domingo, 4 de septiembre de 2016

Acalorada discusión



Acalorada discusión
Conocí a esta chica cuando los problemas no eran tan graves aun, cuando el temblor de mi mano derecha era un mero movimiento trepidatorio, que iba desde el antebrazo en espasmos apenas imperceptibles y no de manera continua. Ella trabajaba en una pequeña oficina rodeada de otros cuantos tipos sin sueños, y le gustaba beber. Podía dejar todo de lado excepto darle al frasco cada tanto. Pero era otra época entonces, ella bebía ocasionalmente y con su grupo de amigos, quisiera decir que la influencie para que cogiese el camino de la fermentación. Aunque eso sería dotarme de una importancia en su vida, que dudosamente creo merecer. No, ella era una buena chica que gustaba atormentar sus demonios con alcohol y fiesta. Pero nunca fue decadente, más bien era libre, aunque sujeta por su adicción a los grados etílicos, y a la necesidad de no dejarse vencer tan fácil, las benditas contradicciones.


Salía de trabajar y corría hasta algún punto intermedio a mi casa, ahí bebíamos y hablábamos de sus problemas, tal vez porque yo no tenía ninguno por aquel entonces, el trago estaba controlado, el cigarro aparecía de vez en cuando, y mis problemas financieros tenían aun margen de maniobra, bastaron 4 meses de esa pretendida arrogancia para que me encontrase totalmente quebrado, viviendo en casa de la chica y trabajando de cualquier cosa para evitar su mirada de compasión y de desilusión. Pero eso fue después, en aquellos primeros días que comencé a salir con ella, los dos teníamos la suficiente cordura mental para no llevar las cosas más allá de lo conveniente, luego como siempre, mi error de tratar bien a todos nos costó toda posibilidad de seguir siendo amigos en un futuro lejano.

Ella caminó despacio hacia el taxi, se subió y dio  la dirección tras las buenas noches de rigor al hombre desvelado que trataba por todos los medios de mantener el temple, otra de esas niñitas pendejas, pensó; mientras le dijo a la mujer que venía en el asiento trasero: lo esperamos? Ella negó con la cabeza y el hombre enfiló el taxi, lo vio ahí diminuto, con su cara de tipo duro arrojada a la basura y enseñando su verdadera careta de pobre pendejo. Ella canturreaba por lo bajo, alguna cosa de moda mientras el auto de alquiler volaba sobre la avenida iluminada por farolas nuevas. Cada tanto el taxista volteaba a verla, temía que fuera a vomitar con la tremenda borrachera que se cargaba, observó el pequeño gorro tejido ahora descansaba en el hombro, lo más probable es que terminase tirado. No era fea, pensó, algo rellena pero ¿qué chingados tienen de divertidas las flacas? Murmuraba mientras esbozaba una sonrisa irónica apenas curveando el labio superior.  Siguió acelerando con rumbo al eje vial.

Nuevamente estaba ahí, sentado en alguna banqueta malgastada en la inmensidad de la ciudad enardecida,  con perros orinando a pocos metros y algún que otro humano corriendo para llegar temprano a su cita con la muerte; la noche estaba menos fría que otras para ser noviembre o diciembre, pero igualmente comenzaba a calar en lo subrepticio del espíritu, para alojarse en los sentimientos, en la cordura y sobre todo en la soledad. Abrí la bragueta y saque el asunto, orina copiosa que riega el paredón de color ocre, iluminado por la farola de la desgracia o mejor dicho por el sin sentido de la vida. Heme allí a poco menos de 15 minutos de mi casa esperando a que me agarren por orinar en la vía publica y que me vuelvan a llevar en la patrulla. 
La primera vez fue cuando tenía 19, ebrio e idiota por la marihuana hasta ponerme irracional, entre 3 patrulleros me cargaron. Vomite, unos golpes en donde ningún juez se atrevería a buscar y una multa por 5 grandes que pago mi padre, y que devolví  con trabajo sin remuneración. Ahí fue la primera vez que descendí  a la mirada de mi madre y del resto de mi familia. Un tipo que buscaba problemas, y luego ocurría a su padre para que lo salvara de todos esos errores. Esta noche sin embargo, nadie parece reparar en que un tipo con claros síntomas de estar tomado, está orinando en la pared de más de 10 metros de altura de un complejo de cines. Da igual, la zona es un asco, la vida es una mierda y mi orina bien vale un arresto. Acabo y subo la cremallera, con todo el cuidado que me es factible obtener con más de 10 cervezas encima, y otras tantas cubas que alguna buena samaritana ha hecho el favor de pagar;  de pagar y comprender que lo nuestro es una fantasía con fecha de corte. Ella quiere algo mejor, yo quiero un descenso aún más pronunciado. Vuelvo a enfilar camino al hogar.

