R-1
El pasamontañas los iguala y les deforma el rostro pese a que ambos son distintos debajo de la tela negra. Se ven a los ojos y ambos entienden la encrucijada en la que se encuentran, aun chilla la niña y la mujer lanza pequeños gemidos y trata de alcanzar el brazo lleno de sangre de la niña que berrea con fuerza, la menor esta desmadejada en el asiento trasero de la camioneta, parece sudar sangre pero no, es el chorro que brota del muñón antes brazo. El hombro también sangra, es un amasijo de sangre completo que no deja de llorar, a lo lejos se escuchan las sirenas de las ambulancias, no hay policía, hoy no. Ningún policía se va a acercar y cargarse en la espalda el asunto. En la puerta aún se encuentra recargado y lleno de sangre el chico. El rostro desencajado que se le marca, le faltan dos pedazos enormes en la espalda y la sangre ha formado una laguna en la calle casi blanca. El de los ojos azules tiene miedo, el de los ojos avellana habla primero.
-hay que avisarle.
-nos va a cargar la chingada. Casi no escucha lo que dice el otro porque el ulular de las sirenas ya está a menos de una calle, le dan una última mirada al cadáver del muchacho lleno de agujeros y sangre. Exceso de sangre.
-Pásame la pinche radio! Dice una vez que se sube a la camioneta color plata el hombre de los ojos azules. El acento mochiteco se ve opacado por la tela obscura del pasamontañas. Arranca la camioneta chirriando llantas y dejando una marca indeleble en el suelo de concreto tan pálido que parece blanco. Con la radio en la mano izquierda duda aun, duda porque sabe que es probable que mañana este muerto. Una distracción, una jodida distracción le va a costar la vida, y no solo la suya sino la de Vicky e inclusive la de Luisito.
-R-40 base, aquí 38 y 20. Dice mientras lanza una mirada llena de temor al hombre de los ojos color avellana que se santigua mientras lanza a más de 100 km la camioneta por la avenida, asiente el de los ojos azules cuando suelta el botón del aparato. Suda, se quiere aflojar el chaleco antibalas pero lo piensa mejor. Da un respingo cuando le contesta una voz grave y pausada desde la radio.
-Base, reporte 38 y 20. Cómo anda? Se escucha el sonido de click cuando sueltan el botón desde la base.
-bajaron a Amado. Dice con el temor en su voz, rápido, sin tomar pausa entre palabra y palabra, siente frio en el cuerpo; se detienen el sol, el aire, el calor infernal que se cuela por todos lados porque olvidaron prender el clima parece hielo cortante.
-repita 38!. Grita el hombre desde el otro lado del aparato
-bajaron al R-4. Al 4-Robles lo bajaron en la Montebello.
-puta madre! Se oye el chasquido nuevamente en el aparato. Menos de 20 metros adelante esta una patrulla de ministeriales, se alertan cuando ven a los dos encapuchados pero en seguida le hacen señas a los de la camioneta, el de los ojos azules saca de la hielera lateral una escuadra dorada mientras el de los ojos avellana pisa los frenos escuchando el bramido de las llantas.
-qué pues jotos? Lanza el mochiteco apenas bajando el vidrio ahumado y previo cortar el cartucho de la escuadra.
-es un sentra, plata, paso hace como 5 minutos rumbo a la salida a Caborca, placas de aquí. Le dice el hombre que se arrimó lo suficiente para gritar la información pero quedando a resguardo.
-‘ta bien. Sube el vidrio y le hace la seña al conductor, se vuelve a oír el chirrido de llantas y la camioneta blanca resplandece bajo el sol infernal. No hay palabras, no se escucha nada más que la respiración agitada de los dos hombres.
El auto plata esta con las cuatro puertas abiertas, pasan apenas unos metros adelante y se detienen, ya hay municipales y curiosos, no han recibido noticias pero eso solo empeora la situación. Están los del grupo “centauro” removiendo algo dentro del coche, “si la cosa va bien se los chingaron ellos” piensa el conductor de la camioneta que ve todo desde el espejo lateral y el retrovisor. El de los ojos azules está atento a lo que pasa en el frente y en los lados de la camioneta, pese a que tiene blindaje pesado no lo quiere poner a prueba. No todavía. Los municipales sacan del interior del auto una cartulina. Ni rastro en que se hayan movilizado. Los saca de su reflexión el sonido de la radio.
-respondan putos! La voz inconfundible, rabia, odio, sed de sangre que se cuela pese a que hay cuando menos 18 kilómetros entre ellos y el hombre.
-aquí 38. Apenas perceptible.
-no, no, ya no. Ya estás muerto pendejo! Tú y ese otro puto, muertos, los dos se chingaron. Continua, se le quiebra la voz, se le resbala el dedo con el que apenas y contiene la radio desde donde se encuentra, no se escucha más que estática pero los dos hombretones tienen el miedo suficiente como para no apretar el botón de comunicación. Esperan y vuelve la voz, sangra por cada una de las palabras…QUIERO QUE ENCUENTREN A ESOS HIJOS DE LA CHINGADA, LOS QUIERO AQUÍ! QUIERO SUS TESTICULOS EN MI PRESENCIA CABRONES, ME OYERON HIJOS DE LA CHINGADA!? TRAIGANME A ESOS PUTOS VIVOS, VIVOS! SUS FAMILIAS RESPONDEN!... se cierra la comunicación, se quedan ambos viendo el aparato negro y los instrumentos de navegación de la camioneta de ultra lujo.
Habla finalmente el hombre de los ojos azules alzando la mirada hacia el retrovisor…jálate, vamos a buscar a Piedra.
-nos va a cargar la chingada!
