Camino al desastre
Domingo por la tarde, para ser más exacto las 3:05 de la tarde de un domingo a mitad de agosto, recorro en un camión muy precario el tramo que comprenden las poblaciones de Coatzacoalcos a Tuxtla Gutiérrez (todo en el sureste del país que tanto daño ha sufrido en manos de las corruptelas políticas) en espera de llegar al hogar eterno. Y digo que el camión era precario porque no alcance a tomar el que originalmente me llevaría en un recorrido de dos a tres horas hasta el punto neurológico del estado chiapaneco después de estar un par de días yendo de un punto a otro por Chiapas, Tabasco y Veracruz para cumplir con mi apretada “agenda” (se dice así cuando se quiere parecer más interesante de lo que en realidad se es). Atrás queda el calor infernal de ese puerto jarocho que me recibió con algunas sorpresas y sobre todo el recuerdo personal de haber sudado como nunca en tan poco tiempo.
Es justo poner un poco de contexto, el camión que tome llevaba el poco cierto rotulo de “Rápido y directo” en su denominación y tanto la boletera como el chofer tenían pinta de buenas personas y me aseguraron que solo se hacían dos paradas en todo el recorrido. 10 minutos después de abordarlo hizo el primer check in donde recoge a dos pasajeros en una terminal situada en un punto abandonado y destartalado. Se sube un vendedor de papitas y cacahuates, sentí lastima por él y compre una bolsa de sus productos gastando el poco dinero que traigo, no son ni las 2 de la tarde y el hambre haría su primera irrupción (no será la última). Trato inútilmente de quedarme dormido y consigo solamente que el cuello me duela al intentar acomodarme en una posición que seguramente ni un contorsionista profesional aprobaría. Miro el reloj y faltan 10 minutos para las dos de la tarde y el puente que conecta Coatzacoalcos con la región sur-centro de Veracruz está cerrado, no son buenas noticias.
Retomo, hemos dejado (el camion lleva cerca de 12 personas) atrás el puerto y comienza el ascenso; afuera del autobús se observa un calor del infierno procedente de la región antes selva y ahora vuelta campos de cultivo y pastoreo de animales de granja, aunado a ello la destrucción ocasionada por la instalación imperfecta de refinerías situadas en el Estado han terminado por volverlo un lugar caluroso y peligroso lleno de tomas de agua contaminadas donde ni el propio presidente tomaría de aquí su agua por equivocación. No sé que pasara por la cabeza del chofer que viene divertido con mis caras y muecas hechas al intentar tomar fotografías en movimiento y ver que cuando hay una buena toma el camión da un brinco y se pierde toda la perspectiva. En el aparato de música portátil que utilizo comienza a sonar Alice in chains y reflexiono seriamente que su vocalista de haber conocido mas el país del sur jamás se hubiera sentido atraído por la heroína y por la autodestrucción (chaquetas mentales mías ya que conociendo el país, me hundo mas y mas en el consumo desenfrenado de la marihuana).
Traigo una botella gigante de agua que calculó tendré que tirar en el aeropuerto (y es que ni bien haya llegado a la bella Chiapas tendré que tomar el avión para regresar a la capital del país) debido a que las autoridades ven el liquido incoloro y sin sabor alguno como un atentado nuclear en ciernes, el camión va pasito a pasito abriéndose camino entre las colinas interminables de arboles de no sé qué caraja especie; verde y más verde de izquierda a derecha y de vez en vez un rio que separa las tierras de pastoreo de los animales de un compadre (o enemigo) a otro. Allí a lo lejos se divisa tormenta y según el clima de los últimos días no es raro que así ocurra. Queda media bolsa de cacahuates y ya me dieron nausea, al parecer mi siempre duro estomago no soporta una bolsa de $10 de frituras regionales y agua embotellada que se comienza a entibiar.
