda hacerlo tanto, pero en su imaginario, en su pequeño cerebro la han despertado a una terrible realidad, hay hombres que no merecen llamarse así, hay horrores peores que los monstruos que se esconden en la oscuridad, los reflejos de ellos tienen voz humana y una apariencia tan real que fácilmente los podemos confundir. Su confusión se transformaba en miedo y luego en horror y finalmente en una pesadilla que parece no tener fin, no tiene voluntad sobre su cuerpo, ya si antes era muy complejo, ahora es mucho menos. No pudo evitar cagarse encima. Siente el hedor que emana de su trasero y el ardor que recorre desde la parte que sus padres, y especialmente su padre, le dijeron que nunca debía de ser tocado por nadie más que ella. No reconoce, pero lo siente desde lo más hondo de su cuerpo ese dolor infinito que comenzó cuando el hombre, que se parecía demasiado a su vecino el del pelo chistoso, le introdujo aquello en su vagina, así le había dicho su madre que se llamaba, así le había dicho su padre que se llamaba, así la conocía ella. El dolor se extendía a las dos masas de carnes que le colgaban, ambas tenían tantas marcas de dientes que era imposible no sentir que cada una respiraba fuego, cada centímetro de sus pechos estaban en llamas y su cerebro parecía colapsar, desearía conocer las palabras suficientes para expresar todo ello, pero se limitaba a llorar y a llamar por lo bajo a su padre. No sabía que él estaba tirado en un camellón, con medio cerebro de fuera.

No sintió lo mismo, era lo mejor que se había tirado pero no sintió lo mismo, le atizo la cara a golpes, le mordió los enormes melones con la suficiente rabia como para sangrarle, quería devorar cada centímetro de ese cuerpo inmaculado, siquiera tocado por sus propios deseos, entrar tanto y tan profundo en su culo apretado como en la vagina, sentir como cada centímetro de su pene era estrangulado por el canal tan delicado que escondía la mujer aquella. No debía de pasar de los 20 y pico, pero su cerebro era de aquellos que no se desarrollan nunca, tal vez 7 o menos. Aun quería jugar con muñecas, aun no entendía que su cuerpo podía volver loco a cualquiera, y ese era aquel hombre que los había seguido una mañana cuando los encontró por una fortuita casualidad en el transporte público. Bastaron que le diese una mirada de 5 segundos para comprender que aquella era una hembra que pedía su furia. Seguramente era una de esas perras que gozaban cuando las sodomizaban, pero también bastaron esos 5 segundos para entender que no era así, que aquella mujer era distinta, que no tenía el mínimo deseo sexual y que era lo más parecido a tener a una niña en sus manos. Los siguió por espacio de 20 minutos cuando bajaron, espero a que el hombre se descuidara y actuó, le hundió el martillo en el cráneo con toda la violencia que su sexo le demandaba para cogerse a aquella retrasada. Porque ahora lo sabía, estaba a punto de hacer algo que no sabía que deseaba, pero que ahora lo comprendía como el fin mismo de su existencia. El golpe mato instantáneamente al padre, la chica no lo comprendió pese a que vio cómo se desplomo y su cerebro se convirtió en abono para el pasto de aquel camellón tan solitario, al que nadie se acercó aun cuando la mujer-niña llevaba 12 horas de horrible existir.