-ya lo oí, ya lo oí! Pero o le llevamos a esos perros o va pa’ peor! contesta el de los ojos azules que suda y se le pega al cuerpo la ropa negra que lleva, mira el reloj en su muñeca derecha y lo cronometra, sabe que al patrón no le gustan los retrasos y tienen dos horas para encontrar el rastro de los que se cargaron al hijo. Puede que sea su única salvación, puede que sea la única oportunidad de sobrevivir.
****
Se mira en el espejo. Con las tijeras se cortó los pelos extras del bigote negro. Algo no le gusta, siente una intranquilidad pero el viejón le dijo que no se agüitara, que ni bien pasaran los hombres de Zepeda hacia Sonoita el terreno vuelve al cauce. No le gusta el terreno ahorita, le gusta cuando esta agitado, porque al menos sabe de dónde vienen los chingadazos. Aun así le sigue gustando este estado de violencia, le gusta el sabor de la sangre. Le gusta ordenar la muerte. Se carga la pistola de cacha dorada con varios crucifijos de diamante en el cinturón, la oculta debajo de la camisa de seda. Le gusta la seda, le gustan los colores. Raro, se siente bien cuando la seda le roza la piel curtida. Le gusta cuando las manos delicadas de las putas se meten entre la seda y su propia piel ruda y reseca. Ve en la silla la texana blanca que le regalara la niña por su cumpleaños, no es la más cara pero le guarda cariño. Por el espejo ve que viene lo más rápido posible el viejo Serrano. No le gusta su rostro en cuanto entra por la puerta de cristal y cortinas blancas. La puta se desempereza y le lanza una mirada de incomodidad al viejo; ambos, puta y hombre ven al anciano que suda, con los ojos rojos. Sabe que algo anda muy de la fregada. No le escucha la primera vez porque el viejo habla rápido y bajito. Le ordena que repita o se largue, ya saldrá el cuándo se le hinchen las pelotas.
-mataron al niño. Bajo, imperceptible para alguien que no tenga su oído. Para alguien que no sea él.
-mat… repite lentamente mientras le llega al cerebro, mientras se forma la idea en su cerebro, mientras siente la ira que se apodera de su mano, explota, instintivamente se lleva la mano a la cintura y saca la escuadra que su compadre Mayo le regalo cuando cumplió 45, cuando se hicieron compadres, le vacía medio cargador al viejo. La mujer grito algo, no la escucha y dirige la pistola hacia ella, 5 tiros más, se queda ahí de pie mientras algo en su interior se desquebraja, mientras algo en su corazón le obliga a vomitar sobre la piel del oso que está a las patas de la cama donde la sangre del viejo ha llegado. Se tira mechones del cabello mientras ve a su alrededor, qué sentido tiene todo si ya no está? Pero no, no puede ser, apenas por la noche hablo con él, quería seguir estudiando aunque fuese con tutores, quería llevar más allá del legado de sangre, quería tener formación militar para contrarrestar los ataques, quería ser casi tan valiente como él. Le gustaba escucharlo en su acordeón. La voz de Amado suena en su cabeza, la voz de su madre suena en la cabeza, la voz de miles de personas le gritan desde dentro de la cabeza: MATALOS A TODOS! Saca el cuchillo de su funda de piel, se aproxima a la mujer que yace en el suelo bañada en sangre, le acerca el filo del cuchillo y sin contemplaciones lo hunde en la inerte carne del ojo derecho. Saca ambos ojos y al final los arranca del filo del cuchillo, oye pasos afuera del cuarto, coge el cargador del chaleco antibalas que colgaba todavía de la silla. Dos pasos a la derecha, y le vacía el cargador entero al hombre que se acercaba. El perro queda muerto, se escucha la corredera, le quita el arma que traía en la cartuchera al hombre y sale, se ha mordido la lengua y saborea la sangre, no le importa, nada le importa, da vuelta a la esquina del corredor y ve a la vieja cocinera y su ayudanta correr lo más rápido que les es posible, 10 balas acaban con su huir, se les acerca y repite la acción previa, un joven intenta correr hacia las escaleras de atrás, la bala le atina en el muslo y se trata de recobrar cuando ve en el suelo borrosamente la sombra que ya está sobre él, siente el primero por una milésima de segundo, tal vez menos, con los siguientes ya no siente nada.
Avienta la pistola y vuelve a blandir el cuchillo que llevaba en la mano izquierda, camina a través del patio adoquinado con esas piedras blancas y sin forma definida, siente el calor subiendo por sus pies porque ha olvidado ponerse las botas, no le importa. Apenas y logra ver algo porque las lágrimas se lo impiden, jamás ha llorado tanto, ni cuando murió su padre, ni cuando llego al hospital y cargo a Amado. Se recrudece su ira y arremete contra el cuerpo desmadejado del muchachillo que apenas era un par de años más joven que su hijo muerto. Oye pasos y se vuelve rápidamente, lo ve allí, color beige, alto y fuerte, joven y con ansia por comerse el mundo. Acerca el cuchillo al cuello del perro, pero no lo hunde, el perro le lame las manos y el hombretón se deja caer a su lado, abraza el cuerpo caliente del perro, y llora. Lanza bramidos que asustan al animal pero lo mantiene con las patas bien pegadas al suelo. El grito que desgarra la tarde en aquel fraccionamiento de lujo redobla los esfuerzos de unos cuantos que han escuchado los tiros y los gritos de temor de la gente y vuelven a marcar a la policía. Nadie contesta, hay órdenes para no tomar llamadas procedentes de esa zona por dos semanas.
-Ronco!, sal pinche negro! Ronco! Grita con el can aun entre sus brazos, ya no tiene el cuchillo plateado pero en sus ojos se mantiene la misma expresión fiera, alza nuevamente la voz, grita con sarna en dirección a la casa…RONCO, PUTA MADRE SAL!
