jueves, 3 de noviembre de 2022

El cactus rodeado de humo

 ¿Sabes que hay personas que nunca han conocido una presa? Conocen el mar, conocen un lago, pero no han ido nunca a una presa, quizás porque les recuerda algo malo, a lo mejor no saben que esperar y cuando la ven por primera vez quedan maravillados, pero es probable que nunca vuelvan a visitar una en su vida ¿Por qué lo harían? Nadie en su sano juicio dice: voy a ir de vacaciones a la presa. Quizás alguno que otro que nunca ha salido de su maldita zona de confort pueda pensarlo, pero jamás lo dirá porque admitir que su ideal de vacación, o de estar en el ajo, es ir a una presa le pasaría factura a su espíritu. No tengo tiempo para filosofía cara, a veces no queda otra que abrir el grifo esperando que lo que venga sea medianamente decente, que tenga un par de ideas buenas, que sirva para encender una chispa que sea imposible de apagar, pero generalmente no es así, a duras penas puedes levantar la verga y seguir de frente como si nada hubiera pasado. No me gusta usar groserías, no porque me crea mocho, sino…bueno, en realidad creo que no me gusta decir esa palabra, no tengo ningún problema usando pinche, o pendejo. Pero por alguna extraña razón muy machista no me gusta usar la palabra verga cuando escribo, me queda claro que le quita solemnidad a esto y lo acerca a esos mamonazos que escriben una serie de guarradas pensando con la verga. 3ª vez que la uso en esta porquería que empezó hablando de la poca visita que generan, fuera de aquellas brutalmente inmensas o rodeadas de otro atractivo turístico, o camino de, las presas artificiales creadas por el hombre, ese mismo que desde pequeño busca como controlar el agua ¿Cuántos de nosotros no construimos mini diques o mini saltos, caminos sinuosos cuando jugábamos en la tierra con el agua? Desafiando sus límites, expandiendo los propios porque el agua te enseñaba que sigue adelante sin importar que, pero a lo mejor sólo unos cuantos tomamos parte de esa dinámica, quizás la mayoría estaba enfocada en mojarse, divertirse y alejarse lo más pronto posible de toda actividad física que impidiera disfrutar las vacaciones, cuando más jóvenes lo único que queremos es seguir y seguir, sin detenernos a pensar en lo que está sucediendo día a día, pero luego en un simple instante, quizás una tarde de otoño o de diciembre, te paras en el cauce de un rio minúsculo de agua y comienzas a observar como fluye, te quedas absorto viendo cómo se mueve a una velocidad que no puede detenerle nadie, salvo con una presa que te esforzaras en crear a escala para contener su fuerza, pero esto será momentáneo, porque al final el agua vence y comienza a desmoronar la presa que inútilmente construiste mientras la tarde comienza a teñirse de nubes que se desgajan unos cuantos kilómetros por encima de tu cráneo que se ha cubierto de canas, tantas como poco pelo te queda; y sigues ahí, mirando el agua que no se detiene a preguntarse ¿cuánto más seguiré vivo? Por el contrario, avanza y mueve troncos, rocas, animales y bichos que han sido forzados a refugiarse en la altura o en la lejanía. Estas ahí, concentrado en lo tuyo mientras las horas de desvelo, de mal comer, de preocupaciones se funden en el negro que comienza a crecer en el lado izquierdo de tu cuerpo, precisamente ahí donde un día, una mañana de igual un otoño o diciembre te comenzara un dolor que aturdirá tus sentidos y luego tu costado impactara el suelo, ante el grito de una multitud que no sabe que está ocurriendo, porque todos lo negamos ya que nos recuerda lo poco importante que somos, tanto como esas hormigas que corren despavoridas creyendo que le podrán ganar a la corriente que proviene de una manguera de color verde que tiene tantos agujeros como parches de cinta negra. Todo se integra a la misma velocidad que los ríos que se han ido formando en torno a la corriente principal que proviene de tu mano izquierda, la que sostiene la manguera, con la misma fuerza que sostienes la verga para orinar, para metérsela a tu mujer o a tu hombre, no soy quien para espantarme, quizás lo haga por decir tantas veces la palabra verga sin un sentido poético, meramente como quien la tiene y la usa porque sabe que puede y debe. Son casi dos meses que quedan para que el año ceda de nuevo, para que todo comience a perderse en la oscuridad de la noche, pero sigues aquí, luchando porque crees que es lo adecuado pese a que ya nadie tiene las mínimas intensiones de hacerlo, te persigue la soledad y tú la esperas en la misma esquina, ante la inmensidad de esa presa que amenaza con desbordarse e inundar los pueblos cercanos que alguna vez van a perecer, todos lo haremos tarde o temprano, quizás no enterrados por millones de litros cúbicos de agua, pero si con la misma sensación final de que todo pudo ser mejor, y que aún es temprano para tener miedo. Es así. 


SR equinoccio de otoño 2021.


