Escribo desde el dolor, desde la punta del cometa que desciende sobre la tierra y nos convierte en sus esclavos para no dejarnos indiferentes ante el fin del universo conocido de acuerdo a nuestros paradigmas, mantras que se forman en cada recoveco de nuestro enfisema pulmonar que gana a pasos agigantados respecto a los métodos de curación, son gramos que se pierden con cada colilla terminada. Pero en el transcurso de los tiempos nos dejamos caer en el ostracismo de ese espíritu desganado y corriente que firma la noche y firma el día, cada monumento aleccionado a las estampas de la misericordia procedentes de ese templo originario y destacado de los sitios periféricos de nuestra ciudad. No mentiré, no diré esas cosas que llenan los libros de historia relatando las mentiras aleccionadoras de la gran mentira blanca y rica que nos nutre y nos corrompe según la mierda que lo ilustra, quiero creer que aun encuentro la verdad en una plaza llena de calor, llena de sudor y sexo que se haya en las olas de ese mar que se adentra en el rio que corre arriba según la noche, según los grados etílicos que el destino nos marca. 14 grados marca el termómetro manual que cargo conmigo para recordarme porque el frio se adentra en el sisma de cada milímetro, de cada horizonte que a duras penas he logrado recapitular.
Es allí donde descansa la victoria, es en los brazos de la noche donde el grito de guerra deja de volverse como un esfínter apretado para soltar toda la carga. Mis reinos se diluyen según avanza el asalto sobre la inocencia y el pudor. ¿Quieres creer en el esfuerzo? Ayúdame a redimir la mierda que se adentra en los corazones de los residentes. No hay nada más trepidante que un sujeto cargado de basura, no hay nada más aleccionador que un grupo de sujetos queriendo ser buenos. El universo colapsa y todos cogen su lugar en la obra del todo bosquejado por una fuerza que inclementemente adora los rituales paganos.
Son los cambios que se avecinan y el horizonte que se haya oculto bajo las capas y capas de maquillaje barato, el cual retiro sistemáticamente de cada una de mis camisas para evitar el oprobio, mañanas, tardes y noches colmadas de risas que se elevan como si todo fuese sagrado y lleno de misticismo. Lo cierto es que no lo es, sólo son pequeños gritos de soledad, de lastimera pena porque se saben solos ante el universo, ante los designios de una inmensa masa depositada en crueles dioses sin rostro y sin alma. Reproducción fotostática de su propia realidad. Quieres apostar por ellos, quieres tirar de la cadena que resuelva los problemas de la vida, pero no tienes las agallas, porque te las han cortado desde que naces, desde que un sujeto con un jodido escalpelo o unos fórceps de metal se acercan para sacarte de la comodidad plena para restregarte el condenado universo al que has venido a parar. Donde debes luchar día a día, donde debes dejarte la piel y las pocas neuronas esperando a que alguien de su sello de aprobación para tener unas pocas monedas que de otra manera irán a parar a otro imbécil que aplauda día y noche como foca amaestrada, todo lo que puedes hacer es dejarte ir, es seguir soltando la correa de la vida para que una noche, o un jodido día, te encuentres a alguien con el mismo sentido jodido de la existencia, congenien, tengan sexo, se reproduzcan y legues al universo unos bastardos que te odiaran con la misma fuerza que has odiado a tu padre y madre desde que tienes consciencia, porque te han traído a luchar, te han condenado a ser parte del problema, de la solución, de la condenada vida que te afanas en despreciar pero que estas tan ansioso por seguir.
Vuelves el rostro hacia arriba constantemente, esperando que sea una broma, una condenada jugarreta del destino que te tira un poco de mierda solo para reírse de ti, como si los agujeros negros no fuesen reales y sólo existieran en tu cabeza, aunque de hecho algo así ha aparecido, porque te estas hundiendo en la oscuridad, en esa condenada mancha borrosa que se conjuga con todo lo que fluctúa a tu alrededor; por ejemplo, dejas de ver claramente conforme avanzan los días, conforme el condenado chiste del señor inicia su auto crecimiento sostenido, como las pequeñas gotas de sudor toda vez que algún bastardo ha atropellado a una pobre alma caritativa que solamente quería atravesar la autopista sin importarle que un grupo inclemente de idiotas circule a 150 por hora para llegar a que la explotación laboral le permita ingresar números y números en una computadora, mientras desearía ser ese pobre bastardo que ha muerto y dejado arruinado el parachoques de su auto, flamantemente nuevo con incrustaciones de piel y diente nácar. Todos somos los bastardos en la carretera del señor. De ese maldito cerdo que nos han obligado a creer en su existencia, pese a que lo único que sabemos de él, sea que a veces se le ocurre concederle un poco más de vida a gente que se ha salvado de un cáncer en el culo o en algún lugar semejante, para morir años después conociendo la verdad: que su mujer le odia, que sus hijos le aborrecen, que le apesta la boca desde el tiempo de las quimioterapias, que se volvió estéril por tanto milagro medico al que se sometió para combatir su propia estupidez alimenticia o su conducta de vida. No somos mejores que ese bastardo de barba blanca y sonrisa perfecta que nos juzgara en la eternidad, condenándonos a vivir según sus reglas en su paraíso, o dejándonos en este estercolero que alguien tuvo a bien fabricar para que nosotros lo destruyamos conforme nos hacemos adultos.