Un hombre todo de negro sale desde una de las puertas del balcón superior y antes de comenzar a descender por las escaleras se fija sí el hombre de la camisa fastuosa aun trae la pistola. No la trae, desciende rápidamente. Se aproxima al hombre y lo ve con la cara más horripilante que jamás pueda haber visto…jefe? Tartamudea aunque haya tratado de no hacerlo.
-dame tu radio. Estira la mano que tiembla de rabia.
El hombre de negro le da en la mano el aparato temblando, aunque trata de no hacerlo. Escucha allí de pie los gritos, los insultos a los dos hombres que eran los encargados de proteger al muchacho sin que se diera cuenta. Siente lastima por los pobres diablos, la ira se va a cernir sobre ellos.
-Llámate al equipo, saca todos los cuerpos, llámale al puto de los Centauro, quiero al 9 y al 50 aquí!
Ladra cada palabra mientras el hombre de negro se echa a correr con el can trotando despreocupadamente tras de él. El hombre de la camisa fucsia se acerca a la habitación de su hijo, se arrodilla al lado de su cama, y saca de entre su ropa una cruz gigantesca de oro sólido. Quiere rezar pero no se acuerda de ninguna oración, le quiere hablar a la vieja para decirle, pero no se atreve, rompe todo. Se deja llevar por su sangre y comienza a destrozar todo lo que hay en el cuarto dejando al final el acordeón que cuelga desde una de las repisas. Se lo calza, no tiene sentido, nada lo tiene. Ve la cama vacía, sin deshacer y preferiría saber que durmió allí la pasada noche pero no fue así, se fue al cine y luego ya no regreso porque se fue con su prima y su sobrina. Ve las demás cosas rotas, un cuadro con un gallo, un viejo ropero que está colgando de las bisagras.
***
-corre! Vete! Ya nos cargó la chingad...gsagdgg
El dolor le revienta el brazo, siente tanto dolor, jamás imagino que se sintiese así. Alcanza a ver el cuerpo inerte de la mujer a unos cuantos pasos de él mientras se pierde en el negro. Los dos hombres que vio en el frente no eran los únicos, al menos 5 más irrumpieron por atrás y fueron los que le dieron el tiro a la mujer. El recibió el fogón del cuerno en el hombro, sintió el hormigueo después del golpe que lo tumbo de espaldas, perdió la beretta que le había prestado el michoacano. Lanza un último recuerdo a sus hijos, escondidos en el caserón de Mendiola desde la noche anterior, ya nadie ira por ellos.
***
-despierta hijo de la chingada! Siente el golpe en el costado del rostro después del cubetazo de agua.
-por…favor…
-de tu puta madre puto… ya te cargo la verga…quien participo?
-no…no… nadie…trata de formar las letras correctas mientras nota un líquido espeso que le resbala por la parte derecha de la cabeza.
-ya te chingaste puto…alcanza a escuchar hasta antes de que perciba el olor a carne chamuscada, primero lo ha olido, el dolor llega milésimas de segundo después, escuece y le revienta la garganta con ese grito que proviene desde el fondo de su propio ser…
-piedad… gime la palabra cuando se recupera del primer calentón. Sigue la secuencia por minutos interminables que le hacen desmayarse 3 veces, las mismas que lo traen de regreso a las horas finales de su existencia.
-tu puta madre piedad…le oye decir al gigantón que tiene en su mano un fierro con el que le ha pegado y con el que lo ha quemado. Le asienta otro golpe violento en la tibia que le parte la pierna en dos. Grita en ese enorme almacén de granos. Vuelve a gritar, vuelve a sentir el dolor brutal y la sangre que resbala sin detenerse procedente de su cuerpo. Esta débil, quiere que paren, quiere que lo maten ya, no soporta ya el dolor. Desea morir, desea que todo acabe y pueda juntarse con su chata y el pelón. Se detiene el ruido a su alrededor, el tipo con el tubo se para en una esquina y le lanza sin apenas gesticular palabra alguna un: “ya valiste verga”.
-por favor, señor… se lo pido por su madrecita. Débil, se siente irse, le gana el dolor, le gana el sueño. Siente el cuerpo adolorido en todas sus coyunturas y desea que todo termine ya. Escucha con atención el ruido de un motor deteniéndose, escucha el forcejeo de un hombre y sus gemidos que provienen de afuera, el grito desgarrador que rompe la noche cuando el hombre recibe un golpe brutal en algún lado del cuerpo “no puede ser, todavía no han podido agarrarlos, es muy poco tiempo” alcanza a pensar antes de que entren dos hombres de negro, cubiertos de pies a cabeza con apenas los ojos visibles y en medio un tercer hombre al que llevan arrastrando inconsciente. Inerte. Lo dejan en la silla que está al lado de la suya, lo ve sangrar con apenas un minúsculo orificio en el costado del cuerpo. El hombre con el tubo se acerca y le sujeta al recién llegado las manos con una cinta canela, no responde. “No se mueve, igual y ya se murió. Igual y se les paso la mano a los culeros estos” piensa el otro con el poco cerebro lucido que le queda. Escucha nuevos automotores que se detienen en la parte frontal a donde se encuentra, el tipo al lado comienza a moverse y eso provoca que se deslice unos cuantos centímetros hacia abajo. No dura mucho, inmediatamente ha de sentir el fuerte abrazo de la cinta en sus manos y pies. “donde estarán Migue y Lalito? Que me perdonen.” Piensa una y otra vez. La puerta más grande se abre y entran 8 tipos de negro. Llevan las armas largas a la mano y en medio va un hombre delgado, de tejana blanca y camisa muy vibrante. Nada más verlo comienza a agitarse, comienza a quererse zafar de las amarras que lo sujetan firmemente a la silla. Grita sin que los sonidos salgan de su boca, se quedan atorados en la campanilla. Lo reconoce, sabe que lo peor está por venir.
