martes, 1 de mayo de 2018

A plomo

El ruido de las gomas pasando encima del riel de seguridad rompe la monotonía de los vaivenes automotrices, aunque irónicamente ese mismo ruido es parte de los sonidos cotidianos a los que está acostumbrada aquella mujer; piernas largas, kilométricas, llenas de horas de gimnasio, no porque le guste, no porque lo prefiera, pero es eso o trabajar por horas en un lugar donde igualmente la explotaran y donde el jefe le querrá meter mano, prefiere elegir a quien y como. Aunque a veces esto se lo repite como un mantra para hacer más llevadero el día. Apenas son las 3 de la tarde, los niños regresan acompañados de sus madres, de sus abuelas, de las nanas, ha visto de todo desde los últimos 7 años. Cabalístico el año, nunca espero terminar ahí, pero ahora ya no sabría hacer otra cosa. Su último empleo formal, por llamarlo así, fue en la tienda, trabajaba desde las 6 hasta las 5. Apenas tenía tiempo para pensar en algo que no fueran los condenados productos, surtir, pedir, vender, promocionar, toda la mierda que tantos años la atosigara, en ello duró casi 4. Se le hacía el estómago chiquito cuando tenía que oler el aliento pútrido de los hombres que llegaban a contemplarle los pechos. Nunca les dio motivo, pero eso a ellos no les importaba, necesitaban un sitio donde dejar los ojos y las fantasías. Luego vino Rubén. Era guapo, era condenadamente guapo, pero no de esos que viven de ello; no lo sabía, era gracioso y tenía mucho futuro. Eso fue su perdición, le gustaban inteligentes, pero con malas decisiones, ella era un tanto así, había terminado la prepa abierta y quería entrar a estudiar una carrera técnica, pero no había dinero, la tienda le proveería una mierda que no le alcanzaba más que para rentar un cuarto junto a su madre. Apenas una cama matrimonial, una cocinilla y un baño que compartía con ratas y el lavadero. Así era su vida por aquel entonces, lo recuerda claramente mientras una bocina la saca del ensoñamiento. No es para ella, apenas ha tenido clientes en los últimos días, un par de desdichados, a veces un doblete. Su mejor record fueron 9 en un día, todos pagados, ningún culero y, sobre todo, rápidos. Como si cada arremetida fuera una expiación a las culpas que les producía pagar por carne.
 
A veces mira el reloj de su muñeca derecha. Un destello del sol se cuela por la sombrilla que usa desde hace un par de años, antes era más brava y se refugiaba en las jacarandas de las calles aledañas, en espera de que cayera alguno, pero eso la restringía fuera del alcance de otros más tímidos; decidió “torear” había más probabilidades de conseguir algo, siempre era así; pero también había riesgo de que algún hijo de puta te aventara el carro, alguna vez lo vio, a uno de los muchachos le dejaron ir un nissan nuevecito, conocía el modelo de auto, porque Rubén tenía uno negro; a ella le gustaba ese look de fresa pobretón que se cargaba y él era feliz así, siempre con un hoyo en los pantalones por donde perdía el dinero, los cigarros, los encendedores, los condones. Así llego Alberto. Le gustaba su Alberto, era un caballero en toda la extensión de la palabra y la adoración de su abuela, al comienzo hubo lágrimas, pero también Rubén lo quería, lo amaba con desesperación, pero no fue suficiente, no impidió que se fuera, para refugiarse en el trago; todo comenzó en la fábrica donde ganaba una mierda y todos se burlaban de su cara. De sus lentes enormes. Eso lo fregó, eso lo condeno. Todavía recuerda aquellos dos años como los mejores, Rubén nunca tuvo un mal para con ellos, siempre llegaba con una sonrisa, aunque en el fondo se estuviera muriendo, ella lo amaba. Lo recuerda con tristeza, porque se fue extinguiendo. Primero desapareció su sonrisa eterna, luego el resto. Contiene la lagrima, no le gusta acordarse de aquello porque inmediatamente se le derrite el corazón y ha jurado no ser de esas putas de corazón blando, debe ser despiadada y cruel.
 
