Bebía cerveza y oía jazz,
Coltrane y Miles.
Las bocinas revientan mientras el amargo sabor de mi paladar se concentra en un solo punto intermedio, a razón de cientos y cientos de horas previas donde no podía explayarme por estar ridículamente obsesionado con la idea de un amor. Ella no está, la extraño, pero no haré nada por cambiar ello. Así lo decidimos unos días previos, claro que su amor no es como el mío, de hecho, nunca se dan dos amores iguales, algunos son más violentos e irracionales, como si con cada segundo que pasa, la sola ausencia de una de las partes te envuelve en el dolor y el sufrimiento, tal como si estuvieras en medio de un condenado accidente automovilístico donde tus piernas están atrapadas bajo el volante. No puedes huir, estás condenado a esperar la ayuda de los dioses vulcanos. Así se hacen llamar mamonamente esos sujetos. No los culpo, nadie tiene más blasones que ellos para ser insufribles. Cojo el teléfono, marcó a cualquier número que medianamente me suene a algo coherente, por supuesto ella no estará del otro lado de la línea, nos separan muchos cientos de kilómetros. La ansiedad que se ha ido acumulando es por mi culpa, sabes que esconde cosas, pero las tuyas son peores, como el infierno que tienes de cabeza que te impide ser feliz al 100% ¿alguna vez lo fuiste? Te preguntas, mientras la trompeta de Davis suena partiendo todas las neuronas, ni siquiera la cerveza lo logra, ni siquiera el sopor de la media tarde violenta de rayos y ráfagas de viento te obstruye como esos condenados solos que esboza desde su tumba fría y llena de mármol. Supones que así es, lo quieres creer, se lo merece, si hay alguien en el condenado universo que merece una tumba fastuosa ese es el maldito negro dios de la trompeta. Lo amas pese a que no comprendes su música, aunque tampoco la comprendes a ella y estas coladito por su cara, sus ojos y su anatomía. También su cerebro, te la pasas repitiéndolo cuando te quedas pensando que es sólo un enamoramiento fugaz de su cuerpo, de su frondosidad y de que es más mujer que muchas otras que has conocido. Pero no la puedes rastrear en el espacio vacío que forman tus recuerdos, tienes lagunas donde siquiera está presente, ella te ha reclamado, pero quien no lo ha hecho. ¿te acuerdas de Betty? Ella te amaba tanto que estaba dispuesta a dejarse sodomizar mentalmente, al final sólo eres eso, un condenado sodomita de mentes. Aflojas el nudo de la cerveza, esperas a que termine la pieza de jazz que lleva muchos minutos sonando y que te transporta hacia dimensiones que en tu vida serás capaz de recordar. Esperas también que todo eso que se cuela por la única neurona funcional que tienes, pueda ser suficiente para mantenerte a flote otra semana. Deseas que así sea, deseas que vuelvan las palabras mientras eres completamente infeliz; ella así lo desea, mientras baila con todo su cuerpo por enormes pistas de baile y el calor recorre el centro de la zona hotelera, ella no lo sabe, pero escribes historias tristes con tu corazón roto, el mismo que todas las noches es remendado y parchado en espera de que sus palabras vengan para volver a destruirlo, todos los condenados días es lo mismo, no puedes esperar a que suceda de otra manera, mientras te hundes escuchando esa batería sincopada que algún condenado negro grabo hace años, ella flota sobre la pista al ritmo afrocaribeño de la salsa. El nivel de alcohol de ambos es diametralmente opuesto, tienes ya a la mano una botella de whisky, el viejo aliado que viene en ocasiones a salvarte, a reducirte al estado más elemental del cual has podido apenas salir endeble conforme los años avanzan, pero está en espera también de que el condenado espíritu que te quema por salir, lo haga; que todo se condene y comiences a teclear furioso para esgrimir otra de esas historias tristes. Algunas celebradas, la mayoría ignoradas olímpicamente por los que no se dejan impresionar. ¿Sientes ese escalofrió en la piel? Es primavera y tienes frio en el sitio donde debiese existir algo llamado alma. Pero algo más, esa condenada melodía llega hasta lugares donde no esperas que algo exista, ella no lo conoce, de hecho jamás le has preguntado si escucha jazz, probablemente no le guste, no tiene el espíritu jodido como tú, algún día explicarás porque crees que sólo un condenado a la mierda en vida puede disfrutar cosas como el jazz, no importa que sean tonadas calientes, las sientes como un pedazo de iceberg en el centro de tu cuerpo. Llevas casi 15 minutos escribiendo algo que medianamente podría volverse una mal copia de algo real, la última vez que te paso, escribiste una historia sobre la mujer a la que le has roto el corazón a últimas fechas, no lo repararías ni con media vida. Ella creyó en ti porque le parecías algo fuera de la realidad, un ente capaz de