domingo, 2 de octubre de 2022

dos días antes del equinoccio de otoño

 Tenía una muy buena historia sobre un hombre que deambulaba por la vida, que lo máximo a lo que aspiraba era a ser un condenado más, teniendo algún punto álgido en su vida, como una bella esposa o mejor aún, una compañera de vida que intentara seguir a su lado, aun cuando él no quisiera seguir mucho más vivo. Pero al final la perdería porque estaba terriblemente acostumbrado a que todo fuese en su contra, algo así como traer el condenado santo de espaldas. Mi madre seguramente estaría orgullosa de que metiese una referencia tan rigurosamente apegada a esa etapa de mi vida cuando aún abrazaba la fe. El hombre se llamaba Rolando. No, a la fregada con él, debiese llamarse Damián, un tipo que media casi 1.90. Con pelo abundante, cabellera del infierno que nos hace odiarlo por aquellos que desde eones hemos ido perdiendo aquello. Nos obliga a volvernos retraídos, nos convierte en esclavos de esa idea preconcebida de la perdida de la masculinidad, de irnos acercando también a ese foso oscuro. Envejecer y perder todas las gónadas del mundo, eso debe ser un récord absolutamente del perder-perder, y no somos pocos; pero, ahí andaba Damián, buen hombre, con un corazón perdidamente enamorado de las mujeres desde que podía acordarse, eso lo había convertido en un hombre triste, pero iba andando, aventando el resto cada que su ritmo de vida se lo permitía. Un tiro a la vez, una gónada perdida cada cierto tiempo, algo como eso parecía adecuado. Luego aparecía su carácter depresivo, pero no de esas enfermedades que todo el tiempo lo tenían pensando en la muerte, pero si cada poco tiempo, eso parece algo estúpido, escrito por alguien que no tiene ni puta idea acerca de donde se mueve aquello que está tecleando con furia, porque así parece que es todo el tiempo, furia desbocada que aparece cuando bebe. Ahora tenemos un triple problema, Damián que se encamina hacia la desgracia, la historia triste de quien esto escribe y el cómo casar ambos mundos en algo que no parezca demasiado forzado. Y avanza la cosa cuando Damián se encuentra con esa mujer que parece acercarlo al borde. Hundirlo como sólo pueden significar aquellas cosas que la mayoría ignora. Inmerso en la desgracia de que ella lo convierta en el sucio cadáver que alguien encontrara una mañana cuando parecía que el día no podría ser más interesante, un admirador jodido de cuerpos inertes, carentes de alma, de color, de sangre bombeándole a través de las venas. Pero tampoco quiero que esto parezca uno de esos escritos donde todo es mierda, quiero que adquiera el color de una balada triste interpretada por Lalo Mora. Algo que le podría gustar a tu padre, e igualmente lo disfrutarían juntos, al lado de una cerveza. Eso sería un buen final para Damián, encontrarse bebiendo un trago al lado de su padre, o mejor aún de sus hermanos y primos. Encontrar que todo está muy de la chingada porque le trae ganas a su prima, o ¿era la tía? Quizás  a ambas, pero, ¿cómo distinguir una de la otra si los rostros se confunden luego de tres tragos de aquella bebida? Húndete, piérdete en el laberinto de los rostros. Pero quizás Damián pueda salvar los papeles, encontrar un punto medio que lo lleve hacia la mañana siguiente, el trago siguiente, la vida que va cerrándose. Sigue escuchando aquellas melodías que lo transportaban fuera del mundo, Zeppelin, los Doors, quizás algo más denso como Sabbath, no me gusta nombrarles, no me gusta que crean que aquel tipo que tenía puesta una canción de Lalo Mora pueda irse definiendo por aquello del eclecticismo, que se chinguen esos que usan canciones o cantantes para ejemplificar lo que está pasando en sus vidas de porquería, como si fueran más importantes que la risa de alguien lastimado. No puedes irte más adentro o ¿sí? Ella se llamaba Teresa, Damián se perdería una mañana en sus ojos, luego fueron muchos años, muchos llantos, aunque no puede recordar alguno, porque él no lloraba, un macho de antaño, perdido en las llanuras, y acabó de completar un triple uso de una letra complicada, quise seguir pero no sería justo. La ruptura. El caos que se cierne sobre los hombros de Damián, de una madrugada que se antojaba difícil porque tenía frio, tenía un dolor en la entrepierna y uno más profundo atenazándole el condenado corazón que se iba rompiendo con la certeza de los días fríos que se acercan. Siempre las mismas canciones, acerca de los sentimientos, esos mismos momentos, esas ideas que se van convirtiendo en fantasmas o fantasías llenas de dolor, pero Damián lo sabe, Damián tiene las llaves para comenzar el infierno sobre la humanidad. No lo hará, seguirá observándome, yendo hacia adelante esperando a que cuente su historia, o las horas que faltan para que su espíritu deje su cuerpo. Nuevamente recurro a la vieja creencia en todas esas cosas, son poco menos de la 1 de la mañana, ya no hay alcohol, la mota se acabó, tienes las riendas de la vida de Damián y prefieres hundirte en los sueños del alcohol. Todo esto fue influenciado por ello, y en algún momento lo recordaras tan pronto como bajes, siempre lo harás, ella se ha ido. Es ahora una buena madre, una buena esposa, una buena mujer, capaz de seguir adelante sin pensar en ese jodido de Damián. Me cansé de no poder usar jodida, aunque pocas veces la uso fuera de estas cosas. Son días complicados. Pero la historia ha salido y desgraciadamente Damián no se ha podido ir al otro mundo. Sigue tirando sus propias palabras por las calles, por las noches, a causa de los labios de esas mujeres equivocadas. 


SR septiembre de 2020.

domingo, 4 de septiembre de 2022

Días sin importancia

 Nos dijimos una sarta de idioteces, llevados por la propia desesperación de no tener más nada que decirnos. Eran las ultimas palabras de una serie de años que se arrastraban directo al caño, fundidos por la cantidad de malas decisiones que nos habían acompañado. Sacó un kleenex, se enjuagó las lagrimas que resbalaban por sus mejillas con el rímel que parecía barato, quizás lo fuera, no tenía la menor idea de cuanto habría costado aquella porquería, ella lo había pagado, tenía más de 3 meses que no tenía dinero, hacia casi 2 años que no trabajaba de nada, ella se había encargado de todo. Justo como había sido siempre, así me lo decían mis padres cuando me cortaron los fondos.


-nunca vas a encontrar a alguien como yo…


Me sentenció con aquellas palabras que parecían una muletilla repetida hasta la saciedad por todas las parejas del mundo, quizás fuera cierto pero lo que menos quería era seguir allí, mucho menos con ella y con aquel sentimiento de culpa que parecía carcomer todo. Vivimos juntos por casi 4 años y la engañe una sola vez, carnalmente al menos, le mentí tanto que a veces parecía una mentira misma lo que cagaba. Lo sospechó todo el tiempo, porque no podía ser tan bueno, tan inútil y tan bueno. 


Salí de aquel apartamento con lo mínimo, le dije que tirara todo lo demás, que se deshiciera de ello y seguramente lo hará, no tengo ninguna duda de que será así porque es una gran mujer, muy lista y con el sentido de justicia más recto que alguien pudiera encontrar. Pero eso mismo nos alejaba y nos diferenciaba, y estaba bien, y eramos felices en apariencia. Eso pensaba mientras recorría las calles aledañas a lo que había sido mi hogar durante los últimos años, pensé con pesar que quizás me encontraría con alguno de esos viejos chismosos que a diario me encontraba, pero la calle parecía vacía, completamente carente de toda la fauna que dejaba pedazos detrás de si para regresar un día si y otro también a la porquería que era su vida. Doblé a la izquierda en la calle de la tienda de Don Abel, tenía un letrero luminoso que alumbraba un charco de algo indeterminado, orina de algún ebrio probablemente, más adelante se observaba un niño que hacia zigzag entre las rayas del pavimento. No volteaba para atrás y eso convertía aquel juego de seguir caminando a ningún lugar en algo interesante, quizás si alguna de esas viejas chismosas se asomara comenzaría a recelar de que un hombre desaliñado y con la cabeza enmarañada siguiera a unos cuantos pasos a un niño con ropa de color rojo y azul. Pero no tenía nada mejor que hacer, observar al niño caminar, seguir su estela de juegos y pensar en lo bonito que sería volver a tener su edad, pero sabía que era una estupidez. Así lo pensé.


Dobló a la izquierda y se perdió en una de las calles que conducían a donde vendían comida china, nada destacable pero no pocas veces me había sacado de un apuro monumental. Seguí de frente en espera de que los minutos se convirtieran en horas y las horas en mejores lugares a donde ir a dar con mis viejos huesos, pero lo cierto es que no tenía nada, probablemente terminaría durmiendo en un viejo banco en el parque, pensé románticamente como si no tuviera ni idea de que haría a partir de ese momento. Quizás regresar a casa de mi hermano y que el ojete me recibiera con una manta y un chocolate caliente mientras su mujer se arrastraba con aquellos atuendos infartantes. Mientras su mujer se arrodillaba y me sacaba el miembro para darme una calidad bienvenida familiar, aunque sabía que aquello era más improbable que terminar viviendo en el parque de unas cuadras adelante. 