-piedad…yo…no…
-cállate mierda! Grita Salome con el bigote tupido sacudido con ira que deja caer el cuerno de chivo a un lado suyo mientras avienta lejos el sombrero, se quita la pechera negra y la deja caer a sus pies, sin ella se ve delgado, extremadamente flaco. Lo ve coger de su cintura algo. Se imagina que es el cuchillo. Se comienza a agitar verdaderamente cuando se acerca con el cuchillo en la mano al hombre que está a su lado con el cuerpo sangrando por el pequeño orificio justo donde debían estar las costillas. Escucha el plop y el grito desgarrador, el maldito grito de ese hombre que tiene un bigote ralo de indio sureño, en un instante oye que algo cae a su lado, no ve bien por toda la sangre y el dolor, pero alcanza a distinguir la figura de una nariz, es la nariz. Y comienza a llorar.
-por su madrecita…
Siente el filo y la tajada brutal en el pecho. La sangre mana interrumpible, la siente ardiendo en su pecho. El metal entra y sale en el brazo, las piernas, el costado, grita nuevamente cuando Salome le arranca la oreja de una tajada. El filo le corta en otra parte del brazo, no toca una sola arteria o vena, lo va a torturar y dejarlo desangrar.
-Ronco, tráeme el soplete! Le escucha decirle al hombre encapuchado que está en uno de los extremos de la propiedad. Se acerca lentamente, enciende el soplete y deja la punta del cuchillo gigante en la flama azul. Rápido se pone rojo el metal, ni bien ha pasado un segundo siente el mundo derruirse en torno suyo, el metal rebana su pie dejando el tobillo descarnado y envuelto en sangre. Todo es una nube de dolor a su alrededor. Varios hombres lo miran fijamente y solo encuentra odio puro en sus ojos. Ya no puede más.
-quien más participo? Le grita el papá del chico muerto, él sabía que esa muerte era un error, él sabía que toda la condenada guerra era un jodido error. Debió convencer a Migue de que se fuera con su tío al Zapotillo. Debió hacer tantas cosas y no estar ahí. Siente la muerte cuando alguien le arroja un líquido al cuerpo. Arde como el maldito infierno, arde peor que aquella vez que se cortó con la segadora y le tuvieron que dar 15 puntadas en la mano. QUIEN MÁS PARTICIPO HIJO DE TU PUTISIMA MADRE!?
-ya no…no más… por favor…
-nombres!? Le grita un tercer hombre de ojos claros que atraviesan la estancia. Al mismo instante que Salome le acerca el cuchillo al rojo vivo a la parte posterior de la rodilla.
-fue..ti..to…finalmente cede, comienza a hablar porque ya no puede soportar más y espera que eso sea todo.
-quien?
-tito…Raigoza…resopla y sigue con una voz rota, sin fuerza. Sabiendo que son sus últimos segundos de vida. El “quemado” fue quien organizo la fuga…y el jefe Barceló…de Cen…antes incluso de terminar de decir el nombre siente lo último, el cuchillo que le corta el cuello, el aire escapando por una abertura que se va haciendo más grande, mas profusa, llena de sangre, se va su cerebro, mientras los pies incontrolables le tiemblan en una acción que ya no siente como suya, deja de ver, sentir. La sangre queda como último baño para su cuerpo.
-de su puta madre…alcanza a decir el hombre de los ojos claros. Fue ese puto de Roberto quien nos dijo lo del sentra.
-tráiganlos… vivos.
-y estos?
-tráete la guaparra negro y tu pinche mochiteco, encárguense de que quepan en la hielera. Sus cabezas intactas o se los carga la verga pendejos!
Se queda de pie observando la labor de esos dos hombres mientras escucha el motor de los autos. Se cuelga otra vez el chaleco y lo ajusta, alguien le dejo el sombrero en una de las pilas de medio tamaño de costales de maíz. Se lo pone y vuelve a pensar en Amado. Baja la cabeza. Vuelve a encender el celular y recibe la llamada. Cuelga tras recibir las condolencias y la promesa de que se va a hacer justicia. Vuelve a sonar y es el teléfono del rancho. Sabe lo que viene. Es la vieja y va a volver a llorar, va a sentir otra vez el ardor y el vacío en el estómago. Lo va a revivir y la vieja es probable que no lo aguante.
***
La gente se santigua, los pocos tontos que se acercaron a ese lugar, las 7 parejas de cuencas vacías se observan desde atrás de la tira policiaca, en sus caras aún quedan visibles las muecas de dolor insoportable que tuvieron que transitar antes de abandonar el condenado suplicio, hay varios policías de pie justo al lado de los despojos humanos que fuesen algunos de sus compañeros, uno de ellos mira con recelo la cabeza más próxima a su pie derecho. Quiere llorar pero sabe que eso delataría cualquier familiaridad con el caído, no se sabe quién este observando… pinches halcones! Lanza por lo bajo, ya le hablara a la Remedios para que se pase por el funeral del compadre, él de pendejo se para por allí, ahora cualquier parentesco con esos 7 es sellar la muerte de prácticamente toda la familia. Le habla por lo bajo a su compañero de unidad, desconfía de este, siempre con sus doble sentido, siempre con sus ojos claros señalando lo obvio.
-‘ta de la verga compa.
-que lo diga, ese de ahí es el jefe Barceló y los otros 4 son centauros.
-putmadre! Suelta el tipo mientras ve trabajando a los chicos de la universidad que vienen a levantar las ofrendas de sangre para el chico muerto.
-que dijo el jefe?
-nada, no quiere más sangre nuestra. Le va mandar mensaje al “atravesado”, todo en paz.