¿Quién no desea eso? Quien no desea ser el tipo que puede decidir si miles o cientos de miles de millones de bastardos se condenan bajo su manto o se regresan otra eternidad a seguir oliendo los desperdicios de su anterior vida; sin recordar un carajo por supuesto, es como seguir anclado a un circulo lleno de mierda. La condenada vida que nos apachurra para ser mejores que el resto, pero menos que los siguientes y así ad infinito. Todos lo deseamos en apariencia, pero nos cuesta tanto creernos dioses, porque nos han inculcado que aquellos que osaron volar más allá de sus posibilidades, terminaron cayendo en la desgracia más abyecta; y sin embargo, día a día, noche a noche nos enteramos de pequeños miserables que viven según sus propias reglas, según sus propias ideologías (o la ausencia de ella) para vivir como auténticos dioses del olimpo por unas noches, tal vez menos de 1000, tal vez las suficientes para que otros imbéciles quieran imitarlos y consigan únicamente muertes espectaculares, como si la jodida fuese mejor si entráramos a la muerte con una carreta externa donde van nuestras piezas corporales. Moriría literalmente por ello.
“Abramos los ojos” dicen los mercaderes de la religión fanatizados vía televisión, “abramos la mente” dicen los contrarios, pero que hay, ¿Qué frase podemos usar aquellos que estamos hartos de que ambos bandos nos quieran lobotomizar? ¿Dónde nos quedamos todos aquellos que únicamente nos gusta un bendito vaso de whisky por las noches para alejar los malos pensamientos que nos obligan a pensar que nos iría igual de bien si violáramos a la vecina de 12 años que usa ropa ajustada y que se pasea cual efeba frente a nosotros sin saber que si pudiéramos seguir lo haríamos sin temor alguno? Qué jodidos nos pueden decir a nosotros los que vemos en el fondo del trago la solución mágica de los problemas del universo, que todo es más sencillo si el grado etílico acompañara a todos. Imaginaos una contienda desigual por el control del mundo libre entre un adicto a las metas y un adicto al alcohol de grano, delicioso alcohol procesado en algún oscuro agujero del cual nadie apenas sabe nada, pero ese bastardo conoce todos los límites del alambique, como si fuese parte de su ser, convirtiéndose en uno con el universo cerrado que se ha creado a partir de pequeñas partículas de agua, etanol y centeno. La vida sería más deliciosa así, si todos abrazáramos la decadencia como espíritu. Ellos lo saben y por eso nos lo sueltan poco a poco, como si la condenada correa nos fuera a lastimar por engolosinarnos con un bendito trago diario. Que al final es lo que nos está matando, tan lento y tan delicadamente como una operación quirúrgica para extirpar parte de ese condenado cáncer que ha crecido en tu hígado, en las partes negras que se han podrido o en las manchas amarillas porque así lo decidimos desde que teníamos la suficiente edad para agarrar por las noches un condenado trago. A escondidas de tus padres, de tus hermanos y de tu novia, de tus animales de compañía y de la sirvienta que usaba faldas escandalosamente cortas y que no pocas veces la encontraste robando, pero se lo perdonabas porque tenía unos muslos deliciosos que te dejaba tocar solo un poco, sólo unas cuantas veces a la semana porque tenía que irse a casar de blanco con su novio que seguramente era un padrote. Luego, la encontraste haciéndole una mamada al jardinero, y al plomero y al condenado sacristán. Todos se beneficiaban de que eras un pendejo para la vida, pero a ti te valía madres, porque esos minutos donde tus manos inexpertas recorrían la piel ardiente de aquella mujer morocha eran el equivalente a los tragos que descubriste. Eran la panacea autentica que habías leído por ahí.
Pero eso fue antes, cuando aún creías en el amor, cuando todavía te podías poner de pie para seguir luchando o dejando al menos que alguien luchara por ti, ahora solo eres la bosta. Lo sabes tan bien como que pronto volverás a fumar, como que pronto volverás a beber, como que pronto volverás a ser la mierda que eras antes de que todo colapsara, porque ese es tu infierno, estas destinado a repetirlo, a no aprender nada nuevo. Al final eso te gusta.
SR Primavera 2013-otoño 2017
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