-tss tsss


Hice por lo bajo en espera de que aquel caniche mugroso me hiciera alguna gracia, que sacudiera mínimamente la cola afelpada, pero lo único que hizo el can fue caminar tambaleante por el lugar y dar una vuelta en su propio eje para terminar estampando su cabeza contra la pared de la casa de la vecina que oía telenovelas a todo volumen en aquella pantalla gigante. Me detuve a ver al perro, que dio dos pasos más y comenzó a caminar tambaleantemente hasta chocar de frente con la pared, con un ruido sordo amortizado por el peluche que formaba su pelaje sucio, no levantó en ningún momento la cabeza, siempre cabizbajo, maldiciendo en su lenguaje animal el no poderse sacrificar a si mismo, manteniendo una vida, si a eso se le llamaba vida, carente de sentido y destinado a estampar su cráneo bajo la piel y el peluche ante aquellas paredes. Lo seguí más cerca que al niño, el perro no hizo ningún intento por alejarse, como si su cerebro estuviese a mil millones de kilómetros de ahí, y probablemente lo estaba, perdido en la inmensidad de alguna enfermedad mental o desorden que lo condenaba a seguir repitiendo aquella rutina por los próximos años perro que le quedaran. Pero no podía hacer otra maldita cosa que observar aquel ritual y comprender que quizás el estaba menos condenado que yo, que realmente en unos días estaría haciendo lo mismo con mayor fuerza en algún lote baldío o perdido en la selva de asfalto. El perro nuevamente avanzo a trompicones mientras dejaba tras de si un rio de orina fresca que salía incontinentemente de su pene de macho a punto de irse a otro universo, quizás con más fortuna que muchos. Se estampo de frente con la puerta de una casa que parecía desvencijada por la acción del tiempo, decían que ahí espantaban pero lo cierto es que el hombre que vivió- y murió- en ella era un buen sujeto que perdió todo muy rápido, ahora el perro aterrizaba la cabeza al menos dos veces más ante su reja negra mientras la siguiente ola de orina llegaba desde la profundidad de su riñón. 


Cuando ya me había decidido a tronarle el cuello para evitar que siguiera degradándose más, apareció una de esas viejas chismosas y lo llamó por lo bajo, enseguida lo cargó como si fuera un bulto indeseable y se lo llevó con ella, farfullando por lo bajo sobre la desgracia de la existencia de aquel can que en ningún momento levanto la vista del suelo, el suelo que parecía reclamarlo y a donde su desdibujado cerebro quería pertenecer. Metros adelante vi el parque, donde comencé a escribir esta cosa. Rodeado de ratas, colillas, botellas y niñas de coletas subidas en los juegos donde sus padres conversan sobre la necesidad de mandar a la policía para que vigile a ese hombre extraño que los ve con franca curiosidad.


SR Junio 2020.

miércoles, 3 de agosto de 2022

La última luna de nieve

-Lento. De la forma más concisa que pueda, cíñase a lo que conoce y diga, cual era la relación que usted tenía con Ramiro González?

-pues, es mi amigo… lo conozco, conocía hace casi 20 años. Nos conocimos en la prepa. Conozco a toda su familia, conocía a todas sus mujeres.

-entonces es un amigo cercano?

-si… creo.

-si o no?

-carajo, pues lo conozco, hace 20 años, no… no sé que puedo decirle.

-cíñase a los hechos.

-pues me dijo que andaba con ella. 

-con…

-Camila. Nunca me dijo sus apellidos. No se los pregunte. No supuse que fuera importante. Digo, la mencionaba mucho en las conversaciones que teníamos en el celular.

-conversaciones que usted ha facilitado a la fiscalía.

-si, todo. No tengo nada…

-siga…

-pues mi amigo me dijo que salía con ella, la veía no se… unas 3 veces a la semana?

-seguro?

-no lo sé, me decía: “vi a Cami”, fui con ella a… pues a eso

-sostener relaciones?

-si, se veían generalmente en algún hotel de Rojo Gómez… creo.

-tiene el nombre?

-no… quizás en el chat, quizás me lo haya mencionado. No lo recuerdo.

-prosiga.

-pues me dijo…decía que la veía en la esquina de la calle contigua y… la recogía en el auto que generalmente se prestaba del taller…

-donde trabajaba?

-si, solía hacer eso, a veces tenia problemas porque el dueño…don Jacinto se ponía muy remilgoso, no le gustaba que hiciera eso, pero el lo seguía haciendo y generalmente pasaba por ella a esa calle, la recogía, se dirigían a la vinata que esta como a dos calles del hotel, y se regresaba…así.

-entonces, puede corroborar que el señor Ramiro González tenía una relación sentimental con la joven Camila Pineda?

-pues supongo, nunca hablo de formalizar o algo así, normalmente me platicaba eso que les he dicho. No más. 

-recapitulemos. Usted y el acusado… Ramiro González, se conocieron en la prepa, tenían una amistad de 20 años y pese a que no tenían mayor relación que esa, ¿él le contaba de su aventura con la joven?

-digo, todos hacemos lo mismo…quiero decir, hablar bobadas, contar un poco de nuestras cosas para no quedar mal ¿no? Ramiro me contaba que la veía así, me dijo que se la habían presentado… no, que era la ex de un amigo de su cuadra. 

-¿el señor Tomás Hidalgo?

-”el negro” si… digo, Tomás. Era su conocido de la calle donde vivían ambos. Creo que la conoció ahí cuando ella salía con “el negro”…Tomás. Ellos se pelearon, me parece. Tomas y Ramiro, usted sabe, la ley esa de no meterse con una ex. Digo, de todas formas la cosa no mejoro cuando se pelearon, aunque terminaron por la mala, seguían viéndose de vez en vez. Ramiro le gano. 

-¿en la pelea?

-si, era más… pesado, sabía tirar golpes.

-¿usted conocía al señor Hidalgo?

-no, de nombre. Ramiro siempre me contaba de los años que no tuvimos contacto.

-pero usted ha dicho que lo conoce hace 20 años.

-si, pero no siempre tuvimos contacto. Me lo encontré hará unos 8 años en una fiesta… no, fue una cantina. Le gustaba siempre eso.

-¿beber?

-si, creo que ese fue su problema más grave. Nunca sabré porque se animó a contarme que…pues que tenia que beber.

-explíquese.

- él decía que tenía que beber cada que iba a ver a… la chica. A todas.

-¿tenía más?

-si, hasta donde sé salía con otras dos chicas. A Camila no le gustaba eso, decía que ella quería ser la única. 

-¿la mato por eso?

-no… no lo sé. No es algo que se va platicando sabe. Ramiro me contaba de esas chicas, le gustaba presumir, a lo mejor. Me gustaba que me contara, era una especie de liberación por los años que llevo sin… bueno, eso.

-volvamos con el señor González. Usted lo conoció hace 20 años, se dejaron de ver, lo vuelve a encontrar hace 8 y retoman la amistad. El Señor González le habla de la señorita Camila y le cuenta que esta tenía una relación con el señor Hidalgo. ¿Cierto?

-no, ella ya había terminado con “el negro”…Tomás hace casi 4 años, seguían hablando, pero ya no tenían ninguna relación afectuosa…

-entonces el señor Hidalgo entró en celos con respecto al señor González?

-pues se pelearon si, bastante feo. Ramiro le tumbo un diente al parecer. Pero eso fue lo que me contó. 

-y entonces ¿el señor González tenía un problema de ira y de bebida?

-no. Nada de eso… no lo sé, la verdad nunca lo asumí como un problema o como algo que estaba fuera de control, digo, el me contaba que bebía antes de tener sexo con Camila, y que a veces lo tenía que hacer bastante más fuerte para sentir… algo…

-¿bastante más fuerte? ¿A qué se refiere?

-pues, no sé. No quiero que crea que la ahorcaba o le pegaba. Pero dentro de la relación tenían algo de contacto duro. No sé como explicarlo.

-¿ejercía violencia hacia la señorita Camila?

-no… digo, era violencia controlada, un poco de juego duro, a ella le gustaba…

-o eso le decía él ¿no?

-pues si, a ella no la conocía. No tuvimos la oportunidad de conocernos.

-¿porque la escondía el señor González? ¿Quizás para evitar que notara la violencia?

-no… no lo sé, realmente no tengo una respuesta clara para ello. Sé que se iban a ese hotel, que compraba alcohol en alguna vinata cerca, ron casi siempre.

-¿ron?

-le gustaba mucho el ron, creo que era porque tenía más azúcar que los demás, algo así me dijo una vez, que se podía bajar la botella sin refresco. Puro ron.

