viernes, 14 de febrero de 2014

empedrado mágico

Empedrado mágico
 
Trabaje un par de años allá en la “calle de las novias”, no trabajaba como modisto si eso piensan  sino que en realidad me encargaba de hacer una serie de idioteces para el archivo que existe por allí; entraba a las 10 de la mañana y salía a las 4 de la tarde todos los días (salvo los festivos). Un buen sitio no solo por la paga sino por la cantidad de cantinas clásicas que existen (y existirán) al doblar apenas la vuelta o seguir caminando de frente hasta topar pared con el eje 2 Norte. También me era agradable trabajar allí porque se me consideraba una especie en peligro de extinción: hombre rudo que no temía a ensuciarse las manos y sudar un poco para lucir los músculos ante la mirada atenta de las compañeras (en realidad pocas veces había tal oportunidad y rara vez me pedían hacerlo porque temían que los mandara al diablo con la cara tallada en muesca que me cargo). Viéndolo de lejos puedo decir que de todas las ventajas y desventajas de trabajar en ese lugar destacaban dos: la primera, el encontrarme cerca del alcohol y sus derivados en las cantinas de donde los viernes llegaba a salir a las 10 o más de la noche, rodeado por las efusivas miradas de jóvenes idiotas que se enfiestaban para probar las mieles de lo nocturno; y dos: el olor a coño fresco que emanaba de tanta visita fémina a las tiendas de vestidos y que llegaban ilusionadas y con la esperanza de que algún día conocerían a su príncipe azul en alevosa ventaja respecto a la mera simpleza de los hombres que solo buscamos sexo y una raja hirviente donde reventar en lo inmediato.
 
Salía por las tardes a recorrer la calle de Madero, adoquinada por las papadas del dueño del país para aumentar rentas y recobrar  o multiplicar el dinero invertido, también allí me paseaba en mis horas de comida (que en realidad no existían como tal y me las agarraba a la brava para salir a comer lo que llevase o bien caminar hasta los tacos llenos de salmonelosis  frente a Bellas Artes en compañía de los merolicos, las madres abnegadas y los borrachos ocasionales que buscaban destapar el drenaje profundo con sus mierdas liquidas y pestilentes producto de esos manjares) con el sol hirviente de la media tarde que asomaba por encima de las miles de pisadas de personas que en su mayoría no tenían ni que jodidos hacer por allí pero gustaban presumir de lo que no poseían y de lo que anhelaban poseer. Contemplaba todo, desde las huellas marcadas de perros en algún charco  de agua enfanganada y mal trasladada hasta las coladeras, los bicicleteros y patinetos serpenteando y toreando a los transeúntes de mirada morbosa, las chicas en tacón alto que miraban desde detrás de sus lentes negros comprados en alguna boutique a plazos, las madres solteras que contoneaban las caderas y sacudían los pechos en espera de un mejor futuro, los niños y niñas inquietos que corrían y se tomaban de la mano experimentando el gozo profundo del contacto humano y los maniquíes vivos que exigían una cuota; en fin, vividores y mequetrefes que buscábamos el cobijo de una sombra helada y escarchada con sal, limón y chile mientras el sol reventaba la calle que se veía inmóvil pese a los miles de pies que se movían sobre ella.  Me gustaba  “la Profesa”  ya que en su esquina convivían lo mismo adoradores del Santo y pecadores que desviábamos los ojos hacia las nalgas y pechos de las mujercitas que pasaban sacudiéndose cual batido en licuado; en esa esquina formada por Madero y Chile el viejo Dionisio “la Rata” pedía limosna desde  años atrás (mucho antes incluso de que cerraran la circulación aunque no tanto para que la conociera con el nombre de Plateros) y para hacerlo le gustaba cubrir una de las orillas descubiertas de la capilla con cartones para impedir que el sol le diera en los ojos rojos mientras fumaba cualquier cigarro que tuviese la pinta suficiente de no tener mierda de perro o de humano encima mientras estiraba la mano ampulosa y llena de venas rebosante de materia prima para las clínica de salud y seguridad pública del país en cuestión del control de pestes. Puras colillas y platos con restos de comida fría eran su alimento, y no pocas veces el exceso de competencia o la presencia de los azules lo obligaba a volverse hacia las orillas de la otrora ciudad de México,  a dormir a pierna suelta en las escalinatas detrás de la parroquia de San Pablo (porque siempre le ha gustado sentirse resguardado por los santos y los infieles). En ocasiones le regalaba lo que me sobraba de la botella y era ritual que el condenado me estirara la mano en cuanto me veía pasar para saludarme cual viejos camaradas de guerra en diferentes frentes que se encuentran una mañana de otoño en la fría y desolada carretera a ninguna parte mientras de fondo los cañones invisibles les siguen bombardeando la mente. Eso imaginaba cada que le daba la mano, por supuesto él hacia dicho gesto amistoso esperanzado en obtener una nueva botella.
 
