sábado, 2 de septiembre de 2017

Certezas

Certezas

Me gustaba Teresa o creo que ese era su nombre, la verdad nunca he sido bueno para recordar los nombres de las personas, a veces ni siquiera recuerdo el mío, claro, no con el que nací, sino aquel que usaba artísticamente; aunque lo más artístico que poseo sea la capacidad para inventar cosas que rápidamente son descubiertas, a veces era Pedro, Ramón, Ifigenio (en honor al maestro Ramírez Heredia, del cual he leído muchos libros, pero no su poesía, no soporto la poesía de nadie) o simplemente carecía de un nombre. La cosa es que a ella la conocía del trabajo; oficinas largas de gobierno donde pareciese que cada uno trabaja en top secret y en realidad estamos rellenando formularios estúpidos para garantizar el acceso a la información de la ciudadanía, aunque a está no le importe siquiera en donde coños se perdieron 800 trillones de billetes en la construcción de una estatua de algún fundador perdido en la memoria de los viejos. Así transcurrían los días, los meses, los años y toda una vida de funcionarios públicos con cargos heredados por nuestros padres, que a su vez los heredaron de sus viejos, y ellos se los habían comprado a la revolución, o algo así. El asunto es que me gustaba la mujer aquella, pero en realidad me gustaba 10 minutos y luego me gustaba otra, y luego Jacinta la señora de los papeles de baño en el Sanborns de la esquina, o doña Carmela la de los flanes afuera de las oficinas, o también la chiquilla que limpiaba parabrisas en el semáforo; a eso iba, me gustaban todas, algunas por el mero hecho de tratarlas diario, otras por el mero hecho de que tenían unas mega tetas o que vestían como pirujas de la calle más obscena del país. Aunque en realidad eran más santas que la virgen misma. Contradicciones de un burócrata que no tenía siquiera en que caerse muerto. Aunque en realidad si tenía, pero no trató de que los demás lo sepan, porque inmediatamente van con los jefes, se arma la auditoria y vienen los regaños, nunca los despidos, porque a nadie le conviene correr a un vividor del sistema, por robarse unas migajas del presupuesto destinado a los latrocinios.
 
2 veces a la semana, y más por un sentido de variar la rutina, aunque ya fuese eso también una rutina, me subía al metro y comenzaba a recitar poesía; no necesitaba el dinero y rara vez pedía, simplemente si alguien deseaba arrojar dinero a la pequeña mochila que depositaba en el suelo, la gracia era bienvenida, pero mi acción iba encaminada a fregar al prójimo, me encantaba entonar fuerte las rimas y coplas de los grandes poetas de la historia mundial (casi siempre poesía que venían en libros de tirajes altos y archiconocidos), cuando el vagón lucia más calmo y alguno que otro cabeceaba; también lo hacía para fregar a los morros que habían hecho de Sabines su fuente de ingreso diario, tenía mejor voz que ellos y más dramática, o al menos eso me había dicho un borrachito que hipaba entre palabra y palabra. Dos veces me había roto la madre con alguno de aquellos estudiantes de letras o teatro, y en ambas les había dado en la ídem, principalmente porque yo si comía y no me gastaba el dinero en drogas. Una vez alguna chica de esas corrientitas que tanto abundan, se había ofrecido a hacerme una mamada, le dije si, y en cuanto llegamos al callejón obscuro le di una patada y salí corriendo, sus gritos me persiguieron hasta la estación del metro, donde antes incluso de que el policía se diera cuenta de lo que sucedía yo ya estaba en el andén abordando el gusano y que me dejaba en la calle trasera a la casa.
 
Bebía ocasionalmente y más por un sentido de convivencia, que por el hecho de que me gustara hacerlo; no era uno de esos borrachos calienta sillas de oficina que abundan en el medio, y tampoco hacía ejercicio hasta caer extenuado, simplemente era un tipo corriente que le gustaban las mujeres, declamaba poesía en el metro y los viernes generalmente me la vivía en casa. Y por casa no se debe malinterpretar, tenía una casa propia que nunca visitaba, estaba en uno de esos agujeros cercanos a la capital, los cuales habían nacido para albergar los sueños de miles o millones de pendejos que no se podían conseguir una renta o una compra en alguna de las delegaciones, y tenían que recorrer 20 kilómetros entre asaltos, choques, trafico, policías corruptos, sueños interrumpidos y todas aquellas mierdas que rodean a la capital. La casa era el arduo trabajo de casi 7 años en la misma mierda de empleo, conseguido el crédito también más por el hecho de ser hijo de una ex empleada de gobierno que por mi propio merito, nunca iba a esa casa porque le odiaba, odiaba su lejanía y su cercana ubicación respecto a la muerte y la miseria de millones de ratas humanas. En cambio, me metía en el pequeño departamento de la Cumbres de Maltrata, sitio que usurpaba el nombre de aquel sitio descojonante en la carretera hacia Veracruz y donde cada dos por tres había choques y aparecidos, pero no aquí, rodeado de miles o cientos de miles de edificios, casas, locales, puestos y vías de comunicación; la vida discurría con cierta apacibilidad, principalmente porque mi madre se encargaba de ello. Ella, pese a tener sus casi 63 años se hallaba fresca y en ocasiones con mayor vida social que la mía, todas las tardes se reunía en casa de alguna de las viejas amigas que había hecho con el correr de los años, las brujas a veces salían a comer o desayunar y entre las 5 integrantes se dedicaban a destrozar a cuanto camarero osaba servirles mal el plato con carne malhecha y desabrida. Cabe decir que ninguna de ellas tenía marido, algunas por viudez, otra por abandono, la más por divorcio, no era raro que nadie quisiera pasar más de 2 años soportando los pujidos que debían salir de sus vaginas secas y llenas de pelos blancos, porque me negaba a aceptar que fuesen negros o que alguna vez lo hubiesen sido. Mi madre había perdido a su esposo, no mi padre porque no lo conocí, y ansió que alguna vez aparezca para romperle la crisma por dejarme en semejante apuro, lo había perdido una tarde que sorpresivamente anunciaba que tenía antojo de una rebanada de pastel. No volvió ni ese día, ni el siguiente, y mi madre con todo lo que era y es, decidió que no le iba a llorar, ni ese día, ni el siguiente, ni los 26 años restantes.  Vivía con ella por comodidad y porque literalmente era el rey de la casa, aunque en realidad lo hacía porque a menos de 2 cuadras había cines, restaurantes, vías rápidas (aunque en esta ciudad confundamos la vía rápida con un mega estacionamiento de más de 20 kilómetros) y sobre todo, alguna que otra nalguita de las calles circundantes, pequeñas perras que se perfumaban para parecer de otra condición social que no fuese la clase media; alguna que otra tenía dinero, pero rara era la que no viajaba en transporte público porque los fondos de sus padres o los propios no les permitían gozar de un automóvil propio.
 