-encontramos una botella de vodka en las cosas que traía el señor González.

-bueno, supongo que variaba. 

-y también encontramos la tienda, nos dijo el encargado que González nunca entraba. Que siempre entraba la señorita Camila.

-pero… ¿Por qué?

-volvamos una vez más a lo que nos ha dicho, González llevaba una relación con la novia… ex novia del señor Hidalgo, hubo pelea entre ambos, luego, el la golpeaba cada que tenían relaciones sexuales. ¿No es así?

-no sé si siempre, pero eso es lo que pueden ver en las conversaciones. El me dijo que eso le gustaba tanto a ella como a él. no puedo jurar que no tuvieran un poco de sexo rudo. 

-sin embargo, las huellas que el cadáver de la señorita Camila tenía son consistentes con una fractura en el cráneo. Bastante duro para una practica común ¿no lo cree?

-supongo. No creo que fuese su intención hacerle daño… digo daño verdadero. Creo que le gustaba la chica, al menos así me lo había dicho. Lo que es cierto es que yo siempre creí que era un buen tipo, algo presuntuoso en estas cosas, pero nunca que fuese violento contra las mujeres, como ya le he dicho tenía un par de chicas más, no iba en serio con ninguna, pero le gustaba sacar su mejor provecho.

-antes de que terminemos señor Lira le pediría que me relatase de nueva cuenta todo esto que nos ha dicho, de ser posible que lo dijera lo más apegado que pueda. Esto para evitar cualquier inconveniente. 

-no sé que podría variar, realmente Ramiro no es malo, no lo creo que lo sea. No creo que fuese consciente de que estaba matándola. Quizás un golpe fortuito. Decía que era guapa, pero nunca la conocí fuera de las fotos que me llegó a enseñar. 

-por favor. Una vez más.

SR Febrero 2021 

lunes, 4 de julio de 2022

y qué se podía creer en esos momentos

 Rodrigo dejó caer el puño sobre aquella su mujer, el torrente de sangre emanó de la boca, la saliva le cayó copiosamente cuando el hombre la insulto nuevamente. No tenía en si ningún motivo en especial del porque le estaba atizando ese día en particular. El sol seguía su recorrido infinito, las nubes arrastraban perezosamente su trasero por el cielo particularmente azul, en una pequeña habitación donde el hombre religiosamente golpeaba a Martha cada cierta cantidad de días, cada tantas horas al día, casi los mismos que habían permanecido juntos. Ya no recordaba ella cuanto era eso, para él sólo era otra de las muchas cosas que no le importaban, tenía cosas más jodidamente importantes en que ocupar su mente, por ahora solo dejaba caer el puño con la fuerza necesaria para hacerle daño, pero no para terminar con su existencia, la necesitaba como se necesita una droga, ambos necesitaban aquella situación. Por las razones equivocadas, por las razones justas, ahí estaban ellos en medio de la pequeña habitación de algún color indeterminado, hacía años que ninguno de los dos tenía planes para el futuro, hacía mucho que todo era igual y no tenía ningún sentido que fuera de manera distinta. El siguiente puñetazo aterrizó en el cuello, no siempre era fácil atinar en algún lugar cuando se perdía el control, lo hacía mecánicamente, pero no era como que midiera la distancia donde aterrizaría el siguiente golpe. Martha aulló cuando sintió la primera patada de la tarde, tenía un par de semanas que no lo había hecho, prácticamente intento hacerse un ovillo, pero el siguiente jalón de greñas la hizo incorporarse lo suficiente para recibir el bofetón que le abrió el labio y sangre caliente comenzara a fluir. La arrastró hacia el centro de la habitación, tal vez en su fuero interno, Martha creyera que saliéndose del centro podría escapar, huir hacia la libertad de la oscuridad, pero ni así se libró aquella tarde. El pequeño Rodrigo jugaba en la calle cuando el hombre le reventó el primer golpe “a su madre” en aquella cocina diminuta donde también desayunaban y comían, no fue capaz de entender porque esa mujer quería seguir con su padre que tenía un carácter tan irascible. Claro, pero el sólo tenía 8, su padre había llegado una tarde con Azucena y le había gustado al niño, hacía años que no recordaba a su madre, a la que se había ido un día y jamás le volvieron a ver. Los vio una noche, cerrada, llena de ruidos y luces como todas las jodidas noches, aunque quizás sus recuerdos eran menos exactos conforme los años avanzaban, pero podía ver claramente la mesa con el mantel lleno de quemaduras, su padre pegándole en la cara con una bofetada tan brutal que aunque quiso salir en su defensa se quedó anclado en la pequeña silla, con las lágrimas en el rostro infantil, era casi la hora de que se fuera a dormir, pero no entendía por qué “su madre” parecía tan nerviosa, no entendía porque su cara se estaba llenando de lágrimas, conforme se acercaba la hora en que su padre regresaría del trabajo. Pero ahí de frente a esa escena donde ella estaba arrodillada pidiendo perdón por algo tan trivial como una sopa desabrida, la ira de su padre se dejó sentir, él la conocía de antemano, tenía todavía dos cardenales en la pierna ahí donde le había dado la patada. 

La música comenzó a rellenar los fragmentos de su memoria, se vio sin panza, con voz, con la gallardía que lo encumbrara entre las mujeres, todos le amaban, o eso decían, les gustaba aquella personalidad al cantar frente a la concurrencia, sus manos viriles hacían pequeñas florituras que parecían cobras poderosas hipnotizando a los veinte borrachos que callaban mientras él cantaba el repertorio de su ídolo. Ella recorría las mesas recogiendo órdenes, vasos, los restos de algún plato con botana, recibiendo piropos e invitaciones para que acompañara a alguno de aquellos borrachos que noche tras noche copaban las mesas cubiertas con un trapo de color morado con ribetes plateados. Aun así tenían pequeños interludios donde sus miradas se dedicaban una sonrisa, mientras su querer se encontraba bailando con cadencia las melodías que salían al tiempo de aquel joven Rodrigo que parecía hipnotizar a todos con las frases llenas de amor y derrota. Y al mismo tiempo Rodrigo tiraba de su cinturón hasta que este se hallaba en sus manos y soltó el primer y relampagueante golpe que atino en el muslo de Martha, los lloriqueos de su mujer no le impresionaban en lo más mínimo, descargo no menos de 10 golpes seguidos que de nueva cuenta la mujer creyó que podría esquivar si se refugiaba en ese pequeño hueco que quedaba entre el refri y la vitrina de los vasos. Todo temblaba cada que ella se repantigaba ahí, todo parecía que se caería y se haría pedazos como los pequeños sentimientos de aquel niño que veía con rabia e impotencia como Azucena se abrazaba a los pies de su padre para que ya no le diera más golpes, pero ese acto de sumisión y derrota le provocaba asco a ese hombre corpulento y con olor a cerveza, ahora lo sabe, ahora entiende ese jodido olor que le despertaba tanta repulsa. 