Volvía a casa con un labio roto y un par de hematomas en el cuello, lo segundo es más fácil de explicar que lo primero. Una mujer con ansias locas por desquitar su frustrada vida sexual…ok, una mujer que en realidad está en total dominio de su poder sexual, atiende la violencia cuando le place y sobre todo sin medir la fuerza. El labio por el contrario fue de un encontronazo con un ex amigo, las palabras van escalando, la fuerza se hace presente y terminó con un labio ensangrentado, en el suelo, con la cerveza volcada de la mesa que va a parar a un suelo color madera putrefacta, y unas cuantas personas reprochando todas las acciones con la mirada, con el ceño fruncido porque no alcanzan a comprender que en cierto punto de la vida todo se va al carajo, y que por más que quieras dominar la ira, terminas haciendo un ridículo bastante doloroso. Nos expulsan a ambos del sitio, bonito, muchas mujercitas que apenas van abriendo su experiencia en el alcohol, tal vez superadas por sus ansias de autosabotearse acostándose con tipos desgraciados que en su vida diaria acuden a estudiar/trabajar en mierda y media. Ella telefonea, es la única que lo hace aun, todos los demás se han dado por vencidos y se han alejado a sabiendas de que estoy vuelto una ruina, eso y que a todos les debo: efectivo, comida y afecto. Las tres mierdas que terminan por erosionar cualquier amistad. Su voz parece afectada, debe estar bebiendo, siempre me busca cuando bebe y comienza a insultarme, por haberla dejado ir, por haberla traicionado con una amiga mutua, por beber sin ella, por no estar con ella, por usar una y otra vez su nombre y no haberla bloqueado en el aparato telefónico. Nos despedimos nuevamente, ella seguirá tomando, yo me embriagare otra noche, toda la condenada ciudad está sumida en el alcohol, la fiesta, el vicio o la muerte. Nadie sabe nada. Pero de eso apenas unos días.

Justo antes de que todo tronara me invitó a una fiesta mientras bebíamos en una cantina céntrica, quería presumirme con sus amistades, quería hacerles ver que podía tener a un tipo idiotizado por la copa que le ponía en las manos. Era  sencilla, y a la vez un monstruo de ego jodidamente inflado; me gustaba sin embargo esa sensación de tener que depender de ella para beber de vez en vez. Me habló de la fiesta, iba a ser una boda o un cumpleaños de alguna amiga suya, le hice ver que no era necesario que fuera con ella, la hice comprender que en realidad a la gente no le agradaba en lo más mínimo tenerme cerca. Ella grito, grite, mientras el cielo se desbordaba en forma de agua y rayos. Ambos nos mirábamos con nuestro verdadero carácter, el de ella fuerte, el mío una bufonada. Se puso a bailar en medio de la pista, le acompañó un tipo de buen ver, ella siguió el ritmo, yo bebía un trago tras otro de cerveza, mi cabeza gruñía, quería violencia, el puño contrario próximo a re-estrenarse tras un par de años de sequía absoluta. Ella vuelve y sus ojos claros me señalan la verdad. Está cansada de la situación, está harta de no tener la fuerza para botarme y conseguirse un sujeto guapo, sin vicios, que sea un sujeto tan entero que la haga ver a ella como la mala semilla, como un revoltijo de ideas amalgamadas de una experiencia previa, tal vez la copia barata de un tipo que se ahoga en alcohol un par de noches a la semana, mientras observa las estrellas, mientras canta canciones de desamor y sobre todo, que se queda inerte mientras la mujer que lo ha llevado a esa situación se va, se escapa, huye hacia un sitio más oscuro, que empieza su descenso hacia los abismos de no poder controlar nada, de no ser dueña de sí misma.

Pero no ha sucedido nada de eso aún, ella sigue mirándome de frente, con sus ojos claros atravesando las hebras rojas que surgen en mis ojos, aquella sangre inyecta que  me nubla la vista a ratos; alcanzó a comprender su risa estridente mientras me zarandea y ambos caemos de las sillas metálicas; ella busca un trapo para secarse, yo me intento recargar en algo y la observo, nos encontramos de nueva cuenta en una fracción de espacio-tiempo, ambos sonreímos por lo idiotas que somos, por dejarnos arrastrar por la fuerza de gravedad y del alcohol que une y a la larga separa. Nos  abrazamos mientras comprendemos, y realmente lo hacemos, que afuera de las paredes de ese sitio no existimos, no hay un nosotros, no hay un mañana; sólo soy un borracho que comete idioteces y ella es una oficinista que empieza a desalentarse  de la vida.


SR Marzo 2015

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