Viejo poeta.
El viejo poeta se despide de su esposa e hija, aborda un autobús económico que lo llevará a otro Estado, para una vez ahí, tomar otro vehículo de mayor lujo que lo aleje definitivamente. Sumido en las preocupaciones de la vejez y la enfermedad; no es feliz y sus poemas lo reflejan. Hace años que preferiría estar en su casa. Rodeado de la nada y el todo. No extrañara a su mujer, a la niña sí, pero sólo porque lo hace sentirse menos viejo. El carro coge ritmo, velocidad en un camino sinuoso que lo hace marearse; toma medicamentos fuertes para controlar el Parkinson que lo aqueja desde tiempo atrás. Sin poder remediar la tristeza que ello también le provoca. Pareciese que ya no sabe ser feliz. Lo tiene todo y al mismo tiempo se siente desgraciado por no poderlo apreciar. Sus poemas van de eso, con rimas forzadas y figuras cripticas. Se sabe demoledoramente malo, pero ama cada una de sus escrituras, al grado que ha dejado de vivir para dedicarse a escribir. Sabe que no le queda otro camino, el temblor lo abarca todo y le arrebata cada día más. Por ello escribe 3 o 4 fragmentos diarios, sobre todo lo que le rodea y lo que imagina. Sobre la visita al médico, el festival infantil, la pelea con la mujer, el tintineo de las pocas monedas en el bolsillo derecho, la lucha constante contra el mal que lo aqueja… de todo, pero siempre con un dejo de nostalgia o melancolía. Aun así, se atreve a sonreír, con el mismo ímpetu que un colegial, cuando alguien le chulea su obra, cuando ese cualquiera dedica más de 5 minutos a leer algo que le sale del alma. El viejo poeta sonríe, y ello le anima para seguir escribiendo los fragmentos diarios que publica.
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