Ella baila un poco, las caderas bamboleándose rítmicamente aunque apenas perceptible porque no quiere que el patrón le vuelva a reñir. Rodrigo la observa desde un taburete con imitación de piel de leopardo. Ahí sigue tratando de tener la fuerza suficiente para invitarle a salir, para sacarla de aquel sitio que no le gustaba. Ahí cantaba, pero odiaba que todos le miraran las nalgas a Martha, odiaba que ella a veces sacaba partido dejando que un pequeño sobeteo se convirtiese en mejores propinas, sus puños se crispaban y quería cerrar la mano sobre su cuello. Pero no lo hizo, no dejaba de pensar en que estaba un poco cansado, que tenía sed y algo de sueño. No podía parar todavía, no podía dejarla sin su ayuda, por lo menos hasta que de nueva cuenta sintiera que su amor era lo único que tenía en la cabeza. Martha se arrastró por el piso de loseta ambarina, sus piernas llenas de moretones cada tanto le provocaban nuevos dolores, quería perderse pero algo la retenía en la jodida realidad. Algo le decía, quizás que era una cualquiera como su ex mujer, que seguramente ansiaba con irse con el primer fulano que le hablara bonito, que le jurara que no le tocaría ni con el pétalo de una rosa, o quizás con aquel que tuviera dinero suficiente para cubrir sus gastos de reina. Pero no, lo único que decía era que si ya había aprendido a no dejar que el niño anduviera como un pordiosero, que le pusiera un límite, que lo amase con fuerza, lleno de fuerza. 

Martha abrió la boca y traspasaba la barrera de los besos sencillos para enroscar su lengua a la de él, luego parecía flotar, parecía estar en aquella nube, donde un hombre como pocos le deseaba y le amaba hasta el éxtasis, y ella le correspondía desde su cuerpo, adoraba la voz de aquel muchacho de mirada triste, que a veces tenía algo de ira y la desquitaba en alguna pelea innecesaria o en la pared, pero ahora existían ellos dos en aquel universo que se habían creado para luchar contra la injerencia del resto. Martha se sentó o intentó hacerlo en aquella silla que tenía un par de asas extrañas, comenzó a marcar el número de su madre, necesitaba escucharla, necesitaba oír que todo iría mucho mejor si ella cogía la fuerza suficiente para salir de aquel departamento en un tercer piso. El teléfono sonó, dos o tres veces, el pequeño Rodrigo no quería contestar, nunca le gustaba, le parecía algo estúpido descolgar el teléfono y escuchar que del otro lado alguien tenía una noticia llena de mierda. No le quedo de otra, la llamada le regreso el alma al cuerpo, su padre estaba bien, ella estaba bien. 

Parecía otro de esos días, pero en realidad algo había cambiado, mientras más ilusionada estaba ella, más celoso se ponía el. Más irascible con el trabajo de Martha, no le gustaba que usara los jeans tan pegados, no le gustaba que le sonriera a todos y menos que se pasara las horas hablando con Gastón, tan diferente, tan poca cosa si lo comparaba con Rodrigo, pero no tenía caso preocuparse por ello, no tenía sentido que su madre no le contestara las llamadas desde hacía varias semanas, no tenía caso preocuparse por intentar arreglar las cosas, no podía y no quería que ella siguiera con Rodrigo, desde hacía años le había dicho que no contestara el teléfono si no había nadie mayor, pero ahora estaba solo, hacia dos días que no había nadie con él, hacia dos días que ellos se habían ido en el auto, peleando como siempre, con una rabia que crecía dentro de su cuerpo, en su mente, que le obnubilaba el juicio y le gustaría darle su merecido a esa pequeña perra que movía el culo ante cualquiera que le diera unas monedas, seguramente eso le gustaba hacer por las madrugadas, cuando el sitio cerraba, cuando se descubre las primeras canas en su cabeza, al lado justo del chichón de la última golpiza, cuando le pego con el cable de la plancha porque le recordó que su madre existía, quizás fuera distinto de todos los que había conocido, de su antiguo novio Román, de su padre, quisiera que le contestara su madre, pero sabe que no lo hará, quisiera contarle que todo va bien, que no sabe dónde está su padre y Azucena, seguramente ella estará a sus pies, implorando que ya no le de otra patada por quemar la camisa, pero ahí está cantándole al amor y a la tristeza desde su pequeño escenario que parece por momentos quedarle tan pequeño como el amor que ella le tiene, pero sigue mal, el pie no baja de la hinchazón desde ese día, la medicina para desinflamar pareciera que no le hace ningún cambio, y no obstante se queda viendo al cielo a través de la ventana que tiene en el frente de la casa, le rugen las tripas, tiene sed y bebe un trago de aquella botella que el cantinero le arrima, un poco de cervezas a la noche, una o dos, quizás una más para entrar en calor y que las canciones salgan con el dolor necesario, y piensa que no le haría nada de daño dejarse perder en aquella regadera, terminar con todo en mismo instante en que sus tripas le rugen, grita por primera vez, se está cayendo de borracho y alguien llega a quererlo bajar, pero se encuentra con un puño en el mentón, luego abre la llave de la cocina, tan lejos y tan bonito el azul repleto de nubes, y ahora está en el suelo y atina a golpear a Martha que salió en su defensa y le impidió romperle la cara al imbécil de Gastón, sigue mirando cada vez más débil, con el aire que se escapa de sus pulmones, desenfocando la mirada cuando le golpea en el estómago con la fuerza de un tren, se va perdiendo en la nebulosa oscuridad del sin sentido. 

SR Otoño 2019


jueves, 2 de junio de 2022

Dos botellas de tequila reposado

 -Conocí a esta mujer, era muy guapa. Pero también estaba loca y triste. Por eso se suicidó.

Bebíamos whisky, ya no nos daba el estómago para nada mejor, totalmente destruido por la gastritis y la cantidad ingente de cerveza que durante años tomamos. Mi amigo Manuel nunca dejó de tener mujeres guapas en su vida, mi esposa no lo soportaba, decía que probablemente lo único que tenía aquel hombre de casi cuarenta y cinco era un ego desmedido, que no podía estar nunca comprometido. Pero ella no lo conocía como yo. Ambos estudiamos en la facultad y aunque ninguno se graduó, la amistad se mantuvo. Por aquel entonces, el pinche Manuel era guapo y tenía labia absoluta para conquistar a cualquiera, me gustaron dos de sus novias, una fue la mujer que le rompió el corazón, quizás para siempre y lo convirtió en lo que ha sido desde entonces, pero esta historia no es sobre ella, aunque así lo parezca. 


Clara Mendieta me dijo que se llamaba, tenía casi cuarenta cuando la conoció y ya no era lo que solía ser antes, era triste y estaba loca. No es que él lo dijera, no es que él fuese de los que creen que todas están locas o que tienen un desequilibrio hormonal que las lleva a actuar como tal; no, mi amigo era un enamorado de las mujeres y quería muchas veces amar más de lo que podía ser capaz de hacerlo. La conoció en una cantina a las afueras del distrito, uno de esos agujeros infectos donde la música siempre es producto de alguna rockola o de algún conjunto en vivo. La vio abatida sobre las palmas de las manos, llevaba un vestido rojo algo raído y unas medias caladas que permitían soñar con lo que se podía uno encontrar cuando se las quitara. El pelo otrora negro azabache, pintaba canas, pero no en exceso y la hacía ver más interesante que otra cosa, como si enmarcara su belleza. Era muy guapa, según me contó Manuel, y también parecía muy triste. Una mirada llena de la mierda más profunda que te puedas imaginar. Le saludo después de ver que parecía más aburrida que otra cosa, en realidad se acercó con una frase que parecía salida de una época muy vieja, muy anterior a todo lo que podía considerar como un pasado reciente.


-“un trago por tus pensamientos”.


Ella volteó a verle con la misma sensación que alguien observa una mota de polvo estacionada frente a la luz de la lámpara, no se inmuto más y siguió hundida en sus pensamientos. Mi amigo se dio cuenta que no tenía sentido estar ahí, luego se marchó a la mesa que había ocupado previamente. La observó un par de minutos más y se dio cuenta que el trasero era fabuloso. Debía hacer maravillas con el, pero si no estaba por labor no tenía ningún sentido. No era necesario desgastarse aun cuando aquella mujer de mirada triste se viese mucho mejor que cualquiera que hubiese visto últimamente. Debía de rondar los cuarenta y cinco -pensó- quizás un poco menos. 