Vuelve a tocar un claxon, camioneta grande, esos son los malos, no sabes que esconden, a veces tienen sólo ganas de sexo desenfrenado, pero algunas otras tienen ideas malsanas; no es que se espante, pero lo ha visto, le ha tocado ya tres veces que acaba violada y llena de hematomas por culpa de un hombre así, de hombres que viajan en camionetas así. Le dice la tarifa y se sube con él, deja a la güera en el pequeño taburete que ha cargado desde hace un par de meses, le gusta la reacción que causa en algunas personas, como si fuese completamente ilógico que alguien se canse de estar de pie demasiadas horas subida en una montaña de plástico rígido y entallada en vestidos escandalosos o ropa tan ceñida que ni de comer dan ganas. La güera es cool, apareció hace un par de años, le gustaba la música y tenía chorrocientos gustos musicales, alguna vez dice que un cliente la llevo al “california” a bailar, nada más, le pago las horas, pero no hubo sexo, ella aun lo ve de vez en vez, es un tipo raro, pero con gusto exquisito para bailar. La güera lo aprecia, y ella aprecia a la güera porque a veces enseña las fotos de su niño, a veces enseña las fotos de sus padres. Pero ahí va, al hotel de siempre, el tipo de la recepción (si es que se puede llamar así a alguien detrás de un vidrio blindado) es aún más raro de lo ordinario, pareciera alguien normal, pero cuando la mira siempre pareciera violar su cadáver, las gafas cuadradas le dan un aire más extraño, Rubén usaba gafas, pero no se veía así, en el todo era grácil y parte de su encanto; en el tipo extraño únicamente le confiere un aire más grotesco, como un animal extraño que acecha. Un chacal. Paga, el cuarto huele a desinfectante, el hombre no huele mal, perfume barato y el traje ya de cerca parece más chafa de lo ordinario, un guarro sin duda. Se descalza y se quita casi todo, excepto los calcetines grises. De oficinista de quinta. Un tipo como cualquier otro en un viernes. Así pasan muchos al mes. Sexo rápido y sin emociones, el tipo brama como un animal herido cuando se viene en el condón. Apenas 20 minutos. Paga y se va. Le gustan los que no hablan, los que no quieren saber si tiene hijos (con todo y que la cicatriz de la cesárea es visible a kilómetros), porqué acabo así, los que preguntan sobre cosas raras del oficio, los que quieren contar cosas y hablar porque es más barato que un psicólogo. Alguna vez conoció a un tipo que la hizo reír, era escritor, y era virgen. Casi tenía 50 años, se la chupo, lo masturbo y al final el tipo se corrió de cara a la ventana, nadie podía verlos, pero ella no pudo evitar sonreír al verlo tan feliz. Le hubiera gustado preguntarle porque seguir siendo virgen, pero consideraba que eso no le correspondía.
 
La güera no está, el banquito lo tiene uno que vende mangos en la contra esquina, no le gusta pedirle las cosas, porque el tipo es grosero, como si no estuviera igual de jodido que todas ellas, cree que por vender mangos con chile o en un palito es mejor que ellas, alguna vez alguien dijo que en realidad lo que le pasaba es que le gustaban los penes. El tipo nunca más fue bueno, salvo con la güera, pero eso es porque todos aman a la güera, algo tenía aquella muchachilla que les caía bien a todos, como si cada poro de su cara destilara un perfume invisible que le volviera un rostro tan cálido y tan armonioso que alrededor suyo todos fueran mejores personas. Algún día debería salir de ese sitio y verse con la güera para chismorrear, pero no le gustaría que ella le contara aquella historia, la misma que les cuenta a todos, la misma que ha escuchado ya por lo menos 15 veces porque la chica todavía no sabe muchas cosas, aunque las ha vivido, pero todavía no aprende lo suficiente para saber que en la vida hay cosas peores que encontrarse con un cachorrito herido. Vuelve a pensar en Rubén, en sus ojos viéndola por última vez, antes de saltar al vacío, antes de ser arrastrado por la corriente, antes de pegarse un tiro, antes de coger aquel frasco de píldoras, antes de inyectarse la dosis necesaria para que su corazón se parase, antes de que todo se agolpara en su vientre y le explotase regando las tripas por doquier, antes siquiera de que un condenado auto lo aventase casi por 20 metros, antes de que decidiera ahogarse en una tina de ese hotel que esta a sus espaldas, dejando de respirar para siempre, olvidando que tenía una mujer que lo amaba, un hijo que era su viva imagen y que todo podía remediarse si él hubiera tenido los pantalones suficientes. Tenía todo para hacerlo y la condeno con su egoísmo a tener que visitar ese mismo hotel tantas veces al día o la noche como le sea posible para subsistir. Para evitar que el pequeño cumpla con el mismo destino funesto de sus padres.
 
SR Junio 2017

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