Rodilla al pecho
La situación no estaba para nada bien, el tipo sangraba profusamente de ambas fosas nasales, mientras yo tenía contra el concreto reforzado de la acera al hijo de puta que le había roto la cara a mi compañero de parranda. Le estampé dos veces el cráneo contra el cemento frio y con olor a caucho quemado, las estrellas a miles de millones de kilómetros parpadeaban intermitentemente como la ira que me embargaba, no tanto porque le hubiese acomodado un par de golpes directos a la cara de mi casi hermano el sujeto con claras tendencias cocainómanas, sino porque me había costado una buena botella de whisky que ahora yacía rota, en decenas de fragmentos en el suelo de la vieja edificación donde solíamos reunirnos a beber el viejo Nico y yo.
Le oprimía con fuerza mi rodilla sobre el pecho, mientras hablaba con toda la mala leche de la que pudiera alguien conocerme *mira pendejo, no te quiero volver a ver por aquí, me vale pito que seas alguien pesado… sí te vuelvo a ver por aquí te rompo tu puta madre, y después te mato cabrón* su respiración era pausada, lenta… no podía hacerlo correctamente debido a la presión que ejercían mis casi 100 kilos sobre su humanidad enclenque. El tipo presumía a diario que era un verdadero hijo de puta, pero en menos de 2 segundos le había dejado tumbado en el suelo con un simple derribe al estilo judoca.
+ya guey… suéltalo+ dijo Nico que se había metido un par de tapones en la nariz para detener el flujo hemofílico procedente del tabique roto. +no te comprometas…+ nuevamente alcanzaba a escuchar su voz lejana y a trompicones, el instinto que tanto tiempo me costaba calmar de adrenalina desbordada y vehemente, dejaba paso a una ira fría que se extendía desde la nuca hasta el último resquicio de mis dedos haciendo aun mayor presión sobre la cabeza que cada vez exhalaba con mayor desesperación. Quería hundirle un par de costillas en el plexo y ver como poco a poco se desangraba, mientras sus pulmones se llenaban de sangre y liquido por haber sido perforados, pero en el fondo quería ver sus pómulos hundirse bajo el mazo implacable de mis puños, nada sencillo le resultaría tratar de pararme si empleaba todo mi cuerpo para imprimir la fuerza suficiente en los golpes.
Le azoté una vez más contra el pavimento y le repetí la sentencia de no quererlo ver nunca más por allí, era una fría noche de invierno y me preparaba para tal bebiendo ese whisky caro, mientras el cielo despejado dejaba entrever que esa madrugada tal vez helaría las plantas y arbustos de la colonia. Atrás alcance a escuchar el ruido de los grillos, perros ladrando ante el ruido de mi voz y autos que pasaban más rápido de lo usual para alejarse de un par de ebrios golpeando a un cocainómano que no se iba a dejar vencer así como así; todo el mundo cercano al viejo establecimiento que frecuentábamos el viejo Nico y yo lo sabía. Me había agenciado una sentencia que ni mi estado etílico podía desaparecer al día siguiente con la cruda. Ahora la ira se concentraba y desaparecía para dar paso a ese instinto primario de supervivencia. Sentí la mano de Nico jalarme para que dejara que el cocainómano se pusiera en pie, quería trabarme en el suelo y darle unas cuantas patadas, sin embargo nada de eso era aconsejable. Ya comenzaban a chiflar las mierdas que acompañaban de siempre al jodido bastardo aquel.
Me incorpore y sin darle la espalda en ningún momento retrocedí hasta llegar a la puerta del edificio, era negra y tenía un par de agujeros de bala que la banda en turno había recién abierto; lento, sin prisa alguna, sabiendo que mi exceso de respuesta volteaba las cosas a su favor el bastardo cabeza rapada se puso en pie. Me sentencio con sus dedos sobre el cuello y comenzó a caminar hacia la esquina contraria donde ya se hallaban dos de sus camaradas. +ese hijo de la chingada no se va a quedar contento+ dijo Nico mientras trataba infructuosamente de encontrar algo que nos sirviera para afrontar la noche que se nos venía encima.