-me vas a invitar un trago y luego a coger.


Mi amigo se quedó fuera de lugar, claro, eso era lo que deseaba desde que la vio ahí hundida en el taburete, pero no pensaba que fuese ella la que se lo propusiera, pensaría que estaría más difícil. Ella se sentó y lo miro a los ojos, sondeando aquello que sólo ella podía ver, mi amigo le sostuvo la mirada por espacio de minutos que le parecieron menos eternos del tiempo que cuesta en pensar en escribirlo. Me dijo que le gustaba bailar, salsa sobre todo. Que hacia un buen de años que no lo hacía, pero algo se lo impedía. Bebía tequila. Puro y duro, sin contemplaciones, pero no lo hacía como lo hacen aquellos que desean sentir la patada, no, lo hacía con cierta elegancia, degustando el sabor del agave en todos los rincones de su boca, de su perfecta boca delineada por aquel labial anteriormente rojo. Bebieron un par de tragos más, ella no hablo casi y cuando lo hacía daba pausas tan escandalosamente largas que parecía que no volvería a hablar. Mi amigo se contentaba con escuchar algo que no fuese el martilleo de sus sienes exigiéndole que se saltara los protocolos y fueran a coger. 


Se levanto tras una señal que le hizo con la cabeza, para entonces mi amigo estaba intrigado, no sabía si ella era un bluff, una puta o la muerte encarnada en un vestido color rojo con medias negras caladas. Espero a que todo fuese bien, esperó a que todo fuese camino a una buena cogida, un cigarro y luego a casa a esperar a que la mañana le trajese los rayos del sol. Esperando a que el día siguiente no fuese una gran pila de mierda como solían ser por aquel entonces y esperar a que su ex fuese algún día a recoger la porquería que aun mantenía en la casa. 


No fue lo peor que hubiera tenido, pero definitivamente parecía un cadáver, alguna vez haciendo memoria, mi amigo me contó de cuando tenía diez y siete y su padre lo llevo a un putero, las arcadas que sintió cuando aquella mujer de casi cuarenta se abrió de piernas y el chisme no era nada de lo que te enseñaban en las pornos, de hecho, una cicatriz de cesárea atravesaba el vientre abultado y las tetas estaban colgadas como sacos de perillas. Lo hizo aun así, porque sabía que su padre era un culero que le iba a reventar la boca a trompadas si no lo hacía, quince minutos después en el auto que conducía erráticamente su padre, le daba el primer chingadazo luego de negarle una cuba. Eso era lo que el recordaba como lo peor que hubiera tenido que atravesar en el sexo. Hasta esa noche, porque ella parecía un cadáver, porque a medio sexo comenzó a llorar y porque luego se colgó en el baño. Con el cinturón que Manuel llevaba.


Ahí paro su relato, me dijo que iba a mear y cuando regreso se dejó caer en el sillón a medio derruir, no mostraba ningún signo de tristeza, pero sabía por la pausa enorme que hizo cuando dijo lo del baño, que lo había cambiado, que, pese a que habían pasado ya unos años y pese a que seguía teniendo mujeres, no era el mismo, ya no sonreía de la misma manera y cada una de ellas le recordaba a Clara. Si no físicamente, si en lo que ella se había llevado.


Había dejado una carta en su bolso, eso lo eximió de culpa, aun cuando parecía que todo apuntaba a que lo iban a torcer, pero cuando estaba declarando alguien revisó la bolsa de Clara, ahí estaba todo. Escrito con menos sentido de lo que podría esperarse, pero hablaba sobre los años trágicos, la desgracia que se cernía sobre ella o lo que alguien menos cuerdo hubiera aguantado tanto durante años, sobre todo los últimos tres, que fue cuando la cosa se jodió en serio, que paso de tener un futuro abierto en adelante a no tener nada, a quedarse vagando en este especie de limbo que formamos todos los que moramos aquí creyendo que tenemos una oportunidad de trascender, de ser algo más que el escupitajo de algún minuto de la historia. 


Su hija mayor había muerto, la habían asesinado en la vorágine de la hecatombe que sufríamos en el día a día, muy joven, muy guapa, quizás no tanto como la madre, pero heredaría el desafío de superarla tanto física como intelectualmente. No lo iba a poder consumar. Pero eso no había sido más que el acabose, lo que detono su desgracia fue la serie de calamidades que la hundieron en el alcohol y el sexo fortuito en espera de tener los días malos suficientes para hacerlo, para quitarse el sufrimiento y esperar a que lo que siguiera fuese el agujero negro que nos han prometido, nada de vida detrás de la muerte, nada de arrepentimientos eternos en un azufre hirviente, no, pura y absoluta nada que todo lo que uno ha sido desparece y se convierte en la noche eterna que envuelve a la porquería. Quiero creer que lo obtuvo, que al final consiguió la paz que le debía la condenada vida, que su propio acto de cobardía liberadora le consiguió lo que había anhelado desde que la hija mayor desapareciera una tarde de marzo. Lo que vino después fue peor porque si ya tenía pocas ganas de vivir, verla ahí, inerte en una cama metálica, con las cuencas vacías, con la expresión de no ser más que un cuerpo. La abrazó, la besó en la frente, lloró y gritó como no puedo describir porque no conozco ese dolor, porque su hija era la única luz en una oscuridad que parecía cubrir todo y donde apenas unos pocos son capaces de entenderlo y mucho menos de apreciarlo. Ahí aquella mujer dejó de considerarse alguien buena, alguien que tenía que ser recompensada, se convirtió en una bomba de tiempo que desgraciadamente alcanzó a mi amigo. 


-no la culpo. -me dijo la primera vez que me lo contó. No hubiese tenido los tamaños para aguantar ni diez minutos saliendo de aquella escena. Pero esos son pensamientos que no llevan a ningún lado ¿cierto?


SR Primavera 2021.