Le repugna oír el nombre, sabe que no puede hacer muecas que delaten su filial, sabe que Salome va iniciar la guerra por venganza, por venganza contra venganza. Todo se fue al garete desde lo del cejudo. Debió largarse al gabacho mientras pudo, ahora ya todo está jodido y más tarde que temprano le caen los del Amezcua para que los apoye.
-esta pelado no?
-de la chingada vale.
Quisiera que su compañero no tuviese esos ojos fríos que no ven hacia las cabezas en el suelo, sino en búsqueda de algo entre los curiosos, sabe que su compañero está buscando algo entre los idiotas que se arrimaron, no sabe que es, pero juraría que busca a alguien que no muestre repugnancia, quiere hallar al cabrón dedo. Pasan los minutos y al final levantan lo que antes fueran gente.
-jálate, nos llaman. Le saca de sus reflexiones su compañero con un toque en el hombro, al parecer estaba pensando en demasía, eso le podría costar la vida.
-hey. Si no hubiese tantos compañeros alrededor le vaciaba con gusto la mitad de la carga en la espalda al hijo de la chingada que le asignaron de compañero, hasta parece que el director sabe quién y quien no trabaja para los bravos. Esta sudando y no quiere admitirlo, no frente al cabrón que va delante suyo y lleva sin seguro el r-15.
-oye bato te paras por ahí por una lata no?
-vale
Se para en el costado de un negocio que anuncia cerveza fría para llevar y baja de la camioneta tras preguntarle al otro si quiere un bote. Desaparece en el interior del establecimiento y se encamina hacia el final del pasillo donde ve el refrigerador lleno de cervezas y bebidas azucaradas tras saludar ladeando la cabeza al chiquillo que atiende. Lo conoce, trabaja para los Escoboza, no debe estar nada tranquilo con las cabezas pero está allí de pie tras la caja registradora leyendo una revista de chismes. Abre el refrigerador y siente la brisa helada, no son ni las 10 de la mañana y el calor lo siente hasta en los huevos. Saca las Tecate y oye el ruido de las llantas, ni bien ha parado el scratch inconfundible oye el rafagueo; cuernos, que destrozan la fachada de la tienda y la camioneta estacionada adelante; no hubo respuesta, se oye el grito:
-onde ta’ el otro?
-ha de andar dentro!
-3, 7; a la chingada!
-bota las latas en el piso y le quita el seguro a su rifle semiautomático. Escucha los cristalazos y el morro tratando de huir por lo bajo cuando le revientan la cabeza de una ráfaga de metralla. Se desata el infierno porque los dos hombres desde afuera tiran con todo, ya no hay cristales en pie y es ahí cuando contesta el fuego, vacía el cargador y trata de encontrar la salida de emergencia. No hay. Escucha caer algo e inmediatamente el chirrido de las llantas que se alejan a todo lo que el motor v-8 les permite. Se aproxima cautelosamente al frente y ve el objeto apenas una milésima de segundo; verde oliva, redondo como una naranja sin madurar correctamente. Luego el golpe de calor intenso y es lo último que siente antes de que la cabeza vuele en un recorrido distinto al del resto del cuerpo
-aquí R-32 reporte.
-base, R-2 los pelones ya.
-afirmativo pariente.
***
-los de Gonzalo ya “atravesado”. Le dice un hombre gordo cuyo chaleco antibalas parece apenas de juguete al hombre que saca filo con una piedra al cuchillo sentado bajo un arriate, no hace señas de haber escuchado pero el gordo no vuelve a hablar y deja sumido en sus pensamientos al otro mientras se levanta y saca de la camioneta negra un mapa tachoneado. 7 cruces en medio de varios caseríos señalados con letra roja mientras un gran círculo encierra la mitad de la zona dorada de Culiacán situada a varias decenas de centímetros del sitio donde coloco la última cruz. Saca una botella gigante de refresco de la guantera y le pega un trago mientras observa con el poco ángulo que su cabeza enorme le permite al hombre que parece rezar debajo del árbol mientras afila su cuchillo.
-que dice jefe? Pregunta cauteloso, no le gusta la situación porque no hay nadie en cuando menos 2 horas de donde ellos están, pese a que traen los cuernos cargados y varios cargadores se siente mal andando en un paraje que es cercano a la zona donde pasan los rivales con su cargamento.
Se queda esperando en vano por minutos la respuesta del hombre flaco que sigue sacando filo y parece no percibir donde están. El gordo está a punto de repetir la pregunta cuando ve que su jefe se ha detenido en su tarea maquinal y alza la mirada hacia la brecha que se encuentra a menos de 300 metros de donde se encuentran ellos. Salome se pone en pie con paso decidido y se ajusta la pechera, luego mete en el cinto del costado el cuchillo plateado y se ajusta la cachucha que le regalo el niño en el cumpleaños de hace dos años. Voltea a ver al gordo y en su mirada no ve miedo, ni sorpresa, lo ve igual que hace 4 meses cuando de propia mano mato al güero Manuel y a Jacinto y luego juro que a sus hijos no les pasaría nada, que él no era asesino de niños. Ni bien ha recordado eso el gordo cuando se oyen los motores de varias camionetas, pesadas, piensa. Se le seca la garganta al tiempo que saca instintivamente el cuerno de la parte trasera de la camioneta; detesta la situación, la maldita sensación de nauseas cada que coge el arma y no se ha metido el pericazo para evitar pensar, para evitar sentir que la próxima bala tal vez sea para él. Sale de nueva cuenta de sus cavilaciones cuando ve que el hombre va y se pone en la brecha. Sin armas, sin hacer movimiento alguno por desenfundar. Simplemente se coloca a pleno rayo del sol en pleno paso del convoy que se acerca por el sureste. Suena un tiro, luego más y el acelerón de la camioneta que ya diviso al hombre a menos de 500 metros. Lo van a embestir piensa, se le atasca en las manos el rifle mientras intenta gritar con la voz seca pastosa al jefe que se quite. Luego escucha el bramido y el amarrón de varias camionetas que se derrapan un par de metros por delante porque el polvo está muy seco y suave. Tiros y más tiros en la dirección al patrón que no hace nada por cubrirse mientras los tiros prácticamente rebotan a centímetros de su cuerpo. Otro bramido ensordecedor precedido de algo que rasga el aire. Los gritos de hombres que les es arrebatada la vida, huele a carne chamuscada piensa, antes de volver a escuchar el motor de una camioneta chocando con la fibra de carbón de otra, quieren salir pero algo les bloqueo el paso, un nuevo bramido que silencia todo y vuelve más claro el día si es posible tal cosa. El gordo quiere hablar pero donde antes estuviera el hombre de la camisa ribeteada ahora hay polvo.
