Nos dijimos una sarta de idioteces, llevados por la propia desesperación de no tener más nada que decirnos. Eran las ultimas palabras de una serie de años que se arrastraban directo al caño, fundidos por la cantidad de malas decisiones que nos habían acompañado. Sacó un kleenex, se enjuagó las lagrimas que resbalaban por sus mejillas con el rímel que parecía barato, quizás lo fuera, no tenía la menor idea de cuanto habría costado aquella porquería, ella lo había pagado, tenía más de 3 meses que no tenía dinero, hacia casi 2 años que no trabajaba de nada, ella se había encargado de todo. Justo como había sido siempre, así me lo decían mis padres cuando me cortaron los fondos.
-nunca vas a encontrar a alguien como yo…
Me sentenció con aquellas palabras que parecían una muletilla repetida hasta la saciedad por todas las parejas del mundo, quizás fuera cierto pero lo que menos quería era seguir allí, mucho menos con ella y con aquel sentimiento de culpa que parecía carcomer todo. Vivimos juntos por casi 4 años y la engañe una sola vez, carnalmente al menos, le mentí tanto que a veces parecía una mentira misma lo que cagaba. Lo sospechó todo el tiempo, porque no podía ser tan bueno, tan inútil y tan bueno.
Salí de aquel apartamento con lo mínimo, le dije que tirara todo lo demás, que se deshiciera de ello y seguramente lo hará, no tengo ninguna duda de que será así porque es una gran mujer, muy lista y con el sentido de justicia más recto que alguien pudiera encontrar. Pero eso mismo nos alejaba y nos diferenciaba, y estaba bien, y eramos felices en apariencia. Eso pensaba mientras recorría las calles aledañas a lo que había sido mi hogar durante los últimos años, pensé con pesar que quizás me encontraría con alguno de esos viejos chismosos que a diario me encontraba, pero la calle parecía vacía, completamente carente de toda la fauna que dejaba pedazos detrás de si para regresar un día si y otro también a la porquería que era su vida. Doblé a la izquierda en la calle de la tienda de Don Abel, tenía un letrero luminoso que alumbraba un charco de algo indeterminado, orina de algún ebrio probablemente, más adelante se observaba un niño que hacia zigzag entre las rayas del pavimento. No volteaba para atrás y eso convertía aquel juego de seguir caminando a ningún lugar en algo interesante, quizás si alguna de esas viejas chismosas se asomara comenzaría a recelar de que un hombre desaliñado y con la cabeza enmarañada siguiera a unos cuantos pasos a un niño con ropa de color rojo y azul. Pero no tenía nada mejor que hacer, observar al niño caminar, seguir su estela de juegos y pensar en lo bonito que sería volver a tener su edad, pero sabía que era una estupidez. Así lo pensé.
Dobló a la izquierda y se perdió en una de las calles que conducían a donde vendían comida china, nada destacable pero no pocas veces me había sacado de un apuro monumental. Seguí de frente en espera de que los minutos se convirtieran en horas y las horas en mejores lugares a donde ir a dar con mis viejos huesos, pero lo cierto es que no tenía nada, probablemente terminaría durmiendo en un viejo banco en el parque, pensé románticamente como si no tuviera ni idea de que haría a partir de ese momento. Quizás regresar a casa de mi hermano y que el ojete me recibiera con una manta y un chocolate caliente mientras su mujer se arrastraba con aquellos atuendos infartantes. Mientras su mujer se arrodillaba y me sacaba el miembro para darme una calidad bienvenida familiar, aunque sabía que aquello era más improbable que terminar viviendo en el parque de unas cuadras adelante.
-tss tsss
Hice por lo bajo en espera de que aquel caniche mugroso me hiciera alguna gracia, que sacudiera mínimamente la cola afelpada, pero lo único que hizo el can fue caminar tambaleante por el lugar y dar una vuelta en su propio eje para terminar estampando su cabeza contra la pared de la casa de la vecina que oía telenovelas a todo volumen en aquella pantalla gigante. Me detuve a ver al perro, que dio dos pasos más y comenzó a caminar tambaleantemente hasta chocar de frente con la pared, con un ruido sordo amortizado por el peluche que formaba su pelaje sucio, no levantó en ningún momento la cabeza, siempre cabizbajo, maldiciendo en su lenguaje animal el no poderse sacrificar a si mismo, manteniendo una vida, si a eso se le llamaba vida, carente de sentido y destinado a estampar su cráneo bajo la piel y el peluche ante aquellas paredes. Lo seguí más cerca que al niño, el perro no hizo ningún intento por alejarse, como si su cerebro estuviese a mil millones de kilómetros de ahí, y probablemente lo estaba, perdido en la inmensidad de alguna enfermedad mental o desorden que lo condenaba a seguir repitiendo aquella rutina por los próximos años perro que le quedaran. Pero no podía hacer otra maldita cosa que observar aquel ritual y comprender que quizás el estaba menos condenado que yo, que realmente en unos días estaría haciendo lo mismo con mayor fuerza en algún lote baldío o perdido en la selva de asfalto. El perro nuevamente avanzo a trompicones mientras dejaba tras de si un rio de orina fresca que salía incontinentemente de su pene de macho a punto de irse a otro universo, quizás con más fortuna que muchos. Se estampo de frente con la puerta de una casa que parecía desvencijada por la acción del tiempo, decían que ahí espantaban pero lo cierto es que el hombre que vivió- y murió- en ella era un buen sujeto que perdió todo muy rápido, ahora el perro aterrizaba la cabeza al menos dos veces más ante su reja negra mientras la siguiente ola de orina llegaba desde la profundidad de su riñón.
Cuando ya me había decidido a tronarle el cuello para evitar que siguiera degradándose más, apareció una de esas viejas chismosas y lo llamó por lo bajo, enseguida lo cargó como si fuera un bulto indeseable y se lo llevó con ella, farfullando por lo bajo sobre la desgracia de la existencia de aquel can que en ningún momento levanto la vista del suelo, el suelo que parecía reclamarlo y a donde su desdibujado cerebro quería pertenecer. Metros adelante vi el parque, donde comencé a escribir esta cosa. Rodeado de ratas, colillas, botellas y niñas de coletas subidas en los juegos donde sus padres conversan sobre la necesidad de mandar a la policía para que vigile a ese hombre extraño que los ve con franca curiosidad.
SR Junio 2020.
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