Así era por aquel entonces la rutina diaria, bebía más de lo que comía y me chingaba cerca de 13 cigarros esperando que el hambre fuese por la ausencia de humo alquitranado y no solo porque solía comer cada 3 días o algo así por el estilo. Y por las noches? Vivía poco o nada en el mundo físico, “el gran tiempo perdido” (así llamaba yo a esas horas comprendidas entre las 10 pm y las 3 o 4 de la madrugada) lo ocupaba en beber o escribir mierda, todos mis héroes lo habían hecho así por lo que cambiar no hubiese tenido sentido (aunque ellos tenían buena mierda que escribir y yo pobremente intentaba reproducirlo para no sentirme tan solo). A diario escribía una o dos historias sobre cualquier idiota o callejera que recordase en ese momento, pero lo que en realidad pensaba en el background era el cómo empezar a escribir esa maldita biografía sobre Praxedis tratando de que en ella se encontrasen los años perdidos; de repente me hallaba inmerso en una alocada conflagración bélica entre las ideas que dictaba la mente borracha y las palabras que el viejo abstemio y recalcitrante en contra de todo lo jodidamente injusto hubiese dicho. Mil y un batallas muertas en cada letra, luego buscaba los adjetivos y estos se hundían en el fango de la mala estructura de la investigación realizada. Eso era todas las noches, enteras y frías noches (siempre y cuando la bebida me lo permitiese y no se ahogaran tales ensoñaciones azarosas de una vida pasada). Temblaba con una botella en la mano y la otra intentando teclear algo o esgrimir el condenado bolígrafo mientras vestía únicamente los boxers rotos y calcetines percudidos o con el hoyo frontal más grosero jamás visto, permaneciendo inmóvil, cual tótem que se hunde en la arena olvidado por quienes antes lo adoraban; fijo porque la luz parpadeante de la farola que interrumpía la obscuridad que casi se estaba muriendo. 

Me movía despacio, en calma y con el rostro impertérrito,  no así las manos, no así las ideas que fluían en cada uña, en cada dedo azotándose contra la tecla o escribiendo sobre el papel; aparecían las historias, se llenarían 4 libretas y cientos de páginas electrónicas que terminaron en reciclaje ya que nada servía de ellas. De repente por allí surgía alguna que contenía la suficiente idiotez como para estremecerme y encontrarse conmigo en “las horas vivas” (el tiempo despierto, sobrio y alimentado), aunque generalmente todas versaban sobre las mujeres y el alcohol, o las drogas y las mujeres, o las mujeres y las mujeres, nunca sobre cosa menos importante.
 
En una de esas noches de viernes en plena cantina céntrica conocí  a Sonia, era apenas mayor que yo pero bebía como saben hacerlo aquellas que ya no esperan nada mejor, según se decía vivía al norte de la ciudad y usaba una pierna de repuesto ya que la otorgada por la naturaleza la había perdido a causa de un accidente laboral. Me gustaba. Sabia contar historias muy buenas y entretenidas pese a tener todos los achaques del mundo, generalmente en todas terminaba la frase repitiendo la última palabra. Siempre hablaba sobre lo que había visto y no visto desde que comenzó a beber en torno a los 25 (15 años ya), lo interesante es que solo el rostro y el abdomen inflamado reflejaban el paso de los años, el correr del vodka por su tráquea y labios. Su pelo todavía bastante negro le caía sobre los hombros cual si de una cascada de cerveza traída de Baviera se tratara, los labios gruesos y bochornosos se abrían poco mientras hablaba bajo y agriamente sobre las vidas de zutano y perengano, de lo que el tiempo le había hecho a los sitios obscuros y deprimentes a los cuales ella llego a querer como si fueran parte de su familia y de los idiotas que pululaban por todos lados; jubilada por lo del accidente gastaba su día viendo como pasaba la vida por enfrente de las rockolas iluminadas en neón y a cada generación le precedía otra y otra sin apenas variar lo que en ella encontraba. Repartía pequeños pedazos de papel higiénico a la entrada del baño por el  puro afán de hacerlo ya que no percibía una sola moneda de lo que amablemente solíamos dejar y no la necesitaba en realidad. Me conquisto desde la primera vez que me sorprendió mirando su pierna buena por debajo del vestido verde: “deberías de ver la bonita, tiene hermosas calcomanías” dijo. Eso me flecho, su humor corrosivo y sin agüitarse por su suerte me maravillo, le invite un trago, dos, media botella, terminamos en el “Antillas” (o “antenillas” por aquello de los miles y miles de insectos que pululan en su interior) bebiendo en las camas separadas mientras nos mirábamos a los ojos y nos contábamos los dolores por aquellos tiempos pasados sin decir una sola palabra. Desperté cuando ya se vestía con aquel vestido verde que ha usado los últimos 7 años cada viernes, y me espeto un: “buenos”, se puso las bragas después y tomando la botella que aun teníamos a medias de ron le metió un trago que me irrito el esófago. Fue al baño y cago largo, tendido y sonoro mientras silbaba alguna melodía que mi cruda me impedía reconocer. Salí antes que ella y vomite en las calles adoquinadas que algún samaritano había limpiado horas antes, el sol caía sobre mi calva y el puro olor a coladera me provoco nuevas arcadas, sentí la mano grácil pero con fuerza sobre mi hombro: “no te preocupes güero, hasta a las mejores nos pasa”, Sonia me volvió a pasar la mano por la nuca y se alejó tarareando la canción que minutos atrás le había escuchado en la habitación.
 
SR Agosto 2013

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