Se queda esperando en vano por minutos la respuesta del hombre flaco que sigue sacando filo y parece no percibir donde están. El gordo está a punto de repetir la pregunta cuando ve que su jefe se ha detenido en su tarea maquinal y alza la mirada hacia la brecha que se encuentra a menos de 300 metros de donde se encuentran ellos. Salome se pone en pie con paso decidido y se ajusta la pechera, luego mete en el cinto del costado el cuchillo plateado y se ajusta la cachucha que le regalo el niño en el cumpleaños de hace dos años. Voltea a ver al gordo y en su mirada no ve miedo, ni sorpresa, lo ve igual que hace 4 meses cuando de propia mano mato al güero Manuel y a Jacinto y luego juro que a sus hijos no les pasaría nada, que él no era asesino de niños. Ni bien ha recordado eso el gordo cuando se oyen los motores de varias camionetas, pesadas, piensa. Se le seca la garganta al tiempo que saca instintivamente el cuerno de la parte trasera de la camioneta; detesta la situación, la maldita sensación de nauseas cada que coge el arma y no se ha metido el pericazo para evitar pensar, para evitar sentir que la próxima bala tal vez sea para él. Sale de nueva cuenta de sus cavilaciones cuando ve que el hombre va y se pone en la brecha. Sin armas, sin hacer movimiento alguno por desenfundar. Simplemente se coloca a pleno rayo del sol en pleno paso del convoy que se acerca por el sureste. Suena un tiro, luego más y el acelerón de la camioneta que ya diviso al hombre a menos de 500 metros. Lo van a embestir piensa, se le atasca en las manos el rifle mientras intenta gritar con la voz seca pastosa al jefe que se quite. Luego escucha el bramido y el amarrón de varias camionetas que se derrapan un par de metros por delante porque el polvo está muy seco y suave. Tiros y más tiros en la dirección al patrón que no hace nada por cubrirse mientras los tiros prácticamente rebotan a centímetros de su cuerpo. Otro bramido ensordecedor precedido de algo que rasga el aire. Los gritos de hombres que les es arrebatada la vida, huele a carne chamuscada piensa, antes de volver a escuchar el motor de una camioneta chocando con la fibra de carbón de otra, quieren salir pero algo les bloqueo el paso, un nuevo bramido que silencia todo y vuelve más claro el día si es posible tal cosa. El gordo quiere hablar pero donde antes estuviera el hombre de la camisa ribeteada ahora hay polvo.
-Salome! Salome! Se olvida del protocolo, piensa que ha caído. Pero al salir a la brecha lo ve caminando como si fuera inmune o tocado por alguna divinidad en dirección a la camioneta que se encuentra encerrada en el medio del caos de los chasis quemados de otras. Se oye un tiro que da en el brazo de Salome, pero no deja de caminar y alcanza en la cara con la bota al hombre que en el suelo había disparado con una escuadra. Le rompe los dientes del patadón y luego saca el cuchillo de su funda y le comienza a arrancar los labios, los gritos del pobre bastardo le ponen los pelos de punta al gordo que alcanza a ver a dos rancheros que se alejan apoyándose mutuamente porque al parecer traen fracturado algo cada cual.
-mátalos. Le grita por lo bajo Salome mientras los gritos del hombre sin labios se cuelan por los oídos del gordo.
-hey. Echa una carrerita que coincide con el paso acelerado de los dos tipos que van 50 metros por delante, les apunta con el cuerno y le pega al de la izquierda que al instante cae y se lleva de paso al otro al camino lleno de piedras, se acerca y les vacía el cargador con estos de espaldas, se ve la sangre volar en todas direcciones allí donde pegan las balas. Regresa tras cerciorarse que están muertos y encuentra a Salome en cuclillas quitándole los dedos al hombre que al parecer esta desmayado.
-en la cabina están los radios de estos putos.
Se mueve mecánicamente y se tira boca abajo para mirar en el orificio de lo que fuese la ventana de la camioneta que está volcada, dos hombres están allí con mucha sangre, a uno le falta la mitad del brazo y tiene desprendida la mitad de la cabeza que cuelga apenas de unos tendones del cuello. Localiza el aparato…
-tráeme algo liquido! Una botella con agua o cerveza! Lo que encuentres! Grita el jefe desde un sitio que no alcanza a ver en su posición el gordo.
-busca en el interior de la camioneta y no ve nada, se pone en pie y apenas da dos pasos cuando ve a menos de 4 metros una lata de refresco. Va por ella y tras recogerla se aproxima al hombre que observa con satisfacción las mutilaciones que le hizo al que esta desmadejado y cubierto de sangre en el cuello y en las manos. Le alarga la lata y en vez de destaparla la comienza a agitar mientras se aproxima al hombre, le arranca el arillo metálico y el chorro da en la cara del hombre que se agita y sale de su ensoñación.
-‘hora sí hijo d’puta, Dónde está Valencia!?, Dónde está Carlos? Dónde están esos putos!?