Minutos después, o tal vez no tanto, un par de mierdas más se unieron a los primeros, ambos discutían por lo bajo y se mostraban impacientes, querían hacer valida su opción de venganza, mi compa y yo mientras tanto recogíamos todo lo que pudiese servirnos como arma para defendernos en caso de que el tipo y sus compinches decidieran actuar esa noche, y agarrarnos a la mala. *Esto se va a poner feo, sabes salir por la calle del Farolito?* pregunte con cierta nota de pánico en la voz +si, pero no mames, no te voy a dejar aquí para que esos cabrones te agarren+ contesto Nico apenas dejando salir las silabas desde la garganta afectada, agradecí en el fondo aquella afirmación de lealtad y camaradería, pero sabía en el fondo que en caso de que se armara la gresca, la lealtad iba a tener un par de cadáveres en lugar de uno solo. *la cosa es que vamos a tener que tener despejada esa salida en cualquier caso guey, ya sea por la puerta de la calle o la pinche barda de atrás* sabía que un par de metros al fondo estaba la barda, lo malo es que debido a mi tamaño y a mis viejas lesiones de futbol, una caída desde una altura mayor a dos metros y medio me fracturaría o luxaría el tobillo, y correr pues podríamos hacerlo pero sería complicado. +Pues entonces así sea guey, si nos separamos, nos vemos allí en el farolito o en el camino pa’ arriba+. Note que temblaba el tubo que había logrado agarrar en una de las habitaciones destinadas a los materiales para edificar el asunto, la boca la sentía seca y la adrenalina bullía y se mostraba atenta a cualquier ruido, a cualquier señal de que los tipos ya se habían puesto en marcha.
Se escuchó la primera detonación haciendo añicos una de las chapas de la puerta principal mientras tres sujetos aparecían por la misma puerta, nos habíamos logrado ocultar en uno de los puntos ciegos a falta de luz, pero en cuanto entrarán y comenzarán a avanzar seriamos blancos fáciles. Sonaron más detonaciones, no dentro, sino fuera, donde los primeros que habían logrado ingresar estaban en animación suspendida, se habían quedado congelados tras la segunda descarga de metralla, ninguna de ellos; en algún punto de la esquina donde solían juntarse se había chingado algo, sin detenernos a contemplar aquello, nos lanzamos hacía la barda posterior, había tres tambos metálicos con tapa, si lográbamos mantener el equilibrio de 2, la barda sería una cosa menor, se recrudeció el ruido procedente de la calle, los perros aullaban y los ecos de autos en scratch se multiplicaron, algo había alertado a la gente de la colonia y viendo disminuidos al pinche pelón lo habían cercado. Nosotros estábamos a punto de saltar desde una barda de cuando menos 3 metros cuando se dejaron oír las primeras sirenas. Venían seguramente por la calle larga, las farolas de varias casas prendidas, los ruidos de pisadas por toda la calle se hacían sentir por encima de los gritos de la banda del cocainómano.
Alcance a ver a dos de sus hombres sometidos por la gente, otra tanta llegaba de sepa la madre de donde, ya eran muchas que tenían guardadas, por ahí sonó una detonación seca, parecida a algo que no corresponde a un sitio, el viejo Nico me hace señas para que brincará, que esa parte de la calle esta despejada, logre brincar justo cuando se escuchan los gritos de la gente señalando que un par se acaban de pelar por la parte de atrás de la construcción, para ellos todos los que no van en bata o pijama son de la mierda que deben extirpar hoy si o sí. Corremos, pese a que no somos los indiciados, corremos mientras la sangre se agolpa en mi muslo, nunca vi cuando me pego un rebote, ligero, parecido a un rasguño que hace brotar sangre y va llenando la pequeña calle apenas iluminada por dos farolas color naranja.
Recién nos paramos en la esquina del farolito cuando me llega el primer pinchazo de dolor, me sostengo en la barda de don Pancho, necesito sutura, de cuando menos alcohol y una gasa. La noche sigue su curso para todos los elementos no humanos, por ahí una sombra que se sacude de la modorra, peluda y con los ojos ambarinos. Huye cuando siente la presencia de más humanos, un par de grillos delatando la presencia de entes ajenos. La mueca de satisfacción de Nico se trastoca hacia un jodido dios! Se escuchan las voces beligerantes de la buena gente de la sociedad que anda excitada. Que quiere sangre y es probable que paguemos todos.
