Lo encontraron tirado en una banca del jardín Hidalgo, con la cabeza cubierta de sangre, la pistola a sus pies, la cita se había cumplido, casi 60 años después Don Eustaquio se reunía con quien había sido el amor de su vida. Ya no le quedaba nada que lo uniera a este mundo, quizás yo, pero eso sería darme demasiada importancia, había soportado bastante bien los últimos meses, encerrado con sus escritos, con sus viejas manías, rodeado de sus plantas y con el aire viciado que provenía de las calles que hacia tiempo no recorría. No me avisaron a mi, de hecho me enteré por un recorte que me enseño un viejo camarada, claro que él no sabía que conocía al octogenario que había decidido quitarse la vida con un certero disparo en la sien. Sus palabras textuales fueron: “que pinche, solo como un perro”, Román no tenía por que saber que nos conocíamos aquel viejo suicida y yo, de hecho a pocas personas les había hablado, mi mujer acaso, y a algún otro conocido que de repente se sorprendía porque me encontraba menos irascible que antes.
No lo reconocí de inmediato, me costo darle sentido a los pies desmadejados de aquel hombre que decididamente se había pegado un tiro en medio de un jardín rodeado de muchísima gente, aunque hasta para eso fue discreto, lo hizo cuando no había niños o mujeres a la vista, lo hizo cuando el sol del medio día le dio la fuerza suficiente en los dedos reumáticos para quitarse la vida. Irónicamente el dolor que podía experimentar todos los días durante el invierno a causa de las dolencias no fue el combustible, más bien ya no quería seguir vivo. Y al tiempo que me dolía, me sentía tranquilo porque se fue bajo sus términos, con la fuerza suficiente para arreglar todos sus pendientes y luego ir a sentarse en aquella banca que tantas buenas horas le diera años atrás.
Me lo había contado tantas veces como lo conocía, una mañana la vio ahí, con los ojos pardos más grandes y hermosos que hubiera de ver jamas, una mujer con todas las de la ley, fuerte y con un rostro que no podía alcanzar a hacerle justicia, pero no fue fácil. Le costó años, le costó sangre aquella mujer, y no se quedaron juntos, de hecho apenas les dio el amor para unos cuantos de gozo absoluto, el carácter duro de ella, la taciturna vida del entonces joven Eustaquio les costo la vida juntos. La añoraba como las lagartijas al sol, así lo decía él, para quedarse tumbado horas bajo el recuerdo de su rostro. Aun no la podía odiar, no lo haría nunca. Se fue a despedir de ella como todo un caballero, con un trío sonando debajo de la ventana de la mujer de casi 40 en ese entonces, ella con su rostro imperturbable, denostando una pequeña satisfacción por tener un hombre de rodillas frente a su ventana aun cuando los años habían transcurrido. No lo corrió, no dijo nada tampoco, y los 5 hombres que estábamos ahí, porque nos fuimos saliendo de una de esas noches cuando bebíamos juntos, nos quedamos hasta que la voz de aquel hombre ya de casi sesenta se agarroto bajo el frio de aquel invierno en las calles de Chimalistac, empedrado y todo nos amanecimos bebiendo una botella de algún brebaje que nos dio fuerza para aguantar todo, los del trío se habían ido con las estrellas aun visibles, pero nosotros seguíamos sentados bajo aquel puente de piedra casi 500 años después de que lo hiciera algún hidalgo español enamorado de alguna indígena, enamorado de una mujer muerta en la epidemia de varicela quizás.
-me voy a matar un día. Me dijo con la serenidad que puede esgrimir un santo luego de pasarse un trago largo, hirviente, que rompía con la monotonía del silencio que se dejó sentir sobre nuestras cabezas repletas de canas. Apenas repare en sus palabras en aquel entonces, quizás porque estaba mas borracho de lo que quería admitir, no le hice segunda, apenas atinaba a entender desde donde vendría el sol en un par de horas. Casi 20 años después las palabras de aquel hombre que se jactaba de beber todos los días media botella de mezcal, pero del bueno, de ese que te rompe y te une por dentro mientras va bajando con todo su conocimiento milenario, que te hace añorar romper las cadenas que nos sujetan mientras todo se mantiene en su sitio, ese hombre era don Eustaquio, completamente cano desde mucho antes de que lo conociera, siempre vestido con un sombrero de fieltro, el mismo que ahora tenia unas gotas de sangre; por lo pronto le rendiría homenaje bebiéndome una botella de mezcal, de ese que me regaló una mañana, que me dijo que no lo abriera nunca mientras el siguiera vivo, necesario que vacíe la botella recordando a ese viejo que todas las mañanas leía el periódico mientras esperaba que los dedos se le desentumieran, esperando a que la mujer que ocasionalmente lo auxiliaba le llevara aquella pistola que terminaría con su vida en aquel viejo parque.
No volví a pisar su casa, me quede con los tres libros que me presto la ultima vez que estuve con él, no eran buenos libros, pero supongo que ya nadie podrá reclamar nada. No quiero saber que paso con todo lo que era su vida, con lo que quedaba de ella. Escribo esto mientras observo las tres portadas que forman un pequeño río, parte de una colección que quería leer hace años, pero ahora simplemente no tienen ningún sentido. La botella vacía terminó en la basura, como todos los recuerdos que lo unían conmigo.
SR último día de noviembre de 2020.
No hay comentarios:
Publicar un comentario