martes, 3 de mayo de 2022

Una vida extraña

 El perro olfateo en dirección a la cocina, no debían ser ni las 6 de la tarde y ya estaba inquieto, pese a todo en la casa no se escuchaba ningún ruido que no fuesen los típicos de una casa ubicada en el corazón de un barrio bravo, llantos y gritos, los animales de los vecinos, sus hijos, los nietos de la vecina con problemas de hipertensión y diabetes, el trinar de unos cuantos pájaros que no atinaba a saber cuáles eran. Esta historia no es tan común y no empieza en una noche cerrada y silenciosa, en realidad es una habitación que colinda con otros cuartos igual de pequeños, separados por un muro y una puerta que nunca se cierra, por lo que muchas más veces de las que quisieran recordar, el ruido del refrigerador del vecino acompaña mis ronquidos, quizás acompasándolos, quizás retándoles. Son ya casi las 6 de la tarde y la noche anterior no pude dormir. No es un lugar lleno de historia, a lo máximo me he mudado aquí hace unos meses, pero eso no quiere decir que antes fuese mejor, pareciese que me pasan las cosas raras nada más encender el cerebro por las mañanas. Un tiempo dormí únicamente en el día, no soportaba lo que sucedía en las noches, no me permitían descansar, prefería que mi sueño se viese interrumpido por la licuadora de la señora con dos hijos, uno más idiota que el otro, que por esos pinches ruidos que por la noche inundan el resto de mi cerebro. No he sido el único que los oye, ni tampoco el único que los ve, de hecho, más de una vez alguna de mis novias se ha ido para nunca más volver gracias a eso. Pero yo no puedo huir, cada vez que me lo planteo, algo me detiene, algo me imposibilita correr, ahora es un trabajo, pero antes fue mi madre, mi novia, mi carajo perro. Ahora es un jodido trabajo donde me pagan lo necesario, pero sigue estando el asunto de que tengo que dormir temprano y despertar temprano, lo segundo nunca ha sido problema, pero dormir, dormir es tan complicado como intentar explicar que es lo que pasa sin recurrir a todos los tópicos jodidos que existen. Si alguien me dijese: “hay un fantasma en tu casa” me partiría de la risa y quizás pensaría que me están tomando el pelo, pero luego vendría la confirmación o la falta de esta, porque no entiendo aun que es lo que pasa, me gustaría que la palabra que intento decir fuese tan sencilla como un jodido ente sobrenatural. No me gusta, no me llena con todo el miedo de lo que he visto –y no- es más complicado que un fantasma. Algo que viene de noche, no todas las noches, pero cuando lo hace me observa desde una esquina de la habitación; su sola presencia evita que el perro o los gatos se acerquen, hace que el escalofrío recorra desde la punta de mi cabeza a la planta de los pies, es tan oscuro que la noche es tragada por su forma… ¿figura? No puedo asegurar nada, pero no es siempre y ello ha provocado que mi vida sea una mierda. ¿Quién no quisiera tener seguridad de que todas las noches algo le vigila? Eso lo convertiría en habitual, en algo tan rigurosamente cotidiano que la realidad se podría explicar, pero no, eso no aparece siempre, pero si continuamente y ello impide que lo normalice, o que otros lo hagan. Vamos que ni el perro lo puede interiorizar, ello hará que todas las noches algo suceda con sus pesadillas, acaso más malignas de lo que es la vida real, pero no lo sé, no puedo entender que es lo que pasa en su cerebro, a duras penas entiendo el propio. Pero cuando empiece a oscurecer la noche traerá aparejada la porquería de no dejarme dormir, de seguir despierto esperando a que los ruidos aparezcan,  o a lo mejor dejando que entre en un profundo sueño y entonces comenzar a despertarme bajo cualquier pretexto. Temo más esto último, porque me acerca a ese estado desgraciado donde mis ojos se llenan de bolsas debajo, la gente me mira y sabe que algo malo ha pasado, pero nadie tendrá siquiera una receta para perderme. Las pastillas funcionan, claro, pero al otro día despierto molido, tan cansado como si la noche hubiese durado 10 minutos o menos, como si algo o alguien me tuviese levantado toda la noche y me dejase dormir justo 10 minutos antes de que suene el despertador. Y volveré a sentirme una mierda y quizás vuelva a dejar el despertador por más de 10 minutos hasta que se vuelva insostenible el escuchar ese chirrido bastardo que proviene de menos de 30 centímetros lejos de mi cabeza y de mi oído derecho. Y ahí voy de nuevo, como cada día que amanezco jodido, con ojeras y con una sensación de vacío en el cerebro, con la luz del día animándome a seguir vivo por lo menos hasta que esa noche llegue de nuevo y todo se paralice, sobre todo yo, y me convierta en un niño de nueva cuenta, rogando que lo que se oculta en la noche sea más terrenal, que sea capaz de recibir un puñetazo que le detenga por unas noches, quizás por la misma cantidad de tiempo que pueda sostener la ilusión. Pero sé que no pasara, que el perro actuara extraño, que la oscuridad se tragara la noche y que el miedo se colara por cada uno de mis poros. No es habitual, ninguna historia de fantasmas o cosas carentes de lógica empiezan con una casa de interés social, siempre son lúgubres y con esquinas donde la luz no penetra. Pero no, esto aquí es una casa común y corriente, con un tipo que apenas rebasa la treintena y que no ha hecho pacto alguno con alguna entidad sobrenatural que le provea las pesadillas que le acosan. Soy tan común como puede parecer a los ojos de alguien que viaja en el transporte colectivo, que vive con miedo de los asaltos y la violencia, pero por las noches en lugar de llegar a casa y disfrutar de la seguridad que la misma debiese brindarme, me la paso temiendo que sea tan jodidamente oscuro que algo me observe desde ese rincón, desde esa parte de la habitación y me provoque terror, porque, aunque sea un hombre grande y fuerte, vivo temiendo como un ratón asustadizo. Quizás sea así, quizás sea necesario que algunos tengamos ese miedo para que todo se mantenga en una equilibrada balanza. Quizás es justo por haberme jactado durante años de que ese tipo de cosas no pasaban, que ese tipo de situaciones únicamente les sucedía a los que tienen demasiado tiempo libre para fantasear con cosas que no pueden explicar, con el tiempo apenas suficiente para respirar y aun así tengo que encontrarme en las noches con esos ruidos y esas condenadas sombras que amenazan con devorar lo único seguro que existe. La vecina de la izquierda dice que a veces se oyen carcajadas en las madrugadas, de mi propia voz, que no pocas veces han golpeado la pared para que guarde silencio, pero no soy yo, o al menos no soy consciente de ser yo. Y de todas formas a ella y su séquito de imbéciles que le rodea, no menos de una docena de pretendientes que le ayudan a pagar hasta el crédito del celular con lo cual puede mensajear al resto de imbéciles, les da miedo escucharme gritar por las noches, gritar y desternillarme de la risa mientras interrumpo su tiempo de descanso, a veces quiero creer que es mi manera de vengarme por hacer esos ruidos obscenos en las noches, pero luego su voz se torna un susurro, no he estado en una semana en la casa, no he estado anoche ahí, quien sabe que escuches Rodrigo, porque a mí no es. Y deja de estar riéndote como imbécil por la noche, por tu madrecita que he comenzado a rezar para que me dejes dormir cuando te agarra la locura. Y lo sé, lo sé que no tiene sentido, porque yo no sonrió casi, no hago ruido porque casi no estoy en el día, pero ella jura y perjura que dejó la tele prendida y se escucha mi voz diciendo lo que le haría si pudiera. No eres mi tipo, le digo, y ella se jacta de que eso no es lo que escucha, que no menos de 10 veces ha escuchado que le insulto y le digo que es una ramera y a las rameras les gusta que les den duro, asfixiarlas hasta que casi mueran y luego traerlas desde la muerte. Luego está el asunto del perro, que aúlla todas las mañanas, todo el día, aúlla hasta que pierde las cuerdas vocales de tanto que alguien le apalea. Pero no he sido yo, no puedo ser yo porque no estoy en el día, le invitó a que vea cuando me voy, pero dice que debo estar loco, porque ella me ha visto claramente en el día, parado detrás de la puerta, acechándola cuando sale a comprar su comida, cuando va por el jugo, siempre acechándola y respirando de manera tan fuerte, como si me estuviese viniendo al verla pasar meneando el culo. Pero de nuevo que no soy yo, que no puedo ser yo, me he ido a trabajar todos los días, no tengo porque acosarla, no es mi tipo, puede ser que sea don Antonio que respira tan fuerte por el principio de enfisema y luego me dice que eso es imposible, el viejo se ha muerto hace casi dos meses, y me exprimo el cerebro para recordar cuando fue la última vez que lo vi, la última vez que hable con él, la última vez que le compre unos cigarros luego de dos años de hacerlo casi cada 8 días, y sé que dice la verdad esta vez porque el viejo no ha salido ni una vez en las últimas semanas, pero eso me mortifica mucho más porque apenas lo he escuchado, diciendo algo desde su lado de la pared, susurrando y con pequeñas charlas conmigo, a veces de cosas que pasan en el día a día, a veces de cosas que no entiendo el que significan. Pero eso ella no lo sabe, para ella yo habló solo y me carcajeó como demente por las noches, mientras todos tratan de dormir, mientras yo trató de dormir y lo más probable es que ambos estemos en lo cierto y que en este lugar haya algo que no podamos entender, sobre todo algo que no queramos entender, porque hacerlo significaría que estamos igual de fregados, le habló por las noches, ella me habla por las mañanas, el viejo cuando llego. El perro ha aparecido muerto, no creo que solo se colgara, no creo que sus ojos llenos de lágrimas los pueda superar nunca, quizás lo mejor sería seguirle, más desde que no he visto a la vecina y juran que algo huele muy mal desde su casa, más desde que encontré una puerta trasera totalmente cegada anteriormente, abierta de par en par y conectada con la suya, no me he querido asomar, no he querido entrar a esa otra casa, no he querido entender que las sombras se pasean abiertamente por la claridad del día y que ya no están sordas, se ríen y me señalan, están contentas por algo que no puedo entender. Y es mejor que no lo entienda mientras escribo estas letras, casi a punto de dar las 2 de la tarde.

