Acalorada discusión
Conocí a esta chica cuando los problemas no eran tan graves
aun, cuando el temblor de mi mano derecha era un mero movimiento trepidatorio,
que iba desde el antebrazo en espasmos apenas imperceptibles y no de manera
continua. Ella trabajaba en una pequeña oficina rodeada de otros cuantos tipos
sin sueños, y le gustaba beber. Podía dejar todo de lado excepto darle al
frasco cada tanto. Pero era otra época entonces, ella bebía ocasionalmente y
con su grupo de amigos, quisiera decir que la influencie para que cogiese el
camino de la fermentación. Aunque eso sería dotarme de una importancia en su
vida, que dudosamente creo merecer. No, ella era una buena chica que gustaba
atormentar sus demonios con alcohol y fiesta. Pero nunca fue decadente, más
bien era libre, aunque sujeta por su adicción a los grados etílicos, y a la
necesidad de no dejarse vencer tan fácil, las benditas contradicciones.
Salía de trabajar y corría hasta algún punto intermedio a mi
casa, ahí bebíamos y hablábamos de sus problemas, tal vez porque yo no tenía
ninguno por aquel entonces, el trago estaba controlado, el cigarro aparecía de
vez en cuando, y mis problemas financieros tenían aun margen de maniobra,
bastaron 4 meses de esa pretendida arrogancia para que me encontrase totalmente
quebrado, viviendo en casa de la chica y trabajando de cualquier cosa para
evitar su mirada de compasión y de desilusión. Pero eso fue después, en aquellos
primeros días que comencé a salir con ella, los dos teníamos la suficiente
cordura mental para no llevar las cosas más allá de lo conveniente, luego como
siempre, mi error de tratar bien a todos nos costó toda posibilidad de seguir
siendo amigos en un futuro lejano.
Ella caminó despacio hacia el taxi, se subió y dio la dirección tras las buenas noches de rigor
al hombre desvelado que trataba por todos los medios de mantener el temple,
otra de esas niñitas pendejas, pensó; mientras le dijo a la mujer que venía en
el asiento trasero: lo esperamos? Ella negó con la cabeza y el hombre enfiló el
taxi, lo vio ahí diminuto, con su cara de tipo duro arrojada a la basura y
enseñando su verdadera careta de pobre pendejo. Ella canturreaba por lo bajo,
alguna cosa de moda mientras el auto de alquiler volaba sobre la avenida
iluminada por farolas nuevas. Cada tanto el taxista volteaba a verla, temía que
fuera a vomitar con la tremenda borrachera que se cargaba, observó el pequeño
gorro tejido ahora descansaba en el hombro, lo más probable es que terminase
tirado. No era fea, pensó, algo rellena pero ¿qué chingados tienen de
divertidas las flacas? Murmuraba mientras esbozaba una sonrisa irónica apenas
curveando el labio superior. Siguió
acelerando con rumbo al eje vial.
Nuevamente estaba ahí, sentado en alguna banqueta malgastada
en la inmensidad de la ciudad enardecida, con perros orinando a pocos metros y algún que
otro humano corriendo para llegar temprano a su cita con la muerte; la noche
estaba menos fría que otras para ser noviembre o diciembre, pero igualmente
comenzaba a calar en lo subrepticio del espíritu, para alojarse en los
sentimientos, en la cordura y sobre todo en la soledad. Abrí la bragueta y
saque el asunto, orina copiosa que riega el paredón de color ocre, iluminado
por la farola de la desgracia o mejor dicho por el sin sentido de la vida. Heme
allí a poco menos de 15 minutos de mi casa esperando a que me agarren por
orinar en la vía publica y que me vuelvan a llevar en la patrulla.
La primera
vez fue cuando tenía 19, ebrio e idiota por la marihuana hasta ponerme
irracional, entre 3 patrulleros me cargaron. Vomite, unos golpes en donde
ningún juez se atrevería a buscar y una multa por 5 grandes que pago mi padre,
y que devolví con trabajo sin
remuneración. Ahí fue la primera vez que descendí a la mirada de mi madre y del resto de mi
familia. Un tipo que buscaba problemas, y luego ocurría a su padre para que lo
salvara de todos esos errores. Esta noche sin embargo, nadie parece reparar en
que un tipo con claros síntomas de estar tomado, está orinando en la pared de
más de 10 metros de altura de un complejo de cines. Da igual, la zona es un
asco, la vida es una mierda y mi orina bien vale un arresto. Acabo y subo la
cremallera, con todo el cuidado que me es factible obtener con más de 10
cervezas encima, y otras tantas cubas que alguna buena samaritana ha hecho el
favor de pagar; de pagar y comprender
que lo nuestro es una fantasía con fecha de corte. Ella quiere algo mejor, yo
quiero un descenso aún más pronunciado. Vuelvo a enfilar camino al hogar.