-ya te chingaste “atravesado”…vales verga y también el putito del…aggsgdgzdss
El gordo se asquea por primera vez en mucho tiempo, el cuchillo de Salome entra y en un tajo único se abre camino en el abdomen del pobre diablo, ve la sangre que se arremolina por salir de su encierro corporal mientras su jefe no ceja ni un solo milímetro en su tarea; el hombre que se está desangrando ya no farfulla nada, se queda quieto con la boca abierta mientras los intestinos le asoman en la cintura.
-vámonos. No tardan los putos guachos. Dice mientras se aleja guardando el metal filoso en el saco de piel que trae colgando de un costado del cinturón.
-Oiga jefe, ya perdió mucha sangre…trata de sonar sin temor mientras maniobra la camioneta de lujo en medio de la tierra suelta.
-eh!? Ah esto? Ni sentí gordo.
-pero, si trae el boquete ai’!
-la verga, nunca has sentido la adrenalina de la venganza cabrón. Me pueden dar 500 balazos y a la verga cabrón, no sentiría nada. Solo quiero su puta sangre.
-igual patrón, ahorita le marco al médico para que le arregle eso.
-la verga. Pásame un bote. Se queda callado mientras el gordo le pasa al brazo bueno la lata de cerveza fría, vuelve a fijar los ojos en el horizonte mientras le da un trago a la cerveza y escucha las instrucciones que da el gordo por la radio, también nota como el calor se va a apoderando nuevamente de su cabeza, le sube la rabia mientras contempla la lata de cerveza que se va comprimiendo y comienza a derramarse. *no sirvió de nada, con una verga* piensa mientras termina por aventar la lata de cerveza al suelo de la camioneta que se desplaza en la brecha, a lo lejos por el retrovisor se ve el cascaron de varias camionetas ardiendo y en otra de las brechas situada a varios kilómetros un convoy de varias camionetas que se aproximan al sitio. Quisiera regresar, quisiera arrancarles uno a uno los testículos a todos esos hombres que llegan a ver que pueden hacer, pero no está listo, no todavía; el gordo no daría pelea y terminaría siendo cazado. Aun así no se le pasa el enojo y el frio procedente del brazo comienza a amainar mientras quisiera que el gordo detuviese la camioneta y arrancarle centímetros de papada con el cuchillo. Lo ve que suda, lo ve palpitando y casi percibe el miedo, le tienen miedo, todos y cada uno de sus hombres le tienen ahora miedo por esas reacciones; lo sabe, lo ve en sus ojos cada que les dé la orden de llevar a cabo las tareas. Si fuera por él los mataría a todos y luego les mandaría las cabezas a sus familias.
***
El hombre de la cachucha de piel está sentado en una mecedora de bejuco mientras el aire le da de costado, a menos de 200 metros están tres hombres vestidos de negro de los pies a la cabeza y con armas largas, estáticos, como clavados al suelo mirando en dirección al sur. En la parte contraria a donde la vista del hombre se posa están 5 más, igualmente concentrados en ubicar cada punto que este de frente al hombre que está allí sentado junto a un hombre más alto y con un bigote tupido.
Entre los abedules se cuelan los rumores de varias pisadas de otros hombres de negro que hacen recorridos de menos de 5 metros. Los dos hombres llevan menos de 15 minutos allí sentados y las negociaciones parecen tensas, el hombre alto no quiere y el más bajo alega que es demasiado lo que han pasado por alto, se necesita cortar de tajo al “atravesado”.
-mira, si lo hacemos y lo entregamos como a Alejandro, la cosa se nos va a poner brava. Si lo eliminamos también se pone brava.
-pero carajo! El hijo de la chingada no le ceja nadita, 15 pinches meses y sigue igual. Ya nos costó la entrega de Altata y Caborca. Se perdieron los 15 millones del colombiano y los sarnosos no quieren pasar por allí si sigue ese cabrón. Y las mamadas que dicen de la madre esa que usa para chingar. La mentada retroexcavadora! Que no mame!
-esta de la chingada compadre, pero si lo chingamos su gente se nos pone peor, ya vez lo de Durango; el puto del Daniel se pasó…
-a ese cabrón lo voy a remover, quieras o no.
-y te apoyo pero ya ves que Nacho no quiere.
-porque es de su gente, también ese cabrón debiese ver que están peleando duro la cosa los putos sarnosos.
-que propones, removemos a Salome y a Daniel? Nos quedamos sin fuerza, están pirados los dos pero saben su chamba; al hijo de Juventino le falta pericia. Y al Valencia le faltan tamaños para pelearle a los sarnosos el mando.
-y Gonzalo para acá?
-no sirve, solo acata órdenes y ya ves lo de Sonora sur se les pelo. Sí lo dejamos en lugar de Salome en menos de 3 meses nos cargan los sarnosos.
-entonces, tregua?
-no, tampoco. Mira… deja lo platico con aquel y vemos que pasa…
-te dirá lo mismo, que hay que chingarnos al “atravesado”.
-bueno, ya veremos compadre. Se levanta de la mecedora que ocupaba y domina el espacio que queda en ese pórtico de madera hecho al vapor, para la reunión. Le pega un sorbo al agua con hielo que le han dejado en una de las mesas y voltea a ver al otro hombre que lo observa con intranquila apacibilidad. Y los juniors?
-ai andan… ai’ andan. Responde mecánicamente, no le gusta que le lleven la contraria, no le gusta que no vean las cosas que él ve, que los cambios brutales son necesarios en el negocio. Pero inmediatamente le ve los ojos serenos al hombrón que tiene frente y comienza a hablar con la voz de ranchero. No sabe compa, como quisiera a veces que a todo esto se lo llevara la chingada. Un día amanecer y ver que todo se jodio.
-tanto?
-pero nosotros igual que siempre, valiéndonos madre los pactos y los secretos. Ahorita los sarnosos quieren más y más, con gusto les llenaba de plomo Michoacán.