 

SR Primavera 2020

lunes, 11 de abril de 2022

Cucarachas

 4:12 am me enderecé y cogí lo primero que encontré en la mesa de noche. El sudor arrecia y el reloj con aquellos números en color verde deslumbran por casi toda la habitación. Estoy sudando, pero no es por aquellos sueños que me han atormentado últimamente, al contrario, no he soñado ya desde hace 3 noches, no consigo dormir, doy vueltas, enciendo la luz, fumo un poco, vuelta a intentarlo y nada, así pasan las horas que se antojan largas, en dos horas el condenado reloj de números verdes se encenderá con alguna melodía de antaño, música del recuerdo, música que mi padre y madre escuchaban. Enciendo la luz y el ruido de los grillos bajo la ventana se silencia por un instante, también el tap tap de las patas de las cientos de cucarachas que andan por toda la habitación pero que no alcanzó a apreciar porque sigo medio dormido, alguna vez leí que una persona en toda su vida comerá la misma cantidad de arañas y cucarachas mientras duerme, un festín de media noche, quisiera dormir y que algún bichejo ande directo hasta mi esófago para que pueda comenzar a saborearle y darle un poco de sentido a mi vida. Las frases eternas que se contraen en lo más profundo. Así son las noches, decía aquella canción que escuchaba cuando adolescente; al encender la luz me doy cuenta que nada ha cambiado desde entonces, quizás que tengo más panza y menos pelo, pero no es nada nuevo, de hecho son pocas las cosas que cambian cuando uno mantiene la misma rutina desde hace casi 30 años. Salvo esto, estar despierto y tecleando una historia que me ha producido la gana de hacerlo, tenía muchos meses sin coger la máquina y comenzar a vaciar las letras, una a una, cada palabra que mantiene la sintonía con la porquería. Pero aquí estoy, no para contar como una cucaracha ha trepado hasta mi boca, o como la araña venenosa se ha encargado de nebulizar mis cuerdas vocales, ni tampoco porque no he podido dormir por el jodido calor, no, nada de eso tendría ningún sentido en un mundo como este, un jodido tipo con cara de perro apaleado tecleando una historia estúpida en una madrugada de primavera en calzoncillos, con la maquina recién encendida, a la gente no le interesa eso, pero es mi deber contar lo que ha sucedido apenas pude tener conciencia de lo que pasaba alrededor. Debían ser ya 20 minutos más desde que decidí encender la luz y arrojar fuera de la oscuridad a las cucarachas que se pelean a muerte por una migaja o por algún otro insecto lo suficientemente imbécil como para venir a parar a este muladar, pero ahí estaba, buscando una botella de agua, un poco del vital liquido que ayudara a que la noche y los retortijones no fuesen tan calamitosos, pero no había nada, un vaso vacío lleno de huevos de cucaracha, un plato con mierda de cucaracha y una inteligencia inferior al promedio. Quise calzarme para buscar algo en la tienda de convivencia que había a dos calles, salir al condenado fresco y quizás tumbarme un rato en la maleza donde algún adicto se meo la noche anterior o a donde vinieron a dejar el cadáver de aquella muchacha.  Era joven y no lo merecía. Algún hijo de puta con menos valor del que se necesita para seguir vivo lo habrá hecho y seguramente anduviera ufano en algún servicio religioso o viendo todo desde su televisión pagada a intereses gigantescos. No lo hice, apenas me había calzado uno de los zapatos, sin meterme el calcetín y mucho menos el pantalón, cuando escuché la risa de aquel bebé, una niña, debía de tener un año máximo, era lo único bueno de aquel lugar, todavía no estaba viciada, todavía era buena persona y muy probablemente tuviera aquella luz que les hace resplandecer. La oí reír porque era lo que hacía un bebé a esa edad: llorar, cagar, reír y dormir. La mejor época de nuestra jodida existencia, pero era diferente aquella vez, como si algo se escuchara hueco, como un especie de silbato que acompañaba al final su incoherente balbuceo, y este se iba apoderando de la risa, aunque desde mi habitación que quedaba detrás de una pared medio maciza apenas se podía escuchar por encima de las patas de las cucarachas que aguardaban expectantes y cabreadas a que apagase la luz otra vez para volver a su rutina. La risa se fue espaciando, menos graciosa y más llena de miedo, cargándose hacia la oscuridad, hacia aquello que nos aguardaba a todos al final, pero aún me negaba a creerlo, a pensar siquiera que pudiera estar despierto, quería creer que era un sueño y que en cualquier momento todo acabaría con el dulce reír de aquella niña, me paré de la cama, con una sandalia puesta, di un par de pasos y me contuve de ir a tocar la puerta contigua, que me aseguraba que lo que había escuchado era real, así dure segundos que me parecieron lo más largo de la existencia, en algún lugar seguramente se habían extinguido galaxias debido a mi indecisión. Golpee tres veces la pared, tan fuerte como pude, y no escuche nada, me salí en calzones con el terrible miedo de que todo fuese un jodido sueño, otro de esos sueños donde todo parece que saldrá bien pero luego cambia y empiezan los terremotos más jodidamente destructivos, toque tres veces la puerta, el timbre, aguardé. Nada. Ni la mujer ni el hombre acudían, patee la puerta en espera de que mis intentos no fueran en vano. El vecino de la habitación de enfrente se asomó y me increpo por hacer ruido de madrugada, le ignore y aguarde. Volví a patear, seguramente creyeron que estaba drogado, no sería la primera vez que me mandaran a la procuraduría por eso, llego la vecina de abajo, venia cabreada, venía con un tubo y me gritó que dejara dormir, le dije que la bebe estaba agonizando. Su cara mudó de desconcierto a miedo. A incredulidad temerosa, me preguntó que si estaba seguro. Le espete que no había respuesta a mis golpes ¿Dónde están los padres? Ella se apresuró y golpeo con el tubo. Nada. Llegaron dos vecinos más, a fuerza tumbamos la puerta, por suerte son lugares tan jodidamente mal construidos que lo único que nos evita el frio es una pinche puerta que se abre con una buena carga. El olor era brutal. Puro y duro gas. Los dos hijos de puta estaban muertos, las cabezas dentro de la estufa, comencé a marearme, se escuchaba la sirena cuando la mujer del tubo grito. La bebé no respondía. Llegaron dos ambulancias y quizás algún carro de bomberos en el programa que veo, no le presto mucha atención porque estoy escribiendo esto. 


SR Marzo 2021