El perro olfateo en dirección a la cocina, no debían ser ni las 6 de la tarde y ya estaba inquieto, pese a todo en la casa no se escuchaba ningún ruido que no fuesen los típicos de una casa ubicada en el corazón de un barrio bravo, llantos y gritos, los animales de los vecinos, sus hijos, los nietos de la vecina con problemas de hipertensión y diabetes, el trinar de unos cuantos pájaros que no atinaba a saber cuáles eran. Esta historia no es tan común y no empieza en una noche cerrada y silenciosa, en realidad es una habitación que colinda con otros cuartos igual de pequeños, separados por un muro y una puerta que nunca se cierra, por lo que muchas más veces de las que quisieran recordar, el ruido del refrigerador del vecino acompaña mis ronquidos, quizás acompasándolos, quizás retándoles. Son ya casi las 6 de la tarde y la noche anterior no pude dormir. No es un lugar lleno de historia, a lo máximo me he mudado aquí hace unos meses, pero eso no quiere decir que antes fuese mejor, pareciese que me pasan las cosas raras nada más encender el cerebro por las mañanas. Un tiempo dormí únicamente en el día, no soportaba lo que sucedía en las noches, no me permitían descansar, prefería que mi sueño se viese interrumpido por la licuadora de la señora con dos hijos, uno más idiota que el otro, que por esos pinches ruidos que por la noche inundan el resto de mi cerebro. No he sido el único que los oye, ni tampoco el único que los ve, de hecho, más de una vez alguna de mis novias se ha ido para nunca más volver gracias a eso. Pero yo no puedo huir, cada vez que me lo planteo, algo me detiene, algo me imposibilita correr, ahora es un trabajo, pero antes fue mi madre, mi novia, mi carajo perro. Ahora es un jodido trabajo donde me pagan lo necesario, pero sigue estando el asunto de que tengo que dormir temprano y despertar temprano, lo segundo nunca ha sido problema, pero dormir, dormir es tan complicado como intentar explicar que es lo que pasa sin recurrir a todos los tópicos jodidos que existen. Si alguien me dijese: “hay un fantasma en tu casa” me partiría de la risa y quizás pensaría que me están tomando el pelo, pero luego vendría la confirmación o la falta de esta, porque no entiendo aun que es lo que pasa, me gustaría que la palabra que intento decir fuese tan sencilla como un jodido ente sobrenatural. No me gusta, no me llena con todo el miedo de lo que he visto –y no- es más complicado que un fantasma. Algo que viene de noche, no todas las noches, pero cuando lo hace me observa desde una esquina de la habitación; su sola presencia evita que el perro o los gatos se acerquen, hace que el escalofrío recorra desde la punta de mi cabeza a la planta de los pies, es tan oscuro que la noche es tragada por su forma… ¿figura? No puedo asegurar nada, pero no es siempre y ello ha provocado que mi vida sea una mierda. ¿Quién no quisiera tener seguridad de que todas las noches algo le vigila? Eso lo convertiría en habitual, en algo tan rigurosamente cotidiano que la realidad se podría explicar, pero no, eso no aparece siempre, pero si continuamente y ello impide que lo normalice, o que otros lo hagan. Vamos que ni el perro lo puede interiorizar, ello hará que todas las noches algo suceda con sus pesadillas, acaso más malignas de lo que es la vida real, pero no lo sé, no puedo entender que es lo que pasa en su cerebro, a duras penas entiendo el propio. Pero cuando empiece a oscurecer la noche traerá aparejada la porquería de no dejarme dormir, de seguir despierto esperando a que los ruidos aparezcan, o a lo mejor dejando que entre en un profundo sueño y entonces comenzar a despertarme bajo cualquier pretexto. Temo más esto último, porque me acerca a ese estado desgraciado donde mis ojos se llenan de bolsas debajo, la gente me mira y sabe que algo malo ha pasado, pero nadie tendrá siquiera una receta para perderme. Las pastillas funcionan, claro, pero al otro día despierto molido, tan cansado como si la noche hubiese durado 10 minutos o menos, como si algo o alguien me tuviese levantado toda la noche y me dejase dormir justo 10 minutos antes de que suene el despertador. Y volveré a sentirme una mierda y quizás vuelva a dejar el despertador por más de 10 minutos hasta que se vuelva insostenible el escuchar ese chirrido bastardo que proviene de menos de 30 centímetros lejos de mi cabeza y de mi oído derecho. Y ahí voy de nuevo, como cada día que amanezco jodido, con ojeras y con una sensación de vacío en el cerebro, con la luz del día animándome a seguir vivo por lo menos hasta que esa noche llegue de nuevo y todo se paralice, sobre todo yo, y me convierta en un niño de nueva cuenta, rogando que lo que se oculta en la noche sea más terrenal, que sea capaz de recibir un puñetazo que le detenga por unas noches, quizás por la misma cantidad de tiempo que pueda sostener la ilusión. Pero sé que no pasara, que el perro actuara extraño, que la oscuridad se tragara la noche y que el miedo se colara por cada uno de mis poros. No es habitual, ninguna historia de fantasmas o cosas carentes de lógica empiezan con una casa de interés social, siempre son lúgubres y con esquinas donde la luz no penetra. Pero no, esto aquí es una casa común