Me quito la chamarra y hago una especie de torniquete en la pierna, la sangre comienza a formar un charco tras correr por mi pantorrilla y descansar finalmente en el suelo. Hace frio, pero nosotros sudamos la mar, seguimos agitados y las voces se hacen más fuertes, deben de estar a menos de 100 pasos, volvemos a emprender la carrera justo cuando oímos el: *párense ahí cabrones* torcemos hacia la calle de Valeria, seguro que ahora debiese estar dormida o con toda seguridad meneándole la cola a algún bastardo suertudo. Mientras sigo perdiendo sangre y llenando la chamarra de mezclilla que me regaló mí madre cuando menos 10 años atrás, la borrega falsa cubierta de sangre, tal cual debió terminar el animal verdadero antes de volverse un rico desayuno. La suerte es que hay dos baldíos, en uno es poco probable que nos busquen, salvo que se hayan dado cuenta que voy rengueando y sangrando, y el otro tiene el inconveniente de que la reja es alta y antes siquiera de llegar al otro lado ya nos habrán cogido. La suerte es que calle arriba, casi llegando a la tienda de doña Angi no hay luz, se acaba la luz y nos perderíamos en el rio nocturno de estrellas burlonas. Nos miramos en microfracciones de segundo, sin hablar, sin pensarlo casi. Nos metemos en el baldío a rezar que se sigan de frente, que nos olviden, que se centren en ir a perseguir fantasmas sangrantes de pies jodidos. Nico se esconde pecho a tierra tras una inmensa zacatera, yo como puedo intentó apagar mis colores de la ropa, y quedarme inmóvil. Justo cuando dejo de respirar, pasan dos hombres, sendos palos en mano, una linterna en la otra, tiran la luz hacia el interior del baldío y no nos dan por milésimas, siguen hacia la zona alta de la calle, aparece un tercero, un cuarto y un quinto que se ve que van dando las ultimas, deben de ser los más viejos y los que llevan los machetes o la fusca. Lanzan una mirada escrutadora hacia la negrura del matorral del baldío y detienen en lo alto la linterna de uno. Se mueve algo detrás de nosotros y la sangre se vuelve hielo, todos atentos al ruido y se oye el chiflido de uno de los hombres rezagados.
*Están acá!* nos preparamos para salir a trompicones, cuando se despereza un can, famélico que ha decidido ir a ver que lo ha despertado. Los hombres lo encuentran justo en la entrada y los olfatea, ellos vuelven a enfocar hacia la espesura pero no dan con nada humano, pese a que 3 milésimas de segundo mi pie había estado en el curso de la luz. *Nada, era el pinche roñas!* ríe uno mientras nosotros estamos morados o azules por tanta falta de oxígeno.
Se van mientras las luces de muchas más casas se van encendiendo, a menos de 15 metros de la orilla del baldío una persona gorda sale y pregunta por el jaleo. Le contestan que van por la banda del Flama. Grita algo inteligible y tras unos segundos sale con un cuchillo de cocina tan jodidamente grande que nos hace replantear el para qué jodidos lo utiliza el viejo Guadarrama. En pantalón y poca menos de ropa arriba, se une a la partida de los hombres que van calle arriba a buscar a dos cabrones que se metieron en el baldío de la reja.
El frio se extiende por todas esas áreas donde el sudor va volviéndose un impedimento para no entrar con una pulmonía. *nos arriesgamos?, si tenemos suerte llegamos a tu casa y nos brincamos la bardita* Nico niega, antes de su casa está la farola de la calle grande y con toda suerte nos van a ver todos los que anden juntando mecate y machete para darle en la madre a los drogos. Ni siquiera planteo mi casa porque está justo a la otra orilla de la plaza, tan vigilada que es más seguro entregarnos a la gavilla que nos anda dando caza. Se oyen más tiros y más jaleo, la gente anda brava y todo comenzó como una noche donde Nico y yo íbamos a bebernos unos tragos de whisky fino. Al parecer mi compadre ya no sangra, quisiera tener la misma perspectiva. Se escuchan a lo lejos otras sirenas, más carros de policía y todo parece clamar que la cosa se va a poner chiles y es cuestión de minutos para que aparezca la torreta en la esquina, luego otra y finalmente nos descubran, y nos quieran llevar a chirona por ser de la banda del pinche flama. Mi pierna me mata y le hago la seña a mi compa para que relajemos la presión. La noche natural se calla, como si presintiera algo, luego aparece el bramido infernal de la campana de la iglesia de la plaza. Suena como un maldito infierno, el repiqueteo termina por sacudir la apatía de los pocos que no estaban participando en el desmadre de esta noche. Por doquier se alcanzan a vislumbrar las luces encendidas de las casas, gente que sale en ropa de dormir o en mangas, por allá don Clemente sale con una vieja escopeta con la que solía venadear en el monte, luego la gorda Toribia con dos revólveres que seguramente eran de tata Castro. Más viejos e inservibles que la calma. Más sirenas, tiros, gente que sale de las camas y los sillones para corriendo unirse a la bola de cabrones que ya van de retache por la calle, saben que los campanazos no sugieren nada bueno, menos de 10 pasos atrás pasan los hombres que nos daban alcance, corriendo tras ellos una jauría de perros que salen de cualquier parte y de ninguna, nos quedamos nuevamente de piedra cuando la luz se detiene por lo mismo que un suspiro sobre nuestras humanidades pero el dueño va más pendiente de no tropezar que de buscar a los lacras que se pelaron para la noche.
