martes, 17 de octubre de 2017

Brechas


Estoy abrazando mis piernas, las llevo entumidas. El resto del cuerpo no está en mejores condiciones, levanto la cabeza hacia lo que aún queda de día, todo desaparece más allá de lo que pueda imaginarme. Es casi de noche, pequeños puntos perdidos en el espesor de los árboles se elevan apenas perceptibles. Hundo  la cabeza en ese universo seguro que forman mis piernas y el pecho, mientras me concentró en contener el temblor, la sudadera es minúscula, color azul opaco, un dibujo central de algo que aún no tengo certeza acerca de que es. A diferencia del otro punto de donde salimos apenas hace unas horas éste es frio, condenadamente frio; en toda mi vida había experimentado esta clase de miedos gélidos. Pero es todo en sí: la neblina, el cerrado tramado de las nubes, el sol oculto tras una maraña de ellas o la cercanía de esa oscuridad procedente del bosque; sin embargo, nada de eso es lo que me da miedo, cualquiera de ello lo puedo enfrentar, puedo hacer frente a todo ello; no, en realidad lo que me tiene acorralado en una parte de la inmensa caja de la camioneta, es que estoy solo. Jodidamente solo, alguien conduce el armatoste, pero aquí atrás estoy enfrentando todos esos miedos; milenarios miedos a lo que no percibimos, a lo que imaginamos que puede suceder tras de uno. Son mis fobias a todo aquello que inevitablemente comienzo a dejar de observar, ya sea por necesidad o por qué así lo prefiero.  Sujetó mis piernas delgadas, mientras miro con total pesadumbre las rayas que forman mis tennis apenas un par de decenas de centímetros debajo de la nariz. Pequeña porción de tela color negra, las franjas están cubiertas de fango y otras linduras, pero son azules. Mamá los eligió antes de salir de vacaciones. Ahora me miran, ajenos a todo lo me rodea.
 
Pienso en el resto de la familia. A menudo lo hago cuando tengo miedo. Cuando me toca revisión con el médico, cuando se va la luz y el único ruido que procede es el de la calle o de los pequeños insectos; el miedo al vacío bajo la cama, al cementerio donde enterraron al abuelo, a las escondidillas de noche, a toda esa oscuridad que se cierne atrás de las paredes de lámina azul de la camioneta que traquetea sin prisa alguna por los sinuosos caminos de terracería. El chofer prende los cuartos, lo veo reflejado en la tierra que levantan los neumáticos, rojo, y un poco de amarillo. Aun así el espectro de colores que iluminan las partículas de tierra me sobrecoge. Nadie aparece, y mejor, porque si viese la figura de alguien en el borde me pondría a gritar. Tal vez me daría tanto miedo que mojaría la ropa. Alguna vez pasó. No por miedo, pero si por aguantarme. Mi papá me regaño, con esa voz llena de ira, igual a la del maestro aquella tarde. Igual que la del viejo, igual que la voz del protagonista de esa película. Hundido, todo el camino a casa lloré.
 
Pero ahora las voces de mis ancestros no están aquí, debiesen estarlo, acompañándome mientras discurrimos por aquel camino polvoso y olvidado; no hay una sola alma, salvo una que otra chabola de madera y ventanas cubiertas con pequeñas mantas. Alguna vez he querido vivir así, lejos del ruido de la ciudad, lejos de la contaminación que nos impide a veces salir al recreo o a la educación física. Mirándonos las caras mientras el sol quema el patio solitario; pero eso está lejos, otro universo, caliente y con vida retozando unos a otros. Sonriendo y jugando, comiendo o hablando con los amigos y las amigas. Aquí hay un silencio que se ve interrumpido de vez en vez por una pequeña sacudida de la caja. O el muelleo de los ejes que saltan poco y recorren nada. Pareciese que llevamos aquí años, que esto es un sueño. En algún momento así lo parecía, el paisaje al menos, la falta de ruido y las nubes tocando la copa de los árboles.
 
Levanto un poco el cuerpo, no lo suficiente para que vuelva a entrar en circulación la sangre, porque parece que llevo centurias sentado en el metal de la caja de la Ford azul 84. Un hombre de escaso cabello conduce en el interior de la cabina, lo acompaña otro hombre, moreno y de voz aguardientosa, tiene los ojos claros y sonríe también con ellos. Van platicando de algo, tan intrascendente que la llegada de la noche les parece poca cosa; surgen dos barrancos que van bordeando de un lado a otro, se sumergen en una negrura aun mayor, el polvo va dejando paso a un camino accidentado lleno de lodo. De muescas de llanta que han transcurrido por él, no hoy, no ayer, probablemente hace muchos días, pero ellos siguen platicando sobre cosas que nadie más que sus cerebros pueden responder. No dirigen nunca la mirada al retrovisor, de hecho en ocasiones dejan de ver la brecha, se concentran en la nada, en el espectáculo mismo de no saber hacia dónde van. Son grandes, pero no lo suficiente para hacerse cargo de un chico de 8 años que lleva el escapulario entre los dientes, como si morderlo o impregnarlo de saliva lo fuese a sacar de sus miedos o por lo menos para que lo ayuden a combatir el miedo a la soledad. Al frio que se cuela por mis piernas  blancas y con pequeñas cicatrices de aquellas veces que me caído de la bicicleta.
 