Llegaba y había comida, la ropa planchada y ante todo un sentido de calor hogareño, pero no se crean que estos lujos son porque mi madre sea una abnegada ama de casa, de hecho no puede cocinar ni agua para pasta sin que los bomberos aparezcan, más bien se debe a la ardua labor de doña Margarita, una señora que llevaba ayudando a mamá desde que yo había nacido, vivía en la Guerrero, pero no la del centro, sino la de Iztapalapa y viajaba  hacia el corazón de la pseudo hipsteriza 3 veces a la semana. De cuando era morro me acuerdo que su hija la acompañaba y me gustaba verle porque era guapa, lo malo es que era pendeja y se dejó embarazar por cuanto cabrón se le atravesara, yo no, porque era un morro imberbe, pero con gusto hubiese sumado mi esperma a su colección de hijos feos y llenos de pleitos en aquella zona de la tiznada. La señora cocina realmente bien, con ese sabor de fonda que tanto amamos los que nos dedicamos a la onda burocrática, generalmente dejaba comida para dos días y las instrucciones para que la ama de casa se encargase de usar los fogones cuando fuese necesario, mi madre prefería comer de fuera y por ende eran las visitas a sus amigas, cuando aparecían por casa, las brujas barrían con todo y no había de otra que pedir rápida, tacos, pizza, china o inclusive de alguna fonda que amablemente llevaban sus menús impresos hasta la puerta del edificio en que vivíamos. En sí, mi madre había sido una persona guapa, algo regordeta, pero con una sonrisa cautivadora, nunca entendía porque estaba sola, así como no entendía porque mis compañeritos hiper mamones en la escuela de paga, a la que había ido de 8 a 5 de la tarde, se quejaban de sus padres o los amaban con locura.  Mi madre no se quejaba nunca, a veces como toda burócrata llegaba y se descalzaba para usar sus pantuflas, pero generalmente se desplomaba sobre el sofá y se quedaba dormida, hasta que daba la hora de ir a dormir, luego al otro día me levantaba, me carrereaba para bañarme y dejarme en la puerta de la escuela a las 7:45, luego desaparecía y no la volvía a ver hasta que llegaba a casa. Nuestra bonita rutina durante los primeros 15 años de mi vida, luego vendría la prepa y allí era preferible que yo me desapareciera para que no notase el aliento a vino barato o los rasguños de mis novias. Cuando todavía se usaba tener novias, luego llego la hiper liberalización de la mujer y se perdió esa bonita tradición de decirse pareja, para pasar a ser el guey o la guey de alguien más.
 
Lleve un par de veces a casa a Teresa, venía de otro mundo, uno muy distinto al que estaba acostumbrado, a bregarse la vida por sí misma y no esperar a nadie para que le abriera la puerta o siquiera para que le pagara las palomitas en el cine. Cogimos como dios mandaba, sin mayor promesa que la de pasarla bien, eso le gustaba, seguro que tenía como 5 culeros iguales, tal vez menos panzones, tal vez con más pelos o una bonita dentadura. No lo sabía y no me importaba, me gustaba verle los pezones morenos contrastando con su piel lechosa, no tenía pudor alguno en mostrarse tal cual era, yo sí; me dejaba la playera o los calcetines, prefería verme ridículo a coger una pinche enfermedad gripal que me obligaría a ir al seguro para sacar una incapacidad médica, sentirme de la chingada un par de horas mientras esperaba a que la mujer de la voz sin alma me llamará para que el Doctor Ramiro Mendoza me diera una pinche tira de paracetamol como máximo remedio infalible. Prefería aguantar la cara de Teresa viendo mi playera deslavada por los años y años de usar, con mis calcetines impolutos apestando a zapato de oficinista y mi sudor condensándose alrededor de los sobacos. No mentiré, me sentía bien después de aquellas veces que lo hacíamos, pero como todos, sabía que no sería eterno, que ella tarde o temprano me diría: “tengo un nuevo amor los miércoles de 2x1”. Mientras tanto podíamos ir al cine y ocasionalmente meternos a alguno de los pinches hoteles llenos de chinches amorosas que había sobre Tlalpan. Ella se metería en su auto y yo caminaría por las calles que me habían visto crecer, siguiendo la estela que dejaba su perfume a vainilla.

SR Primavera 2016-invierno 2017

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