Dos gritos de mujer, la noche se infernea, suenan más balas, más campanas y de repente toda la colonia de esa antigua colonia bicicletera está en la calle y tiene toda la intención de ajusticiar a los drogos de la esquina de la construcción. Sirenas de cruz roja, sirenas de bomberos y sirenas de patrullas, luego están los gritos de la gente y los ruidos de perros que se alebrestan cuando alguien saca de las bodegas o los escondites los cohetones con que celebran a San Rafael. Parecen dos bengalas que anuncian la llegada de satanás, porque inmediato, apenas se apagan en el cielo negro los dos chismes lanzados, se oyen tres tiros. Luego más gritos y comienza el pandemonio, por acá y por allá se oyen los tiros, los piedrazos que vuelan hacia alguna cabeza, los repiqueteos de la campana de la iglesia y los gritos de esa masa que pierde sentido cada que lo repaso en la cabeza, luego más sirenas y de la nada a menos de que por tanta muchedumbre no se dejara escuchar, aparece una luz desde arriba y el sonido de un helicóptero con la bocina invitando a la gente a que vuelva a sus casas. Luego otro cohetón que surca el aire, iluminando el cielo y la cara del piloto del aparato. Se oyen piedras y tubos de la construcción volar, no estamos cerca y aun así el olor a caucho quemado nos llega, luego alguien hace más tiros. Poco a poco las voces se van quedando sordas ante el ruido del helicóptero y de las sirenas. Nico está casi llorando desesperado por salir de ahí, y yo estoy otro tanto cerca de ello. La pierna me vuelve más un estorbo que una ayuda y le digo ya sin medir la modulación de la voz que debe tratar de llegar a su casa, que ya ahorita la cosa vale dos pepinos, ya a nadie le importamos, un herido de bala de esas que han sonado. Acabo de decir eso cuando suena. Lo oímos clarito como la voz del mismo señor Cienfuegos, el pukpukpukpuk que pone a correr a todos, que silencia la campana de San Rafa, que vuelve en cuestión de segundos una noche infernal en el hecatombe. Es el cuerno de chivo de Cienfuegos. Todos lo conocemos, todos sabemos que ya valió madres y que le van a contestar los tiras, se oye apenas acaba de rociar la última carga, la contestación, tiros y tiros hacia quien sabe dónde, la vuelta a casa de Nico se jodió. Más tiros, más gritos de gente que ya no sabe ni para donde correr, luego la calma. Parece que de la nada alguien les apago el switch. Suena un bramido diferente al cohetón, diferente a las palomas gigantes. Eso fue una granada. Y apenas se recupera todo, vuelven los tiros, más y más tiros de quien sabe quién hacia otro ser amorfo. De vuelta se deja oír el pukpukpuk y aparecen en la orilla del baldío muchas gentes corriendo, ya no cazan, ahora huyen y con pavor en la mirada, luego más balas, luego más gritos y la campana que suena alocada. Se oyen más sirenas, y finalmente voces que gritan desde el helicóptero: *esquina contraria, se le cayó el cuerno!* y luego otra andanada de balas. Otro helicóptero, pero este parece diferente, como más pesado, sin luz externa, llega y lanza dos bengalas, como podemos nos echamos a caminar fuera del baldío, nos topa un vecino llamado Gerardo y apenas repara en nosotros cuando le grita a otros que vienen en sentido contrario: *ya llegaron los guachos!* pero no hay pánico en su voz, hay rabia y antes siquiera de que nos demos cuenta, los que venían hacia acá traen todas las armas viejas, esas armas que usaban para venadear cuando esto era un cerro. Nos pasan como si no existiéramos y se pierden calle abajo. Luego suenan más balas viejas coronadas por el pukpukpuk de Cienfuegos.
Menos de 5 minutos después tocó en la casa de Valeria, sale su viejo con un palo inmenso, le comento que me pegaron un tiro en la pierna, que si nos lleva al hospital. Me ve y ve mi palidez absoluta. Niega con la cabeza y cierra, vuelve a salir tras unos minutos, con las llaves de la camioneta y todo el camino al hospital de las monjas reniega de lo imprudente que somos por andar queriendo darle en la madre al flama.
SR invierno 2006-invierno 2015
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