crear cosas hermosas con palabras tristes, pero lo tuyo es revolcarse en la basura como rata. Una rata gris y de bigotes largos, oliendo el ambiente, sintiendo todo el tiempo miedo, tal vez ser una mierda en vida que todos desprecian, pero no pueden alejarse porque de alguna manera les recuerdas lo peor que hay en la existencia. Eso eres. Ese es tu papel; ahora has iniciado una historia triste donde no debías ser el protagonista, simplemente aparecer, dejar que ella tomara el mando, mientras disfrutaba de piñas coladas, tu bebías whisky, uno solo, porque el hecho de tomar más, devendría en severos problemas que ya no quieres, ya no los deseas, sólo quieres la parte bonita de ser un condenado alcohólico, como si el resto no existiera, como si la mierda no fuese a tocarte, pero está ahí, aguardando, acechando a que vuelvas a esgrimir con saña el vaso, a que bebas directamente de la botella, antaño lo hacías y disfrutabas hundiéndote. Tienes miedo ahora de hacerlo, porque ya no eres la buena persona que tenía sentimientos adecuados, ahora sólo eres estiércol. Del vil y putrefacto desecho humano que alguien ha embarrado en la acera o en alguna región periferia; ¿a dónde fue tu grandeza? Te preguntas más veces de las que desearías, como si todo fuere un sueño pesadillezco, hay imágenes borrosas de tu pasado que se reconvienen en pequeños fragmentos que sueltas, cada tanto adornas una historia donde tu papel muy terciario toma tintes de grandeza, ella esgrime una sonrisa cada vez más cansina y te da palmaditas en el hombro. No tienes nada que hacer ahí, ella se irá porque se cansará de sostenerte, como lo han hecho todos antes, nadie puede durar mucho ahí, porque vuelves al mismo egoísmo de usurpar su historia, de no detenerte a pensar que puede estar tan contenta como lo era cuando niña, tal vez te ama con tanta fuerza que sus latidos se adecuan a los tuyos, que es capaz de soportar mucha vergüenza con tal de estar contigo, pero no te importa un comino, sigues siendo tercamente irreal, sueñas con todas esas fantasías que la mente enferma adorna con oropel, quitándoles la mierda de encima, como si no fuera ya bastante duro seguir vivo, todavía recreas tus miedos más grandes dentro de una imagen que intentas proyectar o que ella admita. Sólo para ser infeliz, todavía más, como si fuese una competencia de quien tiene más ganas de ser un condenado muerto en vida, en aras de ser indultado por lo que venga más adelante. Abres los ojos de vez en vez y quieres creer, pero al final resultas tan ciego como antaño, cuando disfrazabas tu felicidad con carretadas de risas falsas. Miles Davis suena con una pequeña canción que pocos recuerdan con ese tremendo solo de piano, casi no disfrutas el jazz con piano, lo prefieres con esos elementos de música de viento, o los percusivos de gente que tiene talento en cada poro de su ser. Esperas que todo colapse ¿Por qué? ¿Para ser decisivamente más genial y volver a escribir? ¿O porque no la quieres? Tal vez la pregunta que más miedo te da hacer es: ¿la amas en realidad? O ¿sólo es otra de esas cosas que piensas que quieres, pero en realidad te obligan las circunstancias de una vida jodida? Es viernes, todos beben, pero lo hacen para evadir la realidad, tú lo haces porque quieres sumergirte en ella. Vuelves a ver su último mensaje, hace meses que no lo haces, te sigue ardiendo eso que llamas cerebro pero no cambiaras nada, cortaste comunicación porque te lastimaba más que las anteriores, esta vez era algo real, como un infierno de dolor que iba en aumento. Como si todas las cosas malas de la vida tuvieran su rostro y sus pequeños senos. Los añoras, pero no deseas verlos otra vez, porque te hacen daño, sigues martirizándote con su existir, le diste la libertad que no anhelaba, pero que no querías evitar que tuviera porque de lo contrario sería infeliz a tu lado, tu eres infeliz contigo mismo y no deseabas arrastrarla a ese agujero lleno de mierda del cual desearías que nadie hubiera podido conocer, ella lo vio y se quedó, pero no deseabas que lo experimentara, no querías que su sonrisa se apagara para siempre, ella lo era todo y al final la heriste para que comprendiera que todo a tu lado era imposible, tú eras diariamente herido por tus propias ideas, pero no deseabas que ella lo supiera, le mostrabas ese rostro afable y comprensible que de manera idéntica le mostrabas al resto, con variaciones y lleno de parches, pero seguías siendo miserable, ella no quiso comprenderlo, quería creer que tenías esperanza, siendo que lo último que deseabas era que pudieras tener algo semejante. Ahora escribes mientras el jazz que escuchas es todo lo contrario a lo que desearías estar comprendiendo, quieres llantos lastimeros, quieres lamentos de hombres que ven a las mujeres como objetos de amor y no de otra