Han pasado casi dos horas de que salimos de Coatzacoalcos y no parece que avance gran cosa el camión, cuando no se ve a lo lejos una hondonada aparece una colina y así por lo general, llevamos cerca de 15 minutos sin ver rastro alguno de civilización y sin embargo estoy seguro que allí detrás de esa inquietante pared verde que se alza a ambos lados de la carretera se encuentran familias enteras donde lo primero que destaca son esos ojos desconfiados, ojos cargados de pobreza y de desigualdad social que poco o nada conocen de las basuras tecnológicas que nos esforzamos por conseguir para estar a la moda o para tener algo de qué hablar o con quien hablar.
Atrás en ese caserio perfectamente distribuido en torno a la carretera por la que transita esta cosa se quedan un par de viajantes y se suben cerca de 15 pasajeros que me miran entre sorprendidos y curiosos. No es raro que suceda esto si consideramos que traigo el pelo muy crecido y descuidado y barba larga e igual de desarreglada (a ello hay que agregar que visto de manera sumamente estrafalaria) a cada pasajero le doy dos miradas escrutiñadoras esperando encontrar a un traidor al pueblo o a un asesino en ciernes. Nada sucede.
El camión hace una parada programada en un pueblo que está en medio de la ceiba, nada hay allí fuera de la mal construida estación de autobuses (y que tiene el titulo brutal de: “camiones a Coatzacoalcos cada 15 minutos, a Tuxtla cada 2 horas”), se suben más personas y en cada una de ella observo esa chispa que ya no siento, esa necesidad por vivir algo más de lo que día a día recorro. Son ya pasadas las 3:37 de la tarde y el camión retoma el camino abriendo surcos de diesel en la claridad del cielo azul del sureste mexicano, al poco de salir nuevamente a la carretera principal el chofer cabecea por primera vez, no será la última que lo hace en el recorrido supongo en aquel entonces. Justo a mi lado se sienta un anciano de cachucha y mirada torva, de su bigote blanquecino-amarillento surge ese aroma a tabaco pasado y repasado por años y años de carencias. Dudo mucho que el anciano fume Camels de $45 pesos.
En vano actualizo el internet, en vano actualizo las redes sociales de mierda, en vano intento comunicarme con alguna persona, soy yo y el universo montado en un camión que avanza a 70 kilómetros por hora (salvo que le hagan la parada). La música que suena en mi carísimo reproductor poco o nada armoniza mis sentidos con la inquietud que siempre traigo cuando me salgo de la zona de confort y cada tres o cuatro minutos durante los últimos 75 minutos he estado preparando las falanges para saltar en caso de que algún sujeto se quiera pasar de listo. Nada sucede.
Nuevamente se acercan las nubes por el horizonte del sur hacia el que avanza intrépido el camión de color verde, es agua que irremediablemente traerá consecuencias graves para la gente que vive en medio de tanto color selvático. Ni bien he terminado de acurrucarme bajo mi sudadera el camión hace una parada a la orilla de la carretera, se suben más de 20 personas todas idénticas, no hay mayor distinción entre hombres y mujeres, salvo que en esta ocasión todas son mujeres jóvenes que proceden (según escucho a medias por el resquicio que dejan los auriculares) de una congregación religiosa que poco o nada tiene que ver con mis creencias (o antiguas creencias) religiosas. Son cristianos de nueva hornada que van de comunidad en comunidad ganando adeptos dejados de lado por la rapaz acción de la iglesia católica y los secuaces políticos que los protegen. Pero van reemplazando una droga por otra droga, un mito por otro mito, son simples ovejas que cambian al viejo de la cruz y sus camaradas de yeso por una cruz dorada, canticos y explosiones de fe mal acusadas. Una de esas mujeres se sienta a mi lado y todas le hacen puya, todas le hacen bromas porque va sentada al lado del cuasi blanco de barba y pelo hirsuto que huele a los mil rayos porque al parecer no se ha bañado en quien sabe cuántos días. No importa, su leve olor a jazmín cubre y amortiza mis olores corporales de extracción citadina, sus ojos negros azabache me miran un par de veces con la curiosidad propia de quien no conoce a un turista que viaje en esos camiones de la raza. Son sus delicados pies enfundados en unas zapatillas blancas caladas las que contrastan con mi calzado deportivo de color obscuro y mis jeans americanos; el choque de dos mundos de idéntica desproporción y sordidez monetaria.
