jueves, 22 de mayo de 2014

Cirrosis y Hepática

Cirrosis y Hepática
 
-eh vieja! Ya le diste a esos cabrones?! Grite tan fuerte como pude pese a que mi señora se hallaba a menos de 3 metros de donde estaba disfrutando de los últimos vestigios de la tarde con el sol calentando el respaldo de tela verde de aquel sillón.
 
-no. Estoy esperando a que venga Lupita de la tienda. Contesta con la misma mala gana  que usaba cada que le gritaba de esa manera para reclamarle cualquier cuestión de los animales; y siempre es lo mismo por aquí, siempre hay que esperar a que la niña se digne a regresar con el mandado, los viejos dependemos de la solicita ayuda de los jóvenes y de los más jóvenes para que no nos quedemos varados. Yo podría haber ido a la tienda pero el “chato” no quiere que me mueva mucho. Una operación en los testículos, corrección, una operación en donde antes hubiese testículos parece que es suficiente para que me quede postrado en este sillón el resto de los días.
 
Miro la televisión mientras el ronroneo de los carajos bichejos me acompaña. Uno en un reposabrazos del sillón y el otro en el otro, condenados animales que me usan como amo de compañía. En si son y no son míos, los trajo mi hijo el “chato” hace 4 años cuando una novia suya se los regalo, él por aquel entonces todavía tenía cosas que hacer por aquí y los alimentaba, los procuraba y los mantenía; luego el cabrón se largó a Aguascalientes con su mujer y me los dejo aquí; mi hija Silvina los heredo. Chica descocada que vivía menos aquí de lo que duran las emisiones radiofónicas de Pepe Cárdenas. Se fue con su novio a la San Martin. Nos quedamos mi “vieja” y yo. Pensamos seriamente en botarlos en algún lado, regalarlos e inclusive ponerlos a dormir. Se salvaron una mañana que regrese cabizbajo, con ánimo de sentir la muerte colgando en donde antes tuviese todavía vida. El doctor dijo: “Don Aurelio, no quiero que se espante pero le detectamos unas protuberancias en el testículo izquierdo”. Trague frio, vi ante mi toda la mierda que había hecho, los 33 años trabajando como esclavo del sector gubernamental reventados frente a mi rostro, mis copetines con los compadres en la “malasuerte” cada 8 días. El retiro más que justificado para pasarlo tranquilo esperando los resultados deportivos, las llamadas de los compadres, los chismes vecinales y las pláticas de momentos de oro y plata con la viejita que me acompaña desde que le declare mi amor en un parque que ya hoy es historia en la Gavilanes. Me deje caer en el sillón y comencé a llorar, comencé a sentir que no viviría lo suficiente como para ver nietos. Que a un a mis 67 me quedaban muchas cosas por ver, que ya no había vuelta atrás. Ahí derrumbado y con el suelo por idea comencé a tranquilizarme cuando el gato blanquinegro salto a mi regazo demandando atención. Lo vi con sus patas delanteras y traseras fuertes, seguras y llenas de vitalidad, escuche el ronroneo procedente de su cuerpo peludo y acaricie sus orejas terminadas en pico apuntando hacia el cielo. Llore. Gimotee Como un bendito escuincle a mis sesenta y tantos años. Inmediatamente, como respondiendo a su propia intuición el gato atigrado amarillo llego a secundar a su compadre. Comenzaron a jugar entre ellos, a perseguirse la cola mientras me usaban como escudo para su juego interminable, ronroneando cada que cargaba a uno para acariciar su vientre gordo y su lomo encrespado. Suave pelo que me permitía ver que no había nada que temer, que si el señor me llamaba a cuentas lo haría como siempre lo he hecho: de pie y con carácter suficiente para enseñarle a mis muchachos como hay que hacerlo en el mundo.
 
