-Conocí a esta mujer, era muy guapa. Pero también estaba loca y triste. Por eso se suicidó.
Bebíamos whisky, ya no nos daba el estómago para nada mejor, totalmente destruido por la gastritis y la cantidad ingente de cerveza que durante años tomamos. Mi amigo Manuel nunca dejó de tener mujeres guapas en su vida, mi esposa no lo soportaba, decía que probablemente lo único que tenía aquel hombre de casi cuarenta y cinco era un ego desmedido, que no podía estar nunca comprometido. Pero ella no lo conocía como yo. Ambos estudiamos en la facultad y aunque ninguno se graduó, la amistad se mantuvo. Por aquel entonces, el pinche Manuel era guapo y tenía labia absoluta para conquistar a cualquiera, me gustaron dos de sus novias, una fue la mujer que le rompió el corazón, quizás para siempre y lo convirtió en lo que ha sido desde entonces, pero esta historia no es sobre ella, aunque así lo parezca.
Clara Mendieta me dijo que se llamaba, tenía casi cuarenta cuando la conoció y ya no era lo que solía ser antes, era triste y estaba loca. No es que él lo dijera, no es que él fuese de los que creen que todas están locas o que tienen un desequilibrio hormonal que las lleva a actuar como tal; no, mi amigo era un enamorado de las mujeres y quería muchas veces amar más de lo que podía ser capaz de hacerlo. La conoció en una cantina a las afueras del distrito, uno de esos agujeros infectos donde la música siempre es producto de alguna rockola o de algún conjunto en vivo. La vio abatida sobre las palmas de las manos, llevaba un vestido rojo algo raído y unas medias caladas que permitían soñar con lo que se podía uno encontrar cuando se las quitara. El pelo otrora negro azabache, pintaba canas, pero no en exceso y la hacía ver más interesante que otra cosa, como si enmarcara su belleza. Era muy guapa, según me contó Manuel, y también parecía muy triste. Una mirada llena de la mierda más profunda que te puedas imaginar. Le saludo después de ver que parecía más aburrida que otra cosa, en realidad se acercó con una frase que parecía salida de una época muy vieja, muy anterior a todo lo que podía considerar como un pasado reciente.
-“un trago por tus pensamientos”.
Ella volteó a verle con la misma sensación que alguien observa una mota de polvo estacionada frente a la luz de la lámpara, no se inmuto más y siguió hundida en sus pensamientos. Mi amigo se dio cuenta que no tenía sentido estar ahí, luego se marchó a la mesa que había ocupado previamente. La observó un par de minutos más y se dio cuenta que el trasero era fabuloso. Debía hacer maravillas con el, pero si no estaba por labor no tenía ningún sentido. No era necesario desgastarse aun cuando aquella mujer de mirada triste se viese mucho mejor que cualquiera que hubiese visto últimamente. Debía de rondar los cuarenta y cinco -pensó- quizás un poco menos.
-me vas a invitar un trago y luego a coger.
Mi amigo se quedó fuera de lugar, claro, eso era lo que deseaba desde que la vio ahí hundida en el taburete, pero no pensaba que fuese ella la que se lo propusiera, pensaría que estaría más difícil. Ella se sentó y lo miro a los ojos, sondeando aquello que sólo ella podía ver, mi amigo le sostuvo la mirada por espacio de minutos que le parecieron menos eternos del tiempo que cuesta en pensar en escribirlo. Me dijo que le gustaba bailar, salsa sobre todo. Que hacia un buen de años que no lo hacía, pero algo se lo impedía. Bebía tequila. Puro y duro, sin contemplaciones, pero no lo hacía como lo hacen aquellos que desean sentir la patada, no, lo hacía con cierta elegancia, degustando el sabor del agave en todos los rincones de su boca, de su perfecta boca delineada por aquel labial anteriormente rojo. Bebieron un par de tragos más, ella no hablo casi y cuando lo hacía daba pausas tan escandalosamente largas que parecía que no volvería a hablar. Mi amigo se contentaba con escuchar algo que no fuese el martilleo de sus sienes exigiéndole que se saltara los protocolos y fueran a coger.