20 kilómetros después la mujer y el resto de su comitiva se bajan en la boca de un camino de terracería que conecta a una ranchería de cinco o seis casas, hay una primera bajada, donde un grupo de hombres que no tienen nada en particular (salvo que todos van a caballo) se les emparejan a las mujeres y comienzan el descenso o ascenso a sus respectivos lugares, todos miran con desconsuelo y cierta aprensión el camión que se aleja haciendo el sonido sordo de un escape disruptor de la paz de esa comunidad y esa estampa provincial alejada de los caminos turísticos. Son casi las 4 de la tarde y según mis cálculos ya debiésemos estar más cerca de la parada final. No es así y faltan muchas otras paradas en medio de un campo cada vez mas accidentado y con nubes que cubren donde antes había un sol esplendoroso.
El paisaje cambia poco a poco y se torna de un verde distinto, mas frio, más problemático, uso mis lentes y miró, se observa una presa gigantesca (que después confirmo que es la segunda más grande del sureste mexicano) y me siento preocupado acerca de lo frio que se ve alrededor de ella, no han pasado ni 10 minutos y el camión toma una desviación hacia una nada, hacia un agujero en la tierra; no hay asfalto, no hay doble carril, es un improvisado derrotero de terracería que conecta la civilización con algo más allá. 15 minutos después de un camino intransitable con varios visos de derrumbe llegamos a un pueblo escondido, perdido en la magia de la intransición del tiempo y que parece haberse detenido en la realidad política de hace cuando menos 10 años. Anuncios de capitalismo boyante sobre de un México atrancado en el viejo pacto del silencio y la omisión. El frio cala realmente hasta los huesos y mi sudadera no hace ninguna diferencia en contra del clima artificial sumado al clima real. Son prácticamente las 5 y me encuentro perdido en medio de quien sabe dónde. Allí se van 15 minutos donde el chofer come una torta de algo similar a la longaniza y el queso de cabra.
Salimos con una disminución notable del pasaje y apenas un par de kilómetros delante de la reincorporación a la carretera estatal y federal el destino juega a golpear de frente, juega a no dejar que yo descanse en suelo local ni un minuto de los que restan. La madre naturaleza se interpone una vez más entre el deber y la obligación. Allí metros delante del camioncito un alud de consideración mínima ha bloqueado la carretera, y no solo la ha bloqueado sino que amenaza con detener el tiempo y obligarme a volver vía terrestre a la capital del país y esperar la suma inquisitorial de mis empleadores. El chofer del “rápido” desciende a platicar con el operador de la grúa encargada de la limpieza, le dice en un claro signo de “ya te chingaste”: 2 horas. Maldigo a Tlaloc (o su versión chontal, Tzeltal o tzotzil o la zoque) y al carajo tipo barbón que hizo posible que se asentara una población tan cerca de una región de deslaves. Me hundo en el respaldo del asiento y enfoco mis ojos en la pantalla de cristal líquido del camión. El chofer a sabiendas de que nos quedaremos varados por un rato ha decidido colocar un video, espero basura y los dioses amerindios juegan por primera vez a mi favor al iluminar el televisor con un gran documental sobre las injusticias del sistema judicial y penal mexicano. Me clavo en la textura del descojonante caso presentado y olvido a ratos que debo llegar a trabajar al suelo de Moctezuma y Cuauhtémoc; acaba el documental justo cuando el miembro encargado de las fuerzas federales destacado para otorgar el paso a uno y otro lado le toca la ventanilla al asiento vacío del chofer, le dice que en unos minutos se re abre la circulación.
Salimos pitando carretera abajo con el indicador luminoso de exceso de velocidad encendido todo el tiempo, cuarenta minutos después toca la periferia de Tuxtla, 5 después va por encima de la capital chiapaneca pasando casas y lotes, callejones y avenidas sin detenerse, sabe que tiene que cargar una vez mas y volver a salir a donde sus empleadores le designen. A mí, a mi me espera un viacrucis más largo, 30 minutos más o menos de camino hasta el aeropuerto en espera de que algún taxista se apiade de mi alma y me lleve hasta la salida de la ciudad a abordar el avión sin respetar semáforos o abuelitas cruzando las calles.