Volvía a casa con un labio roto y un par de hematomas en el
cuello, lo segundo es más fácil de explicar que lo primero. Una mujer con
ansias locas por desquitar su frustrada vida sexual…ok, una mujer que en realidad
está en total dominio de su poder sexual, atiende la violencia cuando le place
y sobre todo sin medir la fuerza. El labio por el contrario fue de un
encontronazo con un ex amigo, las palabras van escalando, la fuerza se hace
presente y terminó con un labio ensangrentado, en el suelo, con la cerveza
volcada de la mesa que va a parar a un suelo color madera putrefacta, y unas
cuantas personas reprochando todas las acciones con la mirada, con el ceño
fruncido porque no alcanzan a comprender que en cierto punto de la vida todo se
va al carajo, y que por más que quieras dominar la ira, terminas haciendo un
ridículo bastante doloroso. Nos expulsan a ambos del sitio, bonito, muchas
mujercitas que apenas van abriendo su experiencia en el alcohol, tal vez superadas
por sus ansias de autosabotearse acostándose con tipos desgraciados que en su
vida diaria acuden a estudiar/trabajar en mierda y media. Ella telefonea, es la
única que lo hace aun, todos los demás se han dado por vencidos y se han
alejado a sabiendas de que estoy vuelto una ruina, eso y que a todos les debo:
efectivo, comida y afecto. Las tres mierdas que terminan por erosionar
cualquier amistad. Su voz parece afectada, debe estar bebiendo, siempre me
busca cuando bebe y comienza a insultarme, por haberla dejado ir, por haberla
traicionado con una amiga mutua, por beber sin ella, por no estar con ella, por
usar una y otra vez su nombre y no haberla bloqueado en el aparato telefónico.
Nos despedimos nuevamente, ella seguirá tomando, yo me embriagare otra noche,
toda la condenada ciudad está sumida en el alcohol, la fiesta, el vicio o la
muerte. Nadie sabe nada. Pero de eso apenas unos días.
Justo antes de que todo tronara me invitó a una fiesta
mientras bebíamos en una cantina céntrica, quería presumirme con sus amistades,
quería hacerles ver que podía tener a un tipo idiotizado por la copa que le
ponía en las manos. Era sencilla, y a la
vez un monstruo de ego jodidamente inflado; me gustaba sin embargo esa
sensación de tener que depender de ella para beber de vez en vez. Me habló de la
fiesta, iba a ser una boda o un cumpleaños de alguna amiga suya, le hice ver
que no era necesario que fuera con ella, la hice comprender que en realidad a
la gente no le agradaba en lo más mínimo tenerme cerca. Ella grito, grite, mientras
el cielo se desbordaba en forma de agua y rayos. Ambos nos mirábamos con
nuestro verdadero carácter, el de ella fuerte, el mío una bufonada. Se puso a
bailar en medio de la pista, le acompañó un tipo de buen ver, ella siguió el
ritmo, yo bebía un trago tras otro de cerveza, mi cabeza gruñía, quería
violencia, el puño contrario próximo a re-estrenarse tras un par de años de sequía
absoluta. Ella vuelve y sus ojos claros me señalan la verdad. Está cansada de
la situación, está harta de no tener la fuerza para botarme y conseguirse un sujeto
guapo, sin vicios, que sea un sujeto tan entero que la haga ver a ella como la
mala semilla, como un revoltijo de ideas amalgamadas de una experiencia previa,
tal vez la copia barata de un tipo que se ahoga en alcohol un par de noches a
la semana, mientras observa las estrellas, mientras canta canciones de desamor
y sobre todo, que se queda inerte mientras la mujer que lo ha llevado a esa
situación se va, se escapa, huye hacia un sitio más oscuro, que empieza su
descenso hacia los abismos de no poder controlar nada, de no ser dueña de sí
misma.
Pero no ha sucedido nada de eso aún, ella sigue mirándome de
frente, con sus ojos claros atravesando las hebras rojas que surgen en mis
ojos, aquella sangre inyecta que me nubla
la vista a ratos; alcanzó a comprender su risa estridente mientras me zarandea
y ambos caemos de las sillas metálicas; ella busca un trapo para secarse, yo me
intento recargar en algo y la observo, nos encontramos de nueva cuenta en una
fracción de espacio-tiempo, ambos sonreímos por lo idiotas que somos, por
dejarnos arrastrar por la fuerza de gravedad y del alcohol que une y a la larga
separa. Nos abrazamos mientras
comprendemos, y realmente lo hacemos, que afuera de las paredes de ese sitio no
existimos, no hay un nosotros, no hay un mañana; sólo soy un borracho que
comete idioteces y ella es una oficinista que empieza a desalentarse de la vida.
SR Marzo 2015
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