Se levanto tras una señal que le hizo con la cabeza, para entonces mi amigo estaba intrigado, no sabía si ella era un bluff, una puta o la muerte encarnada en un vestido color rojo con medias negras caladas. Espero a que todo fuese bien, esperó a que todo fuese camino a una buena cogida, un cigarro y luego a casa a esperar a que la mañana le trajese los rayos del sol. Esperando a que el día siguiente no fuese una gran pila de mierda como solían ser por aquel entonces y esperar a que su ex fuese algún día a recoger la porquería que aun mantenía en la casa.
No fue lo peor que hubiera tenido, pero definitivamente parecía un cadáver, alguna vez haciendo memoria, mi amigo me contó de cuando tenía diez y siete y su padre lo llevo a un putero, las arcadas que sintió cuando aquella mujer de casi cuarenta se abrió de piernas y el chisme no era nada de lo que te enseñaban en las pornos, de hecho, una cicatriz de cesárea atravesaba el vientre abultado y las tetas estaban colgadas como sacos de perillas. Lo hizo aun así, porque sabía que su padre era un culero que le iba a reventar la boca a trompadas si no lo hacía, quince minutos después en el auto que conducía erráticamente su padre, le daba el primer chingadazo luego de negarle una cuba. Eso era lo que el recordaba como lo peor que hubiera tenido que atravesar en el sexo. Hasta esa noche, porque ella parecía un cadáver, porque a medio sexo comenzó a llorar y porque luego se colgó en el baño. Con el cinturón que Manuel llevaba.
Ahí paro su relato, me dijo que iba a mear y cuando regreso se dejó caer en el sillón a medio derruir, no mostraba ningún signo de tristeza, pero sabía por la pausa enorme que hizo cuando dijo lo del baño, que lo había cambiado, que, pese a que habían pasado ya unos años y pese a que seguía teniendo mujeres, no era el mismo, ya no sonreía de la misma manera y cada una de ellas le recordaba a Clara. Si no físicamente, si en lo que ella se había llevado.
Había dejado una carta en su bolso, eso lo eximió de culpa, aun cuando parecía que todo apuntaba a que lo iban a torcer, pero cuando estaba declarando alguien revisó la bolsa de Clara, ahí estaba todo. Escrito con menos sentido de lo que podría esperarse, pero hablaba sobre los años trágicos, la desgracia que se cernía sobre ella o lo que alguien menos cuerdo hubiera aguantado tanto durante años, sobre todo los últimos tres, que fue cuando la cosa se jodió en serio, que paso de tener un futuro abierto en adelante a no tener nada, a quedarse vagando en este especie de limbo que formamos todos los que moramos aquí creyendo que tenemos una oportunidad de trascender, de ser algo más que el escupitajo de algún minuto de la historia.
Su hija mayor había muerto, la habían asesinado en la vorágine de la hecatombe que sufríamos en el día a día, muy joven, muy guapa, quizás no tanto como la madre, pero heredaría el desafío de superarla tanto física como intelectualmente. No lo iba a poder consumar. Pero eso no había sido más que el acabose, lo que detono su desgracia fue la serie de calamidades que la hundieron en el alcohol y el sexo fortuito en espera de tener los días malos suficientes para hacerlo, para quitarse el sufrimiento y esperar a que lo que siguiera fuese el agujero negro que nos han prometido, nada de vida detrás de la muerte, nada de arrepentimientos eternos en un azufre hirviente, no, pura y absoluta nada que todo lo que uno ha sido desparece y se convierte en la noche eterna que envuelve a la porquería. Quiero creer que lo obtuvo, que al final consiguió la paz que le debía la condenada vida, que su propio acto de cobardía liberadora le consiguió lo que había anhelado desde que la hija mayor desapareciera una tarde de marzo. Lo que vino después fue peor porque si ya tenía pocas ganas de vivir, verla ahí, inerte en una cama metálica, con las cuencas vacías, con la expresión de no ser más que un cuerpo. La abrazó, la besó en la frente, lloró y gritó como no puedo describir porque no conozco ese dolor, porque su hija era la única luz en una oscuridad que parecía cubrir todo y donde apenas unos pocos son capaces de entenderlo y mucho menos de apreciarlo. Ahí aquella mujer dejó de considerarse alguien buena, alguien que tenía que ser recompensada, se convirtió en una bomba de tiempo que desgraciadamente alcanzó a mi amigo.
-no la culpo. -me dijo la primera vez que me lo contó. No hubiese tenido los tamaños para aguantar ni diez minutos saliendo de aquella escena. Pero esos son pensamientos que no llevan a ningún lado ¿cierto?
SR Primavera 2021.
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