De repente el miedo se vuelve mayor, el ruido al que me he acostumbrado, el motor v8 de la camioneta desaparece. El chofer suelta el volante que comienza a oscilar peligrosamente de lado a lado, no se alcanza a oír que grita, pero el otro le festeja la ocurrencia; rechinan con mayor vigor los resortes de la camioneta y las llantas se escuchan huecas. El descenso es largo, no tan empinado cómo para que la camioneta se salga de control, pero si lo suficiente como para que la misma coja una velocidad considerable que hasta el momento no habíamos experimentado. Ambos hombres en el frente se dedican a mantener la mirada atenta a toda la tierra y piedras que vienen por delante. Su risa sería contagiosa si estuviese con ellos en la comodidad del sillón de la camioneta, pero eso sería demasiado, porque ya llevo casi ¾ de hora rechinando mis dientes en espera de que así me calme un poco el miedo. No funciona nada y sigo con la cabeza gacha, tratando de que con ello se compadezcan un poco y me dejen entrar, me permitan salir de la pesadilla que parece no tener fin.
 
Comienzo a recordar una noche que vi una película no tan vieja, malas actuaciones, tres o cuatro fragmentos de miedo autentico y luego el desenlace que llevo años viendo. La conozco de principio a fin, pero antes cuando era más chico recuerdo que había una pequeña escena en un bosque, la chica y su novio se pierden entre los árboles, parecía que sólo era cuestión de dar marcha atrás y salir a la calle por donde habían entrado, pero sin proponérselo se van internando cada vez más y más, no hay ningún peligro real ahí, pero el bosque parece mágico, sobrenatural, lleno de todos los miedos inimaginables; con pequeños animales que reptan o lanzan gemidos de agonía, de muerte. Pero todos estamos muriendo ¿no? Todos estamos en el camino inexorable hacia la tumba, a quedar cubiertos por tierra y piedras, por el llanto y las rosas de las mujeres que rodean los sepulcros. Y allí es cuando los protagonistas muestran su verdadero miedo, cuando comprenden que ya están muertos, que siempre lo han estado, o al menos desde que decidieron internarse hacía los pinos o abetos que parecen un laberinto de sus propios mundos. De sus temores y sus fobias más grandes. Ellos mueren 10 minutos después (lo he cronometrado), uno empalado por una  rama puntiaguda y la otra con la cabeza cercenada. No me dan miedo los asesinatos de las películas, me da miedo el desarrollo que va a desencadenar en ese suceso. Pero de eso no hay nada aquí porque en verdad no creo que aparezca un maniático con un hacha, o peor aún, con una sierra a gasolina y una máscara de piel. En sí, temo más a esa neblina que pareciese ser algo sólido que rodea la casa de Reagan, porque antecede a todo lo malo que puede existir. La niña siquiera me da miedo, es el frio, la gélida atmosfera que rodea la casa y todas las habitaciones pese a que parezcan iluminadas; así es aquí en el borde del mundo, el frio que entumece los sentidos y las expectativas.
 
Casi ha caído el sol, mientras las nubes que antes rosadas o de colores pastel se asomaban en las cercanías de la carretera sin pavimentar, ahora se muestran obscuras, malvadas, tan cerca que pueden ser el mismo fin. Pero no lo es, y aunque parece que rozan las copas de los árboles, en realidad no están tan cerca, en realidad es probable que todo lo esté imaginando, a veces me pasa cuando comienzo a jugar; imaginarme en un hotel solitario, sin más destino que morir, tal vez mi soledad actual se deba a ello, a que suelto las correas a mi cerebro y todo el tiempo estoy soñando despierto, con cosas de miedo, con sustos inimaginables para alguien que no debiese ver esas películas. Que no debiese quedarse hasta tan tarde los viernes viendo películas de vampiros, hombres lobo, momias y hombres invisibles. Sin embargo lo soy, soy ese niño ingenuo que todos los momentos de su corta existencia quiere tener tanto miedo que la realidad parezca menos cruel, más adornada, llena de oropel y pequeñas guirnaldas del color escarcha que tanto me gusta cuando mamá decora el árbol para navidad.  Pero hoy no hay nada que celebrar, un camino olvidado por todos y en dirección a ninguna parte. Un niño solitario que va acabando con el esmalte de los dientes y lleva un pedazo retorcido de tela café entre ellos, tratando de evitar susurrar la oración que se aprendió en el catequismo. Prenden el motor de nuevo, las luces en todo lo fuerte que pueden ser, alumbran los arboles tan pegados en el frente y el costado que pareciese que no hay remanso alguno.
 
Luego, de la nada, cuando ya parece perdido todo, que me voy a morir lleno de angustia y escalofrió por aquello que no puedo ver, pero adivino que se esconde tras la espesura de los árboles y los pequeños matorrales, con su machete y su máscara de hockey cubierta de lodo y sangre, tan ancho como los troncos más gordos, y tan jodidamente fuerte que pueda partir a la mitad a cualquiera, la música comenzaría a sonar para anunciar el principio del fin, en cambio oigo un par de golpes que me sacan del miedo, los dos hombres me hacen señas a través del medallón trasero de la camioneta.
 
 La noche cubre con su manto todo lo que hay alrededor de la camioneta; el frío, sin embargo, esta afuera, ahuyentado por los faros cristalinos que marcan el camino. La caja se antoja lejana, perdida en la neblina que poco a poco va quedándose fuera de mí.
 
SR Noviembre 2015

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