-p…a…p…á…

Pero no fue como esperaba, nada salió como esperaba, le había molido la cara deforme a golpes porque no le gusto esa mirada de angustia infantil y de no comprender nada que aquella mujer tenía, no le gustó la disparidad de aquellos dientes picados por la enorme cantidad de dulce consumido, no le gusto que al primer envión de su verga, y al grito desaforado de la mujer le viniese un estallido de frases balbuceantes, pero venía desde antes, desde que no tuvo que forcejear con ella para desnudarla, que no puso ninguna resistencia conocida por que no sabía lo que estaba a punto de suceder, aquello no sería lo que él esperaba, aquello solo era el inicio de un choque en su cerebro, que no importaban los casi 25 minutos que duró dentro una vez que la silencio y le rompió los dientes careados, le dio la vuelta y creyó que con no ver su rostro y disfrutar del voluminoso culo le satisfaría, y pese a que estaba acostumbrado a lidiar con aquellas mujeres que se zurraban de miedo o de odio hacia su violencia, aquello no se parecía en nada, algo muy dentro suyo se había roto en cuanto le metió el pene. En cuanto sintió como el esfínter se rompía para comenzar a eyacular dentro del cuerpo mezclando la porquería con sangre y su propio semen. Le azotó la cara en el sucio suelo hasta que no emitió ruido alguno, se paró y se limpió la verga. No sabía que más hacer, no sabía por primera vez en casi 8 años que hacer con aquella mujer, porque generalmente la hubiera seguido violando por horas y días, pero ahora estaba jodido. Abrió a cerveza que tenía en la hielera roja. Y estaba temblando, estaba jodidamente preocupado por lo que había sucedido. Por lo que debía de suceder, no atinaba a entender que eran esos sentimientos que sobre él pesaban. Ya casi eran dos horas de que había terminado la primera vez y seguía estupefacto, inmerso en el laberinto que su mente era, apenas atinando a beber rítmicamente mientras el sol se asomaba por las ventanas rotas. La primera arcada apareció apenas el sol apareció completamente, quemando todo a su paso, al menos así le había parecido, que el sol purificaba con un fuego infinitamente imposible de calcular todo lo que tocaba, que el mundo llegaba a su fin con la gente ardiendo y gritando, gritos que se asomaban en su cerebro, que se reproducían cada segundo, cada instante. No podía hablar porque cada trago lo sumía en un vertedero de lo que habían sido los últimos años de su vida, con mujeres gritando, con adolescentes pataleando y despidiéndose de la vida sin atender que nunca se casarían, que no tendrían que sufrir las inclemencias del tiempo y con el ardor inflamando sus pulmones porque estos se aferraban a la vida. Pero ya no tenían casi nada de ella cuando el terminaba. Y luego tirarlas lejos, desaparecer de sus gustos por unos días y luego volver a hacerlo porque solo ello le permitía vivir, pero ahora no entendía que jodidos estaba sucediendo en los rincones de aquello que tenía por cerebro. La mujer ya no respondía a nada, pero no estaba muerta, seguramente le había provocado algún derrame cerebral, si no es que agravaba el que ya tenía de antes.

Ramiro González abrió los ojos, y vio que el cuerpo inerte de  la retrasada se había esfumado, ¿no sucedió? Se preguntó, no tenía nada a su alrededor que lo confirmara, pero sabía que la mató. Abrió el grifo del agua, el dolor de las articulaciones era más que ayer. Por la ventana el sol se alzaba juguetón en espera de que la estación se acabase. El hombre volteó al rincón donde la había dejado tirada, ahora ocupado por una cómoda que había visto sus mejores años en un tiempo bastante pretérito. Allí guardaba los periódicos que le iban sobrando y con los cuales forraba las ollas de barro que transformaba en piñatas. Casi siempre con 5-6 puntas terminadas en tiras de papel que se agitaban en los lazos donde eran colgadas en espera de que algún niño o los padres de este, la eligieran para ser destruida en un acto catártico. Le costaba mucho tiempo ponerse en marcha por las noches, porque generalmente le dolía todo el cuerpo, porque hacía años que abusó de su suerte y pagaba por ello con la misma entereza que lo hace un condenado a muerte. Y estaba ahí, convertido en un esclavo de ese recuerdo que le perseguía de una vida pasada, de una enfermedad pasada, de un destino distinto al que desempeñaba. No quería que su memoria se viese reducida a esos fragmentos, pero era difícil distinguir donde comenzaba o terminaban sus recuerdos reales de todo aquello que soñó o creyó soñar. Pero ese recuerdo era jodidamente real, podía sentir el olor a mierda todavía en sus fosas nasales. Aunque no comprendía porqué se imaginaría algo semejante.

Casi no tenía ganas de comer, porque todo le producía vomito. Su misma cabeza le provocaba mareos. Eran casi 7 y treinta y seis de la tarde y en el cielo las nubes asemejaban un rio que se abría paso en la bóveda.

SR Diciembre 2019

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