El atigrado saco la garra y me araño la pierna por encima del pantalón de gabardina. Le di un manotazo que provoco una nueva estirada ahora con mayor saña, ronroneo más y me saco de las cavilaciones del pasado. Ahí estaba ahora, diciembre esperando a que regresara la niña del vecino (que en realidad tiene casi 14 pero aun actúa como una niña) con el mandado de la tienda para poder alimentar al par de alimañas malagradecidas que me observaba cada cual desde su digna postura, escrutándome con sus ojos ambarinos para saber por qué no les había dado aun de comer siendo que ya su hambre era tal que habían pasado los últimos 20 minutos fregando cual sirenas cacofónicas en el sillón. Solo a mí, porque sabían que chillarle a mi vieja lo único que les hubiese granjeado era un chanclazo o un escobazo. Volvieron a mí los meses que pase en la depresión (que aunque jure que no iba a tenerla no siempre es gratificante saber que estuviste al borde de la muerte) tras las horas incombustibles de quimioterapia y el debilitamiento subsecuente que produjeron las condenadas píldoras sabor muerte que administro el viejo González que a toda hora me decía: “animo campeón, usted ya va más para allá que los otros”. Fueron muchas horas de angustia que los maulladores profesionales me hicieron compañía depositando su cuerpo pesado en mi cama mientras me debatía horas y horas con las acciones sin precedentes del gobernador que llamaba a la resistencia civil para demorar la toma de poder de su rival en las elecciones presidenciales de aquel año que no pude votar por estar encamado. Oír el ronroneo las 20 de las 24 horas me ayudaba a mantener la esperanza, aunque no siempre eran buenas compañías porque en ocasiones preferían ver hacia la ventana del vecino esperando encontrar la visión de ese canario que una mañana desapareció en el aire viciado de la ciudad, mientras que otras preferían aguantar en el suelo luchando a muerte con mis sandalias verdes de baño mientras agitaban de aquí para allá su cuerpo en violentas sacudidas, agitaciones que tuvieron su recompensa una mañana del año pasado cuando por fin lograron romper el elástico del dedo gordo y masticaron victoriosos su guerra vital contra el pedazo de plástico. Desaparecían de la habitación cuando llegaban los compadres o los sobrinos-nietos  a visitar al tío “deshuevado” como amablemente me bautizara mi hermano Ray. Los gatos despreciaban a muerte a aquellos infantes que no hacían otra cosa que perseguirles por toda la casa mientras los “adultos” nos poníamos al día con las noticias y los chismes de hace cuando menos 40 años.
 
Les puse “Cirrosis” y “hepática” porque finalmente se me hacia una enorme ironía que el viejo vicio de llegar luego hasta las manitas el viernes de cada quincena no me deparara  una enfermedad en el hígado y si en la bolsa de diversión. “Cirrosis” era un condenado hijo de puta que gustaba de arañar sobre todo el área referente a mis brazos cuando sentía que no pasaba demasiadas horas alabando su pelaje blanco con las manchas negras, su tamaño le había granjeado el mote de “mini vaca” por  parte de Lupita cuando esta apenas tenía edad para salir a comprar las pepitas y se hizo amiga de los gatos, aunque a ellos no les agradara del todo que la condenada chamaca tuviese un día sí y otro también las manos llenas de chocolate. De “cirrosis” me podía esperar cualquier cosa y su actividad favorita era perseguir y atormentar todas las bolas de estambre que mi mujer usaba para tejer los gorros y demás ornamentos que vendía en su mesita fuera del departamento y que le ayudaba a distraerse y conocer de cabo a rabo los chismes de media colonia aunque en su trato no conociese a los destinatarios de las habladurías. El cabrón gato se la pasaba echado en el sillón de dos piezas que daba siempre a la ventana y desde ahí vigilaba los irés y venirés de toda la palomilla del “rifle”. “Cirrosis” también odiaba con todo su cuerpo peludo y fuerte al condenado “rifle”, o tal vez fuese que se había empapado lo suficiente de mi odio hacia el condenado mocoso para que en sus ojos verdes gargajo viese reflejado mi desprecio al niño que cuando tenía 7 reventó los cristales de 3 departamentos por el simple hecho de que podía. “Hepática” por su parte era toda bondad y calma con su afelpado cuerpo jupiteresco que arremolinaba siempre que podía en el tapete que cubría el reposa cráneos de mi sillón o en su defecto se dejaba caer en el otro cojín del sillón de dos piezas mirando hacia el fondo del departamento en espera de que apareciera el dueño de ese sillón y comenzara uno de sus interminables duelos de bufidos y arañazos que terminan en la tela deslavada y deshilachada. Nunca se lastiman y lo más que han durado enojados uno con el otro ha sido como medio día, hasta que se pusieron de acuerdo para perseguir a una mariposa que se había colado en el ventanal de la sala. Contrario a lo que suponen “hepática” no es hembra, simplemente que el mote me agrado y el felino nunca reclamo de que le diese una condición de ella en lugar de él. Este condenado también odia profundamente al “rifle” salvo que su accionar es diferente y el sí ha hecho cosas como rasgarle el correo que les dejan a sus padres y orinar la puerta de su casa. Acciones que le acarrearon un castigo ejemplar cuando llegaron los vecinos a reclamarme que el gato les había orinado la puerta y les había roto las facturas de no-se-que- banco, me hice el comprensivo hacia ellos y jure que no se quedaría así. Ese día le compre al condenado bicho una lata entera de atún, desconfió al inicio pero al final se lo trago entero y paso el resto de la tarde embadurnando su cuerpo con el aroma al pescado procesado mientras el otro le veía con singular odio.
 