-al aeropuerto?
-como no, son $100
-hecho.
Subo y jadeo considerablemente, llevo desde la 1 de la tarde en caminos intransitables y veredas agrietadas por el agua y el hombre. Me platica sobre el futbol, la política, los federales y el ejército. Así me da un tour acerca de la realidad local; no le prestó gran atención, concentrado en que llegue al jodido aeropuerto con tiempo suficiente para abordar el avión y sumergirme en los vientos y lluvias del sureste mexicano vistos desde arriba. 8:10 pm, llego con un retraso de muchas horas de acuerdo al itinerario y el sujeto con pinta de mala leche que revisa mi mochila-maleta se queda un minuto conmigo, me da la luz verde y sin revisión paso a la sala de espera donde el resto de los pasajeros tienen cara de odio y agotamiento. Es domingo por la noche en Chiapas y me quedo en pie esperando en vano para que el anuncio de llegada del vuelo procedente de la ciudad de México se haga efectivo y de ahí a esperar a que se reposte combustible y vuelva a surcar el cielo. No hay informes actuales sobre el vuelo y los miembros del mostrador interno de la aerolínea se miran entre sí temerosos, saben que llegara demorado y no lo quieren hacer público porque saben cómo reacciona la gente en el aeropuerto ante tales noticias.
9 pm, el mismo aeropuerto, la misma gente, la condenada situación de siempre en estas condiciones. El avión viene retrasado por el mal clima y las situaciones ajenas a la aerolínea; mi tripa ya no gruñe, sino que se pelea consigo misma y reproduce tácitamente cada ruido que el avión más longevo es capaz de hacer en plena turbulencia demencial. Cedo a mis instintos y masco chicle con fruición pese a que mi muela del lado derecho produce calambres en media cara. Se acerca una señorita al mostrador y anuncia con gran entusiasmo (de su parte) que el avión llega en 5 minutos y que se tratara de salir antes de las 10 pm. Chiflidos, gritos, insultos y demás sonoridades comunes a cuando te avisan que ya no hay de papa y chicharrón solo del embutido más cutre se reproducen en grandes cantidades por la mole humana yacente de la sala de espera. Me derrumbo sobre el asiento tapizado de cuero de la sala de espera y veo a mi lado parejitas enamoradas, viejos malhumorados y niños dormidos en brazos de sus cansados y apabullados progenitores; madres y padres que esperan que la noche se acabe para despertar en su cama King size y apenas cubierta por una sabana maltrecha; no importa, el asunto es que el jodido viaje se termine y puedan decir: “México DF, querido y amado defucho”. Cierro los ojos imaginando que esto es una pesadilla recurrente y que el sonido de la máquina de café orgánico situada en un local comercial del “sin taxes” no está activa. Imaginaciones mías que son rotas cuando un niño pega un grito al caer de cara en una de las lozas del suelo federal.