-seguir la idea de Nacho?
-no era tan mala idea compadre. Ponerle un pinche freno a los sarnosos. Llevarles el fuego a su casa y dedicarnos unos meses a lo nuestro.
-pero abiertamente? Se las huelen esos cabrones que fueron los nuestros los que dieron el pitazo en Apatzingán.
-la verga con esos miedosos. Le dije que no se anduviera con mamadas y que le cortara los huevos al Servando. No me hizo caso y le paso lo que le paso. Se quita la cachucha y deja ver la cicatriz donde el bisturí le paso factura la primera vez; está molesto pero sabe que enojarse no es bueno, Salome lleva casi 3 años iracundo y la cosa esta hormiga. Vamos a hacer esto, dice con serenidad, le damos viada a los de Atoyac, poquita, tampoco es para que se crezcan, les ponemos la chinga a los sarnosos por allá y que les vaya creciendo la bola.
-y con Salome?
-vamos dándole unos diyitas, sino se compone lo componemos. Pero no nosotros, le ponemos la pega en su gente.
-sigue sin gustarme la viada, si le ponemos a uno que le caliente el sesero se nos cae la chingada rama de ese cabrón.
***
Tres pasos lo separan de la puerta de metal pintada de negro, el cuarto donde tiene la cama aún está en obra negra pero la cama esta cómoda, ha estado peor, ha dormido mucho peor. Le duele la mandíbula de masticar tanto la carne dura de aquel bistec, le duele pese a que no ha comido en casi 12 horas pero el dolor no cede y eso le provoca más dolores de cabeza. Lleva casi 6 horas sin comunicación con su gente y únicamente están en los demás cuartos el pinche gordo y el Ramón. Le quisiera quitar también la lengua pero ya no quiere perder la cabeza tan fácil, ese último acto le costó 2 hombres que se fueron con Gonzalo. Le hubiera gustado ver la cara del “Mayo” cuando le llevaran las fotos de las mantas, también le hubiera gustado hablar con Juventino, pero ya se fue todo a la chingada.
-ea pinche gordo, traite’ la piedra!
No le responde, ya no habla con él casi para nada nadie, lo están cazando desde hace 2 meses y la cosa anda de la chingada, pero eso no es nuevo, cuando paso lo de Caborca andaba igual o peor y al final termino cumpliendo.
-pinche gordo te estoy hablando! Sale del cuarto a obscuras con el pantalón a medio poner y llega al cuarto donde dejo al gordo y al sordo. No hay nadie, ni la luz esta prendida y apenas repara en ello se ajusta el pantalón con el cinturón blanco que le dio la niña hace poco. Baja la cabeza y dice por lo bajo: pues así está la cosa. Oye el ajetreo de varios carros en la avenida principal, hay movimiento afuera y no siente miedo. Va hasta el cuarto y se ajusta la pechera con el torso desnudo, sin camisa, sin tela bonita que le roce los pezones. Ve el sombrero en la silla y se lo pone mientras nota que en su borde interno aun trae la estampa que le diera la vieja hace mucho y que ya no es más que un borrón de tinta. Ve en una de las sillas el radio, lo toma lentamente y se lo lleva a la boca.
-aquí el 11, pa’ los traidores y cabecillas ya me chingue. Para mi gente, se agradece el apoyo por años. R-2 te quedas chingón mi’jo, me despides de tu ‘apa. Siempre pa’ delante chingao!
Bota la radio y coge el rifle ancho que ha usado desde que se internó en las brechas. Cargador completo, más los tres de la mesa y el cargador lleno de la escuadra. Se acerca a la llave del agua y le da un sorbo enorme a esa mugre que sabe a oxido y tierra vieja. Intuye que los guachos están en la entrada de la plaza y las camionetas de los federales están a menos de 200 metros. Se brinca la barda con la noche cubriendo su cuerpo delgado y apenas lo hace se oye el grito de que no sea pendejo, que se rinda. Se da vuelta y le pone dos descargas a los del megáfono. Y la contestación no se hace esperar, la sangre nuevamente le nubla la vista, ve todo en cámara lenta y suelta otra descarga desde detrás de un arbolillo que no va a aguantar los falazos de los guachos. Le pega a uno de los azules pero no se detiene a ver qué ha pasado, echa otra carrera hasta otra barda y escucha el rom-rom del helicóptero. Le suelta descarga al aparato que lo esquiva fácilmente y apunta el de la metralleta con tal suerte que pasa el chingadazo a menos de 20 centímetros de su pie, da la vuelta el helicóptero y vuelve a tirar dándole a una barda que está justo atrás de él. Ya se oyen los gritos del teniente que viene con los guachos ordenando que tiren a matar. Le suelta una descarga y lo ve caerse y arrecian los tiros de todos lados, por detrás escucha a uno de esos cabos que se le traba el r-15, le suelta un patadón en los tanates y le revienta el casco con un tiro del cuerno. Se quiere detener a festejar lo que sea pero le pega algo en la espalda, por el dolor sabe que fue el tiro del rifle automático de algún guacho , sale rebotado y siente el ardor de la bala que quedó atrapada en el chaleco. Les tira a dos soldados que van bajando desde el norte levantando polvo y se quedan quietos mientras otro llega a tratar de socorrerlos, también a ese le toca un tiro que sin embargo queda en el chaleco pero igual lo bota de espaldas. Salome se va enderezando para volver a tirar a los caídos cuando siente el ardor de un balazo y luego otro y otro en ambas piernas, se le coló por la espalda uno y le dio justo. Alza la pistola apenas para sentir el primero en la cara, le vuela un diente que arroja sangre, ya no puede alzar la pistola cuando siente el otro que entra en el cuello.
SR Noviembre 2013
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