forma. Quieres creer que toda esta historia esta formulada como un terrible solo de jazz, con sus variaciones y sus modificaciones sobre la marcha; de hecho has creído muchas veces que así escribías antes, como un largo soplido que podía arrancar muelas y cerebros, pero no lo haces, simplemente conjuntas palabras que detonan ideas precarias en tu cerebro, ella se ha ido seguramente con la idea de que estas ahogado de borracho, enojado o drogado, cuando en realidad le estas escribiendo una nueva oda a su presencia, pero dotándola de mierda, porque sólo eso sabes hacer, escribes pequeñas estupideces que te suenan bien en el cerebro pero que rara vez pueden ser consideradas como algo decente que la gente comprenda. Tienes pocas ganas de hacerlo, al final de cuentas; pero no sueltas el acelerador, buscando estrellarte en aquella carretera que recuerdas de las noches que recorrías el país, haciendo ilusiones sobre un futuro que no podías tener, pero al final de cuentas todo recaía en la noche que volvías a recurrir a las historias sobadas sobre la infelicidad y la tristeza porque al cabo eso es lo único que te importaba, como un chiste viejo vuelto a contar en infinidad de formas, en tiempos y parafraseos estúpidamente largos que no llevaban a ninguna parte. Tienes una noche entera para ser triste, y luego otra y al final otra, todas y cada una más dolorosa que las anteriores porque eso es lo que tu escogiste, ser patético hasta el final, pero de repente recuerdas sus ojos castaños, recuerdas su boca y su pelo, quieres salir de la tristeza, pero no puedes, ni ella lo logrará. Nadie puede sino quieres hacerlo realmente, es como aquellas viejas historias que intentabas hacer pasar como verdaderas, con pequeños personajes que se crecían ante la adversidad, que los ibas calcando de la vida real, de aquello que viste en el metro, de la zona gris alejada de los polos del claroscuro. Mujeres y hombres que irremediablemente existen sin una pizca de emoción para sus vidas. Tienes tanto que aprenderles, sólo existir, sin preocupación por el mañana, o por la trascendencia de lograr algo que de hecho a nadie le importa un bledo. Apuestas seguras a la infelicidad, ella está en un bar, seguramente beberá algunas copas, se pondrá a bailar sexy con alguien que la encuentre guapa como lo es, y bailara y se olvidará de que en algún punto distante de este misterioso y deteriorado país, estas tú, con tu perenne cara de tristeza y amargura por una vida cruenta que has decidido vivir; ella bailara y tal vez se enamore fugazmente de alguien que conozca en dos días, o tal vez alguien que conoce de antaño; se dará cuenta que seguir contigo es un error de proporciones bíblicas porque no estás ahí nunca, te derrotas siquiera antes de empezar a competir con otros. Ella bailara con alguien que la haga reír para olvidar el trago amargo que representas en su vida, como una suerte de carga de inmisericorde tristeza que le coge los pedazos de felicidad y los transforma en apatía y desgano por la vida. Quizá tenga diez o quince minutos de auténtica calentura y los pierda en el baño lleno de olor a cigarro, alcohol y orines de mujeres, ahí de pie en un minúsculo receptáculo adornado por una percha para colgar alguna mierda, se entregara a la lujuria que no puedes saciar porque cada vez te hayas más lejos, no solo físicamente, sino mentalmente; te estás perdiendo acorde a lo que vaticinaste, y de repente su historia de amor se transforma en celos malsanos que no tienen lugar; porque ella te ama con desesperación, pero cada tanto te siente más ajeno, como una suerte de pesadilla desconectada donde su presencia no es requerida. Te hundes en el alcohol y la pesadumbre, esa donde ni siquiera su luz puede alcanzarte, ella lo intentó, pero no puede seguir al lado de alguien tan estúpidamente infantil, pero nada de ello piensa mientras goza por minutos que se le vuelven eternos en aquel arrebato de alcohol y calentura mezclado con el olor a sudor de los cuerpos que había en la pista. No tiene un sólo momento para recordarte, y eso al final le dolerá, porque sabrá que no eras lo que ella creía que serías, no eres su amor definitivo, ese que ha leído en novelas y visto en películas o escuchado en canciones; sólo eres un personaje secundario que existió porque así lo quiso el karma que arrastra; para ti, ella se volvió el punto medular de la vida, pero no existes fuera de estas cuatro paredes o de su mente. Ahora ya no. Sigues escuchando jazz, canciones que ya no son felices, sino que te tocan el jodido espíritu, ella lo hace a su modo oyendo y bailando salsa mientras tiene un tórrido romance de tres días que le cambiaran todo su modo de ver la vida. Coges la botella de whisky. El trago es largo y lleno de dolor.
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