y corriente, con un tipo que apenas rebasa la treintena y que no ha hecho pacto alguno con alguna entidad sobrenatural que le provea las pesadillas que le acosan. Soy tan común como puede parecer a los ojos de alguien que viaja en el transporte colectivo, que vive con miedo de los asaltos y la violencia, pero por las noches en lugar de llegar a casa y disfrutar de la seguridad que la misma debiese brindarme, me la paso temiendo que sea tan jodidamente oscuro que algo me observe desde ese rincón, desde esa parte de la habitación y me provoque terror, porque, aunque sea un hombre grande y fuerte, vivo temiendo como un ratón asustadizo. Quizás sea así, quizás sea necesario que algunos tengamos ese miedo para que todo se mantenga en una equilibrada balanza. Quizás es justo por haberme jactado durante años de que ese tipo de cosas no pasaban, que ese tipo de situaciones únicamente les sucedía a los que tienen demasiado tiempo libre para fantasear con cosas que no pueden explicar, con el tiempo apenas suficiente para respirar y aun así tengo que encontrarme en las noches con esos ruidos y esas condenadas sombras que amenazan con devorar lo único seguro que existe. La vecina de la izquierda dice que a veces se oyen carcajadas en las madrugadas, de mi propia voz, que no pocas veces han golpeado la pared para que guarde silencio, pero no soy yo, o al menos no soy consciente de ser yo. Y de todas formas a ella y su séquito de imbéciles que le rodea, no menos de una docena de pretendientes que le ayudan a pagar hasta el crédito del celular con lo cual puede mensajear al resto de imbéciles, les da miedo escucharme gritar por las noches, gritar y desternillarme de la risa mientras interrumpo su tiempo de descanso, a veces quiero creer que es mi manera de vengarme por hacer esos ruidos obscenos en las noches, pero luego su voz se torna un susurro, no he estado en una semana en la casa, no he estado anoche ahí, quien sabe que escuches Rodrigo, porque a mí no es. Y deja de estar riéndote como imbécil por la noche, por tu madrecita que he comenzado a rezar para que me dejes dormir cuando te agarra la locura. Y lo sé, lo sé que no tiene sentido, porque yo no sonrió casi, no hago ruido porque casi no estoy en el día, pero ella jura y perjura que dejó la tele prendida y se escucha mi voz diciendo lo que le haría si pudiera. No eres mi tipo, le digo, y ella se jacta de que eso no es lo que escucha, que no menos de 10 veces ha escuchado que le insulto y le digo que es una ramera y a las rameras les gusta que les den duro, asfixiarlas hasta que casi mueran y luego traerlas desde la muerte. Luego está el asunto del perro, que aúlla todas las mañanas, todo el día, aúlla hasta que pierde las cuerdas vocales de tanto que alguien le apalea. Pero no he sido yo, no puedo ser yo porque no estoy en el día, le invitó a que vea cuando me voy, pero dice que debo estar loco, porque ella me ha visto claramente en el día, parado detrás de la puerta, acechándola cuando sale a comprar su comida, cuando va por el jugo, siempre acechándola y respirando de manera tan fuerte, como si me estuviese viniendo al verla pasar meneando el culo. Pero de nuevo que no soy yo, que no puedo ser yo, me he ido a trabajar todos los días, no tengo porque acosarla, no es mi tipo, puede ser que sea don Antonio que respira tan fuerte por el principio de enfisema y luego me dice que eso es imposible, el viejo se ha muerto hace casi dos meses, y me exprimo el cerebro para recordar cuando fue la última vez que lo vi, la última vez que hable con él, la última vez que le compre unos cigarros luego de dos años de hacerlo casi cada 8 días, y sé que dice la verdad esta vez porque el viejo no ha salido ni una vez en las últimas semanas, pero eso me mortifica mucho más porque apenas lo he escuchado, diciendo algo desde su lado de la pared, susurrando y con pequeñas charlas conmigo, a veces de cosas que pasan en el día a día, a veces de cosas que no entiendo el que significan. Pero eso ella no lo sabe, para ella yo habló solo y me carcajeó como demente por las noches, mientras todos tratan de dormir, mientras yo trató de dormir y lo más probable es que ambos estemos en lo cierto y que en este lugar haya algo que no podamos entender, sobre todo algo que no queramos entender, porque hacerlo significaría que estamos igual de fregados, le habló por las noches, ella me habla por las mañanas, el viejo cuando llego. El perro ha aparecido muerto, no creo que solo se colgara, no creo que sus ojos llenos de lágrimas los pueda superar nunca, quizás lo mejor sería seguirle, más desde que no he visto a la vecina y juran que algo huele muy mal desde su casa, más desde que encontré una puerta trasera totalmente cegada anteriormente, abierta de par en par y conectada con la suya, no me he querido asomar, no he querido entrar a esa otra casa, no he querido entender que las sombras se pasean abiertamente por la claridad del día y que ya no están sordas, se ríen y me señalan, están contentas por algo que no puedo entender. Y es mejor que no lo entienda mientras escribo estas letras, casi a punto de dar las 2 de la tarde.
SR Primavera 2020
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