martes, 17 de abril de 2018

Desengañando al pequeño imbécil

Alce la botella desde el suelo, sucio ¿siempre había estado así? No lograba recordar, hacía años que todo parecía mejor, pero igualmente sólo eran ideas que me trataba de hacer para sentir que nada era peor. ¿Quién era por aquel entonces? ¿Por qué podía beber hasta que la mañana estuviera tan cercana como tus besos? ¿A dónde he ido? Son las palabras que te envié aquella noche cuando me rompiste el corazón. Pero no hace falta hablar de ello. No ahora, voy camino a recobrar lo que era. Tal vez no sea cierto, tal vez son las mismas ideas que intento crear.
 
Me han dicho que debo hablar claro sobre lo que paso. Pero no tengo la menor idea de cómo hacerlo si alguien no me acerca un trago. Uno de esos jodidos tragos duros, aquellos que me permitían soportar el trabajo en aquella empresa explotadora. Pero no era como los otros, los otros festejaban y se dejaban seducir por la alegría etílica. Yo me hundía, me dejaba caer en la negrura de los susurros de aquel pasado cuando ella estaba. Si es que alguna vez estuvo. No podía recordarlo con la suficiente claridad, porque finalmente muchas cosas eran mentiras. Abrí el cerrojo de las cientos y miles de mentiras, de las noches desafinadas, de los días desafortunados. Con lágrimas que surgían con la misma fuerza que los pensamientos hacia el pasado, hacia los dolores que tanto ansiaba volver a sentir. Pero no podía traerlos, no podía ejercer el control sobre ellos, así como casi con nada.
Hablemos de verdades, nunca pude decírtelas, tal vez porque las sentía más falsas de lo que podían serlo. Todas son ciertas, todas las mañanas perdido en tus muslos así lo dictan, aunque tampoco es que fueran muchas, porque invariablemente no éramos tan ardientes, no podíamos serlo, porque me la pasaba tomando, con una cerveza que luego mutaba en un trago directo de la botella que tuviese más cerca. Tu recordabas mi aliento podrido y te alejabas, así comencé a perderte, con violentos estertores que me recordaban por qué seguir solo. Eras un sol, por lo menos eso me he dicho desde entonces, para rebajarme ante todos, porque eso es lo correcto, eso es lo que todos esperaban, quien más si no yo. Un jodido trovador de mentiras, de insultos y golpes bajos con la palabra. Tus golpes no eran mejores, pero al menos los disfrazabas con un maquillaje pletórico.
 
Soy un completo imbécil, deje de beber por ti, pero no me lo pediste; ¿por qué tendrías que hacerlo? Si apenas era una pequeña rata en el entramado principal, el árbol al final del montaje, la luz interna detrás del telón, una mera goma de mascar en el suelo. Todos los días lo veía así, sin necesidad de afinar nada, de soltarlo todo, de comprender que estaba jodido, sólo quería un trago y lo peor es que siquiera lo tenía cerca, porque se había ido, se había marchado con su sabor amargo o dulce, su espuma o sus buqués impuestos por alguna raza muy superior. Quise creer que únicamente necesitaba un espacio en blanco para perderme en él, pero era imposible, cada palabra se sucedía con un mes o un año de dolor anticipado, brotaba cuando ya todo era un imparable volcán al pie de la erupción asesina. Tus besos eran igual. Pero esto, sólo lo supongo, al menos no tengo la menor manera de comprobarlo sin hacer un borrón absoluto al pasado, a las negras noches cuando estabas presente, cuando los cielos giraban sin control y el espasmo de la mano era un mero tick, cuando todos dormían y tu seguías escribiendo sobre pequeños bastardos y bastardas que no sabían hacer otra cosa que respirar, que soltar el jodido dióxido de carbono de sus labios fofos y blancos. Querías llegar a ello, a los montículos de odio que has acomodado en tus dedos que ahora teclean con furia las ideas que desordenadamente aparecen por tu cerebro, hace meses que no tienes nada. Poca cosa. Siempre lo minimizas.
 
¿Te gustaría que fuera más sencillo? Como si con oprimir un botón, saliera de chorro la ingeniería que a veces crees que tienes. No lo son, sólo intentas soltar la mierda sin que por ello te quieras salpicar. Abrazas el cuello frio de vidrio oscuro, al fondo intentas vomitar, intentas creer que si lo haces a lo mejor todo se componga, vas a caer a un foso más profundo, lleno de mierda, de incertidumbre. Ella no está ahí, no lo siente, sigue abogando por el cariño, pero comienza a ralentizarlo. Probablemente tengas los días contados, como el hígado que se resiste a morir, pero que al final va a sucumbir por todos esos años llenos de alcohol y mala alimentación. Eso eres tú. Un jodido hígado dañado, la metáfora perfecta para tu vida. Eres tu jodido hígado. Tu jodida víscera putrefacta. Carente de tacto, de ideas propias. De la fuerza suficiente para seguir funcionando pese a los agujeros que tienes porque no pudiste dejar de beber, sólo un poco, no demasiado, pero te precipitaste y ahora estas condenado. ¿Pero quién no lo está?
 
Quieres seguir. Pero a duras penas te puedes mantener en pie ¿siquiera alguna vez tuviste oportunidad de ser feliz? O sólo fueron esas ideas que alguien en alguna parte te quiso hacer parecer como propias. Abres los ojos, rojos como siempre que lloras, te suenas la nariz con la manga larga de tu suéter, no lo usas a menudo, pero en fechas como esta, lo necesitas, te fundes con el propio calor contenido por tu cuerpo. No lo entiendes, no quieres estar dentro, pero la noche te aterra, te hunde pese a que antaño la recorrieras mientras el alcohol te acompañaba, cuando únicamente te perdías en las calles lóbregas para intentar llegar a casa, perdido, casi siempre con menos neuronas de las que originalmente poseías cuando salías de casa. Abres el grifo, de nueva cuenta todo parece flotar alrededor, como si nada fuese regido por las leyes de la física. Al menos los muebles se ven pesados, no podrías siquiera moverlos, aunque tu vida dependiese de ello. Son casi las 2 de la madrugada de otro viernes. Ella se ha ido hace bastante, o eso te ha hecho creer, en realidad no quiere hablar contigo, tiene mejores personas con quien perder el tiempo. Pero sigues creyendo que sin beber la retendrás, como si fuese eso posible. Nadie la detiene, no eres tan jodidamente importante como para detener nada, un golpe acaso, un rocazo, antes de que todo colapse, antes de que los números te atrapen.
 
¿Parece que tengo una idea buena? Creo que lo único bueno que he tenido se ha ido con la mitad de mi hígado. Dios lo cuide y lo bendiga.
 
SR Otoño 2017

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