Otro de los personajitos que odian el par de crápulas es al novio en turno (o pareja según gusten usar) de mi hija, no sé qué carajos hice en el mundo para que la condenada se los busque igual de tarados, o si bien uno más idiota que el anterior. El actual se llama “pipo” (vayan ustedes a saber porque coños eligen esos pinches nombres los padres, pero igual y mis consuegros cuando conocieron al “chato” han de haber pensado que era un soberano pendejo por haberle llamado Salvador a alguien que a todas luces no luce como tal), bueno decía que el actual es estudiante de sepa que madre y ha tenido el poco cerebro de llevarse a mi hija a vivir con él a su cuarto, un cuarto destartalado ubicado en una de esas colonias que seguramente los políticos que las inauguraron no pensaron que su nombre quedaría ligado a tremendo foco de infección. El tipo hasta eso trata de hacer méritos y cada que me toca revisión y mierda y media trata de hacerse el valiente y dice que le puedo llamar a cualquier hora del día. Pendejo! Los gatos apenas lo ven entrar le bufan o le miran maliciosamente esperando el momento en que se descuide para atizarle un par de manotazos en el tobillo o en el brazo. Nunca he entendido que fue lo que hizo para que lo odiasen de ese modo, pero sospecho que mis intenciones han mutado en ondas psicotrópicas que los felinos detectan.
 
Es como la ocasión en que se rego el chisme de que el vecino de enfrente tenía un sembradío ilegal de marihuana en su departamento, yo juraba y perjuraba que el maldito tipo era un vicioso que vendía drogas a los niños  y resulto que cuando finalmente los gatos se colaron hasta allí y atrajeron la atención del resto de vecinos, el tipo ni era narco, ni era marihuano; simplemente le gustaba ver crecer las plantas en su cuarto para no volverse loco.  Para hacer de este mundo un sitio menos corrupto tal vez, menos anquilosado. Eso no impidió que se lo llevaran los azulones, creo que le dieron como 8 años en federal porque varios chismosos de aquí levantaron acta de que el sujeto era distribuidor y cabecilla de un cartel ínfimo. Hoy me asomo a ese departamento situado en el edificio opuesto y se ven las ventanas vacías cuando antes había vida ya fuera porque el tipo se la vivía canturreando esa música de locos o porque andaba por allí descalzo pasando de un lado a otro el trapo para mantener el ambiente húmedo y fresco para su disfrute. Los gatos también lo han de extrañar porque entre sus plantas había un par de hierbas que les gustaba mordisquear y pasársela bomba.
 
Al parecer a los gatos también les ha afectado la vida lenta que discurre en este apartamento de interés social porque apenas ven aparecer los primeros rayos de la tarde y se repantigan en el sofá en espera de que el sol invernal les bañe con su dañina luz, mientras el viejo sin un testículo les observa y acaricia y oye los noticiarios que anuncian el alza de impuesto, las bajas de la economía, los escándalos de la farándula y los amoríos con el mundo político. Son esas tardes que parecen arreciar en su traslado lento hacia la noche mientras la comida pasa lenta e inexorablemente hacia su destino final con un par de ancianos que se hablan más con el pensamiento y la mirada porque los treinta y tantos años de comunión han servido para que eso sea permisible.
 
SR Octubre-noviembre 2013

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