¿Sabes que hay personas que nunca han conocido una presa? Conocen el mar, conocen un lago, pero no han ido nunca a una presa, quizás porque les recuerda algo malo, a lo mejor no saben que esperar y cuando la ven por primera vez quedan maravillados, pero es probable que nunca vuelvan a visitar una en su vida ¿Por qué lo harían? Nadie en su sano juicio dice: voy a ir de vacaciones a la presa. Quizás alguno que otro que nunca ha salido de su maldita zona de confort pueda pensarlo, pero jamás lo dirá porque admitir que su ideal de vacación, o de estar en el ajo, es ir a una presa le pasaría factura a su espíritu. No tengo tiempo para filosofía cara, a veces no queda otra que abrir el grifo esperando que lo que venga sea medianamente decente, que tenga un par de ideas buenas, que sirva para encender una chispa que sea imposible de apagar, pero generalmente no es así, a duras penas puedes levantar la verga y seguir de frente como si nada hubiera pasado. No me gusta usar groserías, no porque me crea mocho, sino…bueno, en realidad creo que no me gusta decir esa palabra, no tengo ningún problema usando pinche, o pendejo. Pero por alguna extraña razón muy machista no me gusta usar la palabra verga cuando escribo, me queda claro que le quita solemnidad a esto y lo acerca a esos mamonazos que escriben una serie de guarradas pensando con la verga. 3ª vez que la uso en esta porquería que empezó hablando de la poca visita que generan, fuera de aquellas brutalmente inmensas o rodeadas de otro atractivo turístico, o camino de, las presas artificiales creadas por el hombre, ese mismo que desde pequeño busca como controlar el agua ¿Cuántos de nosotros no construimos mini diques o mini saltos, caminos sinuosos cuando jugábamos en la tierra con el agua? Desafiando sus límites, expandiendo los propios porque el agua te enseñaba que sigue adelante sin importar que, pero a lo mejor sólo unos cuantos tomamos parte de esa dinámica, quizás la mayoría estaba enfocada en mojarse, divertirse y alejarse lo más pronto posible de toda actividad física que impidiera disfrutar las vacaciones, cuando más jóvenes lo único que queremos es seguir y seguir, sin detenernos a pensar en lo que está sucediendo día a día, pero luego en un simple instante, quizás una tarde de otoño o de diciembre, te paras en el cauce de un rio minúsculo de agua y comienzas a observar como fluye, te quedas absorto viendo cómo se mueve a una velocidad que no puede detenerle nadie, salvo con una presa que te esforzaras en crear a escala para contener su fuerza, pero esto será momentáneo, porque al final el agua vence y comienza a desmoronar la presa que inútilmente construiste mientras la tarde comienza a teñirse de nubes que se desgajan unos cuantos kilómetros por encima de tu cráneo que se ha cubierto de canas, tantas como poco pelo te queda; y sigues ahí, mirando el agua que no se detiene a preguntarse ¿cuánto más seguiré vivo? Por el contrario, avanza y mueve troncos, rocas, animales y bichos que han sido forzados a refugiarse en la altura o en la lejanía. Estas ahí, concentrado en lo tuyo mientras las horas de desvelo, de mal comer, de preocupaciones se funden en el negro que comienza a crecer en el lado izquierdo de tu cuerpo, precisamente ahí donde un día, una mañana de igual un otoño o diciembre te comenzara un dolor que aturdirá tus sentidos y luego tu costado impactara el suelo, ante el grito de una multitud que no sabe que está ocurriendo, porque todos lo negamos ya que nos recuerda lo poco importante que somos, tanto como esas hormigas que corren despavoridas creyendo que le podrán ganar a la corriente que proviene de una manguera de color verde que tiene tantos agujeros como parches de cinta negra. Todo se integra a la misma velocidad que los ríos que se han ido formando en torno a la corriente principal que proviene de tu mano izquierda, la que sostiene la manguera, con la misma fuerza que sostienes la verga para orinar, para metérsela a tu mujer o a tu hombre, no soy quien para espantarme, quizás lo haga por decir tantas veces la palabra verga sin un sentido poético, meramente como quien la tiene y la usa porque sabe que puede y debe. Son casi dos meses que quedan para que el año ceda de nuevo, para que todo comience a perderse en la oscuridad de la noche, pero sigues aquí, luchando porque crees que es lo adecuado pese a que ya nadie tiene las mínimas intensiones de hacerlo, te persigue la soledad y tú la esperas en la misma esquina, ante la inmensidad de esa presa que amenaza con desbordarse e inundar los pueblos cercanos que alguna vez van a perecer, todos lo haremos tarde o temprano, quizás no enterrados por millones de litros cúbicos de agua, pero si con la misma sensación final de que todo pudo ser mejor, y que aún es temprano para tener miedo. Es así.
SR equinoccio de otoño 2021.
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