Coatlicue
Coatlicue me observa desde su verdad totémica mientras entró escuchando algún riff de rock o metal y distraídamente poso la mirada en sus ojos pétreos. Probablemente sea un sábado y este allí frente a ese monolito por órdenes de la vieja amargada porque tenga que entregar un reporte de los restos arqueológicos del templo mayor. El sol inunda las calles y encierra el vapor de mugre. La diosa sardónicamente fija la atención en todos los que entran y que exclaman un grito ahogado al ver por primera vez sus relieves milenarios.
Conocí a Coatlicue una tarde de invierno en una fiesta, no quería asistir pero me encontré con nada mejor que hacer. Gente desconocida que bailaba o se zangoloteaba al ritmo de una pésima mezcla musical. Coatlicue bailaba o se agitaba en el centro de esa sala convertida en salón de fiesta mientras yo avanzaba hacia su falda de larga tela color caqui –no había serpientes. Sus cabellos negros trenzados en una inmensa cola de caballo rozaba el contorno del cinturón de piel en su cintura. En el cuello se agitaba –en lugar de un ornamento de apéndices humanos- un rosario o un colguije budista similar al rosario que usaba mi abuela para rezar todas las noches. El objeto oscilaba de lado a lado mientras el ska sonaba en toda la habitación.
El recinto contrasta en frialdad con el resto del típico infierno de la capital, la vieja diosa solicita urgentemente sacrificar a alguno de esos miles de gringos o sepa la madre de donde sean que chanclean y toman fotos con sus cámaras importadas. La diosa quiere que uno solo de esos hijos bastardos de sus verdaderos adoradores se unte en el pómulo y en el pecho la sangre obtenida con ritual de obsidiana. Sonríe irónicamente porque la vieja piedra que reabre su cuerpo terrestre esta sedienta de sangre y corazones enemigos.
Me acerco con la cerveza en la mano, lanzo un timorato y pendejo *hola* mientras reduzco la distancia respecto a ella. Voltea a verme con esos ojos cafés piedra, sonríe y sigue bailando. Desisto de hacer el ridículo y me arrincono como siempre en alguna pared mientras mis pies llevan el ritmo sin moverme de ese sitio que atisba cada destello que lanza su cabello negro. Coatlicue baila invocando algo al cielo con ambas manos mostrando la palma de la mano a lo insondable que exista arriba, se contonea rítmicamente al ritmo de la música que se desconecta por fracciones de mis oídos. Sus pies cubiertos por unas botas deportivas parecen estar apenas unos milímetros en contacto con el suelo de concreto frio. Cierra ambos ojos mientras el ritmo se vuelve cadencia pura y se instala en algo que me recuerda cuando tomaba aquellas pastillas para la ansiedad; calmado y reposado mientras todo alrededor parece ir despacio. Bajan las revoluciones del beat y ella esencialmente se vuelve una con el universo que la integra al todo. Belleza pura y ella alojada en el cosmos.
Coatlicue me señala un punto, debo dejarme llevar, desconectar la razón y el instinto y creer ciegamente en lo que la dimensión en la que ella rige me señala. Callarme y cavar el día señalado por la luna amarilla y el sitio determinado por ella. Quiere mi devoción a cambio de la inmortalidad otorgada por su conocimiento. La dualidad eterna, alcanzar la vida verdadera mediante el rito de la sangre. Elevarme a las estrellas con ella y sus hermanos emplumados y zoomorfos. Encontrar el camino de la grandeza.
Termina la canción y ella sale del centro –aunque ya observándolo sin su presencia parece únicamente una esquina más de este lugar donde un grupo de pachecos está reunido para a la menor oportunidad fumar la madre esa. La busco inútilmente con la mirada, no distingo su nariz recta o su piel cobriza, tampoco sus brazos delgados y firmes de atleta. Me vuelco para un lado y otro enclaustrado en esa minúscula esquina atrapado en ensoñaciones inimaginables e ideas suicidas que después de todo no suenan tan descabelladas. La música vuelve a comenzar en su tono festivo pero Coatlicue no está en el centro de nada. No hay ni rastro de sus dientes perfectos o de sus senos jibarizados transpirando feromonas. Llega el viejo Rodrigo y me toca el hombro. Nos saludamos y me dice que me presentara a su nueva amiga. *ella es Coatlicue* y la chica se queda fija mientras me saluda con su sonrisa pacifica, que me da nervios, que me enerva el sentido. No puedo evitar que al contemplar su sonrisa me vengan recuerdos. Me da la mano y me besa en la mejilla apenas rozando sus labios mi piel. Aspiro su aroma, es a campo fértil, a tierra húmeda, a piedra lavada por el agua de un rio, a la pureza de una zona lejana a esta inmunda ciudad contaminada. Es el maguey y…algo que no logro discernir. Me atrae hacia sí y me conduce por entre varios pares de piernas y brazos alzados. *yo no bailo* trato de decir pero me veo moviéndome torpemente en medio de un ritmo frenético, de tambores y agitaciones espasmódicas de todos los que están en semicírculo. El pinche Rodrigo está lejos, sonriendo desde otra dimensión, con su mirada fija en ella. Pero sonríe complacido pese a que le he quitado a su amiga. Bailamos y él desaparece de la estancia, todo de hecho parece desaparecer, sólo permanece ella y el ruido de los tambores magnéticos cuyo sonar se mete por todo mi pecho, lo llena todo como si el sonido fuese mi propio corazón latiendo desde fuera. Latiendo por ella y para ella.
Medianoche, la luna alumbra, cavo por inercia como si mi voluntad entera le perteneciese a ella. Coatlicue ha dicho que allí donde alumbrasen las dos estrellas rojas comenzara a buscar. Sin descanso, ella me trajo para algo, toco el fondo de algo. Hay piedras y obsidiana, saco las piedras viejas cubiertas de sangre igual de vieja y desciendo a la ciudad otra vez. Ella quiere un corazón fresco, de joven enamorado. Su sacrificio alumbrara mi camino para volverme el portador del secreto. Nos uniremos en la otra vida. Coatlicue sonríe.
SR diciembre 2013
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