domingo, 2 de octubre de 2022

dos días antes del equinoccio de otoño

 Tenía una muy buena historia sobre un hombre que deambulaba por la vida, que lo máximo a lo que aspiraba era a ser un condenado más, teniendo algún punto álgido en su vida, como una bella esposa o mejor aún, una compañera de vida que intentara seguir a su lado, aun cuando él no quisiera seguir mucho más vivo. Pero al final la perdería porque estaba terriblemente acostumbrado a que todo fuese en su contra, algo así como traer el condenado santo de espaldas. Mi madre seguramente estaría orgullosa de que metiese una referencia tan rigurosamente apegada a esa etapa de mi vida cuando aún abrazaba la fe. El hombre se llamaba Rolando. No, a la fregada con él, debiese llamarse Damián, un tipo que media casi 1.90. Con pelo abundante, cabellera del infierno que nos hace odiarlo por aquellos que desde eones hemos ido perdiendo aquello. Nos obliga a volvernos retraídos, nos convierte en esclavos de esa idea preconcebida de la perdida de la masculinidad, de irnos acercando también a ese foso oscuro. Envejecer y perder todas las gónadas del mundo, eso debe ser un récord absolutamente del perder-perder, y no somos pocos; pero, ahí andaba Damián, buen hombre, con un corazón perdidamente enamorado de las mujeres desde que podía acordarse, eso lo había convertido en un hombre triste, pero iba andando, aventando el resto cada que su ritmo de vida se lo permitía. Un tiro a la vez, una gónada perdida cada cierto tiempo, algo como eso parecía adecuado. Luego aparecía su carácter depresivo, pero no de esas enfermedades que todo el tiempo lo tenían pensando en la muerte, pero si cada poco tiempo, eso parece algo estúpido, escrito por alguien que no tiene ni puta idea acerca de donde se mueve aquello que está tecleando con furia, porque así parece que es todo el tiempo, furia desbocada que aparece cuando bebe. Ahora tenemos un triple problema, Damián que se encamina hacia la desgracia, la historia triste de quien esto escribe y el cómo casar ambos mundos en algo que no parezca demasiado forzado. Y avanza la cosa cuando Damián se encuentra con esa mujer que parece acercarlo al borde. Hundirlo como sólo pueden significar aquellas cosas que la mayoría ignora. Inmerso en la desgracia de que ella lo convierta en el sucio cadáver que alguien encontrara una mañana cuando parecía que el día no podría ser más interesante, un admirador jodido de cuerpos inertes, carentes de alma, de color, de sangre bombeándole a través de las venas. Pero tampoco quiero que esto parezca uno de esos escritos donde todo es mierda, quiero que adquiera el color de una balada triste interpretada por Lalo Mora. Algo que le podría gustar a tu padre, e igualmente lo disfrutarían juntos, al lado de una cerveza. Eso sería un buen final para Damián, encontrarse bebiendo un trago al lado de su padre, o mejor aún de sus hermanos y primos. Encontrar que todo está muy de la chingada porque le trae ganas a su prima, o ¿era la tía? Quizás  a ambas, pero, ¿cómo distinguir una de la otra si los rostros se confunden luego de tres tragos de aquella bebida? Húndete, piérdete en el laberinto de los rostros. Pero quizás Damián pueda salvar los papeles, encontrar un punto medio que lo lleve hacia la mañana siguiente, el trago siguiente, la vida que va cerrándose. Sigue escuchando aquellas melodías que lo transportaban fuera del mundo, Zeppelin, los Doors, quizás algo más denso como Sabbath, no me gusta nombrarles, no me gusta que crean que aquel tipo que tenía puesta una canción de Lalo Mora pueda irse definiendo por aquello del eclecticismo, que se chinguen esos que usan canciones o cantantes para ejemplificar lo que está pasando en sus vidas de porquería, como si fueran más importantes que la risa de alguien lastimado. No puedes irte más adentro o ¿sí? Ella se llamaba Teresa, Damián se perdería una mañana en sus ojos, luego fueron muchos años, muchos llantos, aunque no puede recordar alguno, porque él no lloraba, un macho de antaño, perdido en las llanuras, y acabó de completar un triple uso de una letra complicada, quise seguir pero no sería justo. La ruptura. El caos que se cierne sobre los hombros de Damián, de una madrugada que se antojaba difícil porque tenía frio, tenía un dolor en la entrepierna y uno más profundo atenazándole el condenado corazón que se iba rompiendo con la certeza de los días fríos que se acercan. Siempre las mismas canciones, acerca de los sentimientos, esos mismos momentos, esas ideas que se van convirtiendo en fantasmas o fantasías llenas de dolor, pero Damián lo sabe, Damián tiene las llaves para comenzar el infierno sobre la humanidad. No lo hará, seguirá observándome, yendo hacia adelante esperando a que cuente su historia, o las horas que faltan para que su espíritu deje su cuerpo. Nuevamente recurro a la vieja creencia en todas esas cosas, son poco menos de la 1 de la mañana, ya no hay alcohol, la mota se acabó, tienes las riendas de la vida de Damián y prefieres hundirte en los sueños del alcohol. Todo esto fue influenciado por ello, y en algún momento lo recordaras tan pronto como bajes, siempre lo harás, ella se ha ido. Es ahora una buena madre, una buena esposa, una buena mujer, capaz de seguir adelante sin pensar en ese jodido de Damián. Me cansé de no poder usar jodida, aunque pocas veces la uso fuera de estas cosas. Son días complicados. Pero la historia ha salido y desgraciadamente Damián no se ha podido ir al otro mundo. Sigue tirando sus propias palabras por las calles, por las noches, a causa de los labios de esas mujeres equivocadas. 


SR septiembre de 2020.

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