Hace casi 20 minutos, 20 jodidos minutos que damos vueltas, que las luces del Distrito Federal se inclinan y cambian de orientación conforme el avión viaja de sur a norte y de este a oeste. El suelo se deja apreciar a casi 19,000 pies por debajo. Cierro los ojos mientras el vaivén de la lluvia golpea de lado el cristal templado de ese monstruo plateado. Han sido las dos horas más brutales en la historia de mi vida, las sacudidas terribles que reacomodaron mí querer por esa mujer que seguramente está dormida después de visitar a su novio en turno. Han sido 120 minutos de terror aéreo que he jurado nunca más repetir; literalmente mi bebida carbonatada ha volado por los aires hasta depositarse en mi playera obscura y la barba que recubre mi rostro desde hace cuando menos dos meses. El pasajero de al lado no lo ha pasado mejor y tiene un poco de frituras en el cabello y el semblante pálido, que deja entrever que la palidez habitual de chilango es bronce a comparación de su color actual. Recuerdo el asunto: el tipo (sin mayores descripciones) se santigua y me voltea a ver en espera de que yo haga lo mismo. Sonrió con una mueca que me recuerda que deje de creer en el mas allá y el mas acá desde hace cuando menos 8 años; en realidad me maldigo a mi por no pedir un vodka o un tequila triple antes. O ya de perdida cerveza nacional, cualquier jodida cosa que al resbalar por mi garganta me hubiese inflamado de valor, de coraje para afrontar la situación peliaguda en la que me encuentro. Se apagan las luces del todo y exhalo para mis adentros un: “ya valió madres”. Luz roja, luz roja que antaño me deparaba viajes en solitario sin salir del 2X4 de mi habitación con el olor a petate quemado. Luz tenue que oculta mi languidez sobre el asiento hecho para gente 10 cm mas chica que yo; en mi vaso de unicel se halla lo último de ese refresco que ahora se me antoja igual que un caldo de meados ajenos. Lentamente, lentamente, mientras el condenado armatoste se sacude de pe a pa y de cabo a rabo, alzo mi rostro y entono la única plegaria que recuerdo, la única oración que me sale de los labios directo del cerebro y que antaño me obligaba a aterrizar, a no clavarme en los pensamientos más proclives a la locura: “las estrellas son la última guía”. Esgrimo mi risa despectiva para el resto de la comitiva que me acompaña y vuelvo a decir con una voz ya no mía, sino prestada para la ocasión: “las estrellas…” cierro los ojos y desaparece el pánico de mi voz interna mientras repito una y otra vez la frase, el vaho mental se ha roto por la luz claridosa de mi juventud sin miedo. Tras cuatro o cinco repeticiones de tan sobado mantra soy el mismo que hace casi 13 años, soy el mismo que cambio una lata de refresco por una lata de cerveza, soy el mismo carajo niño que inhalo el humo de marihuana en lugar del de un cigarro. Cierro el puño derecho de ese niño de casi 1.80 que juega futbol y lo alzo al cielo en espera de que el chingadazo me retorne a la tierra. No hay miedo ya, no hay miedo a lo que pase. No hay nada fuera de este condenado avión que me produzca terror. Soy el jodido cabrón que puede perderse en las ensoñaciones de la yerba por casi 10 horas y al finalizar salir campante a escribir poesía barata para su amor imposible en turno. Soy el condenado adolescente que coge su guitarra y saca ruidos infernales sin temor alguno al ridículo. No hay temor, no hay miedo, no hay nada que me espante. Realmente me importa un carajo lo que suceda alrededor, no sé si el sujeto de junto o la chica guapa que venía flirteando con el dude casado detrás mío vienen gritando o se encerraron en el baño para coger, no tengo temor alguno porque la muerte es solo una mirada obscura y el infinito me pertenece. Abro los ojos y todo había terminado, la turbulencia había muerto junto a mi miedo al pasado, les acompañaba también a mi miedo a aceptar mis errores cometidos en la actualidad, los cuales al parecer se habían marchado con las nubes que jugaron con el avión y con la vida de casi 150 pendejos. Suena en el altavoz la pausada y lenta voz de un hombre curtido en cientos de batallas para despertarme de mis recuerdos: “nos disponemos a aterrizar, favor de abrocharse los cinturones, colocar el respaldo del asiento correctamente y apagar los aparatos electrónicos que tenga a la mano. Soy el capitán Álvarez y a nombre de toda la tripulación y la aerolínea les deseo una bonita noche en la ciudad de México, esperando a que vuelvan a viajar con nosotros”.
Cierro la portezuela del taxi y doy la dirección. Hace calor en la ciudad y mi sudadera se antoja pesada, recorre la ciudad fantasma en domingo cerca de la media noche con apenas ruido del motor, una luz roja en todo el recorrido mientras mis parpados se sienten ligeros y el hambre arrecia nuevamente. La casa ya está a obscuras y al abrir la puerta sonrió para mi, se ha terminado el carajo viaje por hoy, mañana, mañana quien sabe a dónde chingados me encuentre.